Relatos Paranoicos
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La otra cara de la verdad- Donna Leon

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La otra cara de la verdad- Donna Leon

Mensaje  Alexia Survei el Mar Feb 23, 2010 10:57 pm

Cuando el comisario Brunetti conoce a Franca Marinello, descubre con sorpresa que está lejos de ser la rubia superficial que el vestuario caro y el notorio lifting facial hacían prever. Varios días más tarde, Filipo Guarino, jefe de los carabinieri, acude a Brunetti para investigar la muerte del dueño de una compañía de camiones, presuntamente relacionada con el transporte ilegal de residuos y la ecomafia. Las pesquisas demuestran que la deslumbrante Franca Marinello ha estado en contacto con el principal sospechoso del asesinato. Pero la verdad siempre tiene un lado oculto.
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Capítulo 1

Mensaje  Alexia Survei el Mar Feb 23, 2010 11:01 pm

1

Él se fijó en la mujer cuando iban camino de la cena.
Mejor dicho, cuando él y Paola se pararon delante del
escaparate de una librería y él se ajustaba el nudo de la
corbata mirándose en el cristal, Brunetti la vio pasar en
dirección a Campo San Barnaba, del brazo de un hombre
mayor. La vio de espaldas, a la derecha del hombre.
Brunetti distinguió primero el pelo, de un rubio tan claro
como el de Paola, recogido en la nuca, en un moño
flojo. Cuando se volvió para verla mejor, la pareja ya había
pasado y se acercaba al puente que conduce a San
Barnaba.
El abrigo —podía ser armiño o podía ser marta: Brunetti
sólo sabía que era algo más caro que el visón— le
llegaba justo por encima de unos finos tobillos y unos zapatos
de tacón excesivamente alto para unas calles en las
que aún había restos de nieve y de hielo.
Brunetti conocía al hombre, aunque no recordaba el
nombre: la impresión que transmitía era de dinero y poder.
Era más bajo y ancho que la mujer, y andaba con
más precaución, sorteando las placas de hielo. Al pie del
puente, resbaló y se asió al pretil, frenando el avance de la
mujer. Con un pie en el aire, ella empezó a girar hacia el
hombre, ahora inmóvil, y la inercia la alejó de Brunetti
que, curioso, aún los seguía con la mirada.
—Si no tienes inconveniente, Guido —dijo Paola, a
su lado—, en mi cumpleaños podrías regalarme la nueva
biografía de William James.
Brunetti apartó la mirada de la pareja y siguió la dirección
en la que señalaba el dedo de su mujer hasta un
grueso tomo situado al fondo del escaparate.
—Creí que se llamaba Henry —dijo, muy serio.
Ella le tiró del brazo con impaciencia.
—No te hagas el tonto conmigo, Guido Brunetti. Tú
sabes perfectamente quién era William James.
Él asintió.
—Pero ¿por qué quieres la biografía del hermano?
—Siento curiosidad por la familia y por todo lo que
pueda haber hecho de él lo que era.
Brunetti recordó que, más de dos décadas atrás, él había
experimentado ese mismo interés por Paola, a la que
acababa de conocer: lo intrigaba su familia, sus gustos, sus
amigos, todo lo que pudiera revelar algo acerca de aquella
criatura maravillosa con la que un benévolo destino le había
hecho tropezarse entre los anaqueles de la biblioteca
de la universidad. A Brunetti le parecía normal esta curiosidad
por una persona viva. Pero ¿por un escritor que había
muerto hacía casi un siglo?
—¿Por qué te parece tan fascinador? —preguntó, no
por primera vez. Al oírse, Brunetti se dio cuenta de que
su tono era el de un marido petulante y celoso, condición
a la que lo había reducido el entusiasmo de su mujer por
Henry James.
Ella se soltó de su brazo y dio un paso atrás, como
para poder ver mejor al hombre con el que se encontraba
casada.
—Porque él comprende las cosas —dijo.
—Ah —se contentó con decir Brunetti. Le parecía
que esto era lo menos que podías esperar de un escritor.
—Y porque nos hace comprender esas cosas —añadió
ella. Él supuso que la cuestión quedaba zanjada. Paola
debió de pensar que habían dedicado al tema tiempo
más que suficiente—. Vamos —dijo entonces—. Ya sabes
que a mi padre le disgusta que la gente se retrase.
Se alejaron de la librería. Al llegar al pie del puente,
ella se paró y se volvió a mirar a Brunetti.
—¿Sabes una cosa? —empezó—. Tú te pareces mucho
a Henry James. —Brunetti no sabía si sentirse halagado
u ofendido. Afortunadamente, con los años, al oír
la comparación, por lo menos había dejado de preguntarse
si debía poner en tela de juicio el fundamento de su
matrimonio—. Tú también necesitas comprender las
cosas, Guido. Probablemente, por eso eres policía. —Se
quedó pensativa—. Pero también deseas que las comprendan
los demás. —Dio media vuelta, empezó a subir
por el puente y, por encima del hombro, añadió—: Lo
mismo que él.
Brunetti dejó que ella llegara arriba antes de decir a
su espalda:
—¿Así que también yo tendría que ser escritor? —Qué
bonito sería que ella contestara que sí.
Paola desestimó la idea agitando una mano y se volvió
hacia él para decir:
—De todos modos eso hace que sea interesante vivir
contigo.
«Eso es aún mejor que querer que sea escritor», pensó
Brunetti, caminando tras ella.

Brunetti miró el reloj cuando Paola alargaba la mano
para pulsar el timbre situado al lado del portone de la
casa de sus padres.
—Al cabo de tantos años, ¿no tienes llave? —preguntó.
—No seas basto —dijo ella—. Claro que la tengo.
Pero la de hoy es una cena de cumplido, y hay que llegar
como invitados.
—¿O sea que tenemos que comportarnos como invitados?
—preguntó Brunetti.
Paola no llegó a responder, porque en aquel momento
abrió la puerta un hombre al que ninguno de los dos reconoció.
El hombre sonrió y abrió la puerta de par en par.
Paola le dio las gracias y empezaron a cruzar el patio
en dirección a la escalera del palazzo.
—No lleva librea —susurró Brunetti, escandalizado—.
Ni peluca. ¿Adónde iremos a parar, Señor? A este
paso, pronto los criados comerán en la mesa de los señores,
y empezará a desaparecer la plata. ¿Cómo acabará
esto? Un día veremos a Luciana perseguir a tu padre con
el cuchillo de la carne.
Paola se detuvo y se volvió hacia él. Le dedicó una variación
de la mirada, su único recurso en los momentos
de exceso verbal de su marido.
—¿Sí, tesoro? —preguntó él con voz dulce.
—Vamos a quedarnos aquí un ratito, Guido, hasta
que agotes tus comentarios humorísticos acerca de la posición
social de mis padres. Cuando te hayas calmado,
subiremos a reunirnos con los demás invitados y durante
la cena tú te portarás como una persona pasablemente
civilizada. ¿Qué te parece?
Brunetti asintió.
—Me ha gustado, sobre todo, lo de «pasablemente
civilizada».
Ella lo miró con sonrisa radiante.
—Sabía que te gustaría, cariño. —Ella empezó a subir
la escalera que conducía a la entrada principal del palazzo,
y Brunetti la siguió a un escalón de distancia.
Paola había recibido la invitación de su padre hacía
tiempo y explicado a Brunetti que el conte Falier deseaba
que su yerno conociera a una buena amiga de la contessa.
Con los años, Brunetti había llegado a sentirse seguro
del afecto de su suegra, pero aún no sabía la estimación
que podía merecer al conte, si lo consideraba un advenedizo
que había conquistado el corazón de su única
hija, o un hombre competente y de valía. Ni descartaba la
posibilidad de que el conte fuera capaz de pensar ambas
cosas a la vez.
En lo alto de la escalera, otro desconocido, con una
ligera reverencia, les abrió la puerta del palazzo, por la
que escapó una bocanada de calor. Brunetti entró en el
vestíbulo detrás de Paola.
Por el pasillo llegaba rumor de voces procedente del
salone principal, orientado al Gran Canal. En silencio, el
hombre tomó los abrigos y abrió un ropero iluminado
por dentro. En su interior, Brunetti vio un largo abrigo
de piel, en un extremo de una de las barras, aislado del
resto por el hombre que lo había colgado, no se sabía si
por afán discriminatorio o por pura sensibilidad.
Guiados por las voces, fueron hacia la parte delantera
de la casa. Al entrar en el salón, Brunetti vio a los anfitriones
de pie de espaldas a la ventana central y de cara
a Brunetti y Paola, de modo que brindaban la vista de los
palazzi del otro lado del Gran Canal a una pareja a la que
estaban saludando y en la que, al verla de espaldas, Brunetti
reconoció al hombre y la mujer que los habían ade-
lantado en la calle. Si no eran ellos, debía existir otro
hombre fornido de pelo blanco que acompañaba a una
mujer alta y rubia con tacones de aguja y un artístico
moño en la nuca. Ella se hallaba un poco apartada, mirando
por la ventana y, vista desde esta distancia, no parecía
tomar parte en la conversación.
Otras dos parejas estaban a uno y otro lado de sus
suegros. Brunetti reconoció al abogado del conte y a su
esposa. Los otros eran una antigua amiga de la contessa
que, al igual que ella, se dedicaba a obras de beneficencia,
y su marido, que vendía armamento y tecnología de minería
a países del Tercer Mundo.
El conte vio a su hija al volver la cabeza en el curso de
lo que parecía una animada conversación con el hombre
del pelo blanco. Entonces dejó la copa, dijo unas palabras
a su interlocutor y, sorteándolo, fue hacia Paola y Brunetti.
Cuando su anfitrión se alejó, el hombre se volvió,
para ver quién reclamaba su atención y, en aquel momento,
Brunetti recordó su nombre: Maurizio Cataldo,
del que se decía que tenía influencia con ciertos miembros
de la administración de la ciudad. La mujer seguía
mirando por la ventana, absorta en la vista y ajena a la
marcha del conte.
Brunetti y Cataldo no habían sido presentados, pero,
como solía ocurrir en la ciudad, Brunetti conocía su historia
a grandes rasgos. La familia había llegado de Friuli
a principios del siglo pasado, según creía, había prosperado
durante la época fascista y se había enriquecido más
aún durante el boom de los años sesenta. ¿Construcción?
¿Transportes? No estaba seguro.
El conte llegó junto a Brunetti y Paola, los besó en
ambas mejillas y se volvió hacia la pareja con la que había
estado hablando, mientras decía:
—Paola, tú ya los conoces. —Y a Brunetti—: Pero
tú, Guido, no lo sé, y ellos desean conocerte.
Esto podía ser cierto de Cataldo, que los veía acercarse
enarcando las cejas y ladeando la barbilla mientras sus
ojos iban de Paola a Brunetti con franca curiosidad. Pero
era imposible descifrar la expresión de la mujer, aunque
quizá sería más exacto decir que su cara expresaba una
grata y permanente expectación, fijada de manera inmutable
por las manos de un cirujano. La boca estaba
configurada como para estar el resto de su tiempo de
permanencia en la tierra entreabierta en una pequeña
sonrisa, como la que dedicarías al nietecito de la criada.
La sonrisa, en tanto que expresión de agrado, era fina,
pero los labios que la dibujaban eran gruesos, carnosos y
de un intenso rojo cereza. Los ojos asomaban por encima
de unos pómulos abultados y prietos, color de rosa,
del tamaño de un kiwi cortado por la mitad en sentido
longitudinal. La nariz arrancaba de un punto de la frente
más alto de lo normal y era roma, como si la hubieran
aplastado con una espátula una vez colocada.
El cutis era perfecto, sin asomo de arruga ni mácula,
como el de un niño. El pelo en nada se distinguía del oro
batido, y Brunetti entendía de moda lo suficiente como
para saber que el vestido había costado más que cualquiera
de los trajes que él había tenido.
Así que ésta debía de ser la Superliftata, la segunda esposa
de Cataldo, pariente lejana de la contessa, a la que
Brunetti conocía de oídas pero no había visto hasta ahora.
Un rápido repaso al archivo de cotilleos de su memoria
le hizo recordar que la mujer procedía del Norte, que
era retraída y, por alguna oculta razón, extraña.
—Ah —empezó el conte, interrumpiendo los pensamientos
de Brunetti. Paola se adelantó, besó a la mujer y
estrechó la mano del hombre. Dirigiéndose a la mujer, el
conte dijo—: Franca, te presento a Guido Brunetti, mi
yerno, el marido de Paola. —Y a Brunetti—: Guido, te
presento a Franca Marinello y su marido, Maurizio Cataldo.
—Dio un paso atrás y, con un ademán, invitó a
Brunetti a adelantarse, como si Brunetti y Paola fueran
un regalo de Navidad que ofrecía a la otra pareja.
Brunetti dio la mano a la mujer, que la estrechó con
sorprendente firmeza, y al hombre, cuya palma tenía un
tacto seco, como si necesitara que le quitaran el polvo.
—Piacere —dijo, sonriendo primero a los ojos de la
mujer y después a los del hombre, de un azul pálido.
El hombre movió la cabeza de arriba abajo, pero fue
la mujer quien habló:
—Su madre política habla muy bien de usted desde
hace años. Mucho gusto de conocerle por fin.
Antes de que a Brunetti se le ocurriera qué responder,
las puertas del comedor se abrieron desde dentro y el
hombre que les había tomado los abrigos anunció que la
cena estaba servida. Mientras cruzaban el salón, Brunetti
trató de recordar lo que la contessa pudiera haberle contado
de su amiga Franca, aparte de que le había brindado su
amistad años atrás, cuando la joven había venido a estudiar
a Venecia.
El espectáculo de la mesa, cargada de porcelana y de
plata y adornada con un estallido de flores, le recordó la
última vez que había comido en esta casa, hacía sólo dos
semanas. Venía a traer dos libros a la contessa con la que
en los últimos años intercambiaba lecturas, y con ella encontró
a su hijo Raffi, que, le explicó, había venido a recoger
el borrador de su ensayo de Literatura Italiana, que
su abuela se había brindado a repasar.
Estaban en el estudio, sentados frente al escritorio
uno al lado del otro. Tenían delante las ocho hojas del
ensayo, con comentarios escritos en tres colores. A la izquierda
de los papeles estaba una bandeja de sándwiches
o, mejor dicho, restos de una bandeja de sándwiches.
Mientras Brunetti se los terminaba, la contessa le descifró
su código de colores: rojo para faltas gramaticales,
amarillo para las formas del verbo essere y azul para las
inexactitudes y errores de interpretación.
Raffi, que solía irritarse cuando Brunetti disentía de
su visión de la historia o Paola corregía su gramática, parecía
convencido de que su abuela sabía bien lo que se
decía, e introducía en el portátil sus sugerencias sin rechistar.
Y Brunetti escuchaba atentamente las explicaciones
que ella daba.
Paola lo sacó de su abstracción murmurando:
—Busca tu sitio.
Porque, delante de cada sitio, estaba una tarjetita escrita
a mano. Él no tardó en encontrar la suya y se alegró
al ver a su izquierda la de Paola, entre él y su padre. Ya
cada cual parecía haber encontrado su sitio en la mesa. A
una persona familiarizada con la etiqueta le habría escandalizado
que, en una cena elegante, se sentara juntos a los
matrimonios, y menos mal, pensaría el purista, que el
conte y la contessa ocupaban uno y otro extremo de la
mesa rectangular. Renato Rocchetto, el abogado del conte,
sostuvo la silla de la contessa. Cuando ella se hubo sentado,
las otras mujeres tomaron asiento a su vez y a continuación
hicieron otro tanto los hombres.
Brunetti se encontró frente a la esposa de Cataldo, a
un metro de su cara. Ella escuchaba lo que le decía su
marido, con la cabeza casi rozando la de él, pero Brunetti
sabía que pronto llegaría lo inevitable. Paola lo miró, le
dio unas palmadas en el muslo y susurró:
—Coraggio.
Cuando Paola retiró la mano, Cataldo sonrió a su esposa
y se volvió hacia Paola y su padre; Franca Marinello
miró a Brunetti.
—Qué frío hace, ¿verdad? —empezó, y Brunetti se
preparó para otra de aquellas conversaciones de las cenas
mundanas.
Antes de que él pudiera encontrar una respuesta banal,
la contessa dijo, desde el extremo de la mesa:
—Confío en que a nadie le disguste que ésta sea una
cena sin carne. —Sonrió, miró a los invitados y añadió,
en un tono entre divertido y contrito—: En vista de las
peculiaridades dietéticas de mi familia y puesto que,
cuando quise recordar, ya era tarde para llamar a cada
uno de ustedes preguntando por las suyas, decidí que lo
más práctico sería prescindir de carne y pescado.
—«¿Peculiaridades dietéticas?» —susurró Claudia
Umberti, la esposa del abogado del conte. Parecía francamente
desconcertada, y Brunetti, que estaba a su lado,
había coincidido con ella y su marido en suficientes cenas
familiares como para comprender que la mujer sabía
que las únicas peculiaridades dietéticas de la familia Falier
(aparte del intermitente vegetarianismo de Chiara)
consistían en raciones copiosas y postres suculentos.
Para evitar a su madre la violencia de ser pillada en
una mentira flagrante, Paola dijo, en medio del silencio
general:
—Yo prefiero no comer buey; Chiara, mi hija, no
come carne ni pescado (por lo menos, esta semana);
Raffi no come cosas verdes y no le gusta el queso; y Guido
—dijo, inclinándose hacia el aludido y apoyando la
mano en su antebrazo— no come de nada si no es en
cantidad


Los presentes recibieron sus palabras con corteses risas,
y Brunetti dio a Paola un beso en la mejilla, en señal
de festiva deportividad, al tiempo que prometía rechazar
toda invitación que se le hiciera a repetir de algo. Mirando
a su mujer preguntó por lo bajo, sin dejar de sonreír:
—¿De qué iba eso?
—Luego te lo explicaré —respondió ella, y dirigió a
su padre una pregunta intrascendente.
Sin mostrar intención de comentar las palabras de la
contessa, Franca Marinello dijo, cuando recuperó la atención
de Brunetti:
—La nieve, en la calle, es un gran inconveniente.
Brunetti sonrió, como si no se hubiera fijado en los
tacones de la mujer ni oído una vez y otra el mismo comentario
durante los dos últimos días.
Según las reglas de la conversación cortés, ahora le
tocaba a él hacer una observación banal y, cumpliendo
con su cometido, repuso:
—Pero los esquiadores estarán contentos.
—Y los campesinos —agregó ella.
—¿Cómo dice?
—En mi tierra —empezó ella en un italiano sin
asomo de acento local— tenemos un refrán que dice:
«Bajo la nieve, pan; bajo la lluvia, hambre.» —Tenía una
voz grave y agradable, voz de contralto.
Brunetti, urbanita hasta la médula, sonrió con gesto
de disculpa.
—No sé si lo entiendo.
Los labios de ella se movieron hacia arriba en lo que
él había empezado a identificar como sonrisa, y la expresión
de los ojos se suavizó:
—Quiere decir que el agua de la lluvia se escurre y su
beneficio es transitorio, mientras que la nieve de las
21
montañas se funde poco a poco durante todo el verano.
—¿Y de ahí, el pan? —preguntó Brunetti.
—Sí. Por lo menos, así lo creían nuestros abuelos.
—Antes de que Brunetti pudiera hacer un comentario,
ella prosiguió—: Pero esta nevada aquí, en la ciudad, ha
sido un caso raro, sólo unos centímetros, para obligar a
cerrar el aeropuerto unas horas. En el Alto Adigio, de
donde yo soy, no ha nevado en todo el invierno.
—Malo para los esquiadores, ¿verdad? —preguntó
Brunetti con una sonrisa, imaginándola con un largo jersey
de cachemir y pantalón de esquí, delante de la chimenea
de un cinco estrellas de alta montaña.
—Me tienen sin cuidado los esquiadores, yo pensaba
en los campesinos —dijo ella con una vehemencia que lo
sorprendió. La mujer observó su expresión durante un
momento y añadió—: «Oh, los campesinos, si ellos supieran
cuán grande es su ventura...»
Brunetti casi dio un respingo.
—¿Virgilio?
—Las Geórgicas —respondió ella cortésmente, sin
darse por enterada de la sorpresa de él y de lo que implicaba—.
¿Lo ha leído?
—En la escuela —respondió Brunetti—. Y otra vez
hace un par de años.
—¿Por qué? —preguntó ella con interés, al tiempo
que volvía la cabeza para dar las gracias al camarero que
le ponía delante un plato de risotto ai funghi.
—¿Por qué, qué?
—¿Por qué volvió a leerlo?
—Porque mi hijo, que lo leía en la escuela, dijo que
le gustaba, y decidí echarle un vistazo. —Con una sonrisa
añadió—: Hacía tanto tiempo que lo había leído que
no recordaba nada.
22
—¿Y?
Brunetti tuvo que reflexionar antes de responder;
pocas veces se le presentaba la ocasión de hablar de sus
lecturas.
—Confieso que todas esas consideraciones acerca de
los deberes del buen terrateniente no me interesaron
mucho —dijo mientras el camarero le servía el risotto.
—¿Pues qué temas le interesan? —preguntó ella.
—Me interesa lo que los clásicos dicen acerca de la
política —respondió Brunetti, y se preparó para observar
la inevitable pérdida de interés de su oyente.
Ella tomó un sorbo de vino e inclinó la copa en dirección
a Brunetti haciendo girar suavemente el contenido
mientras decía:
—Sin el buen terrateniente, no tendríamos nada de
esto. —Bebió otro sorbo y puso la copa en la mesa.
Brunetti decidió arriesgarse. Levantando la mano
derecha, la hizo girar en un ademán que, para quien quisiera
interpretarlo así, abarcaba la mesa, los comensales
y, por extensión, el palazzo y la ciudad en la que se encontraban.
—Sin la política, no tendríamos nada de esto —dijo.
A causa de la dificultad que ella tenía para manifestar
sorpresa agrandando los ojos, la expresó con la
risa, una carcajada juvenil que ella trató de ahogar poniendo
la mano delante de los labios, pero la hilaridad seguía
brotando, incontenible, hasta trocarse en un acceso
de tos.
Los presentes se volvieron a mirarla, y su marido
desvió su atención del conte y, con ademán protector, le
puso una mano en el hombro. Las conversaciones habían
cesado.
Ella movió la cabeza de arriba abajo, levantó una
23
mano y la agitó ligeramente, dando a entender que
aquello no era nada y, sin dejar de toser, se enjugó los ojos
con la servilleta. Al poco, cesó la tos, ella hizo varias inspiraciones
y, dirigiéndose a la mesa en general, dijo:
—Perdón, me he atragantado. —Puso la mano sobre
la de su marido y se la estrechó con gesto tranquilizador,
luego le dijo algo que le hizo sonreír y reanudar su conversación
con el conte.
Franca bebió varios sorbos de agua, probó el risotto y
dejó el tenedor. Como si no se hubiera producido la interrupción,
miró a Brunetti y dijo:
—En política quien más me gusta es Cicerón.
—¿Por qué?
—Porque él sabía odiar.
Brunetti hizo un esfuerzo para prestar más atención
a las palabras de la mujer que a los artificiales labios de
los que brotaban. Seguían hablando de Cicerón cuando los
camareros se llevaron los platos de risotto casi intactos.
Ella pasó a hablar del odio que el escritor romano
sentía hacia Catilina y todo lo que representaba; habló de
su inquina por Marco Antonio, no disimuló su satisfacción
porque al fin Cicerón consiguiera el consulado; y
sorprendió a Brunetti al hablar de su poesía con gran familiaridad.
Los criados retiraban el segundo plato —pastel de
verduras— cuando el marido de la signora Marinello se
volvió hacia ella y dijo algo que Brunetti no pudo oír. Ella
sonrió y estuvo hablando con su marido hasta que terminaron
el postre —un alimenticio pastel de nata que compensaba
ampliamente la falta de carne— y se retiraron los
platos.
Brunetti, plegándose a los convencionalismos sociales,
dedicó la atención a la esposa del avvocato Rocchetto,
24
quien le informó de los últimos escándalos relacionados
con la administración del teatro La Fenice.
—... y al final decidimos no renovar nuestro abbonamento.
Es todo tan mediocre, con esas porquerías francesas
y alemanas que se empeñan en montar —decía la
mujer, casi temblando de indignación—. Es como cualquier
teatrillo de provincias francés —sentenció agitando
una mano en un ademán que consignaba al olvido el
teatro y, con él, a la provincia francesa. Brunetti, recordando
la recomendación de Jane Austen a uno de sus
personajes, de que «guardara el aliento para enfriar el té»
venció la tentación de observar que, al fin y al cabo, La
Fenice era un teatro menor y Venecia, una pequeña ciudad
provinciana de Italia, por lo que no cabía esperar
grandes cosas.
Llegó el café, y un camarero dio la vuelta a la mesa
empujando un carrito cargado de botellas de grappa y
digestivi. Brunetti pidió una Domenis, que no lo defraudó.
Se volvió hacia Paola, para preguntarle si quería un
sorbo de su grappa, pero ella estaba escuchando lo que
Cataldo decía a su padre. Tenía la barbilla apoyada en la
palma de la mano, con la esfera del reloj hacia Brunetti,
que vio que marcaba más de medianoche. Lentamente,
él deslizó el pie por el suelo hasta encontrar algo sólido,
pero no tan duro como la pata de una silla, y le dio dos
golpecitos.
Apenas un minuto después, Paola miró su reloj y
dijo:
—Oddio, un alumno viene a mi despacho a las nueve
de la mañana y aún he de leer su ejercicio. —Se inclinó
hacia el extremo opuesto de la mesa, para decir a su
madre—: Tengo la impresión de pasarme el día haciendo
mis deberes o corrigiendo los de los demás.
25
—Y, nunca, a su debido tiempo —agregó el conte,
pero lo dijo con afecto y resignación, para dejar claro que
sus palabras no llevaban reproche.
—Quizá también nosotros deberíamos pensar en irnos
a casa, ¿no, caro? —dijo la signora Cataldo sonriendo
a su marido.
Cataldo asintió y se levantó. Se situó detrás de su esposa
y le retiró la silla cuando ella se levantaba. Miró al
conte.
—Gracias, signor conte —dijo inclinando la cabeza
ligeramente—. Usted y su esposa han sido muy amables
al invitarnos. Y, más aún, al habernos dado la ocasión de
conocer a su familia. —Sonrió en dirección a Paola.
Se dejaron caer las servilletas en la mesa, y el avvocato
Rocchetto dijo que necesitaba estirar las piernas. El
conte preguntó a Franca Marinello si podía hacer que los
llevaran a casa en su barco, a lo que Cataldo respondió
que el suyo estaría esperándolos en la porta d’acqua.
—No me importa hacer a pie un trayecto, pero, con
este frío y a estas horas de la noche, prefiero volver en la
lancha —dijo.
Por parejas, volvieron al salone en el que no quedaba
ni vestigio de las copas que allí se habían servido, y se dirigieron
al vestíbulo, en el que dos de los criados de
aquella noche ayudaron a los caballeros a ponerse el
abrigo. Brunetti dijo a Paola en un aparte:
—Y luego dicen que es difícil encontrar buen personal
hoy en día.
Ella sonrió, pero alguien que estaba al otro lado soltó
un espontáneo resoplido de risa. Al volverse, él sólo
vio la cara impasible de Franca Marinello.
Una vez en el patio, el grupo intercambió corteses
despedidas: Cataldo y su esposa fueron conducidos a la
26
porta d’acqua, donde esperaba su barco; los Rocchetto
vivían a tres puertas de distancia, y la otra pareja tomó la
dirección de Accademia, después de declinar jovialmente
la sugerencia de Paola de que ella y Brunetti los acompañaran
a casa.
Cogidos del brazo, Brunetti y Paola emprendieron el
regreso. Cuando pasaban por delante de la universidad,
Brunetti preguntó:
—¿Te has divertido?
Paola se detuvo y lo miró a los ojos. En lugar de responder,
preguntó con frialdad:
—¿Harías el favor de decirme de qué iba todo eso?
—¿Perdón?
—¿Perdón porque no has entendido la pregunta o
perdón por haber pasado la velada hablando con Franca
Marinello y desentendiéndote de todos los demás?
La vehemencia de la pregunta sorprendió a Brunetti,
que no supo sino protestar con voz de balido lastimero:
—Es que lee a Cicerón.
—¿Cicerón? —preguntó una no menos sorprendida
Paola.
—Del gobierno, y las cartas, y la acusación contra Verres.
Hasta la poesía —dijo él. De pronto, aguijoneado
por el frío, la tomó del brazo y empezó a subir el puente,
pero ella se resistía hasta obligarle a parar al llegar a lo
alto y, echándose hacia atrás para situarlo en perspectiva,
dijo sin soltarle la mano:
—Espero que te des cuenta de que estás casado con
la única mujer de esta ciudad capaz de darse por satisfecha
con semejante explicación. —Esta respuesta provocó
una brusca carcajada de Brunetti—. Además, ha sido interesante
contemplar los esfuerzos de toda esa gente.
—¿Esfuerzos?
27
—Esfuerzos —repitió ella, empezando a bajar por el
otro lado del puente. Cuando Brunetti la alcanzó, prosiguió—:
Franca Marinello se esforzaba por impresionarte
con su inteligencia. Tú te esforzabas por averiguar cómo
una persona con ese aspecto podía haber leído a Cicerón.
Cataldo se esforzaba por convencer a mi padre para que
invirtiera en su proyecto, y mi padre se esforzaba por decidir
si invertía o no.
—¿Invertir en qué proyecto? —preguntó Brunetti,
olvidándose de Cicerón.
—Un proyecto en China —dijo ella.
—Oddio —fue todo lo que se le ocurrió a Brunetti.
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Alexia Survei
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