Relatos Paranoicos
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No llores más, my Lady

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No llores más, my Lady

Mensaje  Lily41 el Vie Feb 19, 2010 4:06 pm

Una estrella de teatro y de la pantalla se arroja, en misteriosas circunstancias, por el balcón de su ático neoyorquino. ¿Fue asesinada por su amante, Ted Winters, un apuesto magnate de los negocios atormentado por un secreto inconfesable? ¿O se trata de un suicidio? Pero ¿por qué iba Leila a quitarse la vida en la cumbre de la fortuna y el éxito? ¿O la mató otra persona? Sin embargo, ¿quién querría acabar con la vida de una joven querida y admirada por todo el mundo?...
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Re: No llores más, my Lady

Mensaje  Lily41 el Vie Feb 19, 2010 8:20 pm

PRÓLOGO Julio 1969

Ese día en Kentucky había amanecido muy caluroso. Elizabeth, de ocho años, se acurrucó en un rincón del angosto porche, tratando de acomodarse en la estrecha banda de sombra que proporcionaba el voladizo. El cabello le caía sobre el cuello aun cuando lo tenía atado con una cinta. La calle estaba desierta; casi todo el mundo dormía la siesta del domingo por la tarde o se había ido a la piscina local. A Elizabeth también le hubiera gustado ir, pero sabía que era mejor no pedirlo. Su madre y Matt habían estado bebiendo todo el día y empezaban a reñir. Odiaba que lo hiciera, en especial en verano, con todas las ventanas abiertas. Todos los niños dejaban de jugar para escuchar. La pelea de ese día había sido realmente fuerte. Su madre había insultado a Matt hasta que éste volvió a golpearla. Ahora ambos estaban dormidos, desparramados sobre la cama sin cubrirse; los vasos vacíos yacían en el suelo junto a ellos.

La níña deseaba que su hermana Leila no tuviera que trabajar los sábados y domingos. Antes de que comenzara a trabajar los domingos, Leila decía que ése era el día de ambas y llevaba a Elizabeth a pasear con ella. La mayoría de las muchachas de diecinueve años como Leila salían con muchachos, pero Leila nunca lo hacía. pensaba viajar a Nueva York para convertirse en actriz y no quedarse atrapada en Lumber Creek, Kentucky. "El problema con estos pueblos rústicos, Sparrow, es que todos se casan al terminar la secundaria y terminan con niños llorones y papilla sobre los suéteres de los equipos de la escuela. Pero eso no me sucederá a mí." A Elizabeth le gustaba escuchar a Leila contar sobre cómo serían las cosas cuando ella fuera una estrella, pero también la asustaba. No se imaginaba viviendo allí con su madre y Matt, sin Leila.

Hacía demasiado calor como para jugar. Sin hacer ruido, se puso de pie y se acomodó la camiseta dentro de los pantalones cortos. Era una niña delgada, de piernas largas y pecas en la nariz. Tenía ojos rasgados y mirada adulta: "Rostro de reina solemne", solía decirle su hermana. Leila siempre inventaba nombres para todos; a veces, eran nombres graciosos, pero cuando no le gustaba la persona, no eran muy bonitos que digamos.

Dentro de la casa hacía más calor que fuera. El sol de las cuatro de la tarde se filtraba por las sucias ventanas, dando de lleno sobre el sofá de muelles gastados y el relleno que comenzaba a salirse, y el suelo de linóleo, tan viejo que no se podía saber cuál había sido su color original, rajado y combado debajo de la pileta de lavar. Hacía cuatro años que vivían allí. Elizabeth apenas recordaba su otra casa en Milwaukee. Era un poco más grande, con una cocina de verdad, dos baños y un enorme patio. elizabeth se sintió tentada de ordenar un poco la sala, pero sabía que en cuanto Matt se despertara, tdo volvería a estar como antes, con botellas de cerveza, cenizas de cigarrillo y su ropa tirada por todos lados. Pero tal vez podía intentarlo.

Unos ronquidos pesados y desagradables llegaban a través de la puerta abierta del dormitorio de su madre. Se asomó a mirar. Su madre y Matt debían de haber terminado la pelea porque dormían entrelazados, la pierna derecha de Matt sobre la izquierda de su madre y su rostro hundido en el cabello de ella. Esperaba que se despertaran antes de que Leila regresara. Leila odiaba verlos así. "Debes traer a tus invitados para que visiten a mamá y a su novio-le había susurrado a Elizabeth con su voz teatral-, y mostrar el medio elegante en el que vives."

Leila debía de estar trabajando después de la hora. El bar quedaba cerca de la playa y a veces, en los días calurosos, faltaban un par de camareras. "Estoy indispuesta -le decían al gerente por teléfono-, y tengo fuertes retortijones." Leila se lo había explicado qué quería decir: "Sólo tienes ocho años, eres joven, pero mamá nunca me explicó nada y cuando me sucedió apenas podía caminar de regreso a casa; me dolía tanto la espalda que pensé que me moriría. No dejaré que eso te suceda a ti y no quiero que otros te hagan insinuaciones como si se tratara de algo extraño."

Elizabeth se esforzó por darle a la sala el mejor aspecto. Bajó un poco las persianas para que no entrara tanto el sol. Vació los ceniceros y tiró las botellas de cerveza que su madre y Matt habían vaciado antes de la pelea. Luego, se dirigió a su cuarto. Tenía el espacio suficiente para un catre, una cómoda y una silla con el asiento de paja roto. Leila le había regalado un cubrecama de felpilla blanca para su cumpleaños y una librería de segunda que pintaron de rojo y colgaron en la pared.

Por lo menos la mitad de sus libros eran obras de teatro. Elizabeth eligió una de sus favoritas: Nuestra ciudad. Leila había representado el papel de Emily el año anterior en la secundaria y había ensayado tanto su parte con Elizabeth que ella también se había aprendido la letra. A veces, en la clase de aritmética había leído mentalmente una de sus obras favoritas. Le gustaba mucho más que las tablas de multiplicar.

Debió de haberse dormido porque cuando abrió los ojos Matt estaba inclinado sobre ella. Su aliento olía a tabaco y cerveza y sonrió, su respiración se hizo más pesada y el olor más fuerte. Elizabeth retrocedió, pero no había forma de escapar. Él le palmeó una pierna.
-Debe de ser un libro aburrido, Liz- él sabía que le gustaba que le llamaran por su nombre completo.
-¿Mamá se despertó? Puedo comenzar a preparar la cena-
-Tu mamá va a seguir durmiendo por un rato. ¿Por qué tu y yo no nos recostamos y leemos juntos?- En un momento, Elizabeth estaba contra la pared y Matt ocupando casi toda la cama. Elizabeth comenzó a retorcerse.
-Será mejor que me levante y prepare unas hamburgesas- dijo.
Él la tomó con fuerza por los hombros.
-Primero dale un fuerte abrazo a tu papaíto, querida-.
-Tú no eres mi padre.-De repente, se sintió atrapada. Quería llamar a su madre, tratar de despertarla, pero ahora Matt la estaba besando.
-Eres una niña muy bonita-le dijo él-. Serás una gran belleza cuando crezacas.-Su mano avanzaba sobre la pierna de Elizabeth.
-No me gusta-dijo ella.
-¿No te gusta qué muñeca?-

Y entonces, sobre el hombro de Matt, pudo ver a Leila de pie ante la puerta. En un segundo, atravesó el cuarto y le tiró con tanta fuerza de los cabellos que Matt tuvo que echar la cabeza hacia atrás. Leila le gritaba palabras que Elizabeth no podía entender. Y luego le gritó:
-Fue suficiente lo que esos otros hijos de puta me hicieron, pero te mataré si la tocas a ella-.

Los pies de Matt tocaron el suelo de un golpe. Se inclinó hacia un lado tratando de alejarse de Leila, pero ella seguía tirándole del largo cabello y cada movimiento que hacía le repercutía en la cabeza. Después comenzó a gritarle a Leila y trató de pegarle. La madre debió de haber escuchado el ruido porque su ronquido se detuvo. Se acercó al cuarto envuelta en una sábana, tenía los ojos rojos e hinchados y el hermoso cabello pelirrojo estaba todo revuelto.
-¿Qué sucede?-logró preguntar con voz enojada y soñolienta y Elizabeth pudo ver el rasguño en su frente.
-Es mejor que le digas a esta loca de hija que tienes que cuando soy amable con su hermana y quiero leerle es mejor que no actúe como si estuviera haciendo algo malo.-Matt parecía enojado, pero Elizabeth sentía que estaba asustado.
-Y será mejor que le digas a este asqueroso abusador de menores que se vaya de aquí o llamaré a la policía.-Leila le dió un último tirón y lñe soltó el cabello. Luego fue a sentarse junto a Elizabeth, abrazándola con fuerza.

La madre comenzó a gritarle a Matt; luego, Leila comenzó a gritarle a la madre y por fin, ésta y Matt se fueron a su cuarto y siguieron la pelea; después hubo largos silencios. Cuando salieron del cuarto, estaban vestidos y dijeron que todo había sido un malentendido y que como las dos estabamos juntas, ellos saldrían un rato.

Después de que se fueron Leila dijo:
-¿Quieres abrir una lata de sopa y preparar una hamburguesa? Tengo que pensar.- Obediente, Elizabeth se dirigió a la cocina y preparó la comida. Comieron en silencio y Elizabeth se dió cuenta de lo feliz que se sentía de que su madre y Matt hubiesen salido. Cuando estaban en casa permanecían bebiendo y besándose o peleándo y besándose. Cualquiera de las dos cosas era horrible.
Por fin Leila dijo:
-Nunca cambiará-.
-¿Quién?-.
-Mamá. Es una bebedora y si no es un tipo será otro, hasta que termine con todos los hombres que queden con vida. Pero no puedo dejarte con Matt-.
¡Dejar! Leila no podía irse...
-Así que prepara tus cosas-le dijo Leila-. Si ese asqueroso comienza a manosearte no estarás segura aquí. Tomaremos el último autobús a Nueva York.-Se inclinó hacia adelante y le acarició el cabello-. Sólo Dios sabe como me las arreglaré cuando lleguemos, Sparrow, pero prometo que te cuidaré.

Más tarde, Elizabeth recordaría este momento con claridad. Los ojos de Leila, otra vez de color verde esmeralda, sin rastro de enojo, y con una mirada decidida. Leila y su delgado cuerpo, con la gracia de un gato; el cabello rojo y brillante de Leila, aún más brillante bajo la luz de la lámpara; la voz rica y ronca de Leila que le decía:
-No tengas miedo, Sparrow. Es hora de sacudirse de los zapatos el polvo de nuestra vieja casa de Kentucky.-

Y luego, con una sonrisa desafiante, Leila comenzó a cantar:

No llores más, my Lady...
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Re: No llores más, my Lady

Mensaje  Lily41 el Sáb Feb 27, 2010 9:44 pm

SÁBADO 29 DE AGOSTO, 1987

1

El sol se ponía sobre las torres gemelas del World Trade Center cunado el vuelo 111 de Pan American proveniente de Roma comenzó a rodear la isla de Manhattan. Elizabeth apoyó la frente contral el vidrio, absorviendo la vista de los rascacielos, la Estatua de la Libertad recién restaurada y un crucero que se deslizaba por el estrecho. Ése era el momento que tanto había amado al final de un viaje, la sensación de regresar al hogar. Pero hoy, deseaba con todas sus fuerzas poder quedarse en el avión, y seguir hasta su próximo destino, fuera cual fuere.

-Hermosa vista, ¿verdad?- Al subir al avión, la anciana de aspecto bondadoso sentada a su lado le había dedicado una amable sonrisa y luego había abierto su libro. Elizabeth se sintió aliviada; lo último que quería era una conversación de siete horas con un extraño. Pero ahora no le molestaba. Aterrizarían en pocos minutos. Le contestó que, en efecto, era una hermosa vista.

-Éste fue mi tercer viaje a Italia-continuó su compañera de asiento- Pero es la última vez que viajo en agosto. Está lleno de turistas. Y hace tanto calor. ¿Qué países visitó?

El avión se inclinó y comenzó su descenso final hacia el aeropuerto Kennedy. Elizabeth decidió que le daba lo mismo darle una respuesta directa que mostrarse indiferente.

-Soy actriz. Estuve filmando una película en Venecia.

-¡Qué emocionante! La primera impresión que tuve es que me recordaba un poco a Candy Bergen. Es tan alta como ella y tiene el mismo hermoso cabello rubio y ojos azul grisáceo. ¿Debo conocer su nombre?

-En absoluto.

Sintieron un leve golpe cuando el avión aterrizó en la pista y comenzó a deslizarse. Para evitar más preguntas, Elizabeth sacó el bolso que tenía debajo del asiento y se puso a revisar su contenido. Si Leila estuviera aquí-pensó-, no habría problemas de identificación. Todos conocían a Leila LaSalle. Además, ella habría viajado en primera clase, no en turista.

Habría. Después de todos esos meses, ya era hora de que aceptara la realidad de su muerte. Un puesto de diarios detrás de la aduana tenía la última edición del Globe. No pudo evitar leer el titular: <<El juicio comienza el 8 de septiembre>>. El subtítulo decía: <<El juez Michael, visiblemente enojado, denegó más aplazamientos en el juicio por asesinato al multimillonario Ted Winters>>. En el resto de la página figuraba un primer plano del rostro de Ted. En sus ojos había una mirada de amarga sorpresa y su boca dibujaba una expresión de rigidez. Era una foto tomada después de enterarse de que el Gran Jurado le había acusado de la muerte de su prometida, Leila LaSalle.


Mientras el taxi se dirigía a la ciudad, Elizabeth leyó la historia: una repetición de los detalles de la muerte de Leila y la evidencia en contra de Ted. Durante las tres páginas siguientes había fotografías de Leila: Leila durante un estreno con su primer marido; Leila en un safari, con su segundo marido; Leila con Ted; Leila cuando recibió el Oscar; fotos de archivo. Una de ellas le llamó la atención. Había un dejo de dulzura en su sonrisa, un toque de vulnerabilidad que contrastaba con el gesto arrogante del mentón y la expresión burlona de los ojos. La mitad de las jovencitas de Norteamérica habían tratado de imitar esa expresión, habían copiado le forma que tenía Leila de echarse hacia atrás el cabello, de reír por encima del hombro...

-Llegamos, señora...

Sorprendida, Elizabeth levantó la mirada. El taxi se había detenido frente al Hamilton Arms, en la intersección de la calle 57 y Park Avenue. El diario se le deslizó del regazo. Trató de aprentar calma:

-Lo siento, me equivoqué de dirección. Quiero ir a la Undécima y la Quinta.
-Pero ya paré el taxímetro.
-Entonces, póngalo de nuevo-. Le temblaban las manos mientras buscaba su cartera. Sintió que se acercaba el portero y no quiso levantar la mirada. No quería que la reconocieran. Sin pensarlo, le había dado la dirección de Leila. Ése era el edificio donde Ted había matado a Leila. Aquí, ebrio y en un arranque de rabia, la había arrojado desde el balcón terraza de su apartamento.

Elizabeth no pudo controlar el temblor al repasar la imagen que no podía borrar de su mente: el maravilloso cuerpo de Leila envuelto en un pijama de satén blanco, su largo cabello pelirrojo echado hacia atrás como en una cascada, cayendo por los cuarenta pisos hasta el suelo de cemento.

Y siempre las mismas preguntas... ¿Estaba consciente? ¿Se dio cuenta de lo que sucedía? ¡Qué terribles debieron de ser para ella esos últimos segundos!

Si me hubiera quedado con ella-pensó Elizabeth-, esto jamás habría sucedido.
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