Relatos Paranoicos
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Emily la de la luna nueva(L.M. Montgomery)

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Emily la de la luna nueva(L.M. Montgomery)

Mensaje  Alexia Survei el Dom Mar 14, 2010 7:05 pm

1
LA CASA DE LA HONDONADA

La casa de la hondonada quedaba "a un kilómetro de cualquier parte", según decía la gente de Maywood. Estaba situada en un vallecito cubierto de césped y parecía no haber sido construida como otras casas, sino haber crecido allí, como un gran hongo castaño. Se llegaba a ella por un largo camino verde y estaba casi oculta a la vista por un círculo de abedules jóvenes. Desde ella no se vela ninguna otra casa, pues el pueblo quedaba del otro lado de la colina. Ellen Greene decía que era el lugar más solitario del mundo y juraba que no se habría quedado allí ni un día solo, de no ser porque le daba pena la niña.
Emily no sabia que se compadecían de ella ni sabia que quería decir la palabra soledad. Ella tenía compañía suficiente. Estaban papa, Mike y Saucy Sal. La Señora Viento siempre andaba por los alrededores y había árboles: Adán y Eva, y el Pino Gallo y las amistosas señoritas abedules.
Y, además, estaba "el destello". Ella nunca sabía cuando vendría, y la expectativa la mantenía emocionada y expectante. Emily había salido a caminar bajo la fría luz del atardecer. Durante toda su vida recordó aquel paseo muy vívidamente, tal vez por una cierta belleza misteriosa que hubo en él, tal vez porque él, destello" le llegó por primera vez en semanas, pero más probablemente por lo que sucedió al regresar del paseo.
Había sido un día gris y frío de principios de mayo, con una amenaza de lluvia que no llegaba a cumplirse. Papá había estado todo el día recostado en el diván de la salita. Había tosido mucho y casi no le había hablado a Emily, lo cual era en él algo muy inusitado. Había estado casi todo el tiempo con las manos entrelazadas por debajo de la cabeza y los grandes ojos azules, oscuros y hundidos, fijos, soñadores y sin verlo, en el cielo cubierto de nubes que se alcanzaba a ver por entre las ramas de los grandes abetos del jardín del frente. Adán y Eva, les decían siempre a esos abetos, por un gracioso parecido que Emily había encontrado entre su posición con referencia a un pequeño manzano que había entre los dos y la posición de Adán y Eva y el Árbol del Conocimiento en uno de los libros de Ellen Greene. El Árbol del Conocimiento era idéntico al rechoncho manzanito, y Adán y Eva se erigían a ambos lados de éste tan rígidos y erguidos como los abetos.
Emily se preguntó qué pensaría su padre, pero nunca lo molestaba con preguntas cuando él tenía mucha tos. Sólo deseaba tener alguien con quien hablar. Ellen Greene tampoco quería hablar ese día. No hacía más que gruñir, y los gruñidos querían decir que Ellen estaba molesta por algo. Había gruñido la noche anterior cuando el médico había hablado en susurros con ella en la cocina, y había gruñido cuando le dio a Emily, antes de que se fuera a la cama, pan con melaza. A Emily no le gustaba el pan con melaza, pero se lo comió porque no quería lastimar los sentimientos de Ellen. No era frecuente que Ellen le diera algo de comer antes de que se fuera a la cama y, cuando lo hacía, era porque, por alguna razón, quería conferirle un favor especial.
Emily esperaba que el ataque de gruñidos se disipara durante la noche, como por lo general ocurría, pero no fue así, de modo que no podía esperarse compañía de Ellen. Si bien Ellen no era una gran compañía en otros momentos, tampoco. Una vez, en un arranque de exasperación, Douglas Starr le había dicho a Emily que "Ellen Greene era una gorda perezosa sin la menor importancia", y, cada vez que Emily miraba a Ellen, después de esa frase, pensaba que la descripción le encajaba a las mil maravillas.
De modo que Emily se acurrucó en el viejo sillón de respaldo alto, cómodo y raído, a leer El camino del peregrino durante toda la tarde. Emily adoraba El camino del peregrino. Cuántas veces había recorrido el camino derecho y estrecho con Cristiano y Cristiana, aunque nunca las aventuras de Cristiana le gustaban tanto como las de Cristiano. Aunque más no fuera porque con Cristiana siempre había una multitud. Ella no tenía ni la mitad de la fascinación de esa figura intrépida y solitaria que se enfrentaba, totalmente solo, a las sombras del Valle Oscuro y el encuentro con Apollyon. La oscuridad y los diablos no son nada cuando uno tiene compañía. Pero... estar sola... ¡ah, Emily se estremecía ante la idea de un horror tan delicioso!
Cuando Ellen anunció que la comida estaba lista, Douglas Starr le dijo a Emily que fuera a comer.
-Yo no quiero cenar esta noche. Me quedaré aquí a descansar. Y cuando vuelvas tendremos una conversación de verdad, Duendecito.
Le sonrió con su hermosa sonrisa de siempre, la sonrisa llena de amor que a Emily siempre le parecía tan dulce. Cenó contenta, aunque la comida no era buena. El pan estaba húmedo y el huevo medio crudo pero, cosa extraordinaria, se le permitió que Saucy Sal y Mike pudieran quedarse, sentados cada uno a un lado de ella, y Ellen gruñía sólo cuando Emily les daba pedacitos de pan con manteca.
Mike tenía un truco tan bonito de sentarse en las ancas y tomar los pedacitos de pan con las manitos, y Saucy Sal tenía el suyo: le tocaba el tobillo a Emily casi como una persona cuando demoraba en llegarle el turno. Emily los quería a los dos, pero Mike era su preferido. Era un gato gris oscuro precioso, con unos ojos inmensos como los de una lechuza, y era tan suave, tan peludo y gordo. Sal siempre estaba delgada, por más comida que se le diera no engordaba jamás. Emily la quería, pero no le gustaba tanto acariciarla o mimarla, por su delgadez. Sin embargo, había en ella una cierta extraña belleza que a Emily le gustaba. Era gris y blanca, muy blanca, y muy brillante, con una carita larga y puntiaguda, orejas- muy grandes y ojos muy verdes. Era una luchadora temible, y los gatos forasteros quedaban vencidos en la primera vuelta. La intrépida peleadora atacaba incluso a perros y los derrotaba por completo.
Emily adoraba a sus gatitos. Los había criado ella misma, como decía con orgullo. Se los había regalado de pequeños una maestra de la Escuela Dominical.
"Un regalo vivo es tan lindo", le decía a Ellen, "porque sigue haciéndose cada vez más lindo."
Pero le preocupaba mucho el hecho de que Saucy Sal no tuviera gatitos.
-No sé por qué no tiene gatitos -le dijo a Ellen Greene, quejosa-. La mayoría de los gatos tienen tantos gatitos que ni saben qué hacer con ellos.
Después de cenar Emily fue a ver a su padre y lo encontró dormido. Se alegró mucho; sabía que su padre no había dormido casi nada en las últimas dos noches, pero se sintió un poco desilusionada porque no iban a tener esa "conversación de verdad". Las conversaciones "de verdad" con papá eran siempre tan deliciosas. Pero entonces lo que podía hacer, como segunda alternativa, era salir a pasear. Una preciosa caminata solita su alma en el atardecer gris de la joven primavera. Hacía tanto tiempo que no salía a caminar.
-Ponte una caperuza y vuelve rápido si empieza a llover -le advirtió Ellen-. Tú no puedes darte el lujo de tomar frío como otros niños.
-¿Por qué no puedo? -preguntó Emily, algo indignada. ¿Por qué a ella iba a negársele "darse el lujo de tomar frío" si otros chicos sí podían? No era justo.
Pero Ellen sólo gruñó. Emily masculló algo entre dientes para su propia satisfacción: "¡Eres una gorda perezosa sin la menor importancia!" y subió a buscar su caperuza, a desgano, porque le encantaba correr con la cabeza descubierta. Se puso la desvaída caperuza azul sobre la larga trenza de cabellos brillantes, renegridos, y le sonrió, cómplice, a su imagen en el espejito verde. La sonrisa comenzaba en las comisuras de los labios y se extendía sobre su rostro lenta, sutil, maravillosamente, como pensaba siempre Douglas Starr. Era la sonrisa de su madre, ahora muerta, lo que lo había atrapado y conquistado hacía tanto tiempo cuando vio por primera vez a Juliet Murray. Parecía ser la única herencia física que Emily tenía de su madre. En todo lo demás, pensaba él, ella era como los Starr: en los ojos grandes, grises, con un destello de púrpura, en esas pestañas tan largas y las cejas negras, en la frente blanca y alta -demasiado alta para ser considerada bella-, en los rasgos delicados del rostro ovalado y de la boca sensible, en las orejitas que tenía, apenas puntiagudas, para demostrar que pertenecía a las tribus del país de los duendes.
-Me voy a caminar con la Señora Viento, querida -dijo Emily-. Ojalá pudiera llevarte conmigo. ¿Sales alguna vez de este cuarto? La Señora Viento va a salir al campo esta noche. Es alta y neblinosa, con un ropaje delgado, de sedas grises, que se agitan en torno de ella, y tiene alas como los murciélagos, sólo que uno puede ver a través de éstas, y ojos resplandecientes como las estrellas que miran por entre sus largos cabellos sueltos. Puede volar, pero esta noche va a caminar conmigo por los campos. Es una gran amiga mía, la Señora Viento. La conozco desde que yo tenía seis años. Somos viejas amigas, pero no tanto como tú y yo, pequeña Emily del espejo. Nosotras somos amigas desde siempre, ¿verdad?
Emily le arrojó un beso a la pequeña Emily del espejo, y Emily del espejo desapareció.
La Señora Viento la esperaba afuera, agitando las briznas de pasto que se erguía erecto en el cantero, debajo de la ventana de la salita, hamacando las inmensas copas de Adán y Eva, susurrando entre las verdes ramas brumosas de los abedules, jugando con el Pino Gallo de detrás de la casa, que de verdad parecía un gallo enorme y ridículo, con una inmensa cola arracimada y la cabeza echada hacia atrás, listo para cantar.
Hacía tanto tiempo que Emily no salía a caminar, que estaba loca de alegría. El invierno había sido tan tormentoso y la nieve tan profunda, que no la dejaban salir; en abril había llovido y hecho mucho viento, por eso en ese atardecer de mayo se sentía como una prisionera recién liberada. ¿Adónde iría? ¿Por el arroyo o atravesando los campos hasta los páramos de abetos? Emily eligió lo último.
Adoraba los páramos de abetos, allá, al final de la larga pradera en declive. Ese era un lugar donde se hacía magia. Allí más que en ningún otro lugar Emily se encontraba más cerca de esa esencia de hada que era su derecho de nacimiento. Nadie que la viera deslizándose por el campo desnudo la habría envidiado. Era pequeña y pálida y estaba pobremente vestida; a veces temblaba dentro de su delgado saco y, sin embargo, una reina habría dado con gusto su corona por sus visiones, sus sueños de cosas maravillosas. Los pastos marrones y congelados bajo sus pies eran hebras de terciopelo. El viejo abeto, nudoso, lleno de musgo y medio muerto, debajo del cual se detuvo un momento para mirar el cielo, era una columna de mármol en un palacio de los dioses; las distantes colinas en sombras eran las murallas de una ciudad de maravilla. Y, en cuanto a compañeros, ella tenía a todas las hadas del campo, pues aquí podía creer en ellas, las hadas del trébol blanco y de las espigas de flores satinadas, las personitas verdes del pasto, los elfos de los abetos blancos jóvenes, duendes del viento y de los helechos silvestres y de los cardos. Aquí podía suceder cualquier cosa, cualquier cosa podía volverse realidad.
Y los páramos eran un lugar tan espléndido para jugar a las escondidas con la Señora Viento. Ella era tan real allí; si uno lograba saltar con la rapidez suficiente al otro lado de un grupito de abetos -claro que no se podía, nunca-, uno podía llegar a verla y sentirla y oírla. Ahí estaba, ése era el borde de su capa gris... no, estaba allá, riendo en la copa de los árboles más altos, y la cacería comenzaba otra vez, hasta que, súbitamente, parecía que la Señora Viento se había ido, y el atardecer quedaba envuelto en un silencio maravilloso, y había una repentina hendija en las nubes arracimadas en el oeste y aparecía un delicioso lago de cielo, pálido, de un rosa verdoso, con una luna nueva.
Emily se detuvo a mirarlo con las manos enlazadas y la cabecita morena hacia arriba. Tenía que volver a casa y escribir una descripción de lo que veía en el cuaderno amarillo, donde lo último que había escrito era: "Biografía de Mike". Lo que veía le dolería de tan hermoso hasta que lo escribiera. Entonces se lo leería a papá. No debería olvidarse de cómo las cimas de los árboles de la colina se cruzaban como un delicado encaje negro en el borde del cielo rosa verdoso.
Y entonces, por un instante glorioso y sublime, le vino "el destello".
Emily lo llamaba así, aunque sentía que la palabra no lo describía con exactitud. No podía describirlo, ni siquiera a su padre, que siempre parecía algo intrigado por él. Emily nunca le había hablado del "destello" a nadie más.
Desde que tenía sentido, Emily siempre había pensado que estaba muy, pero muy cerca, de un mundo de una maravillosa belleza. Entre éste y ella sólo había una delgada cortina; ella nunca podía descorrer la cortina, pero a veces, por apenas un momento, un viento la agitaba y entonces era como si ella pudiera vislumbrar el encantador reino del otro lado, sólo un vislumbre, y oía una nota de música extraterrestre.
Ese momento llegaba en raras ocasiones, y se iba rápidamente, dejándola sin aliento, tan indeciblemente delicioso era. Ella nunca podía evocarlo, nunca convocarlo, nunca simularlo, pero su magia quedaba en ella durante días. Nunca ocurría dos veces con la misma cosa. Esa noche las ramas oscuras contra el cielo distante se lo habían dado. Podía llegar con una nota alta, salvaje, del viento nocturno; con una sombra ondulante sobre un campo maduro; con un gorrión que se había posado en el alféizar de su ventana en medio de una tormenta, con el cántico "Santo, santo, santo" en la iglesia; con un atisbo del fuego de la cocina cuando había vuelto a su casa una oscura noche de otoño; con el azul fantasmal de las palmas escarchadas en una ventana en el crepúsculo, con el feliz hallazgo de una palabra nueva cuando ella escribía una "descripción" de algo. Y siempre, cuando le llegaba el destello, Emily sentía que la vida era algo maravilloso y misterioso, de una belleza persistente.
Volvió correteando a la casa de la hondonada, en medio del crepúsculo cada vez más profundo, entusiasmada con la idea de volver a casa y escribir su "descripción" antes de que la imagen recordada de lo que había visto se borrara. Sabía exactamente cómo empezaría: la oración parecía formarse sola en su cabeza. "La colina me llamó y algo en mí le respondió."
Encontró a Ellen Greene esperándola en el umbral hundido del frente de la casa. Emily estaba tan colmada de felicidad que en ese momento amaba todo, incluso las cosas gordas de ninguna importancia. Echó los brazos alrededor de las rodillas de Ellen y las abrazó. Ellen miró, sombría, su carita extasiada, donde el entusiasmo había encendido un rubor de rosas silvestres, y dijo, con un profundo suspiro:
-¿Sabes que tu padre tiene sólo una o dos semanas de vida?



2
VIGILIA EN LA NOCHE


Emily se quedó muy quieta y miró la cara ancha y colorada de Ellen... se quedó tan quieta como si se hubiera convertido en piedra. De piedra se sentía. Estaba tan aturdida como si Ellen le hubiera infligido un golpe físico. El color se le fue de la carita y las pupilas se dilataron hasta obliterar los iris y los ojos se volvieron lagunas de negrura. El efecto era tan extraño que hasta Ellen Greene se sintió incómoda.
-Te lo digo porque me parece que es hora de que lo sepas - dijo Ellen-. Hace meses que le vengo insistiendo a tu padre para que te lo diga, pero él lo dejaba siempre para después. Yo le decía "Usted sabe cómo se toma todas las cosas a pecho, y si un día usted se cae muerto de repente esa niña se va a morir si no está preparada. Usted tiene el deber de prepararla" y él me dice: "Todavía hay tiempo, Ellen". Pero nunca dijo ni una palabra y cuando anoche el doctor me dijo que el final puede llegar en cualquier momento, directamente decidí que yo iba a hacer la que debía dártelo a entender, para prepararte. ¡Caramba, niña, no pongas esa cara! Alguien se va a ocupar de ti. La familia de tu madre se hará cargo, por el orgullo de los Murray, aunque no sea por otro motivo. No van a permitir que alguien de su propia sangre se muera de hambre o tenga que ir a vivir entre extraños, aunque siempre han odiado a tu padre como si fuera yerba mala. Tendrás una buena casa, mejor de la que has tenido aquí. No tienes por qué preocuparte. Y en cuanto a tu padre, tendrías que agradecer que por fin pueda descansar en paz. Se ha estado muriendo minuto a minuto en los últimos cinco años. Se ha mantenido vivo por ti, pero ha sufrido muchísimo. La gente dice que se le quebró el corazón cuando murió tu madre, fue tan de repente, se enfermó y se murió en tres días. Por eso quiero que sepas lo que va a pasar, para que no te impresiones cuando pase. ¡Por el amor del cielo, Emily Byrd Starr, no te quedes ahí parada con esa cara! ¡Me impresionas! No eres la primera criatura que queda huérfana ni serás la última. Trata de ser razonable. Y no vayas a molestar a tu padre con lo que acabo de decirte, cuidado. Ahora entra, sal del rocío, que te voy a dar una galletita antes de que vayas a dormir.
Ellen bajó del escalón como para tomarle la mano. A Emily le volvió la facultad del movimiento: gritaría si en ese momento Ellen la tocaba. Con un grito súbito, agudo, amargo, evitó la mano de Ellen, atravesó el umbral y subió corriendo la escalera oscura.
Ellen sacudió la cabeza y volvió, arrastrando los pies, a la cocina.
-Bueno, yo cumplí con mi deber -reflexionó-. Él iba a seguir diciendo "hay tiempo" y lo iba a dejar pasar hasta que se muriera y entonces no habría manera de controlar a esa niña. Ahora tendrá tiempo para hacerse a la idea, y en uno o dos días se resignará. Tengo que reconocerle que tiene carácter, lo que es una suerte, por todo lo que he oído decir de los Murray. A ella no les va a ser fácil amedrentarla. Tiene el mismo orgullo de ellos, y eso la va a ayudar. Cómo me gustaría animarme a avisarles a algunos de los Murray que él se está muriendo, pero no me atrevo. Quién sabe qué es capaz de hacer él. Bueno, me he aguantado aquí hasta el final y no me arrepiento. No muchas mujeres lo hubieran hecho, viviendo como se vive aquí. Es una vergüenza cómo ha criado a esa niña, ni siquiera la mandaba a la escuela. Bueno, yo muchas veces le dije a él cuál era mi opinión, no tengo ningún remordimiento de conciencia, eso es un consuelo. ¡Eh, Sal, apártate del camino! ¿Y dónde está Mike?
Ellen no podía encontrar a Mike por la buena razón de que estaba arriba con Emily, apretado en los brazos de ella, que estaba sentada a oscuras en su camita. En medio de su angustia y su desolación, había un cierto consuelo en sentir esa piel suave y esa cabeza redonda y aterciopelada.
Emily no lloraba; miraba fijo, en la oscuridad, tratando de hacerle frente a esa cosa espantosa que le había dicho Ellen. No lo dudaba, algo le decía que era verdad. ¿Por qué no se moría ella también? No podría seguir viviendo sin su padre.
-Si yo fuera Dios, no permitiría que sucedieran cosas como ésta -dijo.
Sintió que era muy malo decir algo así; una vez Ellen le había dicho que no había nada peor que echarle la culpa de algo a Dios. Pero a ella no le importaba. Tal vez si era bien mala, Dios la haría morir y entonces ella y su padre podrían seguir juntos.
Pero no ocurrió nada, sólo que Mike se cansó de que lo apretara tanto y se fue. Emily estaba sola ahora, con ese terrible dolor ardiente que parecía haberla inundado por completo y que, sin embargo, no era algo físico. Jamás podría deshacerse de él. No lo remediaría escribiendo sobre eso en el viejo cuaderno amarillo. Allí había escrito cuando se había ido su maestra de la Escuela Dominical, y cuando tenía hambre antes de irse a dormir, y cuando Ellen le decía que tenía que estar loca para hablar de Mujeres del Viento y de destellos; y después de haber escrito todo sobre ellas, esas cosas dejaron de dolerle. Pero sobre esto no podía escribir. Ni siquiera podía acudir a su padre en busca de consuelo, como hizo cuando se quemó tanto la mano, cuando agarró sin darse cuenta el atizador al rojo vivo. Su padre la había tenido en brazos toda la noche esa vez, contándole cuentos, y eso la ayudó a soportar el dolor. Pero, como había dicho Ellen, papá se moriría dentro de una o dos semanas. Emily sintió como si Ellen se lo hubiera dicho hacía años. Seguro que no podía hacer más de una hora que había estado jugando con la Señora Viento en los páramos y mirando la Luna nueva en el cielo rosado verdoso.
"El destello no volverá jamás, no puede", pensó.
Pero Emily había heredado de sus grandes antepasados algunas cosas: la fuerza de pelear, de sufrir, de compadecer, de amar profundamente, de disfrutar, de resistir. Esas cosas estaban todas en ella y lo miraban a uno a través de esos ojos de un gris purpúreo. Ahora su legado de resistencia vino en su ayuda y la sostuvo. No debía permitir que su padre supiera lo que Ellen le había dicho, podría lastimarlo. Tenía que guardar el secreto para ella y querer a su padre, ay, tanto, en el poco tiempo en el que todavía lo tendría consigo.
Lo oyó toser en el cuarto de abajo. Tenía que estar en la cama cuando él subiera. Se desvistió con toda la velocidad que le permitieron sus dedos congelados y se trepó a la camita junto a la ventana. Las voces de la suave noche de primavera la llamaban sin que las oyera; la Señora Viento, sin que la oyera, silbaba junto al alero. Pues las hadas habitan sólo en el reino de la Felicidad; no teniendo alma no pueden entrar en el reino del Dolor.
Permaneció allí, fría y sin lágrimas, inmóvil, cuando su padre entró en la habitación. Qué despacio caminaba, qué despacio se quitaba la ropa. ¿Cómo era posible que ella no se hubiera dado cuenta de esas cosas antes? Pero no tosía. Ah, ¿y si Ellen estuviera equivocada? ¿Y si ...? Una esperanza loca le atravesó el corazón oprimido. Dejó escapar un sonido.
Douglas Starr se acercó a la cama. Emily sintió su amada cercanía cuando él se sentó en la silla junto a ella, con su vieja bata roja. ¡Ay, cuánto lo quería! ¡No había en todo el mundo otro padre como él, no podía haber habido jamás otro igual, tan tierno, tan comprensivo, tan maravilloso! Siempre habían sido tan compañeros, se habían querido tanto, no podía ser que tuvieran que separarse.
-¿Estás dormida, Ojazos? No -susurró Emily. -¿No tienes sueño, preciosa? -No, no... tengo sueño.
Douglas Starr le tomó la mano y la apretó con fuerza. -Entonces tendremos nuestra conversación, mi amor. Yo tampoco puedo dormir. Quiero decirte algo.
-¡Ay, ya lo sé, ya lo sé! -exclamó Emily-. ¡Ay, papá, ya lo sé! ¡Me lo dijo Ellen!
Douglas Starr guardó silencio un segundo. Entonces dijo, en un susurro:
-Esa vieja tonta... ¡esa vieja gorda y tonta! -como si la gordura de Ellen fuera un agravante para su tontería. Otra vez, por última vez, Emily tuvo una esperanza. Tal vez fuera todo un terrible error, nada más que parte de la tontería de Ellen.
-No es... no es cierto, ¿verdad, papá? -murmuró. -Emily, hija-dijo su padre-, no puedo levantarte, no tengo fuerzas, pero ven y siéntate en mis rodillas, como antes. Emily salió de la cama y se subió a las rodillas de su padre. Él la envolvió en su vieja bata y la abrazó fuerte con la cara contra la de ella.
-Hija querida, queridísima Emilitina, es verdad -dijo-. Pensaba decírtelo yo mismo esta noche. Y ahora esa ridícula de Ellen te lo ha dicho, bestialmente, seguro, y te ha causado mucho daño. Tiene el cerebro de un mosquito y la sensibilidad de una vaca. ¡Que los chacales se sienten sobre su tumba! Yo no te habría causado daño, mi amor.
Emily luchó por tragar algo que quería ahogarla. -Papá, no puedo... no puedo soportarlo.
-Sí, puedes, y lo harás. Vivirás porque hay algo que debes hacer, creo. Tú tienes mi talento, pero con algo que yo nunca tuve. Tú triunfarás allí donde yo fracasé, Emily. No he podido hacer mucho por ti, mi amor, pero hice lo que pude. Creo que te he enseñado algo, a pesar de Ellen Greene. Emily, ¿te acuerdas de tu madre?
-Un poquito, cosas, como pedacitos de un sueño lindo. -Tenías apenas cuatro años cuando murió. Nunca te hablé mucho de ella, no podía. Pero esta noche voy a hablarte de todo. Ahora no me duele hablar de ella, la veré tan pronto. No te pareces a ella, Emily, sólo cuando sonríes. En cuanto al resto, eres como tu homónima, mi madre. Cuando naciste yo quería llamarte Juliet, igual que tu madre. Pero ella se negó. Dijo que si te poníamos Juliet yo pronto comenzaría a decirle a ella "mamá" para distinguir a una de otra, y eso ella no iba a soportarlo. Decía que una vez su tía Nancy le había dicho: "La primera vez que tu marido te llame mamá se termina el romanticismo". Por eso te pusimos el nombre de mi madre, que de soltera era Emily Byrd. A tu madre, Emily le parecía el nombre más lindo del mundo, porque no era nada común, era vivaz y delicioso, decía. Emily, tu madre fue la mujer más dulce del mundo.
Le tembló la voz y Emily se apretó más contra él.
-La conocí hace doce años, cuando yo era subdirector del Enterprise en Charlottetown y ella cursaba el último año en Queen's. Era alta, rubia y de ojos azules. Se parecía un poco a tu tía Laura, pero Laura nunca fue tan bonita. Tenía los ojos muy parecidos, y la voz. Eran de los Murray de Blair Water. Nunca te hablé mucho de la familia de tu madre, Emily. Viven en la vieja costa norte de Blair Water, en la Granja de Luna Nueva; han vivido ahí desde que el primer Murray vino del Viejo Mundo, en 1790. El buque en el que viajó se llamaba Luna Nueva y él le puso ese nombre a su granja.
-Es un lindo nombre, la luna nueva es tan bonita -dijo Emily, interesada por un momento.
-Desde entonces, siempre ha habido un Murray en la Granja de Luna Nueva. Son una familia orgullosa; el orgullo de los Murray es proverbial en la costa norte, Emily. Bien, tenían algunas cosas de las cuales enorgullecerse, eso no se puede negar, pero lo llevaban demasiado lejos. La gente del lugar los llama "los elegidos".
"Crecieron y se multiplicaron y se diseminaron por todas partes, pero de la familia original de la Granja de Luna Nueva quedan muy pocos. Sólo tus tías Elizabeth y Laura viven ahora allí, con un primo de ellas, Jimmy Murray. Nunca se casaron, no pudieron encontrar a nadie lo suficientemente bueno para una Murray, según se decía. Tu tío Oliver y tu tío Wallace viven en Summerside; tu tía Ruth en Shrewsbury y tu tía abuela Nancy en Priest Pond.
-Priest Pond, qué nombre interesante, no es bonito como Luna Nueva o Blair Water, pero es interesante -dijo Emily. Sintiendo los brazos de su padre que la rodeaban, el horror había huido por el momento. Por un ratito, había dejado de creer en él.
Douglas Starr acomodó mejor la bata alrededor de ella, besó la cabeza morena y continuó.
-Elizabeth, Laura, Wallace, Oliver y Ruth son los hijos del viejo Archibald Murray y su primera esposa. A los sesenta años, él volvió a casarse, con una muchacha muy jovencita, que murió al nacer tu madre. Juliet era veinte años más joven que su media familia, como los llamaba. Era muy bonita y encantadora y todos la querían, la mimaban y estaban muy orgullosos de ella. Cuando se enamoró de mí, un pobre periodista sin nada en el mundo más que su pluma y su ambición, hubo un terremoto en la familia. El orgullo de los Murray no podía tolerarlo de ninguna manera. No voy a repetirte todo, pero se dijeron cosas que yo nunca pude olvidar ni perdonar. Tu madre se casó conmigo, Emily, y los de Luna Nueva no quisieron saber nada más de ella. ¿Puedes creer que, incluso así, ella jamás se arrepintió de haberse casado conmigo?
Emily levantó una mano y acarició la mejilla hundida de su padre.
-Por supuesto, cómo iba a arrepentirse. Por supuesto que iba a preferirte a ti antes que a todos los Murray de la luna que fuera. Su padre rió, y había un dejo de triunfo en su risa.
-Sí, creo que así lo veía ella. Y fuimos tan felices... Ay Emilitina, nunca hubo dos personas tan felices en el mundo entero. Tú fuiste la hija de esa felicidad. Recuerdo la noche en que naciste en la casita en Charlottetown. Era mayo, y un viento del poniente arrastraba unas nubes plateadas sobre la Luna. Había algunas estrellas. En el jardincito -todo lo que teníamos era pequeño, salvo nuestro amor y nuestra felicidad- estaba oscuro y todo florecía. Yo caminaba de arriba abajo por el sendero entre los canteros de violetas que había plantado tu madre y rezaba. El este pálido comenzaba a resplandecer como una perla rosada cuando alguien vino y me dijo que tenía una hija. Entré, y tu madre, pálida y debilitada, sonrió con esa sonrisa lenta, tan querida y tan maravillosa, y dijo: "Tenemos... el... único bebé... que importa... en el mundo..., mi amor. ¡Imagínate!".
-Cómo me gustaría que uno pudiera acordarse de las cosas desde que nace -dijo Emily-. Sería tan interesante.
-Yo diría que tendríamos muchos recuerdos desagradables -dijo su padre, riendo-. No ha de ser muy agradable acostumbrarse a vivir, no más agradable que acostumbrarse a dejar de vivir. Pero a ti pareció no costarte mucho, porque eras una niña muy buenita, Emily. Tuvimos cuatro años más de felicidad hasta que... ¿te acuerdas de cuando murió tu madre, Emily?
-Recuerdo el funeral, papá, lo recuerdo muy claramente. Tú estábas parado en el medio de una habitación, conmigo en brazos, y mamá estaba justo ante nosotros, acostada en un cajón negro, largo. Y tú llorabas, y yo no sabía por qué, y me preguntaba por qué mamá estaba tan blanca y no abría los ojos. Y me incliné y le toqué la mejilla, ay, estaba tan fría. Me estremecí. Y alguien en la habitación dijo "¡Pobrecita!" y yo me asusté y escondí la cara contra tu hombro.
-Sí, lo recuerdo. La muerte de tu madre fue muy intempestiva. Mejor no hablemos de eso. Todos los Murray vinieron al funeral. Los Murray tienen ciertas tradiciones y viven de acuerdo con ellas muy estrictamente. Una de ellas es que para la iluminación no ha de usarse nada más que velas en Luna Nueva y la otra es que no debe llevarse ninguna disputa más allá de la muerte. Vinieron cuando ella murió, habrían venido durante su enfermedad si se hubieran enterado. Eso hay que reconocerlo. Y se portaron muy bien, ah, muy bien, por cierto. No por nada eran los Murray de Luna Nueva. Tu tía Elizabeth se puso su mejor vestido de satén negro para el funeral. Para cualquier funeral que no fuera de un Murray se habría puesto su segundo vestido, y no pusieron casi objeción cuando dije que tu madre sería enterrada en la parcela de los Starr, en el cementerio de Charlottetown. A ellos les habría gustado llevarla a su propio cementerio en Blair Water - tienen un cementerio propio, ¿sabes?-, nada de cualquier cementerio para ellos. Pero tu tío Wallace admitió, generosamente, que una mujer debe pertenecer a la familia de su esposo en la muerte como en la vida. Y entonces se ofrecieron a hacerse cargo de ti y criarte, a "darte el lugar de tu madre". Yo me negué a darte a ellos, entonces. ¿Hice bien, Emily?
-¡Sí, sí, sí! -susurró Emily, abrazándolo más fuerte con cada “si” .
-Le dije a Oliver Murray, que fue el que me habló sobre ti, que mientras yo viviera no me separaría de mi hija. Me dijo: "Si alguna vez cambias de idea, avísanos". Pero no cambié de idea, ni siquiera tres años después, cuando mi médico me dijo que tenía que dejar el trabajo. "Si no, te doy un año de vida", me dijo. "Si lo dejas, y vives todo lo que puedas al aire libre, te doy tres, posiblemente cuatro." Fue un buen profeta. Vinimos aquí y hemos tenido cuatro preciosos años juntos, ¿no, preciosa?
-¡Sí, ay, sí!
-Esos años y lo que te he enseñado son el único legado que puedo dejarte, Emily. Hemos vivido con la pequeña renta de un interés de por vida que me dejó en su herencia un viejo tío, un tío que murió antes de que yo me casara. Ahora el capital pasa a una sociedad de beneficencia y esta casita es alquilada. Desde un punto de vista mundano, he sido por cierto un fracasado. Pero la familia de tu madre se hará cargo de ti, eso lo sé. El orgullo de los Murray garantiza al menos eso. Y no pueden evitar quererte. Tal vez tendría que haberlos mandado llamar antes, tal vez tendría que hacerlo ahora. Pero yo también tengo mi orgullo, los Starr no carecen por completo de tradiciones, y los Murray me dijeron cosas muy duras cuando me casé con tu madre. ¿Quieres que mande un mensaje a Luna Nueva y les pida que vengan, Emily? -¡No! -dijo Emily, casi con violencia.
No quería que nadie se interpusiera entre ella y su padre durante los pocos y preciosos días que les quedaban. La idea le parecía repugnante. Ya era bastante malo que después tuvieran que venir. Pero ya nada le importaría mucho entonces.
-Seguiremos juntos hasta el mismo fin, entonces, chiquita. No nos separaremos ni un minuto. Y quiero que seas valiente. No debes tenerle miedo a nada, Emily. La muerte no es terrible.
El universo está lleno de amor, y la primavera llega, en todos lados, y la muerte es como abrir y cerrar una puerta. Hay cosas hermosas del otro lado de esa puerta. Encontraré a tu madre allá, he dudado de muchas cosas, pero jamás he dudado de eso. A veces he temido que se me adelantara tanto en los caminos de la eternidad que jamás lograría alcanzarla. Pero ahora siento que me está esperando. Y los dos te esperaremos a ti, no nos apresuraremos, vagaremos, lentamente, hasta que nos alcances.
-Quisiera... que me llevaras por esa puerta contigo -susurró Emily.
-Después de un tiempo ya no lo desearás. Todavía tienes que aprender qué bueno es el tiempo. Y la vida tiene algo para ti, lo presiento. Ve a su encuentro sin temores, querida. Sé que no lo sientes así en este momento, pero ya recordarás mis palabras.
-En este momento -dijo Emily, que no podía ocultarle nada a su padre-, siento que ya no quiero a Dios.
Douglas Starr rió, la risa que a Emily más le gustaba. Era una risa tan querida; ella contuvo el aliento de la emoción. Sintió que él la abrazaba con más fuerza.
-Sí, claro que lo quieres, mi amor. Uno no puede no querer a Dios. Él es Amor. Claro que no tienes que confundirlo a Él con el dios de Ellen Greene.
Emily no supo exactamente qué quería decir su padre. Pero de pronto se dio cuenta de que ya no tenía miedo, de que su pena ya no estaba llena de angustia, y de que su corazón ya no albergaba ese dolor insoportable. Sintió como si el amor estuviera todo a su alrededor, exhalado por una especie de Ternura grande, invisible, abarcadora. Uno no podía sentir temor ni amargura donde había amor, y el amor estaba en todas partes. Su padre cruzaría esa puerta; no, iba a descorrer una cortina, esa idea le gustaba más, porque una cortina no es tan dura ni tan rápida como una puerta, y se deslizaría dentro de ese mundo del cual el destello le había dado atisbos. Él estaría allí, en su belleza, nunca demasiado lejos de Emily. Soportaría cualquier cosa, si podía, aunque más no fuera sentir que su padre no estaba demasiado lejos, sólo del otro lado de esa cortina oscilante.
Douglas la tuvo en brazos hasta que Emily se quedó dormida y, entonces, a pesar de lo débil que estaba, pudo acostarla en la camita.
-Amará profundamente, sufrirá terriblemente, tendrá momentos gloriosos que la compensarán, como yo los he tenido. Que así como la traten los parientes de su madre, que así los trate Dios a ellos -murmuró, con la voz cortada.
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Alexia Survei
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Re: Emily la de la luna nueva(L.M. Montgomery)

Mensaje  Alexia Survei el Vie Mar 19, 2010 9:33 pm

3
LOS PARIENTES

Douglas Starr vivió dos semanas más. En años posteriores, cuando el dolor ya había abandonado su memoria, Emily pensó que habían sido las dos semanas más preciosas de sus recuerdos. Fueron semanas hermosas, hermosas y no tristes. Y una noche, cuando estaba tendido en el diván de la salita, con Emily a su lado en el viejo sillón de respaldo alto, él cruzó la cortina; se fue tan tranquila y fácilmente que Emily no supo que se había ido hasta que de pronto sintió la extraña quietud de la habitación, no había otra respiración en ella más que la suya.
-¡Papá ...papá! -gritó. Entonces llamó a Ellen.
Ellen Greene les comentó a los Murray, cuando éstos llegaron, que Emily se había portado muy bien, dado el caso. Claro que había llorado toda la noche y no había pegado los ojos, ninguno de los vecinos de Maywood que fueron, bondadosamente, a ayudar, pudieron consolarla. Pero cuando llegó la mañana había derramado todas sus lágrimas. Estaba pálida, callada y sumisa.
-Así es -dijo Ellen-, esto es el resultado de haber estado preparada como corresponde. Tu papá se enfureció tanto conmigo por haberte avisado que desde ese momento dejó de ser cortés conmigo, muriéndose como estaba. Pero no le guardo ningún rencor. Yo cumplí con mi deber. La señora Hubbard te está haciendo un vestido negro, va a estar listo para la hora de la cena. La familia de tu madre llega esta noche, mandaron un telegrama, y estoy decidida a que te encuentren vestida de una manera respetable. Ellos son ricos y se harán cargo de ti. Tu padre no dejó ni un centavo, pero no hay deudas, eso hay que reconocérselo. ¿Fuiste a ver el cuerpo?
-¡No lo llames así -exclamó Emily, encogiéndose. Era horrible que llamara asía su padre.
-¿Por qué no? ¡Qué criatura más rara! Es un cadáver mucho más lindo de lo que yo esperaba, como estaba tan desmejorado. Siempre fue un hombre muy bien parecido, aunque un poco flaco.
-Ellen Greene -dijo Emily de pronto-, si sigues diciendo... esas cosas... de mi padre, ¡te mandaré la maldición negra!
Ellen Greene la miró.
-No sé a qué te refieres. Pero esa no es manera de hablarme, después de todo lo que hice por ti. Que los Murray no te oigan hablando así o no van a querer tener nada que ver contigo. ¡La maldición negra, caramba! ¡Ja, vaya gratitud!
A Emily le ardieron los ojos. Era una niña pequeña, solitaria, y tenía necesidad de amigos. Pero no se arrepentía para nada de lo que le había dicho a Ellen y no iba a simular que sí.
-Ven a ayudarme a lavar los platos -le ordenó Ellen-. Te hará bien tener algo en qué ocupar la mente, así no andas por ahí echándole maldiciones a la gente que se ha gastado las manos hasta los huesos por ti.
Emily, con una elocuente mirada a las manos de Ellen, fue a buscar el paño para los platos.
-Tus manos son gordas y rollizas -le dijo-. No se te ven los huesos.
-¡No seas impertinente! Es espantoso, con tu pobre padre muerto ahí. Pero si te lleva tu tía Ruth, ya te va a curar de esa costumbre de contestar.
-¿Me va a llevar la tía Ruth?
-No lo sé, pero debería. Es viuda, no tiene a nadie y es muy rica.
-Creo que no quiero que me lleve la tía Ruth -dijo Emily, con decisión, luego de reflexionar un momento.
-Bueno, lo más probable es que no seas tú la que elija. Tendrías que agradecer que te den un hogar en algún lado. Recuerda que no eres demasiado importante.
-Soy importante para mí misma -exclamó Emily, con orgullo.
-No va a ser nada fácil criarte a ti -masculló Ellen-. Tu tía Ruth es la indicada, en mi opinión. Ella sí que no va a tolerar tanta tontería. Es una buena mujer, y la mejor ama de casa de la Isla Príncipe Eduardo. Uno puede comer del piso en la casa de ella.
-Yo no quiero comer del piso. No me importa si un piso está sucio, siempre que el mantel esté limpio.
-Bueno, sus manteles también están limpios. Tiene una casa muy elegante en Shrewsbury, con ventanas salientes y todo un marco de madera trabajada alrededor del techo. Es muy elegante. Sería un buen hogar para ti. Ella te enseñaría a tener un poco de sentido común y te haría mucho bien.
-No quiero aprender a tener sentido común ni que me haga mucho bien -gritó Emily, temblando-. Quiero... quiero que me quieran.
-Bueno, pero tienes que portarte bien si quieres que la gente te quiera. Tú no tienes la culpa, es tu padre que te malcrió. Yo siempre se lo decía, pero él se reía, nada más. Espero que ahora no esté arrepentido. El hecho es, Emily Starr, que eres extraña, y a la gente no le gustan los niños extraños.
-¿Por qué soy extraña? -preguntó Emily.
-Hablas de una manera extraña, actúas de una manera extraña, y a veces se te ve extraña. Y eres demasiado grande para tu edad, aunque eso no es culpa tuya. Es por no haberte dado con otros niños. Yo siempre le insistía a tu padre para que te mandara a la escuela, aprender en la casa no es lo mismo, pero él no me hacía caso, por supuesto. No digo que no tengas los conocimientos de libros que tienes que tener, eso no, pero lo que te falta es aprender a ser como los demás niños. En cierto sentido, sería bueno que te llevara tu tío Oliver, porque tiene una familia grande. Pero no tiene tanto dinero como los otros, de modo que no es probable que te lleve. Tu tío Wallace sí, ya que se cree el jefe de la familia. Sólo tiene una hija, ya crecida. Pero su esposa es de salud delicada, o eso dice.
-Me gustaría que me llevara la tía Laura -dijo Emily. Recordaba que su padre había dicho que la tía Laura era parecida a su madre.
-¡La tía Laura! Ella no va a tener opinión en ese tema, la que manda en Luna Nueva es Elizabeth. Jimmy Murray maneja la granja, pero tengo entendido que le falta un tornillo.
-¿Qué tornillo le falta? -preguntó Emily, curiosa.
-Ah, tiene algo que ver con la cabeza, niña. Es un poco tonto, un accidente cuando era joven, dicen. Le estropeó la cabeza, o algo así. Elizabeth tuvo algo que ver, no sé bien cómo. No creo que los de Luna Nueva quieran complicarse la vida contigo. Son muy rígidos con todo. Sigue mi consejo y trata de caerle bien a tu .tía Ruth. Sé amable, y pórtate bien, tal vez le caigas bien. Ya está, ya están todos los platos. Ahora sube y no molestes.
-¿Puedo llevar a Mike y a Saucy Sal? -preguntó Emily. -No, no puedes.
-Me sirven de compañía -rogó Emily.
-Compañía o no compañía, no puedes llevarlos. Están afuera y afuera se quedan. No los quiero metidos adentro de la casa. Acabo de lavar el piso.
-¿Por qué no lavabas el piso cuando papá vivía? -preguntó Emily-. A él le gustaban las cosas limpias. Entonces, casi nunca lo lavabas. ¿Por qué lo lavaste ahora? _
-¡Escúchenla! ¿Me voy a poner a lavar el piso todos los días, con mi reuma? Ve arriba y acuéstate un poco.
-Voy arriba, pero no me voy a acostar -dijo Emily-. Tengo mucho en qué pensar.
-Hay una cosa que yo te aconsejaría -dijo Ellen, decidida a no perder una oportunidad de cumplir con su deber-, y es que te arrodilles y le pidas a Dios que te haga una niña buena, respetuosa y agradecida.
Emily se detuvo al pie de la escalera y miró hacia atrás. -Papá me decía que no tuviera nada que ver con su Dios -dijo, con gravedad.
Ellen emitió una especie de gemido, pero no se le ocurrió ninguna respuesta a esta afirmación hereje. Apeló al mundo entero. -¿Se ha oído semejante cosa?
-Yo sé cómo es su Dios -dijo Emily-. Vi Su dibujo en ese libro que usted tiene de Adán y Eva. Tiene patillas y usa camisón. No me gusta. Pero sí me gusta el Dios de papá.
-¿Y cómo es el Dios de tu padre, si se me permite la pregunta? -replicó Ellen, con sarcasmo.
Emily no tenía idea de cómo era el Dios de su padre, pero estaba decidida a no dejarse amilanar por Ellen.
-Es claro como la Luna, rubio como el Sol, y terrible como un ejército con una bandera -dijo, triunfante.
-Bueno, tú siempre tienes que tener la última palabra, pero los Murray te van a enseñar modales -dijo Ellen, renunciando a la discusión-. Son presbiterianos estrictos y no tienen ninguna de las ideas espantosas de tu padre. Ve arriba.
Emily subió a la habitación del lado sur; se sentía muy sola. -Ahora no hay nadie que me quiera en el mundo -dijo, haciéndose un ovillo sobre la cama, junto a la ventana. Pero estaba decidida a no llorar. Los Murray, que habían odiado a su padre, no debían verla llorar. Sentía que los odiaba a todos, excepto tal vez a la tía Laura. Qué grande y vacío había quedado el mundo, de pronto. Ya no había nada interesante. No importaba que el manzanito petiso entre Adán y Eva se hubiera convertido en una belleza rosada y nívea, que las colinas detrás de la hondonada fueran de seda verde, envueltas en una aureola púrpura, que los narcisos hubieran florecido en el jardín, que los abedules estuvieran recubiertos de cintas de oro, que la Señora Viento soplara unas jóvenes nubes blancas a través del cielo. Ninguna de esas cosas guardaba el menor encanto ni el menor consuelo ahora para ella. En su inexperiencia, Emily creía que jamás volverían a tenerlos. -Pero le prometí a papá que sería valiente -susurró, apretando los puñitos, y lo seré. Y no permitiré que los Murray se den cuenta de que les tengo miedo, ¡no les tendré miedo! Cuando el lejano silbato del tren de la tarde pitó detrás de las colinas, el corazón de Emily comenzó a latirle con fuerza. Apretó las manos y levantó la cara.
-Por favor, ayúdame, Dios de papá, no Dios de Ellen ---dijo Ayúdame a ser valiente y a no llorar delante de los Murray.
En seguida, se oyó el ruido de ruedas, abajo, y voces, voces altas, decididas. Entonces apareció Ellen, jadeando al subir las escaleras con el vestido negro, una prenda horrible, de lana merino barata.
-La señora Hubbard lo terminó justo a tiempo, por suerte. No quisiera que los Murray no te vieran de negro ni por todo el oro del mundo. No pueden decir que no he cumplido con mi deber. Están todos aquí: los de Luna Nueva; Oliver y su esposa, tu tía Addie; Wallace y su esposa, tu tía Eva y la tía Ruth, que en realidad es la señora Dutton. Ya está, lista. Ahora ven. .
-¿No puedo ponerme mi collar de cuentas venecianas? -preguntó Emily.
-¡Dios del cielo! ¡Cuentas venecianas con un vestido de luto! ¡Qué vergüenza! -¿Te parece momento para pensar en vanidades? -¡No son vanidades! exclamó Emily-. ¡Papá me regaló las cuentas en Navidad, y quiero mostrarle a los Murray que tengo algo!
-¡Basta de tonterías! ¡Vamos, te dije! A ver cómo te portas, muchas cosas dependen de la impresión que les hagas.
Emily bajó rígida delante de Ellen y entró en la sala. Había ocho personas sentadas en círculo, y de inmediato sintió la mirada crítica de dieciséis ojos extraños. Estaba muy pálida y se la veía fea con su vestido negro; las sombras púrpura que le habían quedado de tanto llorar le hacían los ojos demasiado grandes y hundidos. Estaba desesperadamente asustada y lo sabía, pero no permitiría que los Murray se dieran cuenta. Levantó la cabeza y se enfrentó con gallardía a la difícil prueba.
-Él -dijo Ellen, haciéndola girar- es tu tío Wallace.
Emily se estremeció y tendió una mano fría. No le gustaba el tío Wallace, y lo supo de inmediato: era oscuro, adusto y feísimo, con cejas hirsutas y fruncidas y una boca severa, despiadada. Tenía bolsas debajo de los ojos y patillas muy cuidadas. Emily decidió, en ese preciso instante, que no le gustaban las patillas.
-¿Cómo estás, Emily? -preguntó él, frío y, con la misma frialdad, se inclinó hacia adelante y le dio un beso.
Una repentina oleada de indignación inundó el alma de Emily. ¡Cómo osaba besarla, él, que había odiado a su padre y repudiado a su madre! ¡No quería sus besos! Rápidamente, sacó el pañuelo del bolsillo y se limpió la mejilla ultrajada.
-¡Caramba! ¡Caramba! -exclamó una voz desagradable del otro lado de la habitación.
El tío Wallace pareció a punto de decir muchísimas cosas, pero no se le terminó de ocurrir cuáles. Ellen, con un gruñido de resignación, empujó a Emily hacia la siguiente silla.
-Tu tía Eva -dijo.
La tía Eva estaba sentada, envuelta en un chal. Tenía la cara inquieta de los enfermos imaginarios. Le estrechó la mano a Emily y no dijo nada. Emily tampoco.
-Tu tío Oliver -anunció Ellen.
A Emily más bien le gustó el aspecto del tío Oliver. Era grande, gordo, colorado de cara y con aire jovial. Ella pensó que no le molestaría que él le diera un beso, a pesar de su áspero bigote blanco. Pero el tío Oliver había aprendido la lección del tío Wallace.
-Te doy una moneda por un beso -susurró, simpático. Una broma era la idea del tío Oliver de ser amable y simpático, pero Emily no lo sabía, y no le gustó.
-Yo no vendo mis besos -dijo, levantando la cabeza con altivez, como podría haber hecho cualquiera de todos esos Murray. El tío Oliver rió, pareció muy divertido y para nada ofendido. Pero Emily oyó un carraspeo del otro lado de la habitación.
La tía Addie era la siguiente. Era tan gorda, colorada de cara y jovial como su esposo y le dio un buen apretoncito a la mano helada de Emily.
-¿Cómo estás, querida?- preguntó.
El "querida" conmovió a Emily y la ablandó un poquito. Pero el siguiente Murray la congeló otra vez, al instante. Era la tía Ruth; Emily supo que era la tía Ruth antes de que Ellen se lo dijera, y supo que había sido la tía Ruth la que había dicho "caramba" y había carraspeado. Conocía los helados ojos grises, los cabellos opacos, castaños y prolijos, el cuerpo escaso y retacón, la boca delgada, fruncida, despiadada.
La tía Ruth le tendió la punta de los dedos, pero Emily no la tocó.
-Dale la mano a tu tía -dijo Ellen en un susurro airado. -Ella no quiere que le dé la mano -dijo Emily, con toda claridad-, por eso no se la voy a dar.
La tía Ruth volvió las manos despreciadas a su falda de seda negra.
-Eres una niña muy mal educada-dijo. Pero era de esperar, obviamente.
Emily sintió un súbito escrúpulo. ¿Había dejado mal la imagen de su padre con su comportamiento? Tal vez, después de todo, tendría que haberle estrechado la mano a la tía Ruth. Pero ya era demasiado tarde, Ellen la había hecho avanzar.
-Él es tu primo, James Murray-dijo Ellen, con el tono de desagrado de alguien a quien no le gusta la tarea que tiene entre manos y está ansioso por que termine pronto.
-El primo Jimmy, el primo Jimmy -dijo el otro. Emily lo miró fijo, y quedó encantada con él, de inmediato y sin reservas. Él tenía cara pequeña, sonrosada, de duende, con una barba gris bifurcada; los cabellos enrulados y abundantes, nada semejante al estilo Murray, castaños y brillantes; y los ojos grandes y castaños eran tan bondadosos y francos como los de un niño. Le dio un fuerte apretón de manos a Emily, a pesar de que, mientras lo hacía, miró con una mirada interrogativa a la dama que estaba frente a él.
-Hola, gatita -dijo.
Emily comenzó a sonreírle, pero su sonrisa fue, como siempre, de desarrollo tan lento, que Ellen la había cambiado de lugar antes de que ésta terminara de florecer, y fue la tía Laura la que se vio beneficiada con ella. La tía Laura se sobresaltó y empalideció.
-¡La sonrisa de Juliet! -dijo, casi sin aliento, y la tía Ruth volvió a carraspear.
La tía Laura no tenía nada que ver con ninguno de los que estaban en la habitación. Era casi bonita, de rasgos delicados y cabellos lacios y claros, con alguna que otra cana, peinados en apretadas trenzas, sujetas muy apretadas contra la cabeza. Pero fueron los ojos los que ganaron a Emily. Eran de un azul tan azul. Uno no podía recuperarse de la impresión de tanta azulidad. Y, cuando habló, lo hizo con una voz suave y hermosa.
-Pobre chiquita -dijo, rodeó a Emily con un brazo y le dio un abrazo.
Emily devolvió el abrazo y fue entonces que se salvó por poco de que los Murray la vieran llorar. Lo que la salvó fue el hecho de quede pronto Ellen la empujó hacia el rincón junto a la ventana. -Y ella es tu tía Elizabeth.
Sí, ésa era la tía Elizabeth. De eso no había dudas: tenía un vestido de satén negro, duro, tan duro y fino que Emily estaba segura de que sería el mejor que tenía. A Emily le gustó eso. Pensara lo que pensase la tía Elizabeth de su padre, al menos le había profesado la muestra de respeto de ponerse su mejor vestido. Y la tía Elizabeth era muy elegante, con su altura, su delgadez, su austeridad, sus rasgos nítidos y un rodete macizo de cabellos castaños grisáceos debajo de la cofia de encaje negro. Pero los ojos, aunque de un azul acerado, eran tan fríos como los de la tía Ruth, y los labios largos y delgados estaban apretados con severidad. Bajo su mirada fría y observadora, Emily se retiró dentro de sí misma y cerró la puerta de su alma. Le habría gustado caerle bien a latía Elizabeth-que era la “jefa" de Luna Nueva- pero sintió que no podía hacerlo.
La tía Elizabeth le estrechó la mano y no dijo nada, si bien la verdad era que no sabía exactamente qué decir. Elizabeth Murray no se habría sentido intimidada ante rey ni gobernador general.
El orgullo de los Murray la habría asistido en ese trance; pero se sentía perturbada en presencia de esa niña extraña, que miraba a uno directo a los ojos y que ya había demostrado que era cualquier cosa menos dócil y humilde. Aunque Elizabeth Murray no lo habría admitido jamás, no quería ser despreciada como les había pasado a Wallace y a Ruth.
-Ve a sentarte en el sofá -ordenó Ellen.
Emily se sentó en el sofá con los ojos bajos: era una figurita frágil, oscura, indomable. Cruzó las manos sobre la falda y cruzó los tobillos. Que vieran que tenía modales.
Ellen se retiró a la cocina, agradeciendo a las estrellas que eso había terminado. A Emily no le gustaba Ellen, pero se sintió abandonada cuando ella se fue. Ahora estaba sola ante el estrado de la opinión Murray. Habría dado cualquier cosa por estar fuera de esa habitación. Sin embargo, en lo más profundo de su cabeza, se formaba la intención de escribirlo todo en su cuaderno. Sería interesante. Los describiría a todos; se sabía capaz de hacerlo. Tenía una palabra exacta para los ojos de la tía Ruth: "grises como las piedras". Eran igual que piedras, igual de duros, de fríos y de inexorables. Entonces un dolor le atravesó el corazón. Su padre no podría leer ya nunca lo que ella escribiera en el cuaderno.
No obstante, sintió que de todas maneras quería escribirlo todo. ¿Cómo podría describir los ojos de la tía Laura? Eran tan hermosos... decir sólo que eran "azules" no significaba nada, había cientos de personas -con ojos azules, ¡ah! ya lo tenía: "lagos azules", eso mismo.
¡Y en ese momento vino el destello!
Era la primera vez desde la espantosa noche en la que Ellen la esperó en la puerta. Ella creía que ya no vendría más y ahora, en este momento y ese lugar tan poco aptos, había venido. Vio, con ojos que no eran los del sentido de la vista, el maravilloso mundo detrás del velo. El coraje y la esperanza inundaron su almita fría como una oleada de luz rosada. Levantó la cabeza y miró a su alrededor con intrepidez, con "desfachatez", según diría más tarde la tía Ruth.
Sí, los describiría a todos en el cuaderno, a cada uno de ellos la dulce tía Laura, el agradable primo Jimmy, el viejo adusto del tío Wallace y el tío Oliver, de cara de luna, la altiva tía Elizabeth y la detestable tía Ruth.
-Esa niña parece muy delicada -dijo la tía Eva, de pronto, con su voz temblorosa y sin color.
-Bueno, ¿qué más se puede esperar? -dijo la tía Addie, con un suspiro que a Emily le pareció que ocultaba algún sentido calamitoso-. Es demasiado pálida, si tuviera un poco de color no se la vería tan mal.
-No sé a quién se parece-dijo el tío Oliver, mirando a Emily con atención.
-No es una Murray, eso es evidente -dijo la tía Elizabeth, con tono decidido y desaprobatorio.
"Hablan de mí como si yo no estuviera", pensó Emily, mientras se le inflamaba el corazón de indignación ante tanta indecencia.
-Tampoco se diría que es una Starr -dijo el tío Oliver-. Yo la veo más parecida a los Byrd, tiene el cabello y los ojos de su abuela.
-Tiene la nariz de George Byrd -dijo la tía Ruth, en un tono que no dejaba dudas de su opinión sobre la nariz de George. -Tiene la frente del padre -dijo la tía Eva, también desaprobando.
-Tiene la sonrisa de su madre -dijo la tía Laura, pero tan bajo que nadie la oyó.
-Y las largas pestañas de Juliet, ¿porque Juliet tenía pestañas muy largas, no? -dijo la tía Addie.
Emily había llegado al límite de la tolerancia.
-¡Me hacen sentir como si estuviera hecha de pedacitos! -exclamó, indignada.
Los Murray la miraron. Tal vez sintieron algo de vergüenza pues, después de todo, ninguno de ellos era un ogro y todos eran, más o menos, humanos. Al parecer a nadie se le ocurría nada que decir, pero el sofocado silencio fue interrumpido por una risita o Jimmy, una risita baja, llena de diversión y desprovista de malicia.
-Tienes razón, gatita --dijo-. Enfréntate a ellos, defiéndete.
__ ¡Jimmy! -lo reprendió la tía Ruth.
Jimmy se calló.
La tía Ruth miró a Emily.
-Cuando yo era una niña -dijo-, nunca hablaba a menos que se me dirigiera la palabra.
Pero si nadie habla hasta que le hablan, no habría conversaciones -argumentó Emily.
-Tampoco contestaba -continuó la tía Ruth, severa-. En ésa época las niñas eran bien educadas. Éramos amables y respetuosas de nuestros mayores. Nos enseñaban a guardar nuestro llagar, y eso hacíamos.
"-No creo que se haya divertido mucho -dijo Emily, y en seguida gimió de espanto. No había querido decirlo en voz alta, sólo había querido pensarlo. Pero tenía una costumbre tan acendrada de pensar en voz alta con su padre.
-¡Divertirme! -dijo la tía Ruth, irritadísima-. Yo no pensaba en divertirme cuando era una niña.
-No, lo sé -dijo Emily, grave. La voz y los modales eran perfectamente respetuosos, porque estaba ansiosa por compensar ,,,u,.error involuntario. Pero la tía Ruth parecía con ganas de tirarle de las orejas. Esa niña la estaba compadeciendo, insultándola al tenerle lástima, a ella, por su niñez impecable. Era intolerable, especialmente en una Starr. ¡Y ese odioso de Jimmy que se 'reía otra, vez! ¡Elizabeth tendría que reprimirlo!
Por suerte, en ese momento apareció Ellen Greene a anunciar que la cena estaba lista.
-Tú tienes que esperar-le susurró a Emily-. No hay lugar para ti en la mesa.
Emily se alegró. Sabía que no comería ni un bocado bajo la mirada de los Murray. Sus tíos y tías salieron con rigidez, sin mirarla, todos menos la tía Laura, que se volvió junto a la puerta y le arrojó un beso furtivo. Antes de que Emily pudiera devolvérselo, Ellen Greene cerró la puerta.
Emily se quedó sola en la sala, que estaba cubriéndose de las sombras del crepúsculo. El orgullo que la mantuvo en presencia de los Murray la abandonó de pronto y supo que se venían las lágrimas. Fue derecho a la puerta cerrada al final de la sala, la abrió, y entró. El féretro de su padre estaba en el medio de la pequeña habitación que había sido un dormitorio. Estaba cubierto de flores: los Murray habían hecho lo que correspondía, en eso como en todo lo demás. La gran ancla de rosas rojas traídas por el tío Wallace se erguía agresiva sobre la mesita a la cabecera. Emily no podía ver la cara de su padre por el almohadón de jacintos blancos, de un perfume espeso, apoyado sobre el vidrio, y no se animaba a moverlo. Pero se acurrucó en el suelo y apoyó la cabeza contra el costado lustrado del cajón. Allí la encontraron dormida cuando volvieron de cenar. La tía Laura la levantó y dijo:
-Voy a llevar a esta pobre criatura a la cama, está agotada. Emily abrió los ojos y miró a su alrededor con mirada soñolienta.
-¿Puedo llevar a Mike? -preguntó. -¿Quién es Mike?
-Mi gato, mi gato gris.
-¡Un gato! -exclamó la tía Elizabeth, indignada-. ¡No vas a llevar a un gato a tu dormitorio!
-¿Por qué no? Por una vez... -rogó Laura.
¡Por supuesto que no! -dijo la tía Elizabeth-. Un gato en donde se duerme es lo más insalubre. ¡Me extraña, Laura! Lleva a esa niña a la cama y que tenga suficiente abrigo. Es una noche fría. Pero no quiero volver a oír hablar de dormir con gatos.
-Mike es un gato limpio -dijo Emily-. Se lava todos los días.
-¡Llévala ala cama, Laura! -dijo la tía Elizabeth, ignorando a Emily.
La tía Laura se rindió, dócilmente. Llevó a Emily arriba, la ayudó a desvestirse y la acostó en la cama. Pero antes de quedarse dormida del todo, Emily sintió algo, suave, peludo y calentito, que se arrollaba ronroneando junto a su hombro. La tía Laura había bajado, había buscado a Mike y se lo había llevado. La tía Elizabeth nunca se enteró y Ellen Greene no osó articular ni una palabra de protesta, pues, ¿no era Laura una Murray de Luna Nueva?


4
CÓNCLAVE FAMILIAR


A la mañana siguiente, Emily se despertó al alba. Por la ventana baja y sin cortina entraba el esplendor del amanecer y una débil estrella blanca se demoraba en el cielo verde cristalino sobre el Pino Gallo. Un dulce y fresco viento matinal soplaba en los aleros. Ellen Greene dormía en la gran cama y roncaba mucho. A excepción de ese ruido, la casita estaba muy silenciosa. Era la oportunidad que Emily había esperado.
Muy cuidadosamente se bajó de la cama, atravesó el cuarto en puntas de pie y abrió la puerta. Mike se desperezó en la alfombrita, se levantó y la siguió, restregándose contra los tobillos congelados de ella. Casi con culpa, Emily bajó la escalera vacía y oscura. ¡Cómo crujían los escalones, se despertarían todos! Pero no apareció nadie y Emily bajó, se metió en la sala y exhaló un largo suspiro de alivio al cerrar la puerta. Corrió casi hacia la puerta del otro extremo.
El almohadón floral de la tía Ruth seguía cubriendo el vidrio del féretro. Emily, apretando los labios en un gesto que le daba un extraño parecido con la tía Elizabeth, levantó el almohadón y lo dejó en el piso.
-¡Ay, papá, papá! -murmuró, llevándose la mano a la garganta para que no le subiera ese algo que la atragantaba. Estaba allí, temblando, una pequeña figura vestida de blanco, mirando a su padre. Ese sería su adiós. Debía despedirse ahora que estaban solos, no podría hacerlo delante de los Murray.
Su padre estaba tan hermoso. Todas las líneas del dolor habían desaparecido; su rostro parecía casi el de un muchacho, a no ser por los cabellos grises. Y sonreía, una sonrisa tan bonita, traviesa, sabia, como si de pronto él hubiera descubierto algo hermoso, inesperado y sorprendente. Ella había visto muchas lindas sonrisas en la cara de su padre mientras vivía, pero ninguna como ésa.
-Papá, no lloré delante de ellos -susurró-. Estoy segura de que no avergoncé a los Starr. No darle la mano a la tía Ruth no fue avergonzar a los Starr, ¿no? Porque en realidad ella no quería hacerlo. Ay, papá, creo que no le gusto a ninguno, aunque puede ser que a la tía Laura le guste un poco. Y ahora voy a llorar un poquito, papá, porque no puedo contenerme todo el tiempo.
Apoyó la cara sobre el vidrio frío y sollozó amarga pero brevemente. Debía decirle adiós antes de que alguien la encontrara. Levantó la cabeza y miró larga y seriamente ese rostro adorado. -Adiós, papito querido -susurró, ahogada.
Se secó las lágrimas que la cegaban y puso en su lugar el almohadón de la tía Ruth, ocultando a sus ojos la cara de su padre para siempre. Luego se escurrió fuera de la habitación, decidida allegar rápidamente a su dormitorio. Junto a la puerta casi se dio de narices contra el primo Jimmy, que estaba sentado en una silla ante la puerta, envuelto en una inmensa bata a cuadros y acariciando a Mike.
-Shh -murmuró, dándole una palmadita en el hombro-. Te oí bajar y te seguí. Yo sabía lo que querías hacer. He estado sentado aquí para que ninguno fuera a sorprenderte. Toma, llévate esto y vuelve corriendo a la cama, gatita.
"Esto" era un paquete de pastillas de menta. Emily 1o tomó y salió volando, muy avergonzada de que el primo Jimmy la hubiera visto en camisón. Odiaba las pastillas de menta y no comía nunca, pero la bondad del primo Jimmy al regalárselas le provocó un estremecimiento de deleite a su corazón. Y además le había dicho "gatita", eso le gustaba. Había creído que ya nadie la llamaría otra vez con nombres cariñosos. Su padre le decía tantos apodos cariñosos: "corazoncito", "queridita", "Emilitina", "corderito", "dulcecita" y "duendecito". Tenía un apodo cariñoso para cada estado de ánimo y a ella todos le encantaban. En cuanto al primo Jimmy, era bueno. Cualquiera que fuese la parte de él que le faltaba, no era el corazón. Le estaba tan agradecida que después de estar a salvo en la cama se obligó a comer una de las pastillas, aunque le insumió todo su coraje tragarla.
El funeral fue esa tarde. Por una vez, la solitaria casita de la hondonada estuvo llena de gente. Llevaron el féretro a la sala y los Murray, como deudos, se sentaron rígida y decorosamente alrededor, Emily entre ellos, pálida y muy modosita en su vestido negro. Estaba sentada entre la tía Elizabeth y el tío Wallace y no se animaba a mover un músculo. No había otro Starr presente. Su padre no tenía parientes vivos cerca. La gente de Maywood fue y miró su cara muerta con una libertad y una curiosidad insolente que no habrían osado mostrar en vida de él. Emily detestó que miraran así a su padre. No tenían derecho; no habían sido buenos con él cuando vivía, habían dicho cosas duras de él, a veces Ellen Greene las había repetido. Cada mirada que caía sobre él hería a Emily, pero siguió sentada, quieta, sin demostrar nada. La tía Ruth dijo después que jamás había visto a una criatura tan absolutamente desprovista de sentimientos naturales.
Cuando terminó el servicio, los Murray se levantaron y desfilaron alrededor del cajón para la correspondiente mirada de despedida. La tía Elizabeth tomó a Emily de la mano y trató de arrastrarla con ellos pero Emily la retiró y negó con la cabeza. Ella ya se había despedido. Por un momento, la tía Elizabeth pareció a punto de insistir, pero siguió avanzando, sola, una Murray hasta los tuétanos. No se podía hacer una escena en un funeral.
Douglas. Starr sería llevado a Charlottetown para enterrarlo junto a su esposa. Los Murray iban todos, pero Emily no. Vio la procesión cuando subió por la larga colina cubierta de césped, a través de la llovizna gris que comenzaba a caer. Emily se alegró de que lloviera; muchas veces había oído a Ellen Greene decir qué feliz era el cadáver sobre el que caía la lluvia; y era más fácil ver que su padre se iba en esa neblina gris, suave, buena, que a través de un sol resplandeciente y risueño.
-Bueno, hay que admitir que el funeral salió bien -dijo Ellen Greene a sus espaldas-. Se hizo todo lo que se debía hacer. Si tu padre estuvo mirando desde el cielo, Emily, estoy segura de que estará satisfecho.
-.No está en el cielo -dijo Emily.
-¡Dios mío! ¡Esta niña! -Ellen no pudo decir más. -Todavía no está en el cielo. Está en camino. Dijo que esperaría por ahí y que iría muy despacito hasta que yo también me muriera, para que pudiera alcanzarlo. Espero morirme pronto.
-Es muy malo, pero muy malo, decir eso -replicó Ellen. Cuando desapareció el último coche, Emily volvió a la salita, sacó un libro de la biblioteca y se hundió en el sillón de respaldo alto. Las mujeres que estaban ordenando se alegraron de que estuviera quieta y no las molestara.
-Qué bien que pueda leer -dijo la señora Hubbard, abatida-. Algunas niñas no quedan tan compuestas. Jenny Hood gritaba y daba alaridos después de que se llevaron a su madre. Los Hood son gente con tanto sentimiento.
Emily no leía. Pensaba. Sabía que los Murray volverían a la tarde, y sabía que probablemente entonces se decidiera su destino. "Hablaremos del asunto cuando regresemos" oyó decir al tío Wallace esa mañana después del desayuno. El instinto le decía qué era "el asunto", y habría dado una de sus orejitas puntiguadas para oír la conversación con la otra. Pero sabía perfectamente bien que la harían irse. De modo que no le llamó la atención cuando Ellen fue, al atardecer, y le dijo:
-Será mejor que subas, Emily. Tus tíos vendrán aquí a hablar del tema.
-¿No puedo ayudarla a preparar la cena? -preguntó Emily, que creía que, si pudiera andar por la cocina, podría pescar una o dos palabras.
-No. Molestarás más de lo que puedes ayudar. Vamos, vete. Ellen salió de la cocina, sin esperar a ver si Emily se iba. Emily se puso de pie con desgano. ¿Cómo podría dormir esa noche si no sabía qué iba a sucederle? Y estaba segura de que no le dirían nada hasta la mañana, si es que se lo decían entonces.
Su mirada se posó sobre la mesa oblonga en el medio de la habitación. El mantel era de proporciones generosas, y caía en pliegues hasta el piso. Hubo un relámpago de medias negras sobre la alfombra, un fugaz movimiento de tela y luego... silencio. Emily, en el piso debajo de la mesa, acomodó las piernas para estar cómoda y se dispuso, triunfante. Oiría lo que se decidiera y no se enteraría nadie.
Nunca le habían dicho que espiar no se consideraba una actividad estrictamente honorable, dado que, en vida de su padre, nunca se había presentado la ocasión para tal enseñanza, y ella pensaba que era por pura suerte que se le había ocurrido esconderse debajo de la mesa. Hasta podía ver, si bien confusamente, a través del mantel. El corazón le latía con tanta fuerza de la emoción que temió que la oyeran; no había otro sonido salvo el suave croar lejano de las ranas en medio de la lluvia, que se oía a través de la ventana abierta.
Entraron, se sentaron por la habitación. Emily contuvo el aliento. Durante algunos minutos nadie habló, aunque la tía Eva suspiró extensa y pesadamente. Entonces el tío Wallace se aclaró la garganta y dijo:
-Bien, ¿qué hacemos con la niña?
Nadie tenía prisa por responder. Emily pensó que no hablarían jamás. Por fin la tía Eva dijo, gimoteando.
-Es una niña tan difícil, tan rara. Yo no la entiendo.
-Yo creo -dijo la tía Laura, tímidamente- que tiene lo que podría llamarse temperamento artístico.
-Es una niña malcriada -dijo la tía Ruth, muy decidida- Va a dar mucho trabajo enderezarla, si me piden mi opinión. (La pequeña escucha de debajo de la mesa volvió la cabeza y le dirigió una mirada despectiva a la tía Ruth a través del mantel. “Yo creo que sus modales no son excelentes." Emily no osó siquiera murmurar las palabras, pero las formó con los labios, lo cual fue un gran alivio y una satisfacción.)
-Estoy de acuerdo contigo-dijo la tía Eva y yo, al menos, no me siento capaz para semejante tarea.
(Emily entendió que esto quería decir que el tío Wallace no tenía intenciones de llevársela y se alegró.)
-La verdad-dijo el tío Wallace- es que tendría que llevársela la tía Nancy. Tiene más bienes terrenales que ninguno de nosotros. -¡A la tía Nancy no se le ocurriría llevársela y lo sabes bien! -dijo el tío Oliver-. Además, está demasiado vieja para ocuparse de criar a una niña, tanto ella como esa vieja bruja de Caroline. Por la salvación de mi alma, no creo que ninguna de las dos sea humana. A mí me gustaría llevarme a Emily, pero, en realidad, no puedo. Tengo una familia numerosa que mantener.
-No es probable que viva mucho para molestar a nadie -dijo la tía Elizabeth, tajante-. Probablemente muera de tuberculosis, como el padre.
("¡No me moriré, no me moriré!" exclamó Emily, o al menos lo pensó con tanto ímpetu que casi parecía que lo había dicho. Olvidó que había querido morir pronto para alcanzar a su padre. Ahora quería vivir, sólo para dejar mal a los Murray. "No tengo la menor intención de morirme. Voy a vivir, siglos, y seré una autora famosa, ¡ya vas a ver, tía Elizabeth Murray!")
-Es cierto que es una criatura muy flacucha -admitió el tío Wallace.
(Emily alivió sus sentimientos ultrajados haciéndole una mueca al tío Wallace a través del mantel. "Si alguna vez tengo un cerdo, le voy a poner tu nombre" pensó, y se sintió muy satisfecha con su venganza.)
-Pero alguien tiene que cuidarla mientras viva -dijo el tío Oliver.
("Se merecerían que sí me muriera y ustedes sufrirían terribles remordimientos el resto de sus vidas", pensó Emily. Luego, en la pausa que siguió, se imaginó dramáticamente su funeral, seleccionó a quienes llevarían el cajón y trató de elegir el verso del himno que quería que grabaran en su lápida. Pero antes de que pudiera decidir todo esto, el tío Wallace continuó hablando).
-Bien, no estamos llegando a ninguna parte. Tenemos que ocuparnos de la criatura...
("Me gustaría que no me llamaras `la criatura"' pensó Emily, con rencor.)
-...y alguno de entre nosotros tiene que darle un hogar. La hija de Juliet no debe quedar a merced de extraños. Personalmente, yo siento que la salud de Eva no le permite ocuparse de criar y educar a una criatura...
-De una criatura como ella -dijo la tía Eva. (Emily le sacó la lengua a la tía Eva.) -Pobrecita -dijo la tía Laura, con suavidad.
(Algo congelado en el corazón de Emily se derritió en ese momento. Le encantó que la llamaran "pobrecita" con tanta ternura.)
-No creo que tengas que tenerle tanta pena, Laura -dijo el tío Wallace, con decisión- Es evidente que tiene muy pocos sentimientos. No la vi derramar una lágrima desde que llegamos aquí.
-¿Se dieron cuenta de que ni siquiera quiso mirar a su padre por última vez?-preguntó la tía Elizabeth.
De pronto, el primo Jimmy se puso a silbar, mirando el techo. Es tanto lo que siente que tiene que ocultarlo -dijo la tía Laura.
El tío Wallace gruñó.
-¿No te parece que tendríamos que llevárnosla nosotras, Elizabeth? -prosiguió Laura, con timidez.
La tía Elizabeth se movió incómoda en la silla.
-No creo que estaría contenta en Luna Nueva, con tres viejos como nosotros.
("¡Sí, estaría, sí!", pensó Emily).
-Ruth, ¿y tú? -preguntó el tío Wallace-. Vives sola en esa casa tan grande. Sería bueno para ti tener a alguien que te acompañara.
-No me gusta esa niña -dijo la tía Ruth, cortante-. Es astuta como una víbora.
("¡Claro que no!", pensó Emily.)
-Con una educación prudente y cuidadosa, muchos de sus defectos pueden curarse -dijo el tío Wallace, pomposamente. ("¡No quiero que me los curen!" Emily estaba enojándose más y más debajo de la mesa. "A mí me gustan mis defectos más que sus... sus" -buscó mentalmente la palabra adecuada y entonces, triunfante, recordó una frase de su padre- "...sus abominables virtudes!")
-Lo dudo -dijo la tía Ruth, mordaz-. Lo que está en los huesos sale hacia la carne. En cuanto a Douglas Starr, creo que fue verdaderamente vergonzoso de su parte morirse y dejar a esa criatura sin un centavo.
-¿Lo hizo a propósito? preguntó el primo Jimmy, suavemente. Era la primera vez que hablaba.
-Fue un fracasado exclamó la tía Ruth.
-¡Mentira, mentira! -gritó Emily, sacando abruptamente la cabeza por debajo del mantel, entre las patas de un extremo de la mesa.
Por un instante los Murray permanecieron tan inmóviles y callados como si el exabrupto los hubiera convertido en piedra. Luego, la tía Ruth se levantó, avanzó hacia la mesa y levantó el mantel, detrás del cual Emily se había retirado, consternada, al darse cuenta de lo que había hecho.
-¡Levántate y sal de ahí abajo, Emily Starr!-ordenó la tía Ruth.
"Emily Starr” se levantó y salió. No se la veía demasiado asustada: estaba demasiado enojada para asustarse. Se le habían oscurecido los ojos y tenía las mejillas rojas.
-¡Qué hermosa! ¡Qué niña tan hermosa! -dijo el primo Jimmy. Pero nadie lo oyó. La tía Ruth tenía la palabra.
-¡Eres una espía sin vergüenza! -dijo-. Ahí está la sangre de los Starr, un Murray jamás habría hecho una cosa así. ¡Habría que azotarte!
-¡Papá no era un fracasado! -gritó Emily, ahogada de la ira-. No tiene derecho a decir que era un fracasado. Nadie que haya sido tan querido como él puede ser un fracasado. Yo no creo que a usted la haya querido nadie. Así que usted es la fracasada. Y no voy a morirme de tuberculosis.
-¿Te das cuenta de que eres culpable de algo muy vergonzoso? -le preguntó la tía Ruth, blanca de rabia.
-Quería oír qué va a ser de mí -exclamó Emily-. Yo no sabía que era algo tan malo; no sabía que iban a decir cosas tan horribles de mí.
-Los que escuchan a escondidas nunca oyen nada bueno de sí mismos -dijo la tía Elizabeth, imponente-. Tu madre jamás habría hecho eso, Emily.
La bravata había abandonado a Emily. Se sentía culpable y desgraciada, ay, tan desgraciada. No lo sabía, pero al parecer había cometido un pecado imperdonable.
-Ve arriba -ordenó la tía Ruth.
Emily se fue, sin protestar. Pero antes de irse miró a su alrededor. -Mientras estaba debajo de la mesa -confesó- le hice una mueca al tío Wallace y le saqué la lengua a la tía Eva.
Lo dijo con pesar, deseando ser honesta con sus transgresiones, pero con tanta facilidad nos entendemos mal los unos a los otros, que los Murray en realidad creyeron que se estaba dando el lujo de una gratuita impertinencia. Cuando se cerró la puerta tras ella, todos, excepto la tía Laura y el primo Jimmy, sacudieron la cabeza y gimieron.
Emily fue a su dormitorio en un estado de amarga humillación. Sentía que había hecho algo que les daba a los Murray el derecho a despreciarla, y decían que era la sangre Starr que había salido a la superficie, y ni siquiera había averiguado cuál sería su destino. Miró desconsolada a la pequeña Emily del espejo.
-Yo no sabía, no lo sabía -murmuró-. Pero ahora lo sé -agregó, resuelta-, y nunca, pero nunca, volveré a hacerlo. Por un momento pensó que se arrojaría sobre la cama a llorar. No podía soportar todo el dolor y la vergüenza que le quemaban el corazón. Pero, entonces, su mirada cayó sobre el cuaderno amarillo que estaba sobre su mesita. Un minuto después, Emily estaba sentada sobre la cama, al estilo turco, escribiendo con entusiasmo en el viejo cuaderno, con un pedacito de lápiz. A medida que sus dedos volaban sobre los renglones borrosos se le colorearon las mejillas y le brillaban los ojos. Olvidó a los Murray, aunque estaba escribiendo sobre ellos; olvidó su humillación, aunque estaba describiendo lo ocurrido; durante una hora escribió sin pausa a la luz mortecina de su humeante lámpara, sin detenerse, salvo aquí y allá, para mirar por la ventana la penumbrosa belleza de la noche neblinosa, mientras buscaba en la cabeza una palabra determinada, y cuando la encontraba suspiraba feliz y seguía escribiendo.
Cuando oyó que los Murray subían la escalera guardó el cuaderno. Había terminado; había escrito una descripción de todo el hecho y del círculo en cónclave de los Murray, y había concluido con un patética descripción de su propio lecho de muerte, con los Murray de pie, a su alrededor, rogándole que los perdonara. Al principio describió a la tía Ruth de rodillas, en una agonía de sollozos llenos de remordimiento. Luego, detuvo el lápiz, "la tía Ruth jamás se sentiría tan mal por ninguna cosa" pensó, y tachó el renglón.
Escribiendo, el dolor y la humillación se diluyeron. Sólo estaba cansada y algo feliz. Había sido divertido buscar palabras que encajaran con el tío Wallace y qué satisfacción exquisita había sido describir a la tía Ruth como "una mujercita rechoncha".
-Me gustaría saber qué dirían mis tíos si supieran lo que de verdad pienso de ellos -murmuró, mientras se acostaba.
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Alexia Survei
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Re: Emily la de la luna nueva(L.M. Montgomery)

Mensaje  Alexia Survei el Lun Mar 22, 2010 8:34 pm

5

EL DIAMANTE CORTA EL DIAMANTE

Emily, a quien los Murray habían ignorado expresamente durante el desayuno, fue convocada a la sala de recibo cuando terminaron de comer.
Estaban todos -la falange entera-, y a Emily se le ocurrió, al mirar al tío Wallace sentado al sol de la primavera, que después de todo no había encontrado la palabra adecuada para expresar esa especial calidad de adustez de él.
La tía Elizabeth estaba de pie junto a la mesa, seria, con unos papelitos en la mano.
-Emily-dijo-, anoche no pudimos decidir quién te llevaría. Debo decir que ninguno de nosotros tiene demasiadas ganas de quedarse contigo, viendo que te has portado tan mal en muchos aspectos...
-Ay, Elizabeth -protestó Laura-. Es... es la hija de nuestra hermana.
Elizabeth levantó la mano, en un gesto de reina.
-Yo estoy haciendo esto, Laura. Ten la bondad de no interrumpirme. Como decía, Emily, no pudimos decidir quién se ocuparía de ti. De modo que acordamos, siguiendo una sugerencia del primo Jimmy, que resolveríamos la cuestión echándola a la suerte. Tengo nuestros nombres aquí, escritos en estos papelitos. Sacarás uno y aquel cuyo nombre esté escrito te dará un hogar.
La tía Elizabeth extendió los papelitos. Emily temblaba con tanta violencia que al principio no pudo tomar uno. Esto era espantoso, parecía que uno debía decidir su propio destino a ciegas.
-Saca uno -dijo la tía Elizabeth.
Emily apretó los dientes, echó la cabeza hacia atrás con el aire de quien desafía al destino y sacó un papel. La tía Elizabeth lo tomó con una mano temblorosa y lo sostuvo en alto. En él estaba su propio nombre: "Elizabeth Murray". Laura Murray se llevó el pañuelo a los ojos.
-Bien, ya está-dijo el tío Wallace, levantándose aliviado-. Y voy a tener que darme prisa si quiero tomar ese tren. Claro que, en lo que hace a los gastos, yo contribuiré con mi parte, Elizabeth.
-En Luna Nueva no somos mendigos -dijo la tía Elizabeth, con algo de frialdad-. Ya que me ha tocado a mí llevármela, haré lo que haga falta, Wallace. No voy a eludir mi deber.
"Yo soy su deber", pensó Emily. "Papá decía que a nadie nunca le gusta lo que es un deber. De manera que nunca le voy a gustar a la tía Elizabeth."
-Tienes más orgullo Murray que todos nosotros juntos, Elizabeth -rió el tío Wallace.
Todos lo siguieron afuera, todos excepto la tía Laura. Ella se acercó a Emily, que estaba de pie, sola, en medio de la habitación, y la tomó en sus brazos.
-Me alegro tanto, Emily, tanto -susurró-. No te preocupes, chiquita. Yo ya te quiero, y Luna Nueva es un lugar lindo, Emily.
-Tiene... un nombre bonito -dijo Emily, luchando por controlarse-. Yo... yo quería... irme contigo, tía Laura. Creo que voy a llorar, pero no es porque no quiera ir ahí. Mis modales no son tan malos como ustedes piensan, tía Laura, y anoche no me hubiera puesto a escuchar si hubiera sabido que eso no se hace. -Ya sé que no -dijo la tía Laura. -Pero no soy una Murray, ¿sabes?
Entonces la tía Laura dijo algo muy extraño... en labios de una Murray.
-¡Gracias al cielo!
El primo Jimmy siguió a Emily cuando ésta salió de la habitación y la alcanzó en el pequeño vestíbulo. Miró cuidadosamente a su alrededor para asegurarse de la privacidad y susurró:
-Tu tía Laura es especialista en tortas invertidas de manzana, gatita.
Emily pensó que "torta invertida de manzana" sonaba lindo, aunque no sabía qué era. Le susurró al primo Jimmy una pregunta que nunca se habría atrevido a hacerle a la tía Elizabeth ni incluso a la tía Laura.
-Primo Jimmy, cuando hagan torta en Luna Nueva, ¿me dejarán raspar el recipiente y comerme la masa cruda?
-Laura, sí; Elizabeth, no -susurró el primo Jimmy, solemne.
-¿Y poner los pies en la estufa cuando se me enfríen? ¿Y comer una galletita antes de irme a dormir?
-La misma respuesta que antes -dijo el primo Jimmy-. Yo te recitaré mis poesías. Son muy pocas las personas a las que se las recito. He compuesto mil poemas. No están escritos, los tengo a todos aquí. -El primo Jimmy se pegó en la cabeza.
-¿Es muy difícil escribir poesía? -preguntó Emily, mirando al primo Jimmy con un nuevo respeto.
-Fácil como hacer rodar un leño si uno encuentra suficientes rimas -dijo el primo Jimmy.
Esa mañana se fueron todos, menos los de Luna Nueva. La tía Elizabeth anunció que se quedarían hasta el día siguiente para empacar y llevarse a Emily con ellos.
-Casi todos los muebles son de la casa -dijo-, de modo que no nos llevará mucho tiempo alistarnos. Sólo hay los libros de Douglas Starr y sus pocas pertenencias personales para empacar.
-¿Cómo llevaré a mis gatos? -preguntó Emily, preocupada. La tía Elizabeth la miró.
-¡Gatos! Usted no va a llevarse ningún gato, señorita. -¡Ay, tengo que llevarme a Mike y a Saucy Sal! – exclamó Emily, desesperada-. No puedo dejarlos. No puedo vivir sin un gato.
-¡Tonterías! En Luna Nueva hay gatos en el campo, pero no entran nunca en la casa.
-¿A ti no te gustan los gatos? preguntó Emily, incrédula. -No, no me gustan los gatos.
-¿No te gusta acariciar a un gato gordo, suavecito y bueno? -insistió Emily.
-No, preferiría tocar una víbora.
-Hay una preciosa muñeca de cera de tu madre en casa -dijo la tía Laura-. Le haré vestidos.
-No me gustan las muñecas, no hablan -exclamó Emily. -Los gatos tampoco.
-¡Ah, cómo que no! Mike y Saucy Sal hablan. Ay, tengo que llevármelos. Por favor, tía Elizabeth. Yo adoro a esos gatos. Y son los únicos que me quedan en el mundo que me quieren. ¡Por favor!
--¿Qué es un gato más o menos en cien hectáreas? -dijo el primo Jimmy, tironeándose de la barba-. Llévalos, Elizabeth. La tía Elizabeth reflexionó un momento. No entendía cómo alguien podía querer a un gato. La tía Elizabeth era una de esas personas que nunca entienden una cosa a menos que se les explique con mucha claridad y se les meta en la cabeza. Y entonces pueden entenderlo, pero sólo con el cerebro y no con el corazón. -Puedes llevarte uno de tus gatos -dijo por fin, con el aire de quien hace una gran concesión-. Uno, y no más. No, no discutas. Será mejor que aprendas de una vez por todas, Emily, que cuando yo digo algo, así es. Ya basta, Jimmy.
El primo Jimmy se guardó algo que iba a decir, se metió las manos en los bolsillos y silbó mirando el cielo raso.
-Cuando es no, es no, típico de los Murray. Nacimos todos con esa manía, gatita, y tendrás que soportarla, más cuando tú también la tienes, y mucho. Y dicen que no eres una Murray. El Starr lo tienes a flor de piel, nada más.
-No es cierto, yo soy toda Starr, quiero serlo –exclamó Emily-. Ay, pero, ¿cómo puedo elegir entre Mike y Saucy Sal?
Era un problema serio. Emily luchó con él todo el día, con el corazón oprimido. Ella quería más a Mike; de eso no le cabían dudas, pero no podía dejar a Saucy Sal a merced de Ellen. Ellen siempre había odiado a Sal, pero Mike le caía bastante bien y con él sería buena. Ellen regresaba a su casita de Maywood y quería tener un gato. Al fin de la tarde Emily tomó su amarga decisión. Se llevaría a Saucy Sal.
-Mejor llévate al macho -dijo el primo Jimmy-. No hay problema con los gatitos, Emily.
-¡Jimmy! -dijo la tía Elizabeth, severa. A Emily le llamó la atención la severidad. ¿Por qué no se podía hablar de gatitos? Pero no le gustaba que a Mike lo llamaran "el macho". De alguna manera sonaba insultante.
Tampoco le gustó la conmoción y las corridas de empacar. Añoraba la antigua tranquilidad y las dulces conversaciones con su padre. Se sentía como si lo hubieran alejado de ella por este influjo de los Murray.
-¿Qué es esto? -preguntó la tía Elizabeth de pronto, deteniéndose un momento en la tarea de empacar. Emily la miró y vio con espanto que la tía Elizabeth tenía en la mano el viejo cuaderno, que lo abría, que estaba leyéndolo. Emily dio un salto y agarró el libro.
-No puedes leer eso, tía Elizabeth -exclamó, indignada-, es mío, mi propia propiedad privada.
-Qué arrogancia, señorita Starr -dijo la tía Elizabeth, mirándola-, permíteme decirte que yo tengo derecho a leer tus libros. Ahora yo soy responsable por ti. No voy a permitir nada oculto o clandestino, que quede claro. Evidentemente, tienes algo ahí que te avergüenza que vean y quiero saber qué es. Dame ese cuaderno.
- No estoy avergonzada de él -exclamó Emily, retrocediendo, apretando su precioso cuaderno contra el pecho-. Pero no quiero que tú... ni nadie... lo vea.
La tía Elizabeth se le acercó.
-Emily Starr, ¿no oyes lo que te digo? Dame ese cuaderno, en seguida.
-¡No, no! -Emily se volvió y salió corriendo jamás permitiría que la tía Elizabeth leyera su cuaderno. Corrió hacia la cocina, apartó la tapa de ésta y metió el cuaderno en el fuego. El cuaderno comenzó a arder alegremente. Emily lo observó, destrozada. Le parecía que parte de sí misma se quemaba con él pero la tía Elizabeth no debía verlo nunca, no debía ver todas las cosas que había escrito y le había leído a su padre, todas las fantasías sobre la Señora Viento, sobre la Emily del espejo, sus diálogos con los gatos, todas las cosas que había escrito la noche anterior sobre los Murray. Observó cómo se arrugaban y contorsionaban las hojas, como si fueran cosas vivas, y luego cómo se ponían negras. Un renglón escrito apareció con toda claridad. "La tía Elizabeth es muy fría y altiva." ¿Y si la tía Elizabeth hubiera leído eso? ¡Y si lo estaba leyendo ahora! Emily miró, temerosa, por encima del hombro. No, la tía Elizabeth había regresado a la habitación y había cerrado la puerta con lo que, en cualquiera que no fuera una Murray, se habría considerado un portazo. El cuaderno era un montoncito deshilachado sobre los carbones blancos. Emily se sentó junto a la cocina y lloró. Sentía que había perdido algo de un valor incalculable. Era terrible pensar que todas esas cosas tan queridas ya no estaban. Jamás podría volver a escribirlas, no igual, y, aunque pudiera, no se animaría, nunca volvería a animarse a escribir nada si la tía Elizabeth tenía que verlo todo. Su padre nunca insistía en ver sus cosas. Le gustaba leérselas, pero si ella no hubiera querido, él nunca la habría obligado. De pronto, con las lágrimas que le brillaban en las mejillas, Emily escribió una línea en un cuaderno imaginario.
"La tía Elizabeth es fría y altiva, y no es justa."
A la mañana siguiente, mientras el primo Jimmy ataba las cajas en la parte de atrás del coche de doble asiento y la tía Elizabeth le daba a Ellen las últimas instrucciones, Emily se despidió de todo: del Pino Gallo y de Adán y Eva ("Me van a extrañar tanto cuando me haya ido; no habrá nadie aquí para quererlos" dijo, melancólica), de la reja en forma de araña, de los vidrios de la ventana de la cocina, del viejo sillón de respaldo alto, del cantero de césped, de los abedules plateados. Luego subió a la ventana de su antiguo dormitorio. A Emily siempre le había parecido que esa ventanita se abría a un mundo de maravillas. En el cuaderno quemado había habido un texto del que ella estaba especialmente orgullosa: "Descripsion de la bista desde mi bentana". Se había dentado allí a soñar; por las noches se arrodillaba allí y rezaba. A veces las estrellas brillaban a través de esa ventana, a veces la lluvia golpeaba contra ella, a veces los pequeños gorriones y las golondrinas la visitaban, a veces unos perfumes frescos entraban por ella desde el manzano y las lilas, a veces la Señora Viento reía, suspiraba, cantaba y silbaba junto a ella: Emily la había oído allí en las noches oscuras y en las violentas-tormentas blancas del invierno. A la Señora Viento no le dijo adiós, pues sabía que la Señora Viento estaría en Luna Nueva también, pero le dijo adiós a la ventanita y a la colina verde que había amado, y a sus páramos habitados por las hadas y a la pequeña Emily del espejo. Podría haber otra Emily del espejo en Luna Nueva, pero no sería la misma. Y sacó de la pared y se guardó en el bolsillo la foto del vestido de baile que había cortado de una revista de modas. Era un vestido tan precioso, todo de encaje blanco y ramitos de pimpollos, con una cola larguísima de volados de encaje que seguramente tenía el largo de toda una habitación. Emily se había imaginado mil veces a sí misma con ese vestido, flotando, hecha una reina de belleza, en un salón de baile.
Abajo la esperaban. Emily se despidió de Ellen Greene con bastante indiferencia; nunca le había gustado Ellen Greene y, desde la noche en que ésta le había dicho que su padre iba a morirse, la había odiado y temido.
Ellen asombró a Emily estallando en sollozos y abrazándola, pidiéndole que no la olvidara, llamándola "mi niña adorada"-Yo no soy su niña adorada -dijo Emily-, pero le escribiré. ¿Va a ser muy buena con Mike?
-Creo que te duele más dejar a ese gato que a mí -sollozó Ellen.
-Ay, claro, por supuesto -dijo Emily, sorprendida de que a alguien le llamara la atención.
Le exigió toda su determinación no llorar cuando se despidió de Mike, que estaba ovillado por el sol, sobre el césped caliente, en la parte de atrás de la casa.
-Tal vez te vuelva a ver algún día -susurró mientras lo abrazaba-. Estoy segura de que los gatitos buenos van al cielo. Entonces se fueron en el coche de asientos dobles con su toldo con flecos, que siempre usaban los Murray de Luna Nueva. Emily nunca antes había viajado en algo tan espléndido. Nunca había viajado mucho. Una o dos veces su padre le había pedido prestado al señor Hubbard su vieja calesa con el poni gris para ir a Charlottetown. La calesa era ruidosa y el poni lento, pero su padre le había hablado todo el viaje e hizo del camino una verdadera maravilla.
El primo Jimmy y la tía Elizabeth se sentaron adelante, la última muy impresionante con su manto y su cofia de encaje negro. La tía Laura y Emily ocuparon el asiento de atrás, con Saucy Sal en una canasta entre las dos y gritando de susto.
Emily miró hacia atrás cuando iban por el camino de césped y pensó que la vieja casita marrón en la hondonada tenía un aire desdichado. Hubiera querido volver corriendo, para consolarla. A pesar de su decisión, se le llenaron los ojos de lágrimas; pero la tía Laura estiró su cálida mano enguantada por encima de la canasta de Saucy Sal y tomó la de Emily, dándole un apretoncito íntimo y comprensivo.
-Ay, te quiero mucho, tía Laura -susurró Emily.
Y los ojos de la tía Laura eran muy, pero muy azules, y profundos, y buenos.


6
LUNA NUEVA

Emily encontró que el viaje a través de ese mundo floreciente de junio era agradable. Nadie hablaba mucho; hasta Saucy Sal se había resignado al silencio de la desesperanza; de vez en cuando el primo Jimmy hacía un comentario, más para sí mismo, al parecer, que para otra persona. A veces la tía Elizabeth le respondía; a veces, no. Ella siempre hablaba tajantemente y no utilizaba palabras innecesarias.
Se detuvieron a comer en Charlottetown. Emily, que no había tenido apetito desde la muerte de su padre, no pudo comer la carne que la camarera de la posada le puso enfrente. Ante lo cual, la tía Elizabeth le dijo algo en secreto a la camarera, que se fue y luego volvió con una bandeja de pollo frío, delicadas rodajas blancas con un precioso adorno de lechuga cortada finita.
-¿Puedes comer eso? -preguntó la tía Elizabeth con severidad, como quien se dirige a un reo en la corte.
-Tra... trataré -murmuró Emily.
En ese momento estaba demasiado asustada para decir más pero, para cuando había logrado tragar parte del pollo, su cabecita había decidido que había un tema que aclarar.
-Tía Elizabeth -dijo.
-¿Sí, qué? -dijo la tía Elizabeth, dirigiendo sus ojos azul acerados directamente a los ojos turbados de su sobrina. -Quisiera que entendieras -dijo Emily, hablando muy correcta y atildadamente para asegurarse de que la comprendieran bien- que no fue porque no me gusta la carne asada que no la comí. No tenía nada de hambre; y comí un poco de pollo para complacerte, no porque me guste más.
-Los niños deben comer lo que se les da y no despreciar la comida buena -dijo la tía Elizabeth, severa. Así que Emily sintió que, después de todo, la tía Elizabeth no había entendido, y se sintió desdichada.
Después de comer, la tía Elizabeth le anunció a la tía Laura que harían algunas compras.
-Tenemos que comprarle cosas a la criatura -dijo.
-Ay, por favor, no me llamen "la criatura” -exclamó Emily. Me hace sentir como si no perteneciera a nadie. ¿No te gusta mi nombre, tía Elizabeth? A mamá le gustaba tanto. Además, no necesito "cosas". Tengo dos juegos completos de ropa interior, aunque uno está remendado y...
-Shh -dijo el primo Jimmy, dándole una suave patadita en la canilla a Emily por debajo de la mesa.
El primo Jimmy sólo quería decirle que era mejor dejar que la tía Elizabeth le comprara "cosas" cuando estaba de humor, pero Emily pensó que la reprendía por mencionar cosas como la ropa interior y se sumió en una condena escarlata. La tía Elizabeth siguió hablando con la tía Laura como si no hubiera oído.
-No debe usar ese vestido negro ordinario en Blair Water. Se podría colar harina de avena a través de esa tela. Es una tontería hacerle usar negro a una criatura de diez años. Le compraré un lindo vestidito blanco con un cinturón negro, y algún otro de zaraza, a cuadros blancos y negros, para la escuela. Jimmy, dejamos a la criatura contigo. Cuídala.
El método del primo Jimmy para cuidarla fue llevarla a un restaurante de la esquina y llenarla de helado. Emily nunca había tenido muchas oportunidades de tomar helado y no fue necesario insistirle, a pesar de no tener apetito, para que se comiera dos copas llenas. El primo Jimmy la miraba con satisfacción.
-No sirve que yo te compre cosas que Elizabeth pueda ver --dijo--. Pero ella no podrá ver lo que está dentro de ti. Aprovecha la oportunidad, que sólo el cielo sabe cuándo tendrás otra. -¿Nunca comen helado en Luna Nueva?
El primo Jimmy negó con la cabeza.
-A tu tía Elizabeth no le gustan las cosas modernas. En la casa vivimos como se vivía hace cincuenta años, pero en la granja, tiene que ceder. En la casa: velas; en el tambo, las grandes ollas de su abuela para poner la leche. Pero, gatita, Luna Nueva es un lugar muy lindo, después de todo. Algún día te gustará.
-¿Hay hadas? -preguntó Emily, esperanzada.
-Los bosques están llenos de hadas -dijo el primo Jimmy-. Igual que las aguileñas en el jardín viejo. Plantamos aguileñas a propósito, para las hadas.
Emily suspiró. Desde los ocho años sabía que ya no había más hadas en ningún lado, pero no había abandonado del todo la esperanza de que aún quedaran una o dos en lugares anticuados y lejanos. ¿Y dónde con tanta probabilidad como en Luna Nueva? -¿Hadas de verdad? -interrogó.
-Bueno, debes saber que si un hada es de verdad, no sería un hada -dijo el primo Jimmy, muy serio-. ¿O sí?
Antes de que Emily pudiera reflexionar las tías regresaron y pronto estuvieron todos otra vez en camino. Atardecía cuando llegaron a Blair Water, un atardecer rosado que inundaba de color la larga costa arenosa del mar y hacía resaltar el camino rojo y la colina oscurecida por los abetos blancos con fugaz nitidez. Emily miró a su alrededor y el nuevo entorno le gustó. Vio una gran casa blanca que espiaba a través de un velo de altos árboles viejos -no pequeños abedules recién saliditos de la tierra sino árboles que habían amado y sido amados por tres generaciones-, un espejito de agua plateada que brillaba a través de los abetos oscuros -ése era el estanque, el Blair Water que le daba nombre al lugar, ella ya lo sabía-, y la alta aguja dorada y blanca de una iglesia que se erguía por encima de los bosques de arces, en el valle, allá abajo. Pero no fue nada de eso lo que le produjo el destello, el destello vino con la repentina visión de la ventanita alta tan preciosa, tan amigable, que espiaba a través de las hiedras del techo y, justo por encima de ella, en el cielo opalescente, una Luna nueva, real, dorada y esbelta. Emily estaba fascinada con el paisaje cuando el primo Jimmy la levantó del coche y la llevó a la cocina.
Emily se sentó en un banco largo de madera, que estaba liso como el satén por los años y las tantas friegas y observó a la tía Elizabeth encendiendo velas aquí y allí en grandes candelabros de latón resplandeciente: en el estante entre las ventanas, sobre el aparador alto donde las hileras de platos blancos y azules comenzaban a hacerle guiños para darle una amistosa bienvenida, sobre la larga mesa del rincón. Y, a medida que las encendía, traviesas llamas se espejaban fuera de las ventanas, entre los árboles.
Emily nunca antes había visto una cocina como ésa. Tenía paredes de madera oscura y cielo raso bajo, atravesado por vigas negras, de las cuales colgaban jamones, tocino, ramitos de hierbas, medias y mitones nuevos y muchas otras cosas cuyos nombres y utilidades Emily no pudo adivinar. El piso lijado era de un blanco inmaculado, pero a través de los años las tablas habían sido tan restregadas, que los nudos de la madera se elevaban por todas partes como un bonito relieve, y frente a la cocina las tablas habían cedido, haciendo una especie de extraño pozo. En un rincón del cielo raso había un gran agujero cuadrado que, a la luz de las velas, se veía negro y amenazador, y le dio miedo. Algo podía surgir de pronto de un agujero como ese si uno no se ha portado del todo bien. Y las velas arrojaban unas sombras ondulantes tan extrañas... Emily no sabía si le gustaba la cocina de Luna Nueva o no. Era un lugar bastante interesante, y pensó que le gustaría describirlo en su viejo cuaderno, si no lo hubiera quemado, pero de pronto Emily se sorprendió temblando y al borde de las lágrimas:
-¿Frío? -preguntó la tía Laura, cariñosa-. Estas nochecitas de junio todavía son frías. Ven a la salita, Jimmy encendió fuego en el hogar.
Emily, luchando con desesperación para no perder el control de sí misma, fue a la salita. Era mucho más alegre que la cocina.
El piso estaba cubierto de alegres alfombras rayadas tejidas en casa, la mesa tenía un mantel rojo brillante, en las paredes había un precioso empapelado con un diseño de diamantes, las cortinas eran de un maravilloso damasco rojo pálido con un dibujo de helechos blancos estampado en grande. Eran muy finas, muy imponentes, muy típicamente Murray. Emily nunca había visto cortinas como ésas. Pero lo más lindo de todo eran los reflejos y los relumbres amistosos del alegre fuego de madera dura que, desde el hogar, suavizaba la fantasmagórica luz de las velas con un algo cálido, rosado y dorado. Emily se asó los pies delante del fuego y sintió que revivía su interés en lo que la rodeaba. ¡Qué preciosas las puertitas de vidrio emplomado que cerraban los aparadores de la loza a ambos lados de la alta repisa del hogar, negra y pulida! ¡Qué graciosa la sombra que arrojaba el adorno tallado sobre el aparador contra la pared de atrás! Parecía el perfil de un negro, pensó Emily. ¡Qué misterios podían ocultarse detrás de las puertas de cristal con cortinitas de chintz de la biblioteca! Los libros eran los amigos de Emily dondequiera que los encontrara. Fue de un salto hacia la biblioteca y abrió la puerta. Pero, antes de que pudiera ver más que los lomos de unos libros bastante gordos, apareció la tía Elizabeth, con un jarro de leche y un plato con dos tortitas de harina de avena.
-Emily -dijo la tía Elizabeth, severa-, cierra esa puerta. Recuerda que ahora no debes hurgar en las cosas que no te pertenecen.
-Yo creía que los libros le pertenecían a todo el mundo -dijo Emily.
-Los nuestros no -dijo la tía Elizabeth, y logró transmitir la impresión de que los libros de Luna Nueva pertenecían a una raza diferente-. Aquí tienes la cena, Emily. Estamos todos tan cansados que no vamos a preparar comida. Come y luego nos iremos a la cama.
Emily bebió la leche y tragó las tortitas de harina de avena, sin dejar de mirar a su alrededor. ¡Qué lindo era el empapelado, con las guirnaldas de rosas dentro de los diamantes dorados! Emily se, preguntó si podría "verlo en el aire". Trató... sí podía... ahí está a un metro de sus ojos, un precioso dibujo de hadas, suspendido en la mitad del aire como en una pantalla. A los seis años Emily descubrió que poseía este extraño don. Mediante un determinado movimiento de los músculos de los ojos, que no podía explicar, podía reproducir, en el aire, una réplica diminuta del empapelado de una pared, podía sostenerlo allí y mirarlo todo el tiempo que quisiera, podía moverlo hacia atrás y hacia adelante, a cualquier distancia que quisiera, haciéndolo más grande o más pequeño a medida que lo alejaba o lo acercaba. Era una de sus diversiones preferidas, cuando entraba en una habitación nueva en cualquier parte, "ver el empapelado en el aire". Y este empapelado de Luna Nueva era el empapelado de hadas más bonito que había visto en su vida.
--¿Qué miras con los ojos así?- preguntó la tía Elizabeth, é reapareció de pronto.
Emily se hundió en sí misma. No podía explicarle a la tía Elizabeth: la tía Elizabeth sería como Ellen Greene y diría que estaba "chiflada".
-No... no miraba nada.
- No me contradigas. Estabas haciendo algo con los ojos --respondió la tía Elizabeth-. No vuelvas a hacerlo. Te da una expresión muy rara. Ven, vamos arriba. Vas a dormir conmigo.
Emily dio un respingo de angustia. Ella pensaba que dormiría con la tía Laura. Dormir con la tía Elizabeth parecía todo un problema. Pero no se animó a protestar. Subieron al gran dormitorio sombrío de la tía Elizabeth, donde el empapelado era oscuro, lúgubre y jamás podría transformarse en una cortina de hadas, con una cómoda alta, negra sobre la cual había un pequeño espejo de vaivén, tan por encima de ella que allí no habría Emily del espejo, ventanas muy cerradas con cortinas verde oscuro, una cama alta con un dosel verde oscuro y un colchón inmenso, gordo y sofocante y almohadas altas y duras.
Emily se quedó inmóvil, mirando a su alrededor. -¿Por qué no te desvistes? -preguntó la tía Elizabeth.
-No... no me gusta desvestirme delante de ti -balbuceó Emily.
La tía Elizabeth miró a Emily con sus ojos fríos a través de los anteojos.
-Quítate la ropa, enseguida -ordenó.
Emily obedeció, temblando de ira y de vergüenza. Era espantoso tener que sacarse la ropa mientras la tía Elizabeth la observaba. Era un ultraje indecible. Peor aún era decir sus oraciones delante de la tía Elizabeth. Emily sintió que no tenía mucho sentido rezar en esas condiciones. El Dios de su padre parecía muy lejano y ella sospechaba que el Dios de la tía Elizabeth era demasiado parecido al de Ellen Greene.
-Métete en la cama -dijo la tía Elizabeth, abriéndola. Emily miró la ventana oculta por la cortina.
-¿No vas a abrir la ventana, tía Elizabeth?
La tía Elizabeth miró a Emily como si ésta hubiera sugerido quitar el techo.
-¿Abrir la ventana para que entre el aire de la noche? -exclamó-. ¡Claro que no!
-Papá y yo siempre abríamos la ventana -exclamó Emily. -Con razón murió de tuberculosis -dijo la tía Elizabeth-. El aire de la noche es veneno.
-¿Qué aire hay de noche si no es el aire de la noche? -preguntó Emily.
-Emily -dijo la tía Elizabeth, gélida-, métete... en... la cama.
Emily se metió.
Pero era absolutamente imposible dormir, acostada ahí en esa cama honda que se lo tragaba a uno, con esa nube de negrura encima y ni un atisbo de luz en ningún lado, y con la tía Elizabeth acostada a su lado, larga, rígida y huesuda.
"Me siento como si estuviera en la cama con un pájaro grifo", pensó Emily.
"Ay, ay, voy a llorar, sé que voy a llorar."
Luchó desesperadamente y en vano por contener las lágrimas, pero venían. Se sentía completamente sola y solitaria, ahí, en esa oscuridad, con un mundo extraño, hostil, alrededor, pues ahora --- parecía hostil. Y había un sonido tan extraño, tan misterioso, tan triste en el aire, lejano, pero nítido. Era el murmullo del mar, pero Emily no lo sabía y le daba miedo. ¡Ay, su camita, en su casa; ay, la suave respiración de papá en la habitación; ay, la danza amiga de las estrellas conocidas que brillaban a través de la ventana abierta! ¡Tenía que volver, no podía quedarse aquí, aquí jamás podría ser feliz! Pero no había lugar adonde regresar, ni casa ni padre. Un gran sollozo le brotó del pecho, seguido de otro, y luego de otro. No sirvió de nada apretar las manos y los dientes, ni morderse la parte de adentro de las mejillas: la naturaleza conquistó al orgullo y a la resolución e hizo lo que quiso.
-¿Por qué lloras? -preguntó la tía Elizabeth.
A decir verdad, la tía Elizabeth estaba tan incómoda y perturbada como Emily. No estaba acostumbrada a dormir con nadie; no quería dormir con Emily más de lo que Emily quería dormir con ella. Pero le parecía absolutamente imposible que la niña durmiera sola en uno de los grandes dormitorios de Luna Nueva, y Laura tenía problemas para dormir, cualquier cosa la desvelaba; los niños siempre dan patadas, según había oído decir Elizabeth Murray. De modo que no quedaba más que llevarse a Emily a dormir con ella y, habiendo sacrificado su comodidad y su preferencia para cumplir con su desagradable deber, he aquí que esta criatura difícil y desagradecida no estaba contenta.
-Te pregunté por qué llorabas, Emily -repitió.
-Extraño... creo -sollozó Emily.
La tía Elizabeth se molestó.
-Linda casa tenías para extrañarla -dijo, cortante.
-No era... no era tan elegante como Luna Nueva -sollozó Emily--, pero... estaba papá. Creo que extraño a papá, tía Elizabeth. ¿Tú no te sentiste muy sola cuando murió tu padre?
Involuntariamente Elizabeth Murray recordó la avergonzada sensación de alivio que sofocó cuando murió el viejo Archibald Murray, aquel viejo bien parecido, intolerante, tiránico, que había manejado a su familia con mano de hierro toda su vida y que había hecho que la existencia en Luna Nueva fuera desdichada con la petulante tiranía de los cinco años de invalidez que cerraron su carrera. Los Murray sobrevivientes se habían portado de manera impecable, llorando con decoro, y publicaron una nota necrológica larga y halagadora. Pero, ¿había habido un solo sentimiento genuino de dolor que siguiera a Archibald Murray a la tumba? A Elizabeth no le gustaba ese recuerdo y se enojó con Emily por evocarlo.
-Me resigné a la voluntad de la Providencia -dijo, con frialdad-. Emily, tienes que entender ya mismo que debes ser agradecida y obediente y mostrar tu reconocimiento por lo que se hace por ti. No voy a tolerar lágrimas ni quejas. ¿Qué habrías hecho si no hubieras tenido amigos que se ocuparan de ti? Respóndeme eso.
-Supongo que me habría muerto de hambre-admitió Emily, visualizando de inmediato una dramática imagen de sí misma muerta, exactamente igual a las imágenes de una revista de misioneros que tenía Ellen en la que mostraban las víctimas de una hambruna en la India.
-No exactamente, pero te habrían enviado a un asilo donde probablemente hubieras pasado hambre. No sabes de lo que te salvaste. Has venido a un buen hogar donde se te cuidará y se te educará adecuadamente.
A Emily no le gustó del todo eso de "se te educará adecuadamente". Pero dijo, con humildad:
-Yo sé que fuiste muy buena al traerme a Luna Nueva, tía Elizabeth. Pero no te molestaré mucho tiempo, ¿sabes? Pronto seré adulta y podré ganarme la vida. ¿Cuál crees que es la edad pira que una persona pueda ser adulta, tía Elizabeth?
-No tienes por qué pensar en eso -dijo la tía Elizabeth, tajante-. Las mujeres Murray nunca se han visto en la necesidad de ganarse la vida. Lo único que te pedimos es que seas una niña buena y agradecida y te comportes con la prudencia y la humildad que corresponde.
Eso sonaba horriblemente duro.
-Sí, tía -dijo Emily, decidiendo de pronto ser heroica, como las niñas en las historias que había leído-. Tal vez después de todo no sea tan difícil, tía Elizabeth -y en ese momento Emily recordó algo que había oído decir una vez a su padre y le pareció que esa era una buena oportunidad para utilizarlo-, porque, ¿sabes? Dios es bueno y el diablo puede ser peor.
¡Pobre tía Elizabeth! ¡Recibir el impacto de semejante discurso en medio de la noche, y de labios de una pequeña intrusa no deseada en su ordenada vida y en su tranquila cama! ¡No hay que extrañarse si por uno o dos segundos quedó demasiado paralizada para responder! Luego exclamó, horrorizada:
-Emily, no vuelvas a decir eso.
-Está bien -dijo Emily, dócil-. Pero -agregó, desafiante y en voz baja- seguiré pensándolo.
-Y ahora -dijo la tía Elizabeth-, quiero decirte que no acostumbro charlar toda la noche, aunque tú sí. Voy a dormirme, y espero que me obedezcas. Buenas noches.
El tono del buenas noches de la tía Elizabeth habría estropeado la mejor noche del mundo. Pero Emily se quedó muy quietecita y no lloró más, aunque las lágrimas silenciosas le rodaron por las mejillas en la oscuridad, un buen rato más. Se quedó tan quieta que la tía Elizabeth pensó que se había dormido y se durmió también.
"Me pregunto si habrá alguien despierto en el mundo, además de mí" pensó Emily, sintiendo una soledad angustiosa. "¡Si sólo tuviera aquí a Saucy Sal! No es tan cariñosa como Mike pero es mejor que nada. ¿Dónde estará? ¿Le habrán dado de comer?"
La tía Elizabeth le había dado al primo Jimmy la canasta con Saucy Sal con un impaciente: "Aquí tienes, ocúpate del gato", y Jimmy se la había llevado. ¿Dónde la había puesto? Tal vez Saucy Sal saliera y se fuera a la antigua casa; Emily había oído que los gatos siempre vuelven a su casa. Deseó que ella pudiera salir e irse a su casa; se imaginó a sí misma y a su gata corriendo ansiosas por los caminos oscuros, iluminados por las estrellas, hasta la casita de la hondonada, volviendo a los abedules, a Adán y Eva, a Mike, al viejo sillón de respaldo alto, a su camita y a la ventana abierta donde la Señora Viento le cantaba y al amanecer uno podía ver el azul de la niebla en las colinas.
"¿Llegará la mañana en algún momento?" pensó. "Tal vez las cosas no parezcan tan malas de mañana."
Y entonces oyó a la Señora Viento en la ventana; oyó el murmullo bajo y susurrante de la brisa de una noche de junio, íntimo, querido, amistoso.
"Ay, estás ahí, ¿verdad, querida?" susurró, extendiendo los brazos. "Ay, me alegro tanto de oírte. Me haces sentir tan acompañada, Señora Viento. Ahora ya no me siento sola. ¡Y el destello también vino! Yo tenía miedo de que en Luna Nueva no viniera ya nunca mas.
Su alma súbitamente escapó de la prisión de la sofocante cama de plumas de la tía Elizabeth y de su lúgubre dosel y sus ventanas selladas. Salió al aire libre con la Señora Viento y las otras gitanas de la noche: las luciérnagas, las mariposas, los arroyos, las nubes. A lo largo y a lo ancho anduvo en un ensueño encantado hasta que llegó a la costa de los sueños y quedó profundamente dormida sobre la almohada gorda y dura, mientras que la Señora Viento cantaba suave y seductoramente en las hiedras que cubrían Luna Nueva.
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Re: Emily la de la luna nueva(L.M. Montgomery)

Mensaje  Alexia Survei el Vie Mar 26, 2010 8:14 pm

7

EL LIBRO DEL AYER


Aquel primer sábado y domingo en Luna Nueva permacieron siempre en el recuerdo de Emily como dos días maravillosos, tan plenos de impresiones nuevas y, en general, deliciosas. Si es cierto que "contamos el tiempo por los latidos de nuestros corazones", Emily vivió dos años en lugar de dos días. Todo fue fascinante desde el momento en que bajó por la larga escalera pulida y entró en el salón cuadrado, lleno de una suave luz rosada que entraba por los paneles de vidrio rojo de la puerta del frente. Emily miró encantada a través de los paneles. Qué extraño, qué fascinante mundo rojo contempló, con un extraño cielo rojo que parecía, pensó ella, el cielo del Día del Juicio Final.
Había un cierto encanto en la vieja casa, que Emily sintió intensamente y al cual respondió, aunque era demasiado pequeña para comprenderlo. Era una casa que en otros tiempos había albergado a novias, madres y esposas vivaces, y la atmósfera de sus amores y de sus vidas todavía latía en ella; no la había anulado el régimen de solteronas de las vidas de Elizabeth y Laura.
"Ay, Luna Nueva me va a encantar ", pensó Emily; asombrada. La tía Laura estaba poniendo la mesa para el desayuno en la cocina, que a la luz del sol matutino se veía clara y alegre. Hasta el agujero negro del cielo raso había dejado de ser amenazador y se había convertido en apenas una entrada común y corriente al altillo de la cocina. Y en el umbral de arenisca roja estaba sentada Saucy Sal, acicalándose tan satisfecha como si hubiera vivido toda su vida en Luna Nueva. Emily no lo sabía, pero esa mañana Saucy Sal ya había probado a fondo las delicias de la batalla con sus pares y les había enseñado a los gatos del granero cuál era su lugar, de una vez por todas. El gran gato amarillo del primo Jimmy había recibido una buena zurra y se había quedado sin varios pedazos de su anatomía, mientras que una presumida gata negra, que se daba muchos aires, había decidido que si esa intrusa gris y blanca de cara larga que había salido quién sabía de dónde iba a quedarse en Luna Nueva, ella no.
Emily tomó a Sal en brazos y la besó con amor, para horror de la tía Elizabeth, que venía por el camino de madera desde la cocina exterior con un plato de tocino chisporroteante.
-Que no vuelva a verte besar a un gato -ordenó.
-Ah, está bien -accedió Emily, de buen humor-. Sólo la besaré cuando no me veas.
-No me hace gracia su impertinencia, señorita. No vas a darle besos a ningún gato.
-Pero, tía Elizabeth, yo no le di un beso en la boca, por supuesto. Le di un beso entre las orejas. Es lindo, ¿no quieres probar cómo es?
-Suficiente, Emily. Ya dijiste bastante. -Y la tía Elizabeth avanzó majestuosamente hacia la cocina, dejando a Emily desdichada por un momento. Sintió que había ofendido a la tía Elizabeth y no tenía la menor idea de por qué ni cómo.
Pero la escena que se presentaba ante sus ojos era demasiado interesante para preocuparse mucho más por la tía Elizabeth. Unos aromas deliciosos venían de la cocina exterior, una construcción pequeña, con un techo inclinado donde en el verano se ponía la gran cocina. Estaba cubierta de lúpulo, como casi todas las edificaciones de Luna Nueva. Hacia la derecha estaba el jardín "nuevo", precioso ahora que estaba florecido pero un lugar bastante común y corriente, después de todo, ya que el primo Jimmy lo había cultivado de una manera muy moderna y tenía grano plantado en los amplios espacios entre las derechas filas de árboles que parecían todos iguales. Pero del otro lado del camino del granero, justo detrás del pozo, estaba "el jardín viejo", donde decía el primo Jimmy que crecían las aguileñas y que parecía ser un lugar encantador donde los árboles habían crecido siguiendo su exclusivo gusto, y habían adoptado formas y tamaños individuales, donde la hiedra azul se enrollaba alrededor de sus raíces y las rosas silvestres se amontonaban sobre la cerca gris. Un poco más allá, cerrando el panorama entre los jardines, había una pequeña elevación cubierta de inmensos abedules blancos, entre l9s cuales estaban los graneros de Luna Nueva. Y, del otro lado del jardín nuevo, un precioso camino rojo serpenteaba subiendo por la colina y bajaba del otro lado hasta que parecía tocar el vívido azul del cielo.
El primo Jimmy venía de los graneros, trayendo rebosantes baldes de leche, y Emily corrió con él hasta el tambo que quedaba detrás de la cocina exterior. Ella jamás había visto ni imaginado un lugar tan precioso. Era un pequeño edificio blanco como la nieve en medio de un grupo de altos abetos balsámicos. El techo gris estaba salpicado de almohadones de moho como gordos ratones de terciopelo verde. Uno bajaba seis escalones de arenisca, bordeados de helecho, abría una puerta blanca con un panel de vidrio y bajaba tres escalones más. Y entonces uno se encontraba en un lugar limpio, húmedo, fresco, con olor a tierra, con piso de arcilla y ventanas cubiertas con el delicado esmeralda de jóvenes lúpulos, y había anchos estantes de madera todo alrededor, donde estaban los amplios y llanos recipientes de brillante cerámica marrón, llenos de leche cubierta con una capa de crema tan grasosa que era amarilla.
La tía Laura los esperaba; coló la leche dentro de unos recipientes vacíos y luego espumó algunos de los que estaban llenos. A Emily le pareció que espumar la leche era una tarea fascinante y ansió poder intentarlo ella. También ansió sentarse allí mismo y escribir una descripción de ese precioso tambo pero, ay, no tenía su cuaderno. Aunque podía escribirlo en la cabeza. Se acuclilló en un taburete de tres patas en un rincón oscuro y se dispuso a hacerlo, tan quieta que Jimmy y Laura se olvidaron de ella, se fueron y luego tuvieron que salir a buscarla durante un cuarto de hora. Esto demoró el desayuno y enojó mucho a la tía Elizabeth. Pero Emily había encontrado la frase exacta para definir esa luz verde, clara y no obstante pálida que llenaba el tambo y estaba tan satisfecha que no le importó para nada el aire tormentoso de la tía Elizabeth.
Después del desayuno, la tía Elizabeth informó a Emily que de allí en adelante uno de sus deberes sería llevar las vacas a pastar todas las mañanas. -
-Jimmy no tiene a nadie que le ayude en estos momentos y le ahorrará algunos minutos.
-Y no tengas miedo -agregó la tía Laura-, las vacas conocen tan bien el camino que irán solas. Lo único que tienes que hacer es seguirlas y cerrar los portones.
-No tengo miedo -dijo Emily.
Pero tenía. No sabía nada de vacas, pero estaba decidida a que los Murray no sospecharan que una Starr estaba asustada. Así fue que, con el corazón latiéndole como un martillo de fragua, salió valientemente y descubrió que lo que la tía Laura le había dicho era verdad y que las vacas no eran animales tan feroces, después de todo. Echaron a andar muy gravemente y ella se limitó a seguirlas, primero a través del jardín viejo y luego a través de la plantación de arces y por un sendero retorcido cubierto de helechos donde la Señora Viento ronroneaba y espiaba por detrás de los arbolitos de arce.
Emily se detuvo en el portón de la pradera hasta que sus ojos ávidos absorbieron toda la geografía del paisaje. La vieja pradera se extendía ante ella en una sucesión de pequeños montículos verdes, justo hasta la orilla del famoso Blair Water, que era un estanque casi perfectamente redondo con orillas ondulantes sin pasto ni árboles. Más allá estaba el valle de Blair Water, lleno de casas y, más allá todavía, la gran extensión del golfo blanco. A Emily le parecía una tierra encantada, de sombras verdes y aguas azules. En un rincón de la pradera, separado por un viejo muro de piedra, había un pequeño cementerio privado donde estaban enterrados los Murray idos. Emily quería ir a explorarlo, pero le dio miedo cruzar la pradera.
"Iré apenas tenga más confianza con las vacas", resolvió. Hacia la derecha, en la cima de una pequeña colina empinada cubierta de abedules y abetos blancos jóvenes, había una casa que desconcertó e intrigó a Emily. Era gris y estaba castigada por el tiempo, pero no parecía vieja. No la habían terminado nunca; el techo estaba terminado pero las paredes no, y las ventanas estaban tapiadas. ¿Por qué no la habían terminado? Y podía ser una casa tan linda, una casa a la que uno podía querer, una casa donde habría lindos sillones, fuegos acogedores, bibliotecas y preciosos gatos gordos y ronroneantes en rincones inesperados; allí mismo le puso por nombre la Casa Desilusionada, y mucho fue el tiempo, después, que pasó terminando la casa, amoblándola como debía ser amoblada, e inventando a las personas y los animales más propicios para vivir en ella.
Hacia la izquierda de la pradera había otra casa de un estilo muy diferente: una casa grande, vieja, cubierta de hiedra, de techo plano, con ventanas en las buhardillas y un aspecto general de indiferencia y abandono. Un parque grande y desprolijo, lleno de arbustos sin cuidar y de árboles, se extendía hasta el estanque, donde unos enormes sauces se inclinaban hacia el agua. Emily decidió preguntarle al primo Jimmy sobre las casas cuando tuviera una buena oportunidad.
Pensó que, antes de regresar, debía saltar el cerco de la pradera y explorar cierto sendero que vio entrar en el bosque de abetos y arces más allá. Lo hizo y descubrió que llevaba directo a la Tierra de las Hadas, a lo largo de la orilla de un arroyito ancho y precioso,-un sendero silvestre tan bonito, bordeado de helechos que se mecían y hacían señas, con las más tímidas de las violetas encantadas bajo los abetos blancos y a sorpresivos lugares de belleza en cada curva. Aspiró el aroma de los abetos blancos y vio el brillo de las telarañas en las ramas altas, y en todas partes las danzas de las luces y las sombras encantadas. Aquí y allá las ramas de los arces jóvenes se cruzaban como para hacer una cortina para los rostros de las ninfas del bosque; Emily sabía todo sobre las ninfas, gracias a su padre, y las grandes sábanas de musgo debajo de los árboles eran lechos para Titania.
-Éste es uno de los lugares donde crecen los sueños – dijo Emily, feliz.
Deseó que el sendero continuara hasta siempre, pero al final se apartaba del arroyo y, cuando ella atravesó un viejo cerco de madera mohosa, se encontró en el "jardín del frente" de Luna Nueva, donde el primo Jimmy podaba unos arbustos de espirea.
-Ay, primo Jimmy, encontré un caminito precioso -dijo Emily, sin aliento.
-¿Uno que sale del bosque de John el Altivo?
-¿No es nuestro bosque? preguntó Emily, algo decepcionada.
-No, pero tendría que serlo. Hace cincuenta años el tío Archibald le vendió ese pedazo de tierra al padre de John el Altivo, el viejo Mike Sullivan. El construyó una casita cerca del estanque y allí vivió hasta que se peleó con el tío Archibald, lo que sucedió casi en seguida, por supuesto. Entonces se mudó del otro lado del camino, que es donde ahora vive John el Altivo. Elizabeth ha intentado comprarle la tierra, le ofreció más de lo que vale, pero John el Altivo no quiere vender, por despecho, ya que tiene una buena granja y ese pedazo no le sirve de mucho. Sólo pastorea unas pocas vacas jóvenes en verano, y lo que estaba limpio se está llenando de brotes de arces. Es una espina que Elizabeth tiene clavada en el costado y allí seguirá mientras John el Altivo siga atado a su rencor.
-¿Por qué le dicen John el Altivo?
-Porque es alto y altivo. Pero no te preocupes por él. Quiero mostrarte mi jardín, Emily. Es mío. Elizabeth es ama y señora de la granja, pero me deja el jardín, para compensar por haberme tirado al pozo.
-¿Ella hizo eso?
-Sí. No fue con intención, claro. Éramos niños y yo estaba de visita. Los hombres estaban poniéndole un brocal nuevo al pozo limpiándolo. Estaba abierto y nosotros jugábamos a la mancha alrededor de él. Yo hice poner furiosa a Elizabeth, no me recuerdo qué le dije, aunque no era nada difícil ponerla furiosa, ¿entiendes? y ella quiso pegarme en la cabeza. Yo la vi venir y retrocedí para esquivarla y ahí fue que me caí de cabeza. No me acuerdo de nada más. En el fondo no había más que barro, pero pegué con la cabeza en las paredes de piedra. Me sacaron creyéndome muerto, con la cabeza toda cortada. La pobre Elizabeth estaba…-el primo Jimmy sacudió la cabeza, como para dar a entender que era imposible describir cómo estaba la pobre Elizabeth--. Al ratito reaccioné, como otra persona. La gente dice que nunca quedé bien, pero lo dicen porque soy poeta y porque nunca me inquieto por nada. Los poetas son tan escasos en Blair Water que la gente no los entiende, y la mayoría de las personas se inquieta por tantas cosas que creen que uno no está bien si no actúa igual.
-¿No me recitarías algunas de tus poesías, primo Jimmy? ---preguntó Emily, ansiosa.
-Cuando el espíritu me lo pida, lo haré. No tiene sentido pedírmelo cuando el espíritu no me lo pida.
-Pero, ¿cómo voy a saber cuándo el espíritu te lo pida, primo Jimmy?
-Porque por propia voluntad me pondré a recitar mis composiciones. Pero te digo algo: el espíritu generalmente me lo pide 'cuando hiervo las papas para los cerdos, en otoño. Recuérdalo y no te alejes de mí entonces.
¿Por qué no escribes las poesías?
-El papel es muy escaso en Luna Nueva, Elizabeth economiza con algunas cosas insignificantes, y el papel de cualquier tipo es una de ellas.
-Pero, ¿tú no tienes dinero propio, primo Jimmy?
-Ah, Elizabeth me paga bien. Pero me pone todo el dinero en el Banco y me da algunos pocos dólares de vez en cuando Dice que no se me puede confiar dinero. Cuando vine a trabajar aquí para ella me pagó a fin de mes y yo fui a Shrewsbury a ponerlo en el Banco. Me encontré con un vagabundo en el camino, un pobre hombre desamparado que no tenía un centavo. Yo le di mi dinero. ¿Por qué no? Yo tenía una buena casa, un trabajo fijo y ropa suficiente para que me durara años. Supongo que fue lo más tonto que hice en mi vida, y lo más lindo. Pero Elizabeth nunca pudo entenderlo. Desde entonces maneja mi dinero. Pero ven y te mostraré mi jardín, que después tengo que ir a plantar rabanitos.
El jardín era un lugar hermoso, que bien se merecía el orgullo del primo Jimmy. Parecía un jardín en el que ninguna helada pudiera marchitar ni ningún viento violento soplar, un jardín evocador de cien veranos desaparecidos. Todo alrededor tenía un seto alto de abetos recortados, espaciados a intervalos por altos álamos de Lombardía. El lado norte estaba cerrado por una hilera de abetos contra la cual crecía una larga fila de peonías, espléndidas en sus grandes flores rojas contra la oscuridad de aquéllos. Un gran abeto crecía en el medio del jardín y bajo él había un banco de piedra, hecho de piedras chatas de la costa, alisadas por el largo trabajo del viento y de las olas. En el rincón del sudeste había un enorme matorral de lilas, recortadas para asemejar un gran árbol inclinado, que eran una gloria de púrpura. Una pequeña casita cubierta de hiedra ocupaba el rincón sudoriental. Y en el rincón nordoriental había un gran reloj de sol de piedra gris, justo en el lugar donde el amplio sendero rojo bordeado de césped y adornado con caracoles de mar rosados continuaba su camino hacia el bosque de John el Altivo. Emily nunca había visto un reloj de sol y se quedó mirándolo, fascinada.
-Tu tatarabuelo, Hugh Murray, lo trajo del Viejo Mundo -dijo el primo Jimmy-. No hay ninguno tan lindo en las Provincias Marítimas. Y el tío George Murray compró esos caracoles en las Indias. Era capitán.
Emily miró alrededor, encantada. El jardín era precioso y la casa espléndida a sus ojos infantiles. Tenía un gran porche al frente, con columnas griegas. Estas se tenían por muy elegantes en Blair Water, y contribuían en gran medida a justificar el orgullo de los Murray. Un maestro de la escuela había dicho que le daban un aire clásico a la casa. A decir verdad, el efecto clásico había sido parcialmente sofocado bajo las hiedras que se elevaban sobre todo el porche y pendían en festones verde pálido sobre las hileras de macetas con geranios que flanqueaban los escalones.
A Emily se le hinchó el corazón de orgullo. -Es una casa noble -dijo.
-¿Y mi jardín? -preguntó el primo Jimmy, celoso. -Digno de una reina -dijo Emily, seria y sinceramente.
El primo
Jimmy asintió, contento, y entonces un extraño sonido le brotó de la garganta y una mirada rara le apareció en los ojos.
-Hay un embrujo sobre este jardín. Las plagas no lo atacan y 1os gusanos siguen de largo. La sequía no osa invadirlo y la lluvia aquí suavemente.
Emily retrocedió un paso, involuntariamente; casi tuvo ganas de salir corriendo. Pero el primo Jimmy ya había vuelto a ser el de siempre.
-¿El césped alrededor del reloj de sol no te parece terciopelo dé? Me ha dado mucho trabajo, te lo aseguro. Puedes sentirte como en tu casa en este jardín. -El primo Jimmy hizo un gesto generoso. -Te confiero libertad sobre él. Que tengas suerte, y que encuentres el Diamante Perdido.
-¿El Diamante Perdido? -preguntó Emily, curiosa. ¿Qué cosa fascinante era esa?
-¿Nunca oíste la historia? Te la contaré mañana, los domingos son días de no hacer nada en Luna Nueva. Tengo que ir a plantar los rabanitos ahora o Elizabeth va a salir a buscarme. No dice nada, sólo me mira. ¿Alguna vez viste la verdadera mirada de los Murray?
-Creo que la vi cuando la tía Ruth me sacó de debajo de la mesa -dijo Emily, con pesar.
-No, no. Ésa era la mirada de Ruth Dutton: desdén, malicia y la más absoluta falta de caridad. Yo odio a Ruth Dutton. Se ríe de mi poesía, aunque jamás oyó un verso. El espíritu nunca me lo pide cuando Ruth está cerca. No sé de dónde la sacaron. Elizabeth es excéntrica, pero es sólida como una nuez, y Laura es una santa. Pero Ruth está carcomida por los gusanos. En cuanto a la mirada de los Murray, ya te vas a dar cuenta cuando la veas. Es tan conocida como el orgullo de los Murray. Somos una raza rara, pero somos las mejores personas que han existido. Mañana te contaré de nosotros.
El primo Jimmy cumplió su promesa mientras las tías estaban en la iglesia. Se había decidido en un cónclave familiar que Emily no iría a la iglesia ese domingo.
-No tiene nada apropiado que ponerse -dijo la tía Elizabeth-. Para el domingo próximo le tendremos otra ropa. Emily se desilusionó al saber que no iría a la iglesia. La iglesia, en las contadas ocasiones en que había ido, le había parecido siempre un lugar muy interesante. En Maywood quedaba demasiado lejos para que su padre fuera caminando, pero a veces el hermano de Ellen Greene las había llevado, a ella y a Ellen.
-Tía Elizabeth-preguntó, pensativa-, ¿te parece que Dios se ofenderá mucho si me pongo mi vestido negro para ir a la iglesia? Claro que es barato, creo que Ellen Greene lo pagó con su propio dinero, pero me tapa de los pies a la cabeza.
-Las niñas pequeñas que no entienden las cosas deben sofrenar la lengua -dijo la tía Elizabeth-. No quiero que la gente de Blair Water vea a mi sobrina vestida con ropa tan asquerosa como ese vestido negro de merino. Y si lo pagó Ellen Greene, tenemos que devolverle el dinero. Tendrías que habérnoslo dicho antes de que nos fuéramos de Maywood. No, hoy no vas a ir a la iglesia. Mañana puedes ponerte el vestido negro para ir a la escuela. Podemos cubrirlo con un delantal.
Emily se resignó a quedarse en casa con un suspiro de decepción pero, al fin de cuentas, fue muy agradable. El primo Jimmy la llevó a caminar hasta el estanque, le mostró el cementerio y le abrió el libro del ayer.
-¿Por qué los Murray están enterrados aquí? -preguntó Emily-. ¿Es verdad que porque son demasiado importantes para que los entierren con la gente común?
-No, no, gatita. No llevamos nuestro orgullo tan lejos. Cuando el viejo Hugh Murray se instaló en Luna Nueva, no había más que bosques en kilómetros y kilómetros y ningún cementerio más cercano que el de Charlottetown. Por eso a los viejos Murray los enterraban aquí, y después seguimos haciéndolo porque queríamos yacer con los nuestros, aquí, en las tan verdes orillas del antiguo Blair Water.
-Eso parece un verso de un poema, primo Jimmy -dijo Emily
-Y lo es, es un verso de un poema mío.
-Me gusta la idea de un cementerio exclusivo como éste, dijo Emily, decidida, mirando alrededor y con aprobación el césped aterciopelado que bajaba hasta el estanque azul, los propios senderos, las tumbas bien cuidadas.
El primo Jimmy rió.
-Y pensar que dicen que no eres una Murray -dijo-. Murray, Byrd y Start, y un toquecito de Shipley para completarlo, si el primo Jimmy no se equivoca.
-¿Shipley?
--Sí, la esposa de Hugh Murray, tu tatara-tatarabuela, era una Shipley, inglesa. ¿Sabes cómo fue que los Murray llegaron a Luna `Nueva?
-No.
-Iban a Quebec, no tenían la menor intención de quedarse en la Isla Príncipe Eduardo. Tuvieron un viaje muy difícil y se les estaba terminando el agua potable, así que el capitán de la Luna Nueva desembarcó aquí para conseguir agua. Mary Murray había estado a punto de morirse de los mareos en la travesía, no se recuperó en todo el viaje, y entonces el capitán, apiadándose de ella, le dijo que podía bajar a tierra con los hombres y pisar suelo firme durante una o dos horas. Ella bajó muy contenta y, cuando estuvo abajo, dijo: "Aquí me quedo". Y se quedó, nada pudo hacerla cambiar de idea. El viejo Hugh, que entonces era el joven Hugh, claro, la instó, le gritó, la amenazó y discutió, y hasta dicen que terminó llorando, pero Mary no se movía. Al fin él cedió, hizo bajar sus pertenencias y también se quedó. Así fue que los Murray llegaron a la Isla Príncipe Eduardo.
-Me alegro de que haya sido así -dijo Emily.
-Lo mismo le sucedió al viejo Hugh con el correr del tiempo. Pero nunca dejó de dolerle, Emily, nunca dejó de dolerle. Nunca perdonó de corazón a su esposa. La tumba de ella está ahí en el rincón, es la que tiene la losa roja. Ve y mira lo que él hizo inscribir.
Emily corrió, llena de curiosidad. La gran losa estaba inscripta con uno de esos epitafios largos y discursivos de los viejos tiempos. Pero debajo del epitafio no había un verso de la Biblia ni un salmo piadoso. En letras claras y nítidas, a través de los años y del liquen, se leía: "Aquí me quedo".
-Así fue cómo se vengó -dijo el primo Jimmy-. Fue un buen esposo para ella, y ella fue una buena esposa que le dio una buena familia, y él jamás volvió a ser el mismo después de su muerte. Pero lo otro lo había atormentado, hasta que al fin tuvo que salir a la superficie.
Emily se estremeció. De alguna manera, pensar en ese viejo antepasado lúgubre con su rencor persistente contra la persona más cercana, a quien más quería, era bastante aterrador.
"Me alegro de ser sólo medio Murray", dijo para sí. Y en voz alta:
-Papá me dijo que era una tradición de los Murray no llevar ninguna disputa más allá de la muerte.
-Así es ahora, pero surgió de este hecho, precisamente. La familia de él se horrorizó, te imaginas. Fue un escándalo considerable. Algunos torcieron el significado y dijeron que Hugh no creía en la resurrección y se habló de que el tribunal lo discutiera, pero después de un tiempo las habladurías cesaron.
Emily saltó a otra losa cubierta de liquen. -Elizabeth Burnley, ¿quién fue, primo Jimmy?
-La esposa del viejo William Murray. Era el hermano de Hugh y vino aquí cinco años después que Hugh. Su esposa era una gran belleza y había sido muy cortejada en el Viejo Mundo. A ella no le, gustaban los bosques de la Isla Príncipe Eduardo. Extrañaba su país, Emily, lo extrañaba de una manera escandalosa. Durante serranas después de llegar aquí no se quitó el sombrero, caminaba de un lado a otro con el sombrero puesto, exigiendo que la llevaran de vuelta a su casa.
-¿No se lo quitaba para acostarse a dormir? - preguntó Emily. -No sé si dormía. La cuestión es que William no quiso llevarla de vuelta y al tiempo ella se quitó el sombrero y se resignó. Su hija se casó con el hijo de Hugh, de manera que Elizabeth fue una tajara-tatarabuela.
Emily miró la tumba verde hundida y se preguntó si algún sueño de su tierra había perturbado el descanso de cien años de Elizabeth Burnley.
"Es horrible extrañar, yo lo sé", pensó, solidaria.
-El pequeño Stephen Murray está enterrado ahí -dijo el primo Jimmy-. La suya fue la primera losa de mármol del cementerio. Era el hermano de tu abuelo y murió a los doce años. Él, -dijo el primo Jimmy, solemne- se ha convertido en una tradición de los Murray.
¿Por qué?
-Era tan hermoso, tan inteligente y tan bueno. No tenía ni un solo defecto, de manera que, claro, no podía vivir. Dicen que jamás hubo un niño tan hermoso. Y encantador. Todo el mundo lo quería. Ya hace noventa años que murió, ni uno de los Murray vivos en la actualidad llegó a conocerlo, y sin embargo hablamos de él en las reuniones familiares, es más real que muchos de los vivos. Ya ves, Emily, ha de haber sido un niño extraordinario, Pero terminó en eso. -Y el primo Jimmy hizo un ademán con la mano hacia la tumba cubierta de césped y la losa blanca y prolija.
"Me pregunto", pensó Emily, "si alguien se acordará de mí noventa años después de mi muerte."
--Este viejo camposanto está casi lleno -reflexionó el primo Jimmy-. Apenas hay lugar en aquel rincón para Elizabeth y Laura, y para mí. No hay lugar para ti, Emily.
-Yo no quiero que me entierren aquí- replicó Emily-. Me parece espléndido tener un cementerio como éste en la familia, pero a mí me van a enterrar en Charlottetown con papá y mamá. Pero hay una cosa que me preocupa, primo Jimmy, ¿a ti te parece que me voy a morir de tuberculosis?
El primo Jimmy la miró muy serio a los ojos.
-No -dijo-, no, señora gatita. Tienes mucha vida en ti, que te llevará muy lejos. No estás destinada a morir.
-Yo creo lo mismo -dijo Emily, asintiendo-. Y ahora, primo Jimmy, ¿por qué esa casa de ahí está desilusionada? -¿Cuál? Ah, la casa de Fred Clifford. Fred Clifford comenzó a construir esa casa hace treinta años. Iba a casarse y su novia eligió el lugar. Y cuando la casa estaba así como tú la ves, ella lo dejó, Emily, en su propia cara lo dejó. Ni un clavo más clavaron en la casa. Fred se fue a la Columbia británica. Todavía vive allá, casado y feliz. Pero no quiere venderle ese terreno a nadie, por eso yo creo que todavía le duele.
-Me da tanta lástima esa casa. Ojala la hubieran terminado. Quiere ser una casa terminada, todavía quiere serlo.
-Bien, pero no creo que jamás lo sea. Fred tenía gotas de sangre Shipley, él también. Una de las hijas del viejo Hugh fue abuela suya. Y el doctor Burnley de esa gran casa gris tiene más que unas gotas.
-¿Él también es pariente nuestro, primo Jimmy?
-Primo cuadragésimo segundo. Tenía una prima de Mary Shipley que era tatarabuela suya no sé cuántas veces. Era en el Viejo Mundo; sus antepasados vinieron después que los nuestros. Es un buen médico pero un tipo raro, mucho más raro que yo, Emily, y sin embargo nadie dice que a él le falta un tornillo. ¿Puedes entender eso? Él no cree en Dios, por ejemplo, y yo no soy tan tonto.
-¿En ningún Dios?
-En ningún Dios. Es un infiel, Emily. Y está educando a su hijita de la misma manera, lo cual a mí me parece una infamia, Emily -dijo el primo Jimmy, en confidencia.
-¿Y la madre no le enseña otras cosas?
.-La madre... murió respondió el primo Jimmy, con una extraña vacilación-. Hace diez años -agregó, con tono más firme-. llse Burnley es una gran niña, tiene cabellos como los narcisos y ojos como diamantes amarillos.
-Ay, primo Jimmy, me prometiste que me contarías del Diamante Perdido -exclamó Emily, entusiasmada.
Seguro, seguro. Bien, está ahí, en alguna parte cerca de la casita o dentro de ella, Emily. Hace cincuenta años Edward Murray y su esposa vinieron de visita, desde Kingsport. Ella era toda una dama, cubierta de sedas y diamantes, como una reina; aunque no era ninguna belleza. Tenía un anillo con una piedra que había costado doscientas libras, Emily. Eso era muchísimo dinero para que una mujer lo llevara en el dedo, ¿no? Resplandecía en su mano blanca cuando ella se recogía el vestido para subir los escalones de la casita del jardín pero, cuando bajó los escalones, ya no lo tenía. -¿Y nunca lo encontraron? -preguntó Emily, sin aliento.
-Nunca, y no porque no lo hubieran buscado. Edward Murray quería que echaran la casita abajo, pero el tío Archibald no quiso ni oírlo, porque la había construido para su novia. Los dos hermanos discutieron y no volvieron a reconciliarse jamás. Todos los miembros de la familia se han dedicado en un momento u otro a buscar el anillo. Casi todos piensan que se cayó entre las flores o los arbustos. Pero yo sé la verdad, Emily. Yo sé que el diamante de Miriam Murray está todavía en esa casita. En las noches de luna, Emily, lo he visto refulgir, refulgir y llamar. Pero jamás en el mismo lugar y, cuando uno va a buscarlo, ya no está, y uno lo ve riéndose desde otro lugar.
Otra vez apareció esa cosa fantasmal, indefinible, en la voz o en la mirada del primo Jimmy que le dio a Emily una súbita sensación de frío en la espalda. Pero le encantaba la manera en que él le hablaba, como si ella fuera una adulta, y le encantaba la hermosa tierra que la rodeaba y, a pesar de la pena por su padre y por la casita de la hondonada, que persistía todo el tiempo y le dolía tanto por las noches que su almohada se mojaba con lágrimas secretas, comenzaba a alegrarse otra vez por el atardecer, por las canciones de los pájaros y las tempranas estrellas blancas, por las noches de luna y los vientos silbadores. Sabía que la vida sería maravillosa allí, maravillosa e interesante, con cocinas exteriores, tambos llenos de crema, senderos junto al estanque, relojes de sol, Diamantes Perdidos, Casas Desilusionadas y hombres que no creían en ningún Dios, ni siquiera en el Dios de Ellen Greene. Emily esperaba ver pronto al doctor Burnley. Tenía mucha curiosidad por ver cómo era un infiel. Y ya había decidido que encontraría el Diamante Perdido.


8
JUICIO POR EL FUEGO


A la mañana siguiente, la tía Elizabeth llevó a Emily a la escuela. La tía Laura había pensado que, ya que faltaba sólo un mes para las vacaciones, no valía la pena que Emily "comenzara la escuela'. Pero la tía Elizabeth aún no se sentía cómoda con una pequeña sobrina correteando por Luna Nueva, hurgando insaciable en todo, y estaba decidida a que Emily fuera a la escuela para sacársela de en medio. Emily misma, siempre ávida de nuevas experiencias, estaba muy dispuesta a ir, pero a pesar de todo ardía de rebeldía en el camino. La tía Elizabeth había conseguido, de quién sabe dónde en el altillo de Luna Nueva, un espantoso delantal de zaraza y una cofia de zaraza igualmente espantosa, y obligó a Emily a ponérselos. El delantal era una prenda larga y parecida a una bolsa, de cuello alto y con mangas. Esas mangas eran la indignidad última. Emily nunca había visto a una niña pequeña con un delantal con mangas. Se rebeló hasta el punto de llorar para no ponérselo, pero la tía Elizabeth no iba a tolerar tonterías. Emily vio entonces la mirada de los Murray, y, al verla, guardó dentro del alma sus sentimientos rebeldes y dejó que la tía Elizabeth le pusiera el delantal.
-Fue de tu madre cuando era pequeña, Emily -dijo la tía Laura, para consolarla, y con bastante sentimentalismo. -Entonces -dijo Emily, nada consolada y nada sentimental-, no me llama la atención que se haya escapado con mi padre cuando creció.
Latía Elizabeth terminó de abotonar el delantal y le dio a Emily un empujoncito no muy cariñoso para apartarla de sí.
-Ponte la cofia -le ordenó.
-Ay, por favor, tía Elizabeth, no me hagas usar esa cosa tan horrible.
Sin desperdiciar más palabras, la tía Elizabeth tomó la cofia y se la ató a Emily a la cabeza. Emily tuvo que rendirse. Pero de las profundidades de la cofia surgió una voz desafiante, si bien trémula.
"Al menos, tía Elizabeth, no puedes darle órdenes a Dios", decía.
En todo el camino hasta la escuela, la tía Elizabeth estaba demasiado enojada para hablar. Le presentó a Emily a la señorita Brownell y se fue. La clase ya había empezado, de modo que Emily colgó la cofia en un perchero en el porche y fue hacia el pupitre que le asignó la señorita Brownell. Ya había decidido que la señorita Brownell no le gustaba y no le gustaría nunca.
La señorita Brownell tenía fama de buena maestra en Blair Water, principalmente debido al hecho de que era una disciplinaría estricta y mantenía un "orden" excelente. Era una persona delgada, de edad media, rostro sin colores, dientes prominentes que postraba casi en su totalidad al reír, y ojos grises, vigilantes y fríos, más fríos aún que los de la tía Ruth. Emily sintió que esos despiadados ojos color ágata la atravesaban hasta lo más profundo de su almita sensible. Emily podía ser muy intrépida a veces, pero en presencia de una naturaleza que instintivamente sentía como hostil a la suya se encogía con algo que era más repulsión que miedo.
Durante toda la mañana, fue blanco de curiosas miradas. La escuela de Blair Water era grande y había al menos veinte niñas de más o menos su edad. Emily las miraba a todas con curiosidad y pensó que eso de susurrar entre ellas tapándose la boca con la mano y echar miraditas era muy mala educación. De pronto, se sintió desdichada, extrañando, y sola; quería a su padre, su antigua casa y las cosas que amaba.
-La niña de Luna Nueva está llorando - susurró una niña de fijos negros del otro lado del pasillo. Y entonces se oyó una cruel risita.
-¿Qué te pasa, Emily? preguntó de pronto la señorita Brownell, acusadora.
Emily guardó silencio. No podía decirle a la señorita Brownell lo que le pasaba, en especial cuando la señorita Brownell usaba ese tono.
-Cuando le hago una pregunta a una de mis alumnas, estoy acostumbrada a recibir una respuesta. ¿Por qué lloras?
Se oyó otra risita del otro lado del pasillo. Emily levantó los ojos miserablemente y, en su extrema situación, recurrió a una de las frases de su padre.
-Es un asunto que me concierne solamente a mí -dijo. Una mancha roja apareció de pronto en las hundidas mejillas de la señorita Brownell. Los ojos le relampaguearon con un fuego helado.
-Te quedarás adentro en el recreo como castigo por tu impertinencia -dijo, pero dejó tranquila a Emily el resto del día. A Emily no le importó en lo más mínimo quedarse adentro en el recreo pues, agudamente sensible como era al entorno, se dio cuenta de que, por alguna razón que no alcanzaba a comprender, la atmósfera de la escuela le era antagónica. Las miradas que le dirigían no eran sólo curiosas sino, además, maliciosas. No quería salir a jugar con esas niñas. No quería ir a la escuela de Blair Water. Pero no lloraría más. Se sentó muy derechita y mantuvo los ojos sobre el libro. De pronto un bisbiseo bajo y maligno llegó del otro lado del pasillo.
-¡Señorita Orgullito! ¡Señorita Orgullito!
Emily miró a la otra niña. Sus ojos grandes, firmes, de un gris purpúreo se encontraron con otros ojos redondos, parpadeantes, negros, se clavaron sin amilanarse, con algo en su mirada que intimidaba e impresionaba. Los ojos negros parpadearon y dejaron caer la mirada, mientras su dueña cubría la retirada con otra risita y una sacudida de la trenza corta.
'A ésta puedo dominarla', pensó Emily, con sensación de triunfo. Pero la unión hace la fuerza y al mediodía Emily se encontró parada sola en el patio de juegos enfrentada a una multitud de caras poco amistosas. Los niños pueden ser las criaturas más crueles del mundo. Tienen el instinto gregario de prejuicio contra el forastero, y son despiadados. Emily era una forastera y una de los orgullosos Murray: dos puntos en su contra. Y había en ella, a pesar de ser pequeña y de tener delantal y cofia de zaraza, una cierta reserva, una dignidad y un refinamiento que ofendía a las otras. Y también la manera, de igual a igual, en que las miraba, con ese rostro desdeñoso debajo de los cabellos negros, en lugar de comportarse con timidez y vergüenza, como corresponde a una intrusa a prueba.
-Eres orgullosa -dijo Ojos negros-. Ay, caramba, puede que tengas botas abotonadas, pero vives de caridad.
Emily no había querido ponerse las botas abotonadas. Quería andar descalza, como hacía siempre en verano. Pero la tía Elizabeth le había dicho que ninguna niña de Luna Nueva había ido jamás descalza a la escuela.
-Ay, pero miren el delantal de bebita que tiene -rió otra niña de rulos castaños.
Ahora sí Emily se ruborizó. Ése era en verdad el punto vulnerable de su armadura. Encantada por su éxito en hacer brotar la sangre, la enrulada volvió a intentarlo.
-¿Esa cofia es de tu abuela? Hubo un coro de risitas.
-Ah, no, se pone cofia para no estropearse el cutis -dijo una niña más grande-. Ése es el orgullo de los Murray. Los Murray están podridos de orgullo, dice mi madre.
-Eres espantosa-dijo otra gorda y baja, casi tan ancha como alta-. Tienes las orejas como las de los gatos.
-No sé por qué eres tan orgullosa -dijo Ojos negros-. El cielo raso de tu cocina ni siquiera está revocado.
-Y tu primo Jimmy es un idiota -dijo Rulos castaños. -¡Mentira! -exclamó Emily-. Tiene más juicio que cual quiera de ustedes. Pueden decir lo que quieran de mí, per no van ', a insultar a mi familia. Si dicen una sola palabra más sobre ellos, las voy a mirar con la mirada maligna.
Nadie entendió qué quería decir esto, pero eso hizo que la amenaza fuese más efectiva. Produjo un breve silencio. Pero entonces el tormento volvió a comenzar, bajo una forma diferente.
-¿Sabes cantar? -preguntó una niña delgada y pecosa, que, a pesar de su delgadez y sus pecas, lograba sin embargo ser muy bonita.
-No -dijo Emily.
-¿Sabes bailar?
-No.
-¿Sabes coser?
-No.
¿Sabes cocinar?
-No.
-¿Sabes hacer encaje?
-No.
¿Sabes tejer crochet?
-No.
-Entonces, ¿qué sabes hacer? -dijo la Pecosa con tono desdeñoso.
-Sé escribir poesía -dijo Emily, sin la menor intención de decirlo. Pero en ese momento supo que podía escribir poesía. Y con esta extraña e irracional convicción vino ¡el destello! Allí mismo, rodeada de hostilidad y recelo, luchando sola por mantener su posición, sin apoyo ni ventaja, llegó el maravilloso momento -el que su alma parecía deshacerse de las cadenas de la carne y saltar hacia las estrellas. El éxtasis y la felicidad del rostro de Emily asombraron y enfurecieron a sus enemigas. Lo tomaron por una manifestación del orgullo de los Murray en un don poco común.
–Estás mintiendo -dijo Ojos negros directamente.
-Una Starr no miente respondió Emily. El destello se ha ido, pero la sensación de elevación permanecía. Las miró a todas con una fría indiferencia que por un momento las dominó.
-¿Por qué no me quieren? -preguntó Emily, sin más.
No hubo respuesta. Emily miró directamente a Rulos castaños y repitió la pregunta. Rulos castaños se vio obligada a responder.
-Porque no eres para nada como nosotras -murmuró. -Ni quisiera serlo -dijo Emily, despectiva.
-Ah, claro, eres una de los Elegidos -se burló Ojos negros.
-Por supuesto que sí -replicó Emily.
Se fue en dirección al aula, victoriosa en esta batalla.
Pero las fuerzas que se le oponían no eran tan fáciles de vencer. Hubo muchos susurros y mucha conspiración después de que se hubo ido, una conferencia con algunos de los varones, y la entrega de lápices adornados y goma de mascar como pago de un servicio prestado.
Una agradable sensación de victoria y los restos del destello ayudaron a Emily a pasar la tarde, a pesar del hecho de que la señorita Brownell la ridiculizó por sus faltas de ortografía. La señorita Brownell era muy adicta a ridiculizar a sus alumnas. Todas las niñas de la clase se rieron, excepto una que no había estado de mañana y que, en consecuencia, quedó sentada atrás. Emily había estado preguntándose quién sería. Era, como Emily misma, distinta de las otras chicas, pero en un estilo totalmente diferente. Era alta, estaba mal vestida, con un vestido demasiado largo de una tela a rayas descolorida, y descalza. Los cabellos espesos, que llevaba cortos, se le armaban alrededor de la cabeza con un movimiento que parecía de brillante oro hilado; y sus ojos resplandecientes eran de un castaño tan claro y traslúcido que casi parecía ámbar. Tenía boca grande y mentón pronunciado. Tal vez no se la pudiera llamar bonita, pero su rostro era tan vivaz y animado, que Emily no podía apartar, fascinada, los ojos de ella. Y fue la única chica de la clase que no recibió ni un solo sarcasmo de la señorita Brownell, aunque cometió tantos errores como el resto.
En el recreo, una de las niñas se acercó a Emily con una caja en la mano. Emily sabía que era Rhoda Stuart y la encontraba muy dulce y bonita. Rhoda había formado parte del grupo que la rodeó al mediodía, pero no había dicho nada. Estaba vestida con fresco vestido de zaraza rosada; tenía unas trenzas castañas brillantes y suaves, grandes ojos azules, boca como un pimpollo, rasgos de muñeca y voz suave. Si podía decirse que la señorita tenía una preferida, ésa era Rhoda Stuart, y ésta parecía muy querida por su grupo y muy mimada por las otras niñas.
-Este es un regalo para ti -dijo, dulcemente.
Emily tomó la caja sin recelo. La sonrisa de Rhoda habría desarmado cualquier sospecha. Por un momento, Emily se sintió feliz y ansiosa, mientras le sacaba la tapa. Pero entonces con un gritó arrojó lejos la caja y se quedó pálida y temblorosa de los pies a la cabeza. Había una serpiente en la caja, si viva o muerta, no lo sabía ni le importaba. Emily sentía por las serpientes una repulsión y un horror al que no podía sobreponerse. Sólo verlas la paralizaba.
Un coro de risitas resonó en el porche.
-¡Se asustó de una serpiente muerta! -se burló Ojos negros. ¿Puedes escribir un poema sobre eso? -dijo, riendo, Rulos Castaños.
--¡Las odio! ¡Las odio! -gritó Emily-. ¡Son mezquinas y egoístas!
_Insultar no es propio de una dama -dijo la Pecosa-. Yo pensaba que una Murray estaba por encima de eso.
-Si mañana vienes a la escuela, señorita Starr -dijo con intensión Ojos negros-, vamos a tomar esa serpiente y ponértela alrededor del cuello.
-¡Me encantaría verlas, a ver si se animan! -exclamó una voz clara y sonora. Con un salto, la niña de los ojos color ámbar Y los cabellos cortos estuvo en medio de ellas-. ¡Me encantaría ver como lo haces, Jennie Strang!
-Éste no es asunto tuyo, llse Burnley -murmuró Jenme, hosca;
—--¿Ah, no? No me contestes así, ojitos de cerdo. -llse se acercó a Jennie, que retrocedía, y le sacudió el puño bronceado por el sol frente a la cara. -Si te pesco mortificando otra vez a Emily Starr mañana con esa serpiente, yo la agarraré de la cola, y a ti de tu cola y te voy a atravesar la cara con el bicho. Ten cuidado, ojitos de cerdo. Ahora ve, recoge esa preciosa serpiente y tírala en la basura.
Jennie fue y lo hizo. Ilse encaró a las otras.
-Fuera, todas, y después de esto van a dejar tranquila a la niña de Luna Nueva -dijo-. Si me entero de que se siguen metiendo con ella, les cortaré las gargantas, les arrancaré los corazones y les sacaré los ojos. ¡Sí, y les cortaré las orejas y me las pincharé de adorno en el vestido!
Acobardadas por esas feroces amenazas, o por algo en la personalidad de Ilse, las perseguidoras de Emily se fueron. Ilse se volvió a Emily.
No les hagas caso -dijo con desdén-. Están celosas de ti, eso es todo, celosas porque vives en La Luna Nueva y andas en un coche con la capota adornada y tienes botas abotonadas. Si te siguen molestando, pégales una cachetada.
Ilse saltó el cerco y se metió en el bosque de arces sin dirigirle otra mirada a Emily. Sólo quedaba Rhoda Stuart.
-Emily, lo siento muchísimo -dijo, revoleando compradora sus grandes ojos azules-. Yo no sabía que había una serpiente en la caja, te lo juro. Las chicas me dijeron que era un regalo para ti. No estás furiosa conmigo, ¿verdad? Porque me gustas.
Emily había estado furiosa y herida y humillada. Pero ese atisbo de amistad la conmovió al instante. En seguida, Rhoda y ella estaban caminando abrazadas por el patio de juegos.
-Voy a pedirle a la señorita Brownell que te deje sentarte conmigo -dijo Rhoda-. Yo me sentaba con Annie Gregg, pero se fue a otro pueblo. Te gustaría sentarte conmigo, ¿no es cierto?
Me encantaría -dijo Emily, con calidez. Estaba tan feliz como desdichada se había sentido. Aquí estaba la amiga de sus sueños. Ya adoraba a Rhoda.
-Tenemos que sentarnos juntas -dijo Rhoda, con aire de importancia-. Pertenecemos a las dos mejores familias de Blair Water. ¿Sabes que si a mi padre le reconocieran sus derechos, estaría sentado en el trono de Inglaterra?
-¡De Inglaterra! -dijo Emily, demasiado asombrada para ser otra cosa que un eco.
-Sí. Descendemos de los reyes de Escocia -dijo Rhoda-. por eso no nos tratamos, por supuesto, con cualquiera. Mi padre .tiene una tienda y yo tomo clases de música. ¿Tu tía Elizabeth te ya a dar clases de música?
-No lo sé.
-Tendría que hacerlo. Es muy rica, ¿no?
-No lo sé -volvió a decir Emily. Deseaba que Rhoda no le hiciera semejantes preguntas. Emily pensaba que no era buena educación. Pero, sin duda, una descendiente de los reyes Stuart tendría que saber más que nadie las reglas de etiqueta.
-Tiene un carácter espantoso, ¿no? -preguntó Rhoda.
-¡No, de ninguna manera! -exclamó Emily.
-Bueno, casi lo mata a tu primo Jimmy en uno de sus ataques de furia-dijo Rhoda-. Eso es cierto, me lo contó mamá. ¿Por qué no se casa tu tía Laura? ¿Tiene novio? ¿Cuánto le paga de sueldo tu tía Elizabeth a tu primo Jimmy?
-No lo sé.
Bien-dijo Rhoda, bastante desilusionada-. Supongo que no hace tanto que estás en Luna Nueva como para haber averiguado esas cosas. Pero ha de ser muy diferente de lo que estás acostumbrada, supongo. Tu padre era pobre como las ratas, ¿no?
-Mi padre era un hombre muy, pero muy rico -dijo Emily, seria.
Rhoda se quedó mirándola.
-Yo pensaba que no tenía un centavo.
-Y no lo tenía. Pero la gente puede ser rica sin dinero.
-No veo cómo. Pero, de todos modos, tú vas a ser rica algún día, probablemente tu tía Elizabeth te deje todo su dinero, dice mamá. Por eso a mí no me importa que estés viviendo de caridad, yo te quiero y voy a seguir siendo tu amiga. ¿Tienes novio, Emily?
-¡No! -exclamó Emily, sonrojándose violentamente y bastante escandalizada ante semejante idea-. Si tengo nada más que once años.
-Ah, en nuestra clase todas tienen novio. El mío es Teddy Kent. Le estreché la mano después de haber contado nueve estrellas durante nueve noches sin fallar ninguna. Si haces eso, el prirner muchacho al que le das la mano después tiene que ser tu novio. Pero es muy difícil. A mí me llevó todo el invierno. Hoy Teddy no fue a la escuela, estuvo enfermo durante todo junio. Es el muchacho más buen mozo de todo Blair Water. Tú también tienes que tener novio, Emily.
-Ni pienso -declaró Emily, enojada-: No me interesan para nada los novios y no voy a tener.
Rodha sacudió la cabeza.
-Ah, supongo que estás creída de que no hay nadie de tu nivel, como vives en Luna Nueva. Bueno, no vas a poder jugar a las sillitas si no tienes novio.
Emily ignoraba por completo los misterios de las sillitas y no le importaba. Fuera como fuese, no iba a tener ningún novio, y volvió a decirlo con tanta decisión que Rhoda consideró prudente cambiar de tema.
Emily se alegró cuando sonó la campana. La señorita Brownell accedió muy graciosamente al pedido de Rhoda y Emily transfirió sus pertenencias al asiento de Rhoda. Rhoda no dejó de susurrar durante toda la última hora y, como consecuencia, Emily recibió algunas reprimendas, pero no le importó.
-Me van a festejar el cumpleaños la primera semana de julio y te voy a invitar, si tus tías te dejan venir. Pero a Ilse Burnley no voy a invitarla.
-¿No te gusta?
-No. Parece un varón. Y además el padre es un infiel. Y ella también. En los dictados siempre escribe "Dios" con "d" minúscula. La señorita Brownell la reprende, pero ella lo hace igual. La señorita Brownell está interesada en el doctor Burnley y por eso no la castiga. Pero mamá dice que no lo va a .conquistar, porque él odia a, las mujeres. A mí no me parece decente tratarse con esa gente. Ilse es una niña muy rara y tiene un carácter espantoso. Igual al padre. Amiga, no tiene ninguna. ¿Y no te parece ridículo ese corte de pelo? Emily, tú tendrías que cortarte un flequillo. Son la última moda y a ti te quedaría bien porque tienes la frente alta. Quedarías hecha una verdadera belleza. Porque tienes un cabello precioso, y tus manos son hermosas. Todos los Murray tienen lindas manos. Y tienes unos ojos tan dulces, Emily.
Emily nunca había recibido tantos cumplidos en su vida. Rhoda le hacía un elogio tras otro como quien aplica yeso con una espátula. Emily quedó aturdida y se fue de la escuela a su casa, decidida a pedirle a la tía Elizabeth que le cortara un flequillo. Si la convertía en una belleza, había que hacerlo. Y también le pediría a la tía Elizabeth si podía ponerse las cuentas venecianas para ir a la escuela al día siguiente.
"Entonces las otras niñas me respetarán más", pensó.
A partir del cruce de caminos donde se había separado de Rhoda, siguió sola, y se dispuso a revisar los acontecimientos del día con la sensación de que, después de todo, había mantenido enhiesta la bandera de los Starr, a excepción de un revés temporario con el asunto de la víbora. La escuela era muy diferente de lo que allá había esperado, pero así es la vida, como le había oído decir a Ellen Greene, y uno tenía que conformarse con lo que ésta daba. Rhoda era encantadora y había algo en llse Burnley que hacía que le cayera bien; y en cuanto al resto de las niñas, Emily se vengó de ellas imaginando que las colgaban a todas en hilera por haberla matado de un susto con una víbora, y entonces dejó de sentir resentimiento hacia ellas, aunque algunas de las cosas que le habían dicho siguieron doliéndole amargamente durante un tiempo más. No tenía un padre a quién contárselas, ni cuaderno dónde escribirlas, de modo que no podía exorcizarlas.
No tuvo la oportunidad inmediata de pedir su flequillo, pues leía visita en Luna Nueva y sus tías estaban ocupadas preparando una cena muy elaborada. Pero, cuando trajeron el postre, Emily aprovechó la oportunidad de un súbito silencio en la conversación de los mayores.
-Tía Elizabeth-dijo-, ¿puedo dejarme el flequillo?
-No. No me gustan los flequillos. De todas las modas tontas de hoy en día, el flequillo es la más tonta.
-Ay, tía Elizabeth, déjame cortarme el flequillo. Me convertiría en una belleza, me lo dijo Rhoda.
-Haría falta bastante más que un flequillo para conseguir eso, Emily. No habrá flequillos en Luna Nueva, excepto los de las vacas Molly. Ellas son las únicas criaturas que deben usar flequillo.
La tía Elizabeth mostró una sonrisa triunfante a la mesa. La tía Elizabeth sí sonreía a veces, cuando pensaba que había silenciado a alguna personita ridiculizándola de manera exquisita. Emily se dio cuenta de que era inútil añorar un flequillo. La belleza no le llegaría por ese lado. Era una mezquindad de parte de la tía Elizabeth, una mezquindad. Exhaló un suspiro de desilusión e hizo la idea a un lado, por el momento. Había otra cosa que quería saber.
-¿Por qué el padre de llse Burnley no cree en Dios? -preguntó.
-Por lo que le hizo la madre -dijo el señor Slade, con una risita. El señor Slade era un anciano gordo y jovial con abundantes cabellos y patillas. Ya había dicho algunas cosas que Emily no comprendió y que parecieron poner a su señorial esposa en una situación muy embarazosa.
-¿Qué le hizo la madre de llse? -preguntó Emily, interesada.
Ahora la tía Laura miró a la tía Elizabeth y la tía Elizabeth miró a la tía Laura. Entonces esta última dijo:
Ve a dar de comer a los pollitos, Emily.
Emily se puso de pie con dignidad. .
-Si quieren pueden decirme que no se puede hablar de la madre de llse y voy a obedecer. Entiendo perfectamente lo que quieren decir -dijo, al tiempo que dejaba la mesa.
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Re: Emily la de la luna nueva(L.M. Montgomery)

Mensaje  Alexia Survei el Sáb Mar 27, 2010 12:05 pm

9
UNA PROVIDENCIA ESPECIAL


Emily estuvo segura, desde el primer día, de que no le gustaría la escuela. Sabía que tenía que ir para tener una educación y estar preparada para ganarse la vida, pero siempre sería lo que Ellen Greene llamaba "una cruz". En consecuencia, Emily se sintió atónita cuando, después de varios días de ir a la escuela, se dio cuenta; de pronto, de que le estaba gustando. Claro que la señorita Brownell no mejoró con el mejor conocimiento, pero las otras niñas ya no la atormentaban; es más, para su asombro, súbitamente parecieron olvidar todo lo sucedido y la saludaban como a una de ellas. La aceptaron en el grupo y, aunque en alguna pelea pudiera aparecer un comentario burlón sobre delantales de bebita e1 orgullo de los Murray, no hubo más hostilidad, ni velada ni abierta. Además, Emily era más que capaz de burlarse, ella también, a medida que iba aprendiendo más sobre las niñas y sus puntos débiles, y podía exponerlas a una lucidez y una ironía tan despiadadas que las otras pronto aprendieron a no provocarla. Rulos castaños, cuyo nombre era Grace Wells; la Pecosa, cuyo nombre era Carrie King, y Jennie Strang se hicieron muy amigas suyas, y Jennie le enviaba goma de mascar y papel secante desde otro lado del pasillo, en lugar de risitas. Emily les permitió a todas entrar en el patio exterior del templo de su amistad pero solo Rhoda fue admitida al altar íntimo. En cuanto a llse Burnley, no volvió a aparecer después del primer día. llse, según le explicó Moda, iba a la escuela si tenía ganas y, si no, no iba. El padre nunca se ocupaba de ella. Emily siempre sentía una especie de anhelo por saber más sobre Ilse, pero no parecía probable que fuera a gratificarlo.
Sin darse cuenta, Emily estaba recuperando la alegría. Ya se sentía parte de esa antigua cuna de su familia. Tenía una altísima opinión de los Murray; le gustaba imaginárselos apareciéndose en Luna Nueva: la tatarabuela sacándoles brillo a sus candelabros y haciendo queso; la tía abuela Miriam escurriéndose en busca de su tesoro perdido; la tía tatarabuela Elizabeth, la que extrañaba su país, caminando con el sombrero puesto; el capitán George, el intrépido y bronceado marino, volviendo a casa con los caracoles marinos de las Indias; Stephen, el amado por todos, sonriendo desde las ventanas; su propia madre soñando con el padre de Emily, todos le parecían tan reales como si los hubiera conocido en vida.
Todavía tenía momentos terribles en los cuales la acometía el dolor por su padre, cuando todos los esplendores de Luna Nueva no podían ahogar la añoranza por la modesta casita de la hondonada donde se habían querido tanto. Entonces Emily huía a algún rincón escondido y lloraba con toda el alma, para emerger después con los ojos rojos, lo que siempre parecía molestar a la tía Elizabeth. La tía Elizabeth se había acostumbrado a tener a Emily en Luna Nueva, pero no se había acercado a la niña. Esto siempre le dolía a Emily; pero la tía Laura y el primo Jimmy la querían y además tenía a Saucy Sal y a Rhoda, campos color crema de tantos tréboles, suaves árboles oscuros recortados contra cielos color ámbar, y la loca música que hacía la Señora Viento entre los abetos blancos cuando soplaba directamente desde el golfo; sus días se volvieron vívidos e interesantes, plenos de pequeños placeres y deleites, como diminutos pimpollos dorados que comenzaban a abrirse en el árbol de la vida. Si sólo pudiera tener su viejo cuaderno, o algo equivalente, habría estado plenamente satisfecha. Era lo que más extrañaba después de su padre, y su incineración forzosa era algo por lo que hacía responsable a la tía Elizabeth y por lo cual creía que no la perdonaría nunca. No parecía posible conseguir nada en su reemplazo. Como había dicho el primo Jimmy, el papel de escribir, de cualquier tipo, era escaso en Luna Nueva. Rara vez se escribían cartas y, en ese caso, una hoja de libreta bastaba. Emily no se animaba a pedirle a la tía Elizabeth. había momentos en los que sentía que iba a estallar si no podía escribir algunas de las cosas que le ocurrían. Encontraba una especie de válvula de escape escribiendo en su pizarra en la escuela, pero tarde o temprano tenía que borrarla -lo que dejaba a Emily can un gran sentido de pérdida- y siempre existía el peligro de que la señorita Brownell la viera. Eso, pensaba Emily, sería insoportable. Los ojos de un extraño no debían contemplar esas sagradas producciones. A veces se las dejaba leer a Rhoda, aunque Rhoda la irritaba con sus risitas ante sus vuelos literarios más delicados. Emily pensaba que Rhoda estaba tan cerca de la perfección como puede estarlo un ser humano, pero su defecto eran las risitas.
Hay, empero, un destino que conforma los propósitos de las jóvenes señoritas que nacen con el cosquilleo de escribir en la punta de los dedos y, a su debido tiempo, ese destino le concedió a Emily el deseo de su corazón y se lo concedió, además, el día en querrás lo necesitaba. Eso sucedió el día, el aciago día, en el que la señorita Brownell eligió enseñarle a la clase de quinto, con el ejemplo además de con el precepto, cómo debía leerse la Canción del clarín.
Parada sobre la plataforma, la señorita Brownell, que no carecía de cierta superficial habilidad declamatoria, leyó esos tres maravillosos versos. Emily, que tendría que haber estado haciendo- una suma dentro de una división, dejó el lápiz y escuchó, fascinada. Ella nunca había oído la Canción del clarín pero ahora la oía, y la veía, veía ese resplandor entre rosado y rojo cayendo sobre las cimas nevadas y los castillos en ruinas, las luces que nunca hubo sobre tierra ni mar extendiéndose sobre los lagos, oía los ecos bravíos que sobrevolaban los valles color púrpura y las abras envueltas en la niebla, y el mero sonido de las palabras parecía despertar un exquisito eco en su alma y, cuando la señorita Brownell llegó a "Cuernos de la tierra de las hadas que suenan débilmente", Emily se estremeció de deleite. Estaba fuera de sí, Olvidó todo lo que no fuera la magia de esa línea inigualable, se puso de pie de un salto, dejando caer ruidosamente la pizarra al piso, corrió por el pasillo y tomó a la señorita Brownell del brazo,
-Ay, maestra -exclamó con apasionada seriedad-, lea otra vez ese verso, ¡ay por favor, léalo otra vez!
La señorita Brownell, súbitamente interrumpida de esa manera su exhibición declamatoria, miró hacia abajo y se encontró con una carita extasiada, levantada hacia ella, donde los grandes ojos color púrpura grisáceo brillaban con el resplandor de una visión divina, y la señorita Brownell se enojó. Se enojó por esa ruptura a su estricta disciplina; se enojó con la imprevista muestra de interés en un átomo de tercer grado cuya atención tendría que haber estado concentrada en una división. La señorita Brownell cerró el libro, cerró los labios y le dio a Emily una sonora bofetada en la mejilla.
-Ve a tu asiento y ocúpate de tus asuntos, Emily Starr -dijo la señorita Brownell, con sus fríos ojos velados por la malignidad de su furia.
Emily, arrastrada así a la tierra, volvió a su asiento atontada. La mejilla golpeada estaba roja, pero la herida había sido en el corazón. Un momento antes en el séptimo cielo y ahora esto: ¡dolor, humillación, incomprensión! No podía soportarlo. ¿Qué había hecho para merecerlo? Nunca en su vida le habían dado una bofetada. La degradación y la injusticia le carcomían el alma. No podía llorar -era éste "un dolor demasiado profundo para lágrimas"- y después de la escuela se fue a su casa ahogando la angustia de la amargura, la vergüenza y el resentimiento, una angustia que no tenía salida, pues no se animaba a contar nada en Luna Nueva. La tía Elizabeth diría seguramente que la señorita Brownell había hecho lo correcto y ni la tía Laura, buena y dulce como era, la entendería. Se sentiría dolida porque Emily se había portado mal en la escuela y había tenido que ser castigada.
"¡Ay, si pudiera contarle todo a papá!", pensó Emily.
No pudo cenar, pensaba que no podría volver a comer en su vida. Y, ¡ay, cómo odiaba a esa injusta, odiosa señorita Brownell! ¡Jamás la perdonaría, jamás! ¡Si hubiera alguna manera de vengarse de la señorita Brownell! Emily, que sentada a la mesa de la cena en Luna Nueva parecía tan pequeña, pálida y callada, era un volcán hirviente de sentimientos heridos, de desdicha y de orgullo, ¡ay, de orgullo! Peor aún que la injusticia era el aguijón de la humillación por lo que había sucedido. Ella, Emily Byrd Starr, a quien nadie antes le había levantado la mano, había sido abofeteada como una bebita traviesa ante toda la escuela. ¿Quién podía tolerar eso y seguir viviendo?
Entonces intervino el destino, trayendo a la tía Laura a la biblioteca de la salita para buscar en el compartimiento más bajo determinada carta que deseaba ver. Llevó a Emily consigo para mostrarle una extraña caja de rapé, vieja, que había pertenecido a Hugh Murray y, buscándola, levantó un montón grande y chato de papel polvoriento, un papel de un tono rosado subido, de hojas extrañamente largas y estrechas.
-Es hora de quemar estas planillas de cartas -dijo-. ¡Qué cantidad! Hace años que están aquí, juntando polvo, y no sirven para nada. En un tiempo papá atendía la oficina de correos, aquí, en Luna Nueva, ¿sabes, Emily? El correo en esos tiempos venía sólo tres veces por semana, y cada uno de esos días venía una de esas largas hojas rojas, "planillas de cartas" se llamaban entonces. Mamá siempre las guardaba, aunque una vez usadas ya no servían más. Pero voy a quemarlas ya mismo.
-Ay, tía Laura-susurró Emily, tan desgarrada entre el deseo y el temor, que apenas podía hablar-. Ay, no las quemes, dámelas a mí, por favor dámelas a mí.
--Pero, querida, ¿y para qué las quieres?
Ay, tiíta, la parte de atrás para escribir. Por favor, tía Laura, sería un pecado quemar ese papel.
-Quédatelas, querida. Pero será mejor que Elizabeth no las vea.
-No las verá, no las verá -murmuró Emily.
Recogió con ambos brazos su precioso tesoro y subió corriendo las escaleras -y siguió subiendo hasta la buhardilla, donde ya tenía su "escondite predilecto", en el cual su incómodo hábito de pensar en cosas a miles de kilómetros de distancia no podía molestar a la tía Elizabeth. Era la esquina tranquila de la ventana del gablete, donde siempre se movían las sombras, suave y acompasadamente, y hermosos mosaicos dibujaban el suelo desnudo. Desde allí podía verse por encima de las cimas de los árboles hasta Blair Water. De las paredes colgaban suaves ovillos regordetes, todos listos para hilar, y madejas de hilado desenrollado. A veces, la tía Laura hilaba en la gran rueca, en el otro extremo de la buhardilla, y a Emily le encantaba el ruidito que hacía.
Contra la ventana del gablete se acurrucó; eligió, sin aliento, una planilla y sacó del bolsillo un lápiz de grafito. Una vieja plancha de cartón le sirvió de escritorio; comenzó a escribir febrilmente.
"Querido padre" y entonces volcó su relato del día, de su éxtasis y su dolor, escribiendo abstraída de todo y concentrada, hasta que el atardecer se convirtió en un mortecino crepúsculo iluminado por las estrellas. Los pollos se quedaron sin comer, el primo Jimmy tuvo que ir él mismo a buscar las vacas, a Saucy Sal nadie le repuso la leche y la tía Laura tuvo que lavar los platos, ¿qué importaba? Emily, en el delicioso ajetreo de la composición literaria, estaba perdida para todas las cosas mundanas. '
Cuando hubo cubierto la parte de atrás de cuatro planillas, ya no veía para seguir escribiendo. Pero había vaciado su alma, que quedó una vez más liberada de pasiones malignas. Hasta sentía una extraña indiferencia hacia la señorita Brownell. Emily dobló las planillas y escribió en la parte de afuera:

Señor Douglas Starr
Camino del cielo.

Entonces fue en puntas de pie hasta un viejo y gastado sofá de un rincón, se arrodilló y guardó su carta y las planillas muy, escondiditas en una especie de estante formado por una madera clavada transversalmente debajo del sofá. Emily la había descubierto un día en que estaba jugando en la buhardilla y había pensado que era un escondite ideal para documentos secretos. Nadie los encontraría allí. Tenía papel suficiente para unos cuantos meses, habría cientos de esas preciosas planillas.
-¡Ah! -exclamó bajando, danzarina, las escaleras de la buhardilla-. Me siento como si estuviera hecha de polvo de estrellas. _
Desde entonces pocas fueron las tardes en las que Emily no se escabullía hacia la buhardilla para escribirle una carta, larga o corta, a su padre. El dolor quedaba, pero despojado de rencor. Escribirle hacía parecer que él estaba cerca, y le contaba todo, con una cierta honestidad de confesión que era característica en ella: sus triunfos, sus fracasos, sus alegrías, sus penas, todo quedaba registrado en las planillas de un gobierno que no había sido tan económico con el papel como lo fue más adelante. Había un metro completo de papel en cada planilla y Emily escribía con letra pequeña, aprovechando cada centímetro.
"Me gusta Luna Nueva. Es tan. Señorial y tan espléndida" le contaba a su padre. "Y me parese que somos muy aristocraticos, porque tenemos un reloj de sol. No puedo ebitar sentirme orgullosa de todo. Me temo que tengo demasiado orgullo y por eso todas las noches le pido a Dios que me quite la .mayor parte, pero no todo. En la escuela de Blair Water a uno lo acusan de orgullo con mucha fasilidad. Si una camina derecha y con la cabeza lebantada, es una orgullosa. Rhoda tanbien es orgullosa, porque el padre tendría que ser el Rey de Inglaterra. ¿Cómo se sentiría la reina Victoria si lo supiera? Es maravilloso tener una amiga que sería prinsesa si cada uno tubiera sus derechos. Quiero a Rhoda con toda el alma. Es tan dulce y tan buena. Lo que no me gusta son sus risitas. Y cuando le dije que podía ver el enpapelado de la pared de la escuela en el aire me dijo Mentira. Me dolió muchísirno que mi mejor amiga me dijera eso. Y me dolió más cuando me desperté en la mitad de la noche y me acordé. Y además tuve que quedarme despierta un rato larguísimo, porque estaba cansada de estar acostada de un lado y me daba miedo darme vuelta porque la tía Elizabeth va a decir que me muevo mucho.
"No me animé a contarle a Rhoda de la Señora Viento porque supongo que eso sí es una especie de mentira, aunque a mí me parese muy real. Ahora la oigo cantando en el techo alrededor de las grandes chimeneas. Aquí no tengo ninguna Emily en el espejo. Los espejos son todos demasiado altos en las habitaciones en las que he estado. Nunca estuve en el mirador. Está siempre cerrado. Era el cuarto de mamá y el primo Jimmy dice que su padre lo cerró después que ella se fue contigo y la tía Elizabeth lo mantiene cerrado para respetar la memoria del padre, aunque el primo Jimmy dice que la tía Elizabeth se peleaba con el padre que a veces era un escándalo cuando él vivía, aunque nunca ningún extraño se enteró por lo del orgullo de los Murray. Yo me siento igual. Cuando Rhoda me preguntó si la tía Elizabeth prendía belas porque era anticuada, le respondí, con orgullo que no, que era una tradición de los Murray. El primo Jimmy me contó todas las tradiciones de los Murray. Saucy Sal está muy bien y es la reina del granero pero sigue sin querer tener gatitos y yo no entiendo por que. Le pregunté a la tía Elizabeth y me dijo que las niñas pequeñas no tienen que hablar de esas cosas pero yo no entiendo que tienen de malo los gatitos. Cuando la tía Elizabeth no está, la tía Laura y yo entramos a Saucy Sal en la casa de contrabando pero cuando la tía Elizabeth regresa me siento culpable y deseo no haberlo hecho. Pero a la vez siguiente vuelvo a hacerlo. Eso me parese muy raro. No tuve noticias del querido Mike. Le escribí a Ellen Greene y le pregunté por él, pero cuando me contestó ni lo mencionó, aunque sí me contó todo lo de su rumatismo. Como si a mí me importara su rumatismo.
"Rhoda va a hacer una fiesta de cumpleaños y me va a invitar. Estoy tan entusiasmada. Tú sabes que yo nunca fui a una fiesta. Pienso mucho en ese cumpleaños y me lo imagino. Rhoda no va a invitar a todas las niñas, sino a algunas preferidas. Espero que la tía Elizabeth me deje ponerme el vestido blanco y un buen sombrero. Ay, papá, clavé aquella foto preciosa del vestido de baile de encaje en la pared del cuarto de la tía Elizabeth, como lo tenia en casa y la tía Elizabeth lo arrancó y lo quemó y me resongó por dejar marcas en la pared. Yo le dije tía Elizabeth no tendrías que haber quemado esa foto. Yo quería tenerla para cuando crezca, para hacerme un vestido igual a ese para los bailes. Y la tía Elizabeth me dijo -¿Tú esperas ir a muchos bailes? si se me permite la pregunta- y yo le dije: - Si cuando sea rica y famosa- y la tía Elizabeth dijo -Si cuando la luna esté hecha de queso verde.
"Ayer vi al doctor Burnley cuando vino a comprarle huevos a la tía Elizabeth. Me desilusionó porque es como las demás personas. Yo creía que un hombre que no cree en Dios sería distinto. -Tampoco dijo malas palabras y yo quería porque nunca oí a nadie, decir malas palabras y estoy muy curiosa. Tiene ojos grandes y amarillos como llse y voz alta y Rhoda dice que cuando se enfuréce se oyen sus gritos en todo Blair Water. Hay un misterio sobre la madre de Ilse que no pude aberiguar. El doctor Burnley e Ilse, viven solos. Rhoda dice que el doctor Burnley dice que no quiere tener ningún demonio de mujer en su casa. Es una frace orrible pero fuerte. La vieja señora Simms va a prepararles el almuerzo y la, cena y despues se va y ellos se preparan el desayuno. El doctor, de ves en cuando limpia la casa e Ilse no hace nada más que andar: por aí. El doctor no sonríe nunca, dice Rhoda. Debe ser como el Rey Enrique Segundo.
"Me gustaría hacerme amiga de llse. No es tan dulce como Rhoda, pero a mi me gusta. Pero no viene mucho a la escuela y Rhoda dice que no tengo que tener otra amiga que ella porque si no se va a morir de dolor. Rhoda me quiere tanto como yo a ella. Las dos vamos a rezar para que podamos vivir toda la vida juntas y morirnos el mismo día.
"La tía Elizabeth me prepara el almuerzo para que me lo lleve a la escuela. Nunca me da otra cosa que pan con manteca, pero carta tajadas gruesas y la manteca también y además no tiene ese gusto horrible que tenía la manteca de Ellen Greene. Y la tía Laura Me da una galletita o un pastelito de manzana cuando la tía Elizabeth no la ve. La tía Elizabeth dice que los pastelitos de manzana no son buenos para mí. ¿Por qué las cosas más lindas nunca son buenas, papá? Ellen Greene siempre decía lo mismo.
"Mi maestra se llama señorita Brownell. No me gusta los puntos que calza. (Esa es una frace muy atrevida que usa el primo Jimmy. Ya sé que frace no se escribe así pero en Luna Nueva no hay diccionario y suena igual). Es muy sarcastica y le gusta dejarlo en redículo a uno. Entonces se ríe de uno de manera muy desagradable. Pero la perdoné por haberme pegado y al día siguiente le llebé un ramo de flores para contentarla. Lo resibió con mucha frialdad y lo dejó marchitarse arriva de su escritorio. En un cuento, habría llorado sobre mi hombro. No sé si sirbe de algo perdonar a la gente. Sí, sirve, uno se siente más cómodo. Tú nunca tuviste que ponerte delantal de bebé ni cofia porque eras varón y por eso no puedes entender como me siento. Y los delantales son de una tela tan fuerte que no se gastan y faltan años para que me queden chicos. Pero tengo un bestido blanco para ir a la iglesia con un cinturón de seda negra y un sombrero de paja blanca con monios negros y sandalias de cabrinya negros, y me siento muy elégante cuando me visto así. Ojala pudiera cortarme un flequillo pero la tía Elizabeth no quiere ni oír hablar del tema. Rhoda me dijo que tengo ojos hermosos. Ojala no me lo hubiera dicho. Yo siempre sospeché que mis ojos eran hermosos pero no estaba segura. Ahora que lo sé tengo miedo de estar siempre pendiente de que la gente se de cuenta. Tengo que irme a acostar a las ocho y media y no me gusta pero me quedo sentada en la cama mirando por la ventana hasta que oscurese y así me bengo de la tía Elizabeth, y escucho el ruido del mar. Ahora me gusta aunque siempre me da un poco de tristeza, pero es una tristeza linda. Tengo que dormir con la tía Elizabeth y eso tampoco me gusta porque si me muevo aunque sea apenas dice que tengo hormigas en el cuerpo pero reconoce que no doy patadas. Y no me deja abrir la ventana. No le gusta el aire fresco ni la luz dentro de la casa. La sala es oscura como una tumba. Un día entré y levanté todas las persianas y la tía Elizabeth se horrorizó y me dijo que era una sinvergüenza y me miró con la mirada Murray. Era como si hubiera cometido un crimen. Me sentí tan insultada que vine a la buardilla y escribí en una de las planillas una descripción de mí misma ahogándome y entonces me sentí mejor... La tía Elizabeth me dijo que no podía entrar otra vez en la sala sin permiso, pero yo no quiero ir. Le tengo miedo a la sala. En todas las paredes hay, colgados retratos de nuestros ansestros y no hay ni una sola persona linda entre todos, esepto el abuelo Murray que parece buen mozo pero muy enojado. El cuarto de huéspedes esta arriba y es tan lúgubre como la sala. La tía Elizabeth permite que solo la gente distinguida duerma en él. A mí me gusta la cocina de día y la buardilla y la cocina de afuera y la salita y el vestíbulo por la preciosa puerta roja del frente y me encanta el tambo, pero no me gustan los otros cuartos de Luna Nueva. Ah, me olvidaba del armario del sótano. Me encanta bajar y mirarlas preciosas ileras de potes, de jaleas y dulces. El primo Jimmy dice que es una tradisión de Luna Nueva que los potes de dulce no pueden estar ?_nunca vacíos. Cuántas tradisiones tiene Luna Nueva. Es una casa muy espasiosa y los árboles son presiosos. A los tres álamos de Lombardía del portón del jardín les puse las Tres Prinsesas y a la casita de verano le puse La morada de Emily, y al gran manzano del portón del jardín viejo le puse el Arbol que reza porque levanta sus largas ramas igualito que el señor Dare cuando levanta los brazos para rezar en la iglesia.
"La tía Elizabeth me dio el cajoncito más alto de la derecha en su cómoda para poner mis cosas.
"Ay, papá querido, hice un gran descubrimiento. Ojala lo hubiera hecho cuando estabas vivo porque creo que te habría gustado saberlo. Puedo escribir poesía. A lo mejor la habría escrito hace tiempo si lo hubiera intentado. Pero después del primer día de "clase pensé que por mi honor tenía que intentarlo y es tan fácil. Hay un librito de tapas negras en la biblioteca de la tía Elizabeth que se llama Las estaciones de Thompson y decidí que voy a escribir un poema sobre una estación y los primeros tres versos dicen
Ahora llega el otoño maduro de durasnos y peras
Se oye el cuerno del cazador en toda la tierra
Y la pobre perdis aleteando cae al suelo.

"Claro que en la Isla Príncipe Eduardo no hay durasnos y tampoco oí nunca el cuerno de ningún cazador, pero en poesía uno no tiene que ajustarse demasiado a los hechos. Llené toda una planilla con mi poema y corrí a leerselo a la tía Laura. Yo pensaba que se iba a poner contentísima de tener una sobrina que escribiera poesía pero lo tomó con mucha frialdad y me dijo que no parecía poesía. Esclamé que era verso libre. Muy libre dijo la tía Elizabeth sarcástica aunque yo no le había pedido su opinión. Pero creo que de ahora en adelante voy a escribir con rima para que no halla herrores y voy a ser poetiza cuando crezca y voy a ser famosa. También espero ser como una sílfide. Las poetizas tienen que ser como sílfides. El primo Jimmy también hace poesía pero no la escribe, la guarda en la mente. Yo le ofrecí regalarle algunas de mis planillas -porque él es muy bueno conmigo- pero me dijo que era demasiado viejo para aprender ábitos nuevos. Todavía no oí ninguna poesía suya porque el espíritu no se lo ha pedido pero tengo muchas ganas y lamento que no engorden a los cerdos hasta el otoño. El primo Jimmy me gusta cada vez más, menos cuando le da por hablar y mirar raro. Aí me asusta pero nunca le dura mucho. Lee muchos de los libros de la biblioteca de Luna Nueva. Una historia de la reforma en Francia, muy relijioso y triste. Un libro gordito que describe los meses en Inglaterra y el que te dije antes, Las estaciones de Thompson. Me gusta leerlos porque hay muchas palabras bonitas, pero no me gustan al tacto. El papel es tan áspero y grueso que me da escalofríos. Viajes en España, muy fascinante, con un papel lisito y brillante, un libro de misioneros en las Islas del Pacífico, láminas muy interesantes por los peinados de los jefes paganos. Después de que se hicieron cristianos se cortaron el pelo y a mí me parece una lástima. Los poemas de la señora Hermans. Me apasiona la poesía y también las historias de islas desiertas. Rob Roy, una novela, pero había leído muy poquito cuando la tía Elizabeth me dijo que no podía seguir leyéndola porque no debo leer novelas. La tía Laura me dijo que la leyera a escondidas. No veo por qué no está bien obedecer a la tía Laura pero me da no se que y todavía no lo hice. Un plecioso libro de Tigres, lleno de láminas y historias de tigres que me hacen sentir tan divertida y muerta de miedo. El Camino real, también relijioso pero más divertido así que es bueno para leer los domingos. Reuben y Grace, una historia pero no novela porque Reuben y Grace son hermanos y no hay casamientos. Como Icaty y Jim el alegre, igual que la anterior pero no tan emocionante y trajico. Las poderosas maravillas de la naturaleza que es bueno y enseña. Alicia en el pais de las maravillas, que es delicioso, y las Memorias de Anzonetta B. Peters que se convirtió a los siete y se murió a los diez. Cuando cualquiera le hacía una pregunta ella contestaba con el verso de un himno relijioso. Eso fue después de convertirse. Antes de eso hablaba en castellano. La tía Elizabeth he dijo que tengo que tratar de ser como Anzonetta. Creo que yo podría ser Alicia bajo circunstansias más favorables pero estoy segura de que jamás podré ser tan buena como Anzonetta y creo que tampoco quiero serlo porque ella no se divirtió nunca. Se úfermó apenas se convirtió y sufrió horriblemente durante años. Además, estoy segura de que si me pongo a hablar en himnos a la gente, despertaría el ridiculo. Una vez lo intenté. El otro dia la tía Laura me preguntó si prefería franjas azules en lugar de rojas para las medias del invierno que viene y yo le contesté como contestó Anzonetta cuando le hicieron una pregunta parecida, pero diferente, sobre una bolsa.
Jesús, tu virtud y la sangre de tu corazón
Son mi belleza, mi vestido son.

.
Y la tía Laura dijo que estaba loca y la tía Elizabeth dijo que era irreberente. Yo sabía que no podía funcionar. Además, Anzonetta no pudo comer nada durante años porque tenía hulcera en el estómago y a mí me encanta la comida rica.
"El viejo señor Wales de Derry Pond Road se está muriendo de cánser. Jennie Strang dice que la esposa tiene lista la ropa de luto. "Hoy escribí una biografía de Saucy Sal y una descripción del camino en el bosque de John el Altivo. Las voy a pinchar junto con esta carta para que puedas leerlas. Buenas noches, papá adorado.
"Tu más obediente y humilde servidora Emily B. Starr.
'P.D. Creo que la tía Laura me quiere. Me gusta que me quieran, papá querido


10
PENAS EN AUMENTO

Hubo mucho entusiasmo en la escuela durante la última semana de junio, causado por la fiesta de cumpleaños de Rhoda Stuart, que se llevaría a cabo a principios de julio. La carga de ansiedad era increíble. ¿Quiénes serían invitadas? Ése era el gran interrogante. Algunas sabían que no las invitaría, pero las más estaban en un suspenso verdaderamente terrible. Todo el mundo le rendía honores a Emily porque era la mejor amiga de Rhoda y podría ser que tuviera opinión en el tema de la elección de las invitadas. Jennie Strang llegó al extremo brutal de ofrecerle a Emily una hermosa caja blanca con un espléndido retrato de la Reina Victoria en la tapa, para guardar lápices, si le conseguía una invitación. Emily rechazó el soborno y dijo con grandeza que no podía interferir en un asunto tan delicado. Emily en realidad se estaba dando aires con todo el tema. Ella estaba segura de ser invitada. Rhoda le había contado de la fiesta hacía semanas y había hablado todo con ella. Sería algo grandioso, con una torta de cumpleaños recubierta de una capa de azúcar rosada y adornada con diez velitas rosadas altas, con helado y naranjas, con invitaciones escritas en papel rosado con bordes dorados enviadas por correo (esto último había sido agregado como toque de exclusividad). Emily soñaba noche y día con esa fiesta y ya tenía el regalo para Rhoda: una preciosa cinta para el pelo que la tía Laura había traído de Shrewsbury.
El primer domingo de julio, en la Escuela Dominical, Emily se encontró sentada junto a Jennie Strang para los ejercicios de apertura. Por lo general, ella y Rhoda se sentaban juntas, pero ahora Rhoda estaba sentada tres asientos más adelante con una niñita desconocida, una niñita muy, vistosa y esplendorosa, vestida de seda azul con un sombrero de paja grande y adornado con una corona de flores sobre sus elaborados cabellos rizados, medias de encaje blanco en las piernas regordetas y un flequillo que le llegaba hasta los ojos. No obstante, tanta linda pluma no lograba hacer de ella un ave verdaderamente hermosa; no era para nada bonita y su expresión era de disgusto y desdén.
-¿Quién es la niña sentada con Rhoda? -susurró Emily.
-Ah, es Muriel Porter respondió Jennie. Es de la ciudad. Vino a pasar las vacaciones a la casa de la tía, Jane Beatty. Yo la odio. En su lugar a mí jamás se me ocurriría ponerme un vestido azul con una piel tan oscura como la suya. Pero los Porter son ricos y Muriel está convencida de que es una maravilla. Dicen que Rhoda y ella se han hecho íntimas desde que ella vino; Rhoda siempre le anda atrás a cualquiera que, según ella, está en una posición elevada.
Emily se puso tensa. No pensaba escuchar comentarios críticos sobre sus amigas. Jennie percibió su reacción y cambió de tono.
De todas maneras, yo me alegro de que Rhoda no me invite a su fiesta. Soy yo la que no quiere ir si va a estar Muriel Porter, dándose aires.
-¿Cómo sabes que no te va a invitar? -preguntó Emily. -Bueno, porque las invitaciones salieron ayer. ¿No recibiste la tuya?
-¿Te llegó la correspondencia?
-Sí, la recibió el primo Jimmy.
-Bueno, tal vez la señora Beecher se olvidó de dársela. Probablemente te llegue mañana.
Emily estuvo de acuerdo en que era probable. Pero una extraña sensación helada de desolación había invadido todo su ser, en la cual no tuvo poco que ver el hecho de que, después de la Escuela Dominical, Rhoda se alejó con Muriel Porter sin siquiera mirar a nadie más. El lunes, Emily misma fue al correo, pero no había ningún sobre rosado para ella. Esa noche lloró hasta quedarse dormida pero no abandonó del todo la esperanza hasta que pasó el martes. Entonces tuvo que enfrentarse a la espantosa verdad, que ella, ella, Emily Byrd Start, de Luna Nueva, no había sido invitada a la fiesta de Rhoda. Era increíble. Tenía que haber un error. ¿El primo Jimmy no habría perdido la invitación en el camino de regreso a casa? ¿O sería que a la hermana mayor de Rhoda, que escribió las invitaciones, se le había pasado su nombre? ¿O...? Las desdichadas dudas de Emily fueron resueltas definitivamente por Jennie, que se le acercó cuando ésta salía del correo. Había una luz maliciosa en los ojos como cuentas de Jennie. Ahora, a Jennie le gustaba bastante Emily, a pesar del encontronazo el día en que se conocieron, pero a pesar de eso le gustaba ver su orgullo humillado.
-Así que después de todo no te invitan a la fiesta de Rhoda. -No -admitió Emily.
Fue un momento muy amargo para ella. El orgullo de los Murray estaba dolorosamente estrujado y, por debajo del orgullo de los Murray, había otra cosa que había sido profundamente herida, pero que aún no había muerto.
-Bueno, en mi opinión es una mezquindad -dijo Jennie, honestamente solidaria, a pesar de su secreta satisfacción-. ¡Y después de todos los aspavientos que hacía contigo! Pero eso es típico de Rhoda Stuart. Es una falsa, por los cuatro costados.
-Yo no creo que sea falsa -dijo Emily, leal hasta la última trinchera-. Creo que hay un error en que no me hayan invitado. Jennie se quedó mirándola.
-¿Entonces no conoces la razón? Pero, si Beth Beatty me contó la historia. Muriel Porter te odia y fue y le dijo a Rhoda que si te invita a ti, ella no iba a ir a su fiesta. Y Rhoda estaba tan loca por tener a una niña de la ciudad en su fiesta que le prometió que no te invitaría.
-Muriel Porter no me conoce-murmuró Emily-. ¿Cómo puede odiarme?
Jennie sonrió, con aire de sabihonda.
-Eso te lo digo yo. Está muerta por Fred Stuart y Fred lo sabe y la hizo sufrir elogiándote, le dijo que eras la niña más dulce de todo Blair Water y que quería que fueras su novia cuando fueras grande. Y Muriel se puso tan furiosa, tan celosa, que obligó a Rhoda a que no te invitara. Yo, en tu lugar, no le daría importancia. Una Murray de Luna Nueva está muy por encima de esas suciedades. En cuanto a eso de que Rhoda no es falsa, te digo que sí lo es. Caramba, si te dijo que no sabía que había una víbora dentro de la caja y había sido idea suya.
Emily estaba demasiado abrumada para responder. Se alegró de que Jennie tuviera que seguir por otro camino y dejarla sola, Corrió a su casa, temiendo no poder contener las lágrimas antes de llegar. La desilusión por no ir a la fiesta y la humillación por el insulto, todo se diluía ante la angustia de la fe traicionada y la confianza violada. Su amor por Rhoda había muerto y Emily sufría con toda el alma el dolor del golpe que lo había matado. Era la tragedia de una criatura, y por eso más amarga, dado que nadie podría comprenderla. La tía Elizabeth le dijo que las fiestas de cumpleaños eran una tontería y -que los Stuart no eran una familia con la que los Murray se hubieran tratado nunca. Y ni siquiera la tía Laura, aunque la consoló y la reconfortó, se dio cuenta de lo profunda y dolorosa que había sido la herida, tan profunda y dolorosa que Emily ni siquiera podía escribirle a su padre sobre ella, y no tuvo manera de desahogar la violencia de la emoción que sacudía su ser.
Al domingo siguiente, Rhoda estaba sola en la Escuela Dominical, pues la enfermedad del padre de Muriel Porter la había convocado de regreso a la ciudad; y Rhoda miró a Emily con dulzura. Pero Emily pasó a su lado con la cabeza muy alta y el desprecio en cada rasgo. Nunca volvería a tener nada que ver con Rhoda Stuart, no podía. Despreciaba a Rhoda más ahora, por intentar reanudar la amistad, ahora que la niña de ciudad por quien la había sacrificado se había ido. No era por Rhoda que guardaba luto, sino por esa amistad que había sido tan querida para ella. Rhoda había sido dulce y buena, al menos en la superficie, y Emily había hallado una intensa felicidad en su amistad. Ahora se había terminado y ella jamás, jamás podría volver a querer a nadie o a confiar en nadie. Ése era el aguijón.
Aguijón que lo envenenaba todo. Emily tenía una naturaleza que, incluso de niña, no se recuperaba con facilidad ni olvidaba un golpe semejante. Andaba como ida por Luna Nueva, perdió el apetito y adelgazó. Odiaba ir a la Escuela Dominical porque pensaba que las otras niñas se regodeaban con su humillación y su separación de Rhoda. Tal vez sí hubiera un sentimiento de ese tipo, pero Emily lo exageraba morbosamente. Si dos niñas susurraban o se reían juntas, ella pensaba que hablaban de ella y que de ella se reían. Si alguna hacía con ella el camino de regreso de la escuela, Emily pensaba que era por lástima condescendiente, porque ella no tenía ninguna amiga. Durante todo un mes Emily fue la criatura más desdichada de Blair Water.
"Creo que me han puesto un hechizo cuando nací", reflexionaba, desconsolada.
La tía Elizabeth tenía una idea más prosaica para explicar la languidez y la falta de apetito de Emily. Había llegado a la conclusión de que los espesos cabellos de Emily "le quitaban fuerzas" y que sería mucho más fuerte y se sentiría mucho mejor si se los cortaban. Con la tía Elizabeth, decidir era actuar. Una mañana le informó fríamente a Emily que iban a "entresacarle" los cabellos. Emily no pudo creer lo que oía.
-No me estarás diciendo que me vas a cortar el pelo, tía Elizabeth exclamó.
-Sí, eso es exactamente lo que te estoy diciendo -dijo la tía Elizabeth con firmeza-. Tienes demasiado pelo, especialmente para el verano. Estoy segura de que por eso es que has estado tan decaída últimamente. Y nada de lágrimas.
Pero Emily no podía contener el llanto.
-No me lo cortes todo -rogó-. Sólo un flequillo grande.
Algunas de las niñas tienen, flequillos que le empiezan en la coronilla. Así me quitarías la mitad del pelo y el resto no me sacará demasiada fuerza.
-Nada de flequillos -dijo la tía Elizabeth-. Ya te lo dije muchas veces. Voy a entresacarte el pelo en toda la cabeza para el calor. Algún día me lo vas a agradecer.
Emily se sintió cualquier cosa menos agradecida.
-Es mi única belleza -sollozó-, junto con mis pestañas. Supongo que también me cortarás las pestañas.
La tía Elizabeth desconfiaba por cierto de esas pestañas largas y arqueadas de Emily, herencia de la madrastra infantil, demasiado poco Murray para que uno pudiera aprobarlas, aunque no tenía planes para ellas. Pero el cabello debía cortarse y la tía Elizabeth, tajante, le dijo a Emily que esperara allí, quietita, que ella iba a buscar las tijeras.
Emily esperó, sin esperanzas. Debía perder sus hermosos cabellos, los cabellos de los que su padre había estado tan orgulloso. Con el tiempo volverían a crecer -si la tía Elizabeth lo permitía- pero eso llevaría años ¡y, mientras tanto, ella sería un desastre! La tía Laura y el primo Jimmy habían salido; no tenía a nadie a quien recurrir; esta cosa espantosa iba a suceder.
La tía Elizabeth volvió con las tijeras que hicieron un ruidito revelador cuando ella las abrió, ruidito que, como por arte de magia, pareció dejar algo en libertad, una fuerza formidable y extraña en el alma de Emily. Se volvió despacio y enfrentó a su tía. Sintió que las cejas se le juntaban de una manera poco común en ella, sintió algo que le surgía como de las ignotas profundidades de una irresistible fuente de energía.
-Tía Elizabeth -dijo, mirando directo a los ojos a la dama de las tijeras-, no me vas a cortar el pelo. Y no quiero hablar más del tema.
A la tía Elizabeth le sucedió algo insólito. Se puso pálida, dejó las tijeras, pareció atónita un momento ante la niña transformada o poseída frente a ella y entonces, por primera vez en su vida, Elizabeth Murray se volvió y salió corriendo, literalmente corriendo, hacia la cocina.
-¿Qué pasa? -preguntó Laura, que venía de la cocina de afuera.
-Vi... a papá... mirándome desde la cara de ella -murmuró Elizabeth, temblando-. Y me dijo "Y no quiero hablar más del tema", como decía siempre él, las mismas palabras.
Emily la oyó y corrió al espejo del aparador. Había tenido, mientras hablaba, la extraña sensación de estar usando la cara de otra persona en lugar de la propia. Ahora la sensación se desvanecía, pero Emily alcanzó a vislumbrarla, la mirada Murray, seguramente. Con razón había asustado a la tía Elizabeth, la asustaba a ella misma, qué suerte que se había ido. Se estremeció, corrió a su escondite en la buhardilla y lloró, pero supo que no le cortarían el cabello.
Y así fue. La tía Elizabeth no volvió a referirse al asunto. Pero por varios días pareció evitar a Emily.
Un hecho bastante curioso fue que, a partir de ese día, Emily dejó de penar por su amiga perdida. De pronto, el asunto dejó de tener importancia. Era como si hubiera sucedido hacía tanto tiempo que nada, salvo el mero recuerdo sin emoción, quedaba del hecho. Emily pronto recuperó el apetito y la animación, volvió a escribirle cartas a su padre y descubrió que la vida volvía a ser linda, obstaculizada apenas por el misterioso presentimiento de que la tía Elizabeth había quedado mortificada por su derrota en el asunto del pelo y que tarde o temprano se tomaría la revancha.
La tía Elizabeth "se tomó la revancha" esa misma semana. Emily tenía que ir a la tienda a buscar algo. Era un día de muchísimo calor y se le había permitido andar descalza por la casa, pero ahora tenía que ponerse botas y medias. Emily se rebeló, hacía demasiado calor, había demasiado polvo, no podía caminar casi un largo kilómetro con botas abotonadas. La tía Elizabeth fue inexorable. Nadie iba a ver a un Murray descalzo fuera de su casa, y tuvo que ponérselas. Pero apenas Emily traspasó el portón de La Luna Nueva se sentó, con toda deliberación se quitó las botas, las escondió en un agujeró en el terraplén y se fue descalza. Cumplió con la diligencia y volvió, con la conciencia tranquila. Qué hermoso era el mundo, qué suave el azul del gran espejo redondo de agua de Blair Water, qué glorioso el milagro de los botones de oro en el campo húmedo bajo el bosque de John el Altivo. Al verlo, Emily se quedó inmóvil y compuso un poema.

"Botón de oro, flor dorada,
Veo tu sonriente rostro plácido
Saludar, la cabeza inclinada.
Sin pensar en tiempo o espacio.

En campo cenagoso o camino transitado,
O en el cuidado jardín en flor,
Exhibes tus pétalos suaves y satinados
Y cubres del valle todo verdor. "

Hasta allí, todo bien. Pero Emily quería otra estrofa para redondear el poema apropiadamente y la divina inspiración parecía haber desaparecido. Caminó hacia la casa en un estado de ensoñación y, para cuando llegó a La Luna Nueva, ya tenía la estrofa y la recitaba para sí misma con una agradable sensación de realización.

Regalas tu belleza en todas partes,
Estés donde estés, en cualquier lado.
Y siempre, botón de oro, serás
La flor que más amo. "

Emily estaba muy orgullosa. Éste era su tercer poema y, sin duda, el mejor. Nadie podía decir que era verso libre. Debía correr a la buhardilla a escribirlo en una planilla. Pero la tía Elizabeth la esperaba en los escalones de la entrada.
-Emily, ¿dónde están tus botas y tus medias?
Emily regresó de las nubes con un desagradable sobresalto. Se había olvidado por completo de las botas y las medias. -En un agujero al lado del portón -dijo, sin más. -¿Fuiste descalza a la tienda?
-Sí.
-¿A pesar de que te dije que no?
A Emily esta le pareció una pregunta superflua y no contestó. Pero a la tía Elizabeth le había llegado su turno.
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Re: Emily la de la luna nueva(L.M. Montgomery)

Mensaje  Alexia Survei el Sáb Mar 27, 2010 12:15 pm

11
ILSE

Emily fue encerrada en el cuarto de huéspedes y le dijeron que se quedaría allí hasta la hora de irse a la cama. En vano rogó que no le impusieran semejante castigo. Trató de que le saliera la mirada Murray pero, al parecer, al menos en su caso, la mirada no venía a voluntad.
-Ay, no me encierres ahí sola, tía Elizabeth -imploró-. Sé que me porté mal, pero no me encierres en el cuarto de huéspedes.
La tía Elizabeth fue inexorable. Sabía que era una crueldad encerrar a una niña hipersensible como Emily en esa habitación lúgubre. Pero pensó que estaba cumpliendo con su deber. No se dio cuenta, y ni por un momento lo hubiera creído, de que en realidad estaba satisfaciendo su propio resentimiento hacia Emily por su derrota y su miedo el día de la amenaza del corte de pelo. La tía Elizabeth creía que en aquella ocasión la había ahuyentado un parecido familiar surgido de una situación tensa, y estaba avergonzada. El orgullo de los Murray se había lastimado con esa humillación y el dolor de la lastimadura sólo dejó de doler cuando le echó llave a la puerta del cuarto de huéspedes ante la cara pálida de la culpable.
Emily, muy pequeña, sola, como perdida, con los ojos llenos de un miedo que no debería tener lugar en los ojos de un niño, se acurrucó contra la puerta del cuarto de huéspedes. Así era mejor. Así no podía imaginarse las cosas que había a sus espaldas. Y la habitación era tan grande y oscura que uno podía imaginarse una cantidad horrible de cosas. Su tamaño y su oscuridad la llenaban de un terror contra el que no podía luchar. Desde que tenía conciencia le había tenido terror a que la encerraran sola, en la semipenumbra. No le daba miedo la oscuridad al aire libre, pero esta penumbra llena de sombras, de encierro, hacía del cuarto de huéspedes un lugar de miedo.
La ventana estaba cubierta por una pesada cortina verde oscuro, reforzada por una persiana cerrada. La gran cama con baldaquín, que se proyectaba desde la pared hacia el centro de la habitación, era alta, rígida y también cubierta de pesada tela. Cualquier cosa podía saltar hacia ella desde esa cama. ¿Y si una gran mano negra salía de pronto de allí, si la alcanzaba a través del cuarto, si la agarraba? Las paredes, como las de la sala, estaban adornadas con retratos de los parientes fallecidos. Había tantos Murray muertos. Los vidrios de los retratos devolvían el desagradable reflejo de los espectrales hilos de luz que luchaban por abrirse camino a través de las maderitas de la persiana. Peor que todo, justo del otro lado de la habitación, en lo más alto del ropero negro, había un inmenso búho blanco antártico, embalsamado, que la miraba con ojos sobrenaturales. Emily gritó cuando lo vio y luego volvió a acurrucarse en su rincón, aterrorizada por el ruido que ella misma había hecho en esa gran habitación silenciosa y llena de ecos. Deseó que algo saltara de esa cama y pusiera fin a sus días.
"¿Qué sentiría la tía Elizabeth si me encuentran aquí muerta?", pensó, vengativa.
A pesar del miedo, comenzó a dramatizar lo anterior y sintió el remordimiento de la tía Elizabeth con tanta intensidad que decidió que sólo estaría inconsciente y que recuperaría el conocimiento cuando todo el mundo estuviera lo suficientemente asustado y penitente. Pero en esa habitación habían muerto personas, docenas de personas. Según el primo Jimmy era una tradición de La Luna Nueva que, cuando un miembro de la familia estaba cerca de la muerte, lo llevaban rápidamente al cuarto de huéspedes, para que muriera rodeado de un entorno de suficiente magnificencia. Emily los veía muriéndose en esa cama terrible. Sintió que no podía evitar volver a gritar, pero logró contenerse. Una Starr no podía ser cobarde. ¡Ay, ese búho! ¿Y si apartaba los ojos y cuando volviera a mirarlo descubría que había saltado silenciosamente del ropero y venía hacia ella? Emily no se animaba a mirarlo, por miedo a que justamente eso estuviera sucediendo. ¡Cómo se movía el cortinado de la cama! Sintió gotitas de sudor frío en la frente.
Entonces sí ocurrió algo. Un rayo de sol entró por una pequeña rotura en una de las maderas de la persiana y cayó directa y oblicuamente sobre el retrato del abuelo Murray, que estaba colgado sobre el hogar. Era una "ampliación" en crayon copiada del viejo daguerrotipo que estaba abajo, en la sala. En ese relumbre de luz, la cara pareció salir de la oscuridad, hacia Emily, con su lúgubre ceño extrañamente exagerado. Todo dejo de valor abandonó a Emily. En un espasmo de pánico que no pudo controlar atravesó la habitación corriendo como una loca, hacia la ventana, descorrió las cortinas y levantó la persiana. Un bendito sol entró en la habitación. Afuera había un mundo sano, afable, humano. Y, maravilla de maravillas, allí mismo, apoyada contra el alféizar de la ventana, ¡había una escalera! Por un momento, Emily estuvo a punto de creer que era un milagro para facilitar su fuga.
Esa mañana, el primo Jimmy se había tropezado con la escalera, que estaba tirada entre la bardana, bajo los abetos balsámicos, detrás del tambo. Estaba bastante podrida y él decidió que era hora de tirarla. La había apoyado contra la casa para asegurarse de verla y acordarse de tirarla cuando regresara del campo de heno. En menos tiempo del que toma escribirlo, Emily había levantado la ventana, trepado al alféizar y subido a la escalera. Estaba tan decidida a escapar de esa habitación horrenda, que no tuvo conciencia de los escalones podridos. Cuando llegó al suelo, salió corriendo por entre los abetos balsámicos, saltó el cerco, se metió en el bosque de John el Altivo y no paró de correr hasta no llegar al sendero, junto al arroyo.
Allí se detuvo a tomar aliento, exultante. Se sentía plena de una inmensa alegría, mezclada de un deleite mágico. Dulce era la brisa de libertad que soplaba entre los helechos. Había escapado del cuarto de huéspedes y sus fantasmas; había sacado la mejor parte posible de la mezquindad de la tía Elizabeth.
"Me siento como un pajarito que se escapa de la jaula", se dijo a sí misma y se puso a bailar de alegría recorriendo su sendero de hadas hasta el final, donde encontró a llse Burnley, trepada a la madera de un cerco, con los cabellos de oro pálido hechos un destello de luz contra los oscuros abetos blancos que se arremolinaban a su alrededor. Emily no la había visto desde aquel primer día en la escuela y volvió a pensar que jamás había visto a nadie como llse.
-Caramba, Emily de Luna Nueva -dijo llse-, ¿adónde vas corriendo?
-Me escapé -dijo Emily, con franqueza-. Me porté mal, bueno... un poco mal, y la tía Elízabeth me encerró en el cuarto de huéspedes. Yo no me había portado tan mal, no fue justo, así que salí por la ventana y bajé por la escalera.
-¡Qué maldita sinvergüenza! No te creía tan brava-dijo llse. Emily contuvo el aliento. Era muy feo eso de que la llamara "maldita sinvergüenza". Pero llse lo dijo con admiración. -Creo que no fue por brava -dijo Emily, demasiado honesta para aceptar un cumplido que no merecía-. Estaba demasiado asustada para quedarme en ese cuarto.
-Bueno, ¿y ahora adónde vas? -preguntó llse-. Tienes que ir a algún lado, no puedes quedarte afuera. Se viene una tormenta.
Así era. A Emily no le gustaban las tormentas. Y la conciencia le remordía.
-Ah -dijo-, ¿te parece que Dios manda la tormenta para castigarme porque me escapé?
-No -dijo llse, desdeñosa-. Si hay un Dios, no se va a tomar tanta molestia por una nadería.
-Ay, llse, ¿tú no crees que hay Dios?
-No lo sé. Papá dice que no. Pero, en ese caso, ¿cómo se hicieron las cosas? Hay días en que pienso que hay Dios y días en que pienso que no. ¿Por qué no vienes a casa conmigo? No hay nadie. Yo me sentía tan mortalmente sola que me vine al bosque.
Ilse bajó de un salto y le tendió a Emily la mano quemada por el sol. Emily la tomó y las dos corrieron juntas por la pradera de; John el Altivo hasta la vieja casa de los Burnley, que parecía un inmenso gato gris calentándose al tibio sol del final de la tarde, que aún las espesas nubes amenazadoras de la tormenta no habían ocultado. Adentro estaba lleno de muebles que en un tiempo debieron de haber sido espléndidos, pero el desorden era impresionante y una gruesa capa de polvo lo cubría todo. Al parecer, nada estaba en su lugar, y la tía Laura sin duda se habría desmayado de horror de haber visto la cocina. Pero era un lindo sitio para jugar. No había que tener cuidado de no desacomodar las cosas. Ilse y Emily jugaron divertidísimas a las escondidas por toda la casa hasta que los truenos fueron tan fuertes y los relámpagos tan claros que Emily sintió que tenía que acurrucarse en el sofá y concentrarse en no perder el coraje.
-¿Tú no tienes miedo a los truenos? -le preguntó a llse. -No, no le tengo miedo a nada más que al diablo -dijo llse. -Yo creía que tampoco creías en el diablo, Rhoda me dijo que no creías.
-Ah, claro que existe el demonio, eso dice papá. En quien él no cree es en Dios. Y, si existe el diablo pero no hay un Dios para mantenerlo a raya, ¿te parece extraño que le tenga miedo? Escucha, Emily Byrd Starr, me gustas, me gustas un montón. Siempre me gustaste. Yo sabía que pronto te aburrirías de esa tonta de sangre de pato, esa víbora mentirosa que es Rhoda Stuart. Yo no miento nunca. Papá me dijo una vez que si me pescaba diciendo una mentira, me mataba. Quiero que seas mi amiga. Voy a ir todos los días a la escuela si puedo sentarme contigo.
-Está bien -dijo Emily, como al pasar. Ya basta de sentimentales votos Rhodianos de devoción eterna. Esa etapa había pasado.
-Y me vas a contar cosas, a mí nadie me cuenta nada. Y yo voy a contarte cosas a ti -dijo llse-. Pero... ¿no te vas a avergonzar de mí porque mi ropa es rara y porque no creo en Dios?
-No. Pero si conocieras al Dios de mi padre, creerías en Él. -No, no creería. Además, hay un solo Dios, si es que hay. -No lo sé -dijo Emily, perpleja-. No, no puede ser. El Dios de Ellen Greene no tiene nada que ver con el Dios de mi padre, y el de la tía Elizabeth tampoco. Creo que el Dios de la tía Elizabeth no me gustaría mucho, pero, al menos, es un Dios digno, y el de Ellen, no. Y estoy segura de que el Dios de la tía Laura también es distinto, bueno y agradable, pero no maravilloso como el de papá.
-Bueno, no importa, no me gusta hablar de Dios -dijo llse, incómoda.
A mí sí -dijo Emily-. Creo que Dios es un tema muy interesante, y voy a rezar por ti, llse, para que puedas creer en el Dios de papá.
-¡Ni se te ocurra! -gritó llse, a quien, por alguna misteriosa razón, la idea no le gustaba nada-. ¡Yo no quiero que nadie rece por mí!
-¿Tú nunca rezas, llse?
-Ah, de vez en cuando, cuando me siento sola, de noche, o cuando estoy en un aprieto. Pero no quiero que nadie más rece por mí. Si te pesco haciéndolo, Emily Starr, te arranco los ojos. Y no se te ocurra hacerlo a mis espaldas, tampoco.
-Está bien, no rezaré por ti -dijo Emily, cortante, molesta por el fracaso de su ofrecimiento de buena voluntad-. Rezaré por todas las personas que conozco, pero no por ti.
Por un momento, pareció que a llse esto tampoco le gustaba. Pero se rió y le dio a Emily un abrazo volcánico.
-Bueno, está bien, pero, por favor, quiéreme. A mí nadie me quiere, ¿sabes?
-Tu padre tiene que quererte, llse.
-No me quiere -dijo llse, muy segura-. A papá no le importo un comino. Creo que a veces le da rabia hasta verme. A mí me gustaría que me quisiera, porque cuando quiere a alguien es muy bueno. ¿Sabes lo que voy a ser cuando sea grande? Voy a ser de-cla-ma-do-ra.
-¿Qué es eso?
-Una mujer que recita en los conciertos. Lo hago bárbaro. ¿Tú qué vas a ser?
-Poetisa.
-¡Demonios! -dijo Ilse, al parecer impresionada-. No te creo que escribas poesía -agregó.
-Claro que sí -exclamó Emily-. Escribí tres poemas: "Otoño", "Versos para Rhoda" (aunque ése lo quemé) y "Palabras a un botón de oro". Ése lo hice hoy y es mí... mi obra maestra. -Recítamelo -ordenó llse.
Nada reacia, Emily repitió orgullosa sus versos. No le molestaba que llse los oyera.
-Emily Byrd Starr, ¿tú sacaste eso de tu cabeza?
-Sí.
-¿Lo juras? -Lo juro.
-Bien -llse exhaló un largo suspiro-, creo que eres toda una poetisa.
Para Emily fue un momento de gran orgullo, es más, uno de los momentos más importantes de su vida. Su mundo le había dado su lugar. Pero ahora había que hablar de otras cosas. La tormenta había pasado y se había puesto el Sol. Era el crepúsculo y pronto oscurecería. Tenía que regresar a casa y entrar en el cuarto de huéspedes antes de que descubrieran su ausencia. Era espantoso pensar en volver, pero debía hacerlo, si no deseaba que cosas peores le sucedieran a manos de la tía Elizabeth. En ese momento, bajo la inspiración de la personalidad de llse, estaba llena de coraje. Además, pronto llegaría la hora de irse a la cama y la liberarían de su encierro. Volvió saltando a su casa a través del bosque de John el Altivo, que estaba lleno de las luces andariegas y misteriosas de las luciérnagas, atravesó cuidadosamente los abetos balsámicos y se paró en seco, aterrada. ¡La escalera no estaba!
Emily dio la vuelta a la casa hacia la puerta de la cocina, sintiendo que se dirigía a su perdición. Pero, por una vez, el camino del trasgresor se le hizo fácil. La tía Laura estaba sola en la cocina.
-Emily, querida, ¿de dónde sales? --exclamó-. Justo iba a subir para dejarte salir. Elizabeth dijo que ya podías; se fue a la reunión de oración.
La tía Laura no dijo que varias veces había ido en puntas de pie hasta la puerta del cuarto de huéspedes y que se había desesperado de ansiedad por el silencio de adentro. ¿No estaría la niña inconsciente del miedo? Ni siquiera durante la tormenta permitió la implacable Elizabeth que se le abriera la puerta. Y aquí estaba la señorita Emily, sin la menor preocupación en el mundo, apareciendo en medio del atardecer, después de todo el sufrimiento de la tía Laura. Por un momento, hasta la tía Laura se enojó. Pero, cuando oyó la historia de Emily, su único pensamiento fue agradecer que la hija de Juliet no se hubiera roto el cuello en esa escalera podrida.
Emily sabía que había salido mejor parada de lo que merecía. Sabía que la tía Laura guardaría el secreto y la tía Laura le permitió que le diera a Saucy Sal un plato entero de su comida favorita, le dio a ella una gran galleta inflada y la metió en la cama con muchos besos.
-No tendrías que ser tan buena conmigo porque hoy me porté mal-dijo Emily, entre bocados deliciosos-. Creo que avergoncé a los Murray yendo descalza.
-Yo, en tu lugar, escondería las botas cada vez que pasara por el portón -dijo la tía Laura-. Pero no me olvidaría devolver a ponérmelas al regresar. Lo que Elizabeth no sepa no la hará sufrir.
Emily reflexionó sobre eso hasta terminar la galleta. Entonces dijo:
-Sería lindo, pero no voy a hacerlo más. Creo que debo obedecer a la tía Elizabeth porque ella es el jefe de la familia. -¿De dónde sacaste eso? -preguntó la tía Laura.
-De mi cabeza. Tía Laura, Ilse Burnley y yo vamos a ser amigas. A mí ella me gusta, siempre pensé que me gustaría si tenía la oportunidad de charlar con ella. Creo que nunca más voy a querer a una amiga, pero ella me gusta.
-¡Pobre llse! -dijo la tía Laura, suspirando.
-Sí, el padre no la quiere. ¿No es espantoso? -dijo Emily-. ¿Por qué no la quiere?
-La quiere, en serio. Él cree que no la quiere. -Pero, ¿por qué cree que no la quiere?
-Eres demasiado pequeña para entender, Emily.
Emily odiaba que le dijeran que era demasiado pequeña para entender. Sabía que podía entender perfectamente bien si sólo los adultos se tomaran el trabajo de explicarle las cosas en lugar de hacerse los misteriosos.
-Ojala pudiera rezar por ella. Pero no sería justo, sabiendo que ella no quiere. Pero yo siempre le pido a Dios que bendiga a mis amigos, de manera que ella va a ser parte de eso y a lo mejor sirve para algo. Tía Laura, ¿se puede decir la palabra "maldito"? -¡No, no!
-Qué lástima -dijo Emily, muy seria-, porque es una palabra muy impresionante.

12
TANSY PATCH

Emily e llse pasaron unos espléndidos quince días de diversión antes de su primera pelea. Fue, en realidad, una pelea terrible, surgida de una tonta discusión sobre si harían una sala o no en la casa de juguete que estaban construyendo en el bosque de John el Altivo. Emily quería una sala e Ilse no. Ilse perdió los estribos en seguida y tuvo una típica rabieta Burnley. Ilse era muy fluida en sus furias y la andanada de insultantes "palabras de diccionario” que le arrojó a Emily habría hecho trastabillar a casi todas las niñas de Blair Water. Pero Emily se sentía demasiado a sus anchas con las palabras como para dejarse amilanar así como así; ella también se enojó, pero en un estilo frío, digno, Murray, que era mucho más exasperante que la violencia. Cuando Ilse tenía que detenerse a tomar aliento en medio de sus diatribas, Emily, sentada sobre una gran piedra con las rodillas cruzadas, los ojos negros y las mejillas rojas, interponía pequeñas réplicas sarcásticas que enfurecían aún más a Ilse. Ésta estaba roja y los ojos eran un fuego oscuro y fulgurante. Las dos estaban tan preciosas en medio de su furia que era casi una lástima que no estuvieran enojadas todo el tiempo.
-No se te ocurra pensar, mocosita quejosa, que me vas a dominar a mí, sólo porque vives en La Luna Nueva -gritó Ilse, como un ultimátum, pateando el suelo.
-No tengo intenciones de dominarte, no voy a juntarme contigo nunca más -replicó Emily, desdeñosa.
-Me alegro de deshacerme de ti, eres una bípeda orgullosa, empacada, engreída -exclamó llse-. No vuelvas a dirigirme la palabra. Y tampoco andes diciendo cosas de mí por todo Blair Water.
Esto era insoportable para una niña que jamás "decía cosas" de amigas o ex-amigas.
-No voy a decir cosas sobre ti -dijo Emily, con intención--. Sólo voy a pensarlas.
Esto era mucho más injurioso que las palabras, y Emily lo sabía. Ilse se volvió loca. ¿Quién sabe qué cosas espantosas podría pensar Emily de ella en cualquier momento que se le ocurriera? llse ya había descubierto lo fértil que era la imaginación de Emily.
-¿Te crees que me importa lo que pienses, serpiente insignificante? Si no tienes el menor sentido común.
-Pero tengo algo que es mucho mejor -dijo Emily, con una enloquecedora sonrisa de superioridad-. Algo que tú no podrás tener jamás, llse Burnley.
Ilse apretó, los puños, como si quisiera demoler a Emily con la fuerza física.
-Si yo no soy capaz de escribir mejor poesía que tú, me ahorco -despreció la otra.
-Te prestaré una moneda para que te compres una cuerda -dijo Emily.
Ilse la miró furiosa, vencida. -¡Vete al diablo! -dijo.
Emily se levantó y se fue, no al diablo, sino de regreso a Luna Nueva. Ilse alivió su furia echando abajo las tablas del cristalero que habían armado y pateando hasta hacer pedazos sus "jardines de musgo", y también se fue.
Emily se sentía muy mal. Hete aquí otra amistad destruida, una amistad que había sido muy linda y satisfactoria. Ilse había sido una compañera espléndida, de eso no cabía duda. Después de serenarse, Emily fue a la ventana del gablete a llorar.
-¡Qué desdichada! ¡Pobre de mí! -sollozaba, dramática pero sinceramente.
Pero no sintió la amargura de su ruptura con Rhoda. Esa pelea había sido franca, abierta y clara. No le habían dado una puñalada por la espalda. Claro que Ilse y ella ya no podían volver a ser amigas. Una no puede ser amiga de una persona que le dice mocosa y bípeda, y serpiente, y que la manda al diablo. Era imposible. Además, Ilse no podría perdonarla jamás, porque Emily era lo suficientemente honesta como para admitir que ella también había estado muy insultante.
Sin embargo, cuando a la mañana siguiente Emily fue a la casita de juguete, dispuesta a recoger su parte de platos y maderas rotas, allí estaba Ilse, a los brincos, trabajando duro, con todos los estantes otra vez en su lugar, el jardín de musgo rehecho y una hermosa sala que se comunicaba con el lugar de estar por medio de una arcada de abeto rojo.
-Hola. Ahí tienes tu sala, y espero que ahora estés contenta -dijo, con alegría-. ¿Por qué demoraste tanto? Pensé que no llegabas nunca.
Esto desconcertó a Emily, luego de su noche trágica, durante la cual había enterrado su segunda amistad y llorado sobre la tumba. No estaba preparada para una resurrección tan rápida. En cuanto a Ilse, parecía que la pelea no hubiera existido.
-Pero eso fue ayer -dijo, asombrada, cuando Emily, no sin cierta distancia, hizo referencia a ella. Ayer y hoy eran dos cosas completamente diferentes en la filosofía de Ilse. Emily lo aceptó, se dio cuenta de que no tenía otro remedio. Ilse, era obvio, de vez en cuando no podía evitar verse arrastrada a esas rabietas, así como no podía evitar ser alegre y afectuosa entre una y otra. Lo que asombraba a Emily, en quien las cosas estaban destinadas a doler por un tiempo, era cómo llse parecía olvidarse de una pelea apenas ésta terminaba. Que la llamaran serpiente y cocodrilo en un momento y al siguiente la abrazaran y alabaran era desconcertante hasta que el tiempo lo volvió normal.
-¿En los períodos entre una pelea y otra, no soy lo suficientemente buena como para compensar? -preguntaba llse-. Dot Payne nunca tiene rabietas. ¿A ti te gustaría tenerla a ella de amiga? -No, es demasiado estúpida -admitió Emily.
-Y Rhoda Stuart nunca pierde los estribos, pero ya tuviste tu experiencia con ella. ¿Crees que yo podría hacerte lo que te hizo Rhoda?
No, sobre ese punto Emily no tenía ninguna duda. Fuera Ilse lo que fuese, era leal y sincera.
Y, comparadas con Ilse, Rhoda Stuart y Dot Payne eran "como la luz de la Luna y la luz del Sol y como el agua y el vino" o lo habrían sido, si Emily hubiera conocido de Tennyson algo más que la Canción del clarín.
-No se puede tenerlo todo -dijo llse-. Yo tengo el carácter de papá y es así. Espera a verlo a él en una de sus rabietas. Hasta el momento, Emily no lo había visto. Muchas veces había ido a la casa de los Burnley, pero en las pocas ocasiones en que el doctor Burnley estaba la había ignorando, salvo por una cortés inclinación de cabeza. Era un hombre muy ocupado pues, fueran cuales fuesen sus defectos, su habilidad era incuestionable y su clientela, extensa. Junto al lecho del enfermo era tan delicado y comprensivo como brusco y sarcástico en otras situaciones. Si alguien estaba enfermo, no había nada que el doctor Burnley no fuera capaz de hacer; pero, cuando éste se recuperaba, parecía que perdía todo interés en esa persona. Había pasado todo el mes de julio tratando desesperadamente de salvarle la vida a Teddy Kent, de Tansy Patch. Teddy ya estaba fuera de peligro y levantado, pero su mejoría no era tan veloz como para satisfacer al doctor Burnley. Un día abordó a Ilse y Emily, que iban por la pradera hacia el estanque con cañas de pescar y una lata llena de unos gusanos gordos y abominables -de estos últimos se ocupaba sólo Ilse- y les ordenó que fueran a Tansy Patch a jugar con Teddy Kent.
-Está solo y deprimido. Vayan y levántenle el ánimo -dijo el doctor.
Ilse no tenía ganas de ir. Le gustaba Teddy, pero al parecer no le gustaba tanto la madre de Teddy. Emily, en secreto, no era tan contraria a la idea. Había visto a Teddy Kent una sola vez, en la Escuela Dominical, el día antes de que se enfermara tan gravemente, y le había gustado. Al parecer, a él le había gustado ella, porque Emily, varias veces, lo sorprendió mirándola con timidez por entre los bancos que los separaban. Era muy buen mozo, pensó Emily. Le gustaron sus cabellos castaños oscuros y espesos, los ojos azules, las cejas oscuras, y por primera vez se le ocurrió que podría ser lindo tener un amigo varón. No un "novio", por supuesto. Emily odiaba la jerga de la escuela según la cual un niño era el "novio" de una niña si le daba un lápiz o una manzana o la elegía con frecuencia de compañera para los juegos.
-Teddy es bueno, pero su madre es rara-le dijo llse camino de Tansy Patch-. Nunca sale a ningún lado, ni siquiera para ir a la iglesia, pero yo creo que es por la cicatriz que tiene en la cara. No son de Blair Water, viven en Tansy Patch desde el otoño pasado, apenas. Son pobres y orgullosos y no mucha gente los visita. Pero Teddy es encantador, así que, si la madre nos mira raro, no le haremos caso.
La señora Kent no las miró raro, aunque las recibió con bastante distancia. Tal vez ella también había recibido órdenes del médico. Era una mujer diminuta, con una enorme masa de cabellos castaño claros opacos, suaves y finitos, ojos oscuros y tristes, y una gran cicatriz que le cruzaba el pálido rostro. Sin la cicatriz habría sido bonita, y tenía una voz tan suave e insegura como el viento en la hierba lombriguera. Emily, con su instintiva capacidad para medir a la gente que conocía, sintió que la señora Kent no era una mujer feliz.
Tansy Patch quedaba al este de la Casa Desilusionada, entre Blair Water y las dunas. Casi todos lo consideraban un lugar desnudo, solitario, abandonado, pero a Emily le pareció fascinante. La casita de madera estaba sobre la cima de una pequeña colina, sobre la cual crecía la hierba lombriguera con una lozanía dura, ostentosa y aromática, y se levantaba abruptamente en medio de un camino principal. Un destartalado cerco de alambre, casi ahogado por las rosas silvestres, limitaba el terreno; y un portoncito torcido y maltratado daba acceso desde el camino. En la ladera de la colina habían puesto piedras a modo de escalera hacia la puerta del frente. Detrás de la casa había un viejo granero y un campo de trigo sarraceno, de un verde cremoso, que bajaba la colina hacia Blair Water. Al frente había una loca galería alrededor de la cual una bandada brillante de amapolas rojas erguían sus copas encantadas.
Teddy no disimuló la alegría de verlas y pasaron una linda tarde los tres juntos. En la piel oliva clara de Teddy había colores cuando terminó la tarde y los ojos azul oscuro brillaban más. La señora Kent reparó ávidamente en estas señales y les pidió a las niñas que volvieran, con una ansiedad que, sin embargo, no llegaba a ser cordialidad. Pero, para ellas, Tansy Patch había resultado un lugar encantador y se alegraban de volver. Durante el resto de las vacaciones no hubo día en el que no fueran, especialmente en las tardes largas, humeantes y deliciosas de agosto, cuando las mariposas blancas bailoteaban sobre la plantación de hierba lombriguera y el atardecer dorado se diluía en un crepúsculo púrpura, encima de las laderas verdes, allá lejos, y las luciérnagas encendían sus linternas de duendes junto al estanque. A veces jugaban a juegos en Tansy Patch, cuando, de alguna manera, Teddy y Emily se encontraban del mismo lado y eran justos rivales para la ágil y vivaz llse. A veces, Teddy las llevaba al altillo del granero y les mostraba su pequeña colección de dibujos. A las dos niñas les parecían maravillosos, sin saber en lo más mínimo hasta qué punto de verdad lo eran. Parecía mágico ver a Teddy tomar un lápiz y un pedazo de papel y, con unos pocos trazos rápidos de sus delgados dedos oscuros, crear un dibujo de llse, de Emily, o de Humo o Botón de Oro, que parecía que les faltaba hablar... o maullar.
Humo y Botón de Oro eran los gatos de Tansy Patch. Botón de Oro era un delicioso animalito gordo y amarillo, casi bebé. Humo era un gran maltés y un aristócrata desde la punta del hocico a la punta de la cola. No cabía la menor duda de que había pertenecido a la casta gatuna de Vere de Vere. Tenía ojos esmeralda y la piel espesa. Lo único blanco en él era una preciosa pechera.
Emily pensaba que, de todas las horas agradables pasadas en Tansy Patch, las más lindas eran aquellas en las que, cansados de jugar, los tres se sentaban en los escalones de la galería en medio del misterio y el hechizo de esa tierra de nadie, entre la luz y la oscuridad, cuando el bosquecito de abetos detrás del granero parecía formado por hermosos árboles oscuros y fantasmales. Las nubes del poniente se volvían grises y una gran luna amarilla y redonda se levantaba por sobre los campos para reflejarse, quebrada, en el estanque, donde la Señora Viento hacía su maravilla de luces y sombras enmarañadas.
La señora Kent nunca los acompañaba, aunque Emily tenía la inquietante sensación de que los observaba a escondidas, desde detrás de la persiana de la cocina. Teddy e llse cantaban canciones de la escuela, llse recitaba y Emily contaba cuentos, o se sentaban en un silencio satisfecho, cada uno anclado en el secreto puerto de los sueños, mientras los gatos se corrían entre ellos, como locos, por la colina y por el sembradío, dándole vueltas y vueltas a la casa como poseídos. A veces, saltaban sobre los niños imprevistamente y de un solo salto se alejaban otra vez. Los ojos les brillaban como gemas y las colas se mecían como plumas. Palpitaban con una vida nerviosa, furtiva.
-Ay, ¿no es lindo estar vivo... así? -preguntó Emily una vez-. ¿No sería horrible no haber vivido nunca?
No obstante, la existencia no carecía por completo de nubes, de eso se ocupaba la tía Elizabeth. La tía Elizabeth sólo permitía bajo protesta las visitas a Tansy Patch, y porque las había ordenado el doctor Burnley.
"La tía Elizabeth no lo quiere a Teddy" escribió Emily en una de sus cartas a su padre, cuyas epístolas se multiplicaban rápidamente en el estante del viejo sofá de la buhardilla. "La primera vez que le pedí para ir a jugar con Teddy me miró con severidad y me dijo: Quién es ese Teddy. No sabemos nada de los Kent. Recuerda, Emily, que los Murray no se tratan con cualquiera. Yo le dije que yo soy Starr, no Murray, tú misma lo dijiste. Querido padre yo no quise ser impertinente pero la tía Elizabeth dijo que lo era y no me habló por el resto del día. Ella habrá creído que era un castigo muy cruel pero a mí no me importó mucho sólo que no es muy agradable que la propia familia mantenga un silencio desdeñoso hacia una. Pero desde entonces me deja ir a Tansy Patch porque el doctor Burnley tiene una estrania influensia sobre la tía Elizabeth. Yo no lo entiendo. Rhoda me dijo una vez que la tía Elizabeth esperaba que el doctor Burnley y la tía Laura formalizaran algo -lo que significa, como tú sabes, casarse- pero no es cierto. Una tarde vino la señora de Thomas Anderson a tomar el té. (La señora de Thomas Anderson es una mujer grande y gorda y su abuela fue una Murray y no hay nada más que decir de ella.) Le preguntó a la tía Elizabeth si creía que el doctor Burnley volvería a casarse y la tía Elizabeth dijo que no, que no volvería a casarse y que a ella no le parecía bien que la gente se casara por segunda vez. La señora Anderson dijo: A veces he pensado que podría haberse casado con Laura. La tía Elizabeth le dirigió una mirada altiva. No puedo negar que a veces estoy muy orgullosa de la tía Elizabeth, aunque no me guste.
"Teddy es un niño muy bueno, papá. A tí te gustaría. ¿Tí lleva acento? Hace unos dibujos preciosos y algún día va a ser un artista famoso, y entonces va a pintar mi retrato. Guarda los dibujos en el altillo del granero porque a su madre no le gusta verlos. Y sabe silbar como los pájaros. Tansy Patch es un lugar muy estraño, espesialmente de noche. El crepúsculo allí me encanta. Siempre nos divertimos tanto en el crepúsculo. La mujer del Viento se hace chiquitita entre la hierba lombriguera, como un hada chiquitita y los gatos son tan locos y divertidos. Son de la señora Kent y Teddy no los mima mucho porque tiene miedo de que ella los ahogue. Una vez le ahogó un gatito porque pensó que Teddy lo quería más que a ella. Pero no, porque Teddy es muy apegado a la madre. Le lava los platos y la ayuda con todo el trabajo de la casa. Ilse dice que en la escuela los niños le dicen mariquita pero a mí me parece muy noble y varonil de su parte. Teddy quisiera que la madre le dejara tener un perro, pero ella no quiere. Yo creía que la tía Elizabeth era una tirana, pero la señora Kent es mucho peor en algunas cosas. Claro que ella lo quiere a Teddy y la tía Elizabeth a mí no me quiere.
"Pero a la señora Kent Ilse y yo no le gustamos. Nunca lo dice I pero nosotras lo sentimos. Nunca nos invita a tomar el té, y nosotras siempre hemos sido muy amables con ella. Creo que está selosa de nosotras porque Teddy nos quiere. Teddy me dio un dibujo precioso del lago de Blair Water que pintó pero me dijo que es mejor que la madre no se entere porque se va a poner a llorar. La señora Kent es una persona muy misteriosa, muy parecida a las personas de las que uno lee en los libros. A mí me gustan las personas misteriosas, pero no demasiado cerca. Sus ojos siempre tienen un mirada como de hambre, aunque tiene mucho para comer. Nunca sale a ningún lado porque tiene una cicatriz en la cara de una vez que se quemó cuando explotó una lámpara. A mí se me congeló la sangre en las venas, querido papá. Cuánto me alegro de que la tía Elizabeth use velas. Algunas de las tradisiones de los Murray son muy sensatas. La señora Kent es muy relijiosa, según lo que ella considera ser relijiosa. Resa hasta en la mitad del día. Teddy dice que antes de que él naciera en este mundo, vivía en otro donde había dos soles, uno rojo y uno azul. Los días eran rojos y las noches azules. No sé de dónde sacó la idea pero a mí me resulta atractiva. Y dice que en los arroyos corría miel en lugar de agua. Pero qué hacías cuando tenías sed, le pregunté. Ah, allá nunca teníamos sed. Pero a mí me parece que a mí me gustaría tener sed porque cuando uno tiene sed el agua fría es deliciosa. A mí me gustaría vivir en la luna. Debe de ser un lindo lugar plateado.
"Ilse dice que Teddy tendría que quererla más a ella porque ella es más divertida que yo, pero no es cierto. Yo también soy divertida cuando no me atormenta mi consiensia. Yo creo que llse quiere que Teddy la quiera más a ella, pero no es una niña selosa.
"Me alegra poder contarte que la tía Elizabeth y la tía Laura, las dos, aprueban mi amistad con Ilse. Es tan poco frecuente que aprueben lo mismo. Ahora me estoy acostumbrando a pelear con llse y no me molesta mucho. Además, puedo pelear muy bien cuando se me sube la sangre a la cabeza. Peleamos más o menos una vez por semana pero nos reconsiliamos en seguida y llse dice que sería muy aburrido no pelearse nunca. Yo preferiría que no nos pelearamos, pero uno nunca sabe que puede enfurecer a Ilse. Nunca se enoja dos veces por lo mismo. Me dice cosas espantosas. Ayer me dijo que era un cocodrilo mugriento y una víbora desdentada. Pero no me molestó mucho porque yo sabía que no soy mugrienta ni desdentada. Yo a ella no le digo insultos porque eso no es propio de una dama peto entonces le sonrío y eso a llse la enfurece mucho mas que si le hiciera muecas o pateara el piso, como hace ella, y por eso lo hago. La tía Laura dice que debo tener cuidado de que no se me peguen las palabras que dice llse y que debo darle un buen ejemplo porque la pobre niña no tiene a nadie que la cuide como corresponde. A mi me gustaría poder usar algunas de sus palabras porque son muy impresionantes. Ella las aprende del padre. Yo creo que mis tías son muy espesiales. Una noche, cuando el reverendo Dare vino a tomar el té, yo usé la palabra toro en la conversación. Dije que llse y yo teníamos miedo de atravesar los prados del señor James Lee donde está el viejo pozo porque allí había un toro enojado. Después de que el señor Dare se fue, la tía Elizabeth me dio un rezongo espantoso y me dijo que no volviera a usar esa palabra nunca más. Pero durante el té ella había estado hablando de tigres -hablando de mizioneros- y yo no entiendo por qué es peor hablar de toros que de tigres. Claro que los toros son animales ferozes, pero los tigres también. Pero la tía Elizabeth dice que yo siempre las hago pasar vergüenza cuando hay visitas. Cuando vino la señora Lockwood, de Shrewsbury, la semana pasada, estaban hablando de la señora de Foster Beck, que es una recién casada, y yo dije que el doctor Burnley había dicho que le parecía linda como el demonio. La tía Elizabeth dijo EMILY con un tono horrible. Estaba pálida de ira: El doctor Burnley dijo eso, le dije, yo solo repito lo que él dijo. Y el doctor Burnley lo dijo el día que yo me quedé a comer con llse y el doctor Jameson, de Shrewsbury, estaba allí. Esa tarde vi al doctor Burnley en una de sus rabietas por algo que la señora Simms había hecho en su oficina. Fue horrible. Sus grandes ojos amarillos le destellaban y se puso a patear una silla, tiró un felpudo contra la pared y arrojó un florero por la ventana, diciendo cosas horribles. Yo me senté en el sofá a mirarlo, fazinada. Era tan interesante que me dio pena que se calmara, lo que fue en seguida, porque él es como llse, no dura mucho enojado. Pero con llse no se enoja nunca. Ilse dice que a ella le gustaría que se enojara, sería mejor porque sería una manera de prestarle atención. Ella es casi tan huérfana como yo, pobrecita. El domingo pasado fue a la iglesia con su viejo vestido azul, que está todo desteñido. Estaba roto adelante. La tía Laura lloró cuando llegamos a casa y después habló con la señora Simms porque no se animó a hablar con el doctor Burnley. La señora Simms se enojó y dijo que a ella no le correspondía ocuparse de llse pero que ella había hecho que el doctor Burnley le comprara a llse un precioso vestido de muselina estampada y que llse se lo había manchado con huevo, y que cuando la señora Simms la reprendió por ser tan descuidada, Ilse se puso furiosa, fue arriba y rompió en pedacitos el vestido de muselina y la señora Simms dice que ella no va a hacerse mala sangre otra vez por una niña como ella y que ahora no le queda más remedio que ponerse el viejo vestido azul pero la señora Simms no sabía que estaba roto. Entonces yo llevé el vestido de llse a Luna Nueva y la tía Laura lo remendó con mucha proligidad y disimuló la rotura con un bolsillo. Ilse dijo que rompió el vestido de muselina un día en que no creía en Dios y no le importaba lo que hacía. Una noche llse encontró un ratón en la cama y sabes lo que hizo, lo sacó y se acostó. Ay, qué valiente. No es cierto que el doctor Burnley no sonríe nunca. Yo lo vi sonreír pero no a menudo. Sonríe con los labios, nada más, pero no con los ojos, y eso me hace sentir incómoda. Más bien se ríe con una risa sarcástica muy fea, como el tío de Jolly Jim.

"Ese día nos dieron sopa de cebada, muy aguada.
"La tía Laura me da cinco centavos por semana por lavar los platos. Sólo puedo gastar un centavo y los otros cuatro tengo que meterlos en la alcancía que está en la repisa del hogar de la salita de estar. La alcancía es un sapo hecho de latón y está sentado arriba de una caja y uno le pone las monedas en la boca de muna. El sapo se las traga y caen en la caja. Es fazinante. (No debería escribir fazinante otra vez porque tú me dijiste que no utilice la misma palabra con demasiada frecuencia pero no se me ocurre otra para describir tan bien mis sentimientos). El sapo es de la tía Laura pero me dijo que puedo usarlo yo. Yo la abracé. Claro que a la tía Elizabeth no la abrazo nunca. Es muy ríjida y muy uesuda. Le parece mal que la tía Laura me pague por lavar los platos. Yo tiemblo de pensar lo que diría si supiera que el primo Jimmy me dio un dólar entero la semana pasada, sin que nadie supiera nada.
"Quisiera que no me hubiera dado una cantidad tan grande. Me preocupa. Es una responsabilidad muy grande. Además, sería tan difícil gastarlo con prudensia sin que la tía Elizabeth se entere. Espero no tener nunca un millón de dólares. Estoy segura de que me amargaría por completo. El dólar lo tengo escondido en el estante con las cartas y lo puse en un sobre viejo y escribí el primo Jimmy Murray me dio esto porque así si me muero de repente y la tía Elizabeth lo encuentra sabrá que lo obtuve de una manera honesta.
"Ahora que los días están más frescos, la tía Elizabeth me hace ponerme la camiseta de franela gruesa. La odio. Me hace rechoncha. Pero la tía Elizabeth dice que tengo que ponérmela porque tu te moriste de tuberculosis. Me gustaría que la ropa pudiera ser al mismo tiempo sana y linda. Hoy leí el cuento de Caperucita Roja. El lobo me pareció el personage más interesante de todos. Caperucita era una estúpida, para dejarse engañar tan fácil.
"Ayer escribí dos poemas. Uno era corto y intitulado Versos a una florcita azul recogida en el Viejo Jardín. Aquí está:

Dulce florecilla, tu humilde rostro
Hacia el cielo siempre elevado
Y del cielo el reflejo del rostro
Queda, en tu ojo azul, atrapado.
Las reinas del prado son altas y bellas
La flor de pajarilla es hermosa también,
Pero mi pobre entendimiento no a ellas
Sino a ti, mi flor azul, te da el victorioso laurel.

"El otro poema era largo y lo escribí en una planilla. Se llama El Monarca del Bosque. El Monarca es el abedul grande del bosque de John el Altivo. Ese bosque me gusta tanto que duele. Entiendes ese tipo de dolor. A llse también le gusta y jugamos al casi todo el tiempo que no estamos en Tansy Patch. Tenemos tres caminos en él. Los llamamos El Camino del Hoy, el Camino del Ayer y el Camino del Mañana. El Camino del Hoy está junto al arroyo y lo llamamos así porque ahora es precioso. El Camino del Ayer está entre los restos de unos árboles que John el Altivo cortó y lo llamamos así porque antes era lindo. El Camino del Mañana es un sendero pequeño en el claro de los arces y lo llamamos así porque va a ser lindo algún día, cuando los arces crescan. Pero ay papá querido no me he olvidado de los queridos arbolitos de casa. Siempre pienso en ellos antes de irme a acostar. Pero aquí soy feliz. No es malo ser feliz, verdad papá. La tía Elizabeth dice que me recuperé muy rápido de extrañar mi vieja casa pero muy a menudo yo extraño por adentro. Me hice amiga de John el Altivo. Ilse es muy amiga de él y siempre va a verlo trabajar en su taller de carpintería. El dice que ya hizo suficientes escaleras como para ir al cielo sin ayuda del sacerdote pero es una broma. En realidad es un católico muy deboto y va a la capilla de White Cross todos los domingos. Yo voy con llse aunque tal vez no debería ir, ya que él es un enemigo de mi familia. Es un hombre de un porte muy digno y modales refinados, muy amable conmigo, aunque a mí no siempre me gusta. Cuando le hago una pregunta en serio siempre hace un guiño por encima de mi cabeza mientras me contesta. Eso es un insulto. Claro que nunca le hago preguntas sobre temas de relijión, pero llse sí. A ella le gusta él, pero dice que sería capaz de quemarnos a todos en la hoguera si tuviera poder para hacerlo. Se lo preguntó a él, directamente, y él me hizo un guiño a mí y dijo Ah, no quemaríamos a lindas niñitas protestantes como ustedes. Sólo quemaríamos a las feas. Esa fue una respuesta fríbola. La esposa de John el Altivo es una mujer buena y nada orgullosa. Parece una manzanita roja arrugada.
"Los días lluviosos jugamos en lo de llse. Podemos resbalarnos por la baranda de las escaleras y hacer lo que queremos. A nadie le importa, aunque cuando el doctor está en la casa tenemos que hacer silencio porque él no soporta los ruidos, excepto los que hace él. El techo es plano y podemos treparnos a él saliendo por una puerta en el cielo raso de la buardilla. Es muy emosionante estar en el techo de una casa. La otra noche hicimos un concurso de alaridos para ver cuál de las dos podía pegar alaridos más altos. Me sorprendió que fuera yo. Uno no sabe lo que es capaz de hacer hasta que no lo intenta. Pero nos oyó demasiada gente y la tía Elizabeth se enojó mucho. Me preguntó por qué había hecho semejante cosa. Es una pregunta rara porque muchas veces no sé por qué hago algunas cosas. A veces hago cosas para averiguar que siento cuando las hago. Y a veces porque quiero tener cosas emosionantes para contarles a mis nietos. Es malo hablar de tener hijos. Descubrí que es malo hablar de tener nietos. Una tarde cuando teníamos visitas la tía Laura me dijo, muy suavemente. En qué piensas tan seria, Emily, y yo le dije Estoy eligiendo nombres para mis hijos. Voy a tener diez. Y después que se fue la visita la tía Elizabeth le dijo a la tía Laura con mucha frialdad Creo que será mejor que en lo sucesivo, Laura, no le preguntes a esa niña en qué piensa. Si la tía Laura no me pregunta más no me va a gustar porque cuando tengo un pensamiento interesante me gusta compartirlo.
"La semana que viene empieza otra vez la escuela. Ilse le va a pedir a la señorita Brownell si puedo sentarme con ella. Yo voy a hacer como si Rhoda no estuviera allí. Teddy también va a ir a la escuela. El doctor Burnley dice que ya está bien y puede ir pero a la madre no le gusta la idea. Teddy dice que a ella nunca le gustó que el fuera a la escuela pero que se alegra de que él odie a la señorita Brownell. La tía Laura dice que la manera correcta de terminar una carta a un amigo querido es afectuosamente tuya. "
Así que afectuosamente tuya.
Emily Byrd Starr.

"PD. Porque tú eres todavía mi amigo más querido, papá. Ilse dice que ella me quiere a mí más que a nadie en el mundo y después a un par de botas de cuero rojo que le regaló la señora Simms.”
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Re: Emily la de la luna nueva(L.M. Montgomery)

Mensaje  Alexia Survei el Sáb Mar 27, 2010 12:17 pm

13
UNA HIJA DE EVA

Luna Nueva era famosa por sus manzanas y ese primer otoño de la vida de Emily el jardín "viejo" y el jardín "nuevo" dieron, los dos, una cuantiosa cosecha. En el nuevo estaban las manzanas con título y pedigrí; y en el otro, las silvestres, ignoradas por los catálogos, que tenían sin embargo un gusto delicioso y característico. No había prohibición alguna con respecto a las manzanas y Emily tenía libertad para comer todas las que quisiera de cualquier clase: la única prohibición era que no se llevara ninguna a la cama. La tía Elizabeth, con razón, no quería su cama llena de semillas de manzana, y a la tía Laura le daba pánico que alguien comiera manzanas a oscuras, por miedo a que se tragara un gusano. Por lo tanto, Emily tendría que haber sido capaz de saciar ampliamente en casa su apetito de manzanas, pero hay un rasgo extraño en la naturaleza humana en virtud del cual el sabor de las manzanas pertenecientes a otro es siempre ampliamente superior al de las propias, como bien lo supo la astuta serpiente del Edén. Emily, como la mayoría de las personas, poseía ese rasgo y, en consecuencia, creía que no había manzanas más deliciosas que las de John el Altivo. Él tenía por hábito tener una larga fila de manzanas en una de las vigas de su taller y se daba por sentado que ella e llse podían servirse a gusto cada vez que visitaran ese encantador lugar polvoriento y alfombrado de aserrín. Tres variedades de las manzanas de John el Altivo eran sus preferidas: las "cara sucia", que parecían como si tuvieran lepra, pero eran de una delicia insuperable por debajo de la cáscara manchada; las manzanitas rojas, apenas más grandes que un cangrejo, de un rojo oscuro y brillantes como el satén, con ese gustito tan dulce y fuerte, y las grandes manzanas verdes dulces, que por lo general eran las que más les gustaban a los niños. Emily consideraba perdido aquel día en que el Sol se ponía sin que la viera comiéndose una de las grandes manzanas verdes de John el Altivo.
En el fondo, Emily sabía a la perfección que no tendría que ir a lo de John el Altivo. Claro que jamás se lo habían prohibido, sencillamente porque a sus tías jamás se les ocurrió que una habitante de Luna Nueva pudiera olvidar de esa manera el antiguo y querido entredicho entre las casas de Murray y Sullivan de hacía dos generaciones. Era esa una herencia que cualquier Murray hubiera honrado innatamente. Pero cuando Emily salía con esa pequeña paria de llse, las tradiciones perdían fuerza bajo el embrujo de las "rojas" y las "cara sucia" de John el Altivo.
Un atardecer de septiembre, Emily entró en el taller de este último. Se sentía sola; había estado sola desde el regreso de la escuela, pues sus tías y el primo Jimmy habían ido a Shrewsbury, luego de prometer estar de vuelta antes de la noche. Ilse tampoco estaba, porque el padre, influenciado por la señora Simms, la había llevado a Charlottetown a comprarle un abrigo de invierno. Al principio, a Emily le encantó estar sola. Se sentía muy importante por estar a cargo de Luna Nueva. Comió el almuerzo que le había dejado la tía Laura en el armario de la cocina de afuera y fue al tambo, donde espumó seis inmensas ollas llenas de deliciosa leche. No debía haberlo hecho, pero siempre había anhelado hacerlo y era ésta una oportunidad demasiado buena para dejarla pasar. Lo hizo perfectamente bien y nadie llegó a enterarse nunca, pues ambas tías supusieron que la otra lo había hecho, de modo que jamás la reprendieron. Esto no apunta a dejar sentada ninguna moraleja, por supuesto. En una historia como corresponde, Emily habría sido descubierta y castigada por su desobediencia o impulsada a confesar por una conciencia culpable, pero lamento -o debería lamentar- tener que decir que la conciencia de Emily jamás la molestó en lo más mínimo sobre ese punto. Sin embargo, esa noche estuvo destinada a sufrir por una causa completamente diferente, para equilibrar todos sus pequeños pecados.
Para cuando terminó de espumar la leche, ponerla en el gran recipiente de piedra y revolverla bien -Emily tampoco se olvidó de eso- ya se había puesto el Sol y todavía no había vuelto nadie a casa. A Emily no le hacía gracia la idea de entrar en la casona oscura y llena de ecos, de modo que se encaminó al taller de John el Altivo, que encontró vacío, aunque el cepillo en la mitad de una madera indicaba que John el Altivo había estado trabajando allí hasta hacía poco rato y probablemente volvería. Emily se sentó sobre un pedazo redondo de un tronco muy grande y miró alrededor a ver qué podía comer. Había una hilera de manzanas rojas y "cara sucia" sobre una de las paredes del taller, pero ninguna de las verdes dulces, y Emily sentía que en ese preciso momento lo que quería era una dulce y no otra cosa.
Entonces fue cuando vio una, una inmensa, la "dulce" más grande que Emily había visto en su vida, solita su alma en uno de los escalones de la escalera que llevaba a la buhardilla. Subió, se apoderó de la manzana y se la comió. Estaba mordisqueando muy feliz lo que quedaba del corazón de la manzana cuando entró John el Altivo. Le hizo un gesto con la cabeza y dirigió una mirada al parecer indiferente a su alrededor.
-Fui a comer algo -dijo-. Mi esposa no está así que tuve que prepararme algo yo.
Se puso a cepillar la madera en silencio. Emily estaba sentada en la escalera contando las semillas de la gran dulce -uno podía adivinar la suerte por las semillas- escuchando a la Señora Viento que silbaba, traviesa, a través de un agujero de la buhardilla y componiendo una "Descripsión del Tayer de John el Altivo a la Luz de una Lámpara", que más tarde escribiría en una planilla. Estaba perdida en la búsqueda mental de una frase apropiada para describir la absurda sombra alargada de la nariz de John el Altivo que se proyectaba en la pared de enfrente cuando John giró en redondo tan súbitamente que la sombra de su nariz salió disparada hacia arriba como una lanza inmensa que apuntaba al cielo raso y preguntó, con voz sorprendida:
-¿Dónde está la gran manzana dulce que yo había puesto sobre la escalera?
-Ay... yo... me la comí -tartamudeó Emily.
John el Altivo soltó el cepillo, levantó los brazos y miró a Emily con expresión de horror.
-¡Dios nos ampare, niña! ¡No puedes haberte comido esa manzana! ¡Dime que no te comiste esa manzana!
-Sí, me la comí --dijo Emily, incómoda-. No me pareció que fuera nada malo comérmela, y...
-¡Que no era nada malo! Escúchenla, por favor. ¡Yo envenené esa manzana, para las ratas! Me están haciendo la vida imposible y decidí acabar con ellas. ¡Y ahora tú vienes y te comes la manzana! ¡Tiene veneno como para matar a una docena como tú en menos que canta un gallo!
John el Altivo vio una cara blanca y un delantal de zaraza que atravesaba el taller como un relámpago y salía a la oscuridad. El primer impulso instintivo de Emily fue llegar de inmediato a su casa, antes de caerse muerta. Corrió a campo traviesa, cruzó el bosque y el jardín y entró en la casa. Ésta todavía estaba en silencio y a oscuras: no había llegado nadie. Emily pegó un gritito de angustia, cuando vinieran la encontrarían rígida, fría, probablemente con la cara negra, y todo en este querido mundo habría terminado para ella para siempre, todo por haberse comido una manzana que ella pensaba que era perfectamente natural comerse. No era justo, no quería morir.
Pero moriría. Sólo ansiaba desesperadamente que llegara alguien antes de morirse. Sería terrible morir sola en esa luna nueva tan grande, tan inmensa, tan vacía. No se animó a ir a ningún lado en busca de ayuda. Ya estaba demasiado oscuro y lo más probable era que se cayera muerta en el camino. Morir allá afuera, sola, en la oscuridad, ay, eso sería demasiado horrible. No se le ocurrió que pudiera hacerse algo para salvarla; pensaba que si uno toma veneno, es el final.
Con las manos temblándole del miedo encendió una vela. Todo mejoró un poco; uno puede enfrentarse a las cosas con luz. Y Emily, pálida, aterrorizada, sola, ya estaba decidiendo que eso había que enfrentarlo con valor. No debía avergonzar a los Starr y los Murray. Apretó las manitos frías y trató de dejar de temblar. ¿Cuánto pasaría antes de que se muriera? pensó. John el Altivo había dicho que la manzana la mataría en menos que canta un gallo. ¿Qué significaba eso? ¿Cuánto demoraba un gallo en cantar? ¿Morir dolería? Tenía la vaga noción de que el veneno dolía mucho. ¡Ah, y hacía apenas un momento había sido tan feliz! Pensaba que iba a vivir años y a escribir grandes poemas y ser famosa como la señora Hemans. La noche anterior se había peleado con llse y todavía no se habían reconciliado... ya no se reconciliarían nunca. Ilse se sentiría tan mal después. Debía escribirle una nota perdonándola. ¿Tendría tiempo? ¡Ay, tenía las manos heladas! Tal vez ya se estaba muriendo. Había oído decir o había leído que a las personas se les enfrían las manos cuando se están muriendo. Se preguntó si se le estaría poniendo la cara negra. Agarró la vela y subió corriendo las escaleras hacia el cuarto de huéspedes. Allí había un espejo, el único de la casa colgado lo bastante bajo como para que ella pudiera verse en él si lo ladeaba un poquito de abajo. Comúnmente, Emily se hubiera muerto del susto de sólo pensar en entrar en el cuarto de huéspedes a la luz mortecina y vacilante de una vela. Pero el gran terror había absorbido todos los demás. Miró la imagen de su rostro, entre los cabellos negros y brillantes, a la luz que se elevaba sobre el fondo oscuro de la habitación en sombras. Ay, ya estaba pálida como los muertos. Sí, ésa era la cara de una moribunda, no cabía la menor duda.
Algo brotó dentro de Emily y se apoderó de ella, algo heredado de su buena estirpe. Dejó de temblar y aceptó su destino, con amargura, pero serena.
-No quiero morirme pero, si tengo que morirme, lo haré como corresponde a una Murray -dijo. Había leído una frase parecida en un libro y le pareció más que apropiada a las circunstancias. Y ahora debía darse prisa. Tenía que escribirle esa carta a llse. Primero Emily fue a la habitación de la tía Elizabeth, para asegurarse de que su cajoncito del extremo superior derecho de la cómoda estaba ordenado; luego voló por la escalera de la buhardilla a su rincón sobre el gablete. El gran espacio estaba cubierto de sombras agazapadas, escurridizas, que se arremolinaban alrededor de la islita de luz débil de la vela, pero ahora no le daban terror.
"Y pensar que hoy me sentí tan mal porque mi camiseta estaba apelotonada", pensó, mientras tomaba una de sus queridas planillas, la última sobre la que escribiría. No era necesario escribirle a su padre -lo vería pronto-, pero llse debía recibir una carta suya, ay, querida, afectuosa, alegre y temperamental Ilse que, justo el día anterior, le había gritado epítetos insultantes y que sería toda la vida atormentada por los remordimientos.
"Queridísima llse", escribió Emily con la mano algo temblorosa, pero los labios apretados. "Me voy a morir. Me envenené con una manzana que John el Altivo había dejado para las ratas. No volveré a verte pero te escribo para decirte que te quiero y que no tienes que sentirte mal porque ayer me dijiste que era un zorrino y un armiño sediento de sangre. Te perdono, así que no te atormentes. Y me arrepiento de haberte dicho que no valía la pena ni siquiera despreciarte porque no es cierto. Te dejo toda mi parte de los platos rotos de la casita de muñecas y por favor despídeme de Teddy. Ya no podrá enseñarme cómo poner los gusanos en el anzuelo. Le prometí que aprendería porque no quería que pensara que soy una cobarde, pero me alegro de no haber aprendido porque ahora sé cómo se sienten los gusanos. Todavía no me siento mal pero no sé cuáles son los síntomas de envenenamiento y John el Altivo dijo que había suficiente como para matar a una docena como yo en menos que canta un gallo, así que no me debe de quedar mucho de vida. Si la tía Elizabeth no se opone, te dejo mi collar de cuentas venecianas. Es la única posesión valiosa que tengo. No permitas que nadie le haga nada a John el Altivo porque él no quería envenenarme, fue culpa mía por ser tan golosa. Tal vez la gente piense que lo hizo a propósito porque yo soy protestante pero estoy segura de que no es así y por favor dile que no se atormente con los remordimientos. Creo que ahora me duele el estómago así que supongo que se acerca el fin. Adiós y recuerda a aquella que murió tan joven.
Tú amiga del alma. Emily”
Mientras doblaba la planilla, Emily oyó el ruido de ruedas en el patio de abajo. Un momento después Elizabeth y Laura Murray se veían confrontadas, en la cocina, por una pequeña criatura de rostro trágico, con una vela chorreada en una mano y una hoja rosada en la otra.
-Emily, ¿qué pasa? -exclamó la tía Laura.
-Me estoy muriendo -dijo Emily, solemne-. Comí una manzana que John el Altivo había envenenado para las ratas. Me quedan pocos minutos de vida, tía Laura.
Laura Murray se dejó caer sobre el banco negro con una mano en el corazón. Elizabeth se puso tan pálida como Emily. -Emily, ¿esto es una actuación tuya? -preguntó, firme. -No -exclamó Emily, indignada-. Es la verdad. ¿Te parece que una persona que se está muriendo se pondría a actuar? Tía Elizabeth, por favor dale esta carta a llse, y por favor perdóname por todas las veces que me porté mal, aunque muchas veces no era por mala, como tú creías, y que no me vea nadie después de que me muera si me pongo negra, y menos que nadie Rhoda Stuart.
Para entonces la tía Elizabeth se había recuperado. -¿Cuánto hace que comiste la manzana, Emily? -Una hora, más o menos.
-Si hace una hora te hubieras comido una manzana envenenada ahora estarías muerta o sintiéndote muy mal...
-Ah -exclamó Emily, transformada en un segundo. Una dulce y loca esperanza le aleteó en el corazón. ¿Habría una oportunidad para ella, después de todo? Entonces agregó, desolada: - Pero sentí un dolor en el estómago cuando bajaba la escalera.
-Laura -dijo la tía Elizabeth-, lleva a esta niña a la cocina de afuera y dale de inmediato una buena dosis de mostaza con agua. No le va a hacer ningún daño y puede hacerle bien, si hay algo de cierto en esta historia. Voy a buscar al médico, tal vez haya regresado, pero de camino voy a pasar a ver a John el Altivo.
La tía Elizabeth salió, y salió muy rápidamente, de haberse tratado de otra persona se habría dicho que salió corriendo. En cuanto a Emily, bueno, la tía Laura le dio el vomitivo en seguida y dos minutos después Emily no tenía dudas de que se estaba muriendo, y deseaba que, cuanto antes fuera, mejor. Cuando volvió la tía Elizabeth, Emily yacía tendida en el sofá de la cocina, blanca como la almohada que tenía debajo de la cabeza y floja como un lirio marchito.
-¿El doctor no estaba? -preguntó la tía Laura, desesperada. -No lo sé. No hay necesidad de llamar a ningún doctor. Como supuse desde el principio. Fue una broma de John el Altivo. Quiso darle un susto a Emily, para divertirse, lo que él considera diversión. Vaya a la cama, señorita Emily. Se merece lo que le pasó por haber pisado la casa de John el Altivo y no me despierta ninguna lástima. Hace mucho que no pasaba por un mal momento.
-Pero a mí me dolió el estómago -gimió Emily, en quien el miedo y la mostaza con agua combinados habían apagado, temporariamente, todo carácter.
-A cualquiera que coma manzanas desde que se levanta hasta que se acuesta le tiene que doler el estómago. Esta noche no te va a doler más, seguro. Para eso te va a servir la mostaza. Toma tu vela y ve.
-Bueno -dijo Emily, poniéndose de pie tambaleante-. Odio lo que hizo ese maldito de John el Altivo.
-¡Emily! -dijeron las dos tías al unísono. -Se lo merece -dijo Emily, vengativa.
-¡Ay, Emily, esa palabra que dijiste! -La tía Laura parecía'; curiosamente molesta por algo.
-¿Qué? ¿Qué tiene de malo maldito? preguntó Emily, asombrada-. El primo Jimmy lo usa siempre cuando se enoja por alguna cosa. Hoy lo dijo, dijo esa maldita vaquillona se había escapado otra vez de la pastura del cementerio.
-Emily -dijo la tía Elizabeth con aire de quien se empala en el cuerno más fácil de un dilema-, tu primo Jimmy es hombre, y los hombres a veces usan ciertas expresiones, cuando están enojados, que no son apropiadas para las niñas pequeñas.
-Pero, ¿qué tiene de malo maldito? -insistió Emily-. No es una mala palabra, ¿no? Y si no lo es, ¿por qué no puedo decirla? -No es una... una palabra propia de una dama -dijo la tía Laura.
-Está bien, entonces no voy a decirla nunca más -dijo Emily, resignada-, pero John el Altivo es un maldito.
La tía Laura se rió tanto después de que Emily se había ido arriba que la tía Elizabeth le dijo que una mujer de sus años debería tener más criterio.
-Elizabeth, no me niegues que fue divertido -protestó Laura. Con Emily fuera de la habitación, Elizabeth se permitió una '~ sonrisa algo agria.
-Le canté unas cuantas verdades a John el Altivo; te aseguro que lo va a pensar dos veces antes de volver a decirle a una criatura que está envenenada. Lo dejé bailando de rabia.
Agotada, Emily se quedó dormida apenas se metió en la cama, pero se despertó una hora después. La tía Elizabeth aún no había ido a acostarse, de modo que la persiana todavía estaba levantada y Emily vio una estrella amistosa que le hacía guiños. A lo lejos, el mar gemía, seductor. Ay, qué lindo era estar sola y viva. La vida volvía a tener un lindo gustito, "gustito a más", como decía el primo Jimmy. Podría tener la oportunidad de escribir más planillas, y poesía. Emily ya veía un metro de versos titulados Pensamientos de alguien condenado a una muerte súbita", y podría lugar con llse y Teddy, recorrer los graneros con Saucy Sal, observar a la tía Laura espumando la crema en el tambo y ayudar al primo Jimmy en el jardín, leer libros en la Morada de Emily y caminar por el Camino del Hoy, pero no visitar el taller de John el Altivo. Decidió que nunca más tendría nada que ver con John el Altivo, después de su diabólica crueldad. Estaba tan indignada con él por haberla asustado, después de haber sido tan buenos amigos, además, que no pudo volver a dormirse hasta que no compuso un relato de su muerte por envenenamiento, en el que John el Altivo era juzgado por su asesinato y condenado a muerte, luego colgado de una horca tan alta como él, en una escena que Emily presenciaba, a pesar de haber muerto por culpa de él. Cuando por fin cortó la soga y lo enterró en una ceremonia infamante (mientras a ella le corrían las lágrimas ponlas mejillas por la pena que sentía por la esposa del muerto), entonces lo perdonó. Después de todo, no era tan maldito.
Al día siguiente lo escribió todo en una planilla, en la buhardilla.

14
EL CALDERO DEL JARDÍN

En octubre, el primo Jimmy comenzó a hervir las papas para los cerdos (nombre poco romántico para una ocupación sumamente romántica, o así le parecía a Emily, cuyo amor por lo hermoso y lo pintoresco fue colmado como no lo había sido jamás en esos largos atardeceres frescos y estrellados hacia el final del año en Luna Nueva).
En un rincón del viejo jardín había un grupo de abetos rojos y bajo ellos se colgó una inmensa olla sobre un círculo de grandes piedras, una olla tan grande que cómodamente se podría haber hervido un buey en ella. Emily creía que era de los tiempos de los cuentos de hadas y que había sido la olla de algún gigante, pero el primo Jimmy le dijo que tenía apenas cien años y que el viejo Hugh Murray se la había hecho enviar desde Inglaterra.
-Desde entonces la hemos usado para hervir las papas para los cerdos de Luna Nueva -dijo-. La gente de Blair Water piensa que es anticuada, ahora todos tienen hervideros con calderas empotradas, pero mientras Elizabeth sea la jefa en Luna Nueva, aquí seguiremos utilizando esta olla.
Emily estaba segura de que ninguna caldera empotrada podía tener el encanto de la vieja olla. Ayudó al primo Jimmy a llenarla de papas después de regresar de la escuela y luego, cuando terminaron de comer, el primo Jimmy encendió el fuego debajo de la olla y estuvo dando vueltas alrededor toda la tarde. A veces avivaba el fuego -a Emily esa parte de la función le encantaba enviando gloriosas chispas hacia la oscuridad; a veces revolvía las papas con un palo largo y parecía, con su extraña barba gris y su pantalón enterizo con cinturón, un viejo gnomo u otro ser salido de una historia de las tierras del norte que revolvía el contenido de un caldero mágico, y a veces se sentaba junto a Emily sobre la piedra de granito, cerca de la olla, y le recitaba su poesía. A Emily eso era lo que más le gustaba pues la poesía del primo Jimmy era sorprendentemente buena, al menos en algunas partes, y el primo Jimmy tenía "un público apropiado, sin bien exiguo" en esa delgada jovencita de rostro pálido y ansioso y ojos fascinados.
Formaban una extraña pareja y eran perfectamente felices juntos. La gente de Blair Water consideraba que el primo Jimmy era un fracaso y un débil mental. Pero él vivía en un mundo ideal del cual nadie sabía nada. Había recitado sus poemas así miles de veces, mientras hervía las papas de los cerdos; para él, los fantasmas de muchos otoños se ocultaban en los troncos de los abetos. Era una figura muy rara, ridícula, inclinado, arrugado, descuidado, gesticulando con torpeza mientras recitaba. Pero era su hora: ya no era "el simplote de Jimmy Murray", sino un príncipe en su reino. Por un breve momento era fuerte, joven, espléndido y hermoso, un maestro acreditado de la canción, ante un mundo atento y extasiado. Ninguno de sus prósperos y sensatos vecinos de Blair Water había vivido jamás un momento igual. Él no se hubiera cambiado por ninguno de ellos. Emily, escuchándolo, sentía vagamente que, de no haber sido por ese desdichado empujón dentro del pozo de Luna Nueva, ese hombrecito extraño que estaba a su lado podría haberse erguido en la presencia de reyes.
Pero Elizabeth lo había empujado dentro del pozo de Luna Nueva y, como consecuencia, hervía papas para los cerdos y le recitaba a Emily, que también escribía poesía y adoraba tanto esos atardeceres que no podía dormirse cuando se iba a la cama sin antes haber compuesto una pequeña descripción de ellos. El destello venía casi todos los días por una cosa u otra. La Señora Viento danzaba o ronroneaba en las ramas que se movían sobre ellos; Emily nunca había estado tan cerca de verla. El aire fresco estaba lleno del agradable olor de las piñas de abeto que el primo Jimmy arrojaba dentro de la olla. El gatito peludo de Emily, Mike, saltaba y jugueteaba como un pequeño y encantador demonio de la noche. El fuego resplandecía con un hermoso rojo y embrujaba la oscuridad; había preciosos sonidos susurrantes en todas partes; la "gran oscuridad inmensa se extendía alrededor de ellos, llena de misterios que la luz del día no revelaba jamás y, sobre todo esto, el cielo púrpura se cubría de estrellas.
Algunos días también iban llse y Teddy. Emily siempre sabía cuando venía Teddy porque, cuando llegaba al viejo jardín, silbaba su "llamada" -1a que usaba sólo para ella, una llamada graciosa y querida, que era como tres claras notas de pájaros, la primera en tono medio, la segunda más alta y la tercera que se perdía, bajísima y muy dulce y muy sostenida, como los ecos en la Canción del clarín que era más clara y llegaba más lejos mientras moría. Esa llamada siempre producía en Emily un efecto extraño: le parecía que casi le quitaba el corazón del cuerpo, y tenía que seguirla. Estaba segura de que Teddy podía silbarle desde el otro lado del mundo con esas tres notas mágicas. Cada vez que lo oía, cruzaba corriendo el jardín y le decía a Teddy si el primo Jimmy quería que fuese o no, porque era sólo en ciertas noches que el primo Jimmy aceptaba a alguien más que ella. Jamás le recitaría su poesía a llse o a Teddy, pero les contaba cuentos de hadas, y cuentos de los Murray muertos y enterrados en el cementerio junto al estanque que, a veces, eran tan escalofriantes como los cuentos de hadas. Ilse también recitaba, haciéndolo mejor allí que en cualquier otro lado. Y a veces Teddy se acostaba en el suelo junto a la gran olla y hacía dibujos a la luz del fuego, dibujos del primo Jimmy que revolvía las papas, dibujos de llse y Emily que bailaban de la mano alrededor de la olla como dos brujitas, dibujos de la carita vivaz y bigotuda de Mike que espiaba desde el otro lado de la olla, dibujos de rostros extraños y difusos que se arremolinaban en la oscuridad fuera de su círculo encantado. Pasaban unas veladas maravillosas, allí, esos cuatro niños.
-Ay, llse, ¿no te gusta el mundo de noche? -preguntó una vez Emily, extasiada.
Ilse miró, feliz, a su alrededor. La pobre y abandonada Ilse, que encontraba en la compañía de Emily lo que había buscado con ansia durante toda su corta vida y que, incluso en ese momento, se veía arrastrada, por el amor, a algo que era parte de lo que le correspondía por derecho.
-Sí -dijo-. Y siempre creo que sí hay Dios cuando estoy aquí, así.
Entonces las papas estuvieron hechas, y el primo Jimmy les dio una a cada uno de ellos, antes de agregarles el salvado. Ellos las partieron en pedazos en platos de corteza de abedul, las rociaron con sal que Emily había guardado en una cajita bajo las raíces del abeto más grande y las comieron regodeándose. No ha habido banquete de los dioses que fuera nunca tan delicioso como esas papas. Luego llegó la bondadosa voz argentina de la tía Laura llamándolos a través de la helada de la noche. Ilse y Teddy salieron disparados hacia sus casas y Emily agarró a Mike y lo encerró para pasar la noche en la seguridad de la perrera de Luna Nueva, que hacía años que no albergaba a ningún perro, pero que todavía se mantenía cuidada y se pintaba a la cal todas las primaveras. A Emily se le habría partido el corazón si le hubiera pasado algo a Mike .
Se lo había regalado el "Viejo Kelly", el vendedor ambulante de ollas. El Viejo Kelly hacía treinta años que, cada quince días, desde mayo a noviembre, recorría Blair Water, encaramado en el asiento de una carreta rojo brillante y detrás de un poni rojo, lleno de polvo, lento, con ese andar y ese aspecto tan peculiar de los ponis de los vendedores ambulantes; una dejadez plácida y sin prisa como si hubiera encontrado muchos problemas en su vida y los hubiera superado a pura paciencia y fuerza de voluntad. Desde la carreta rojo brillante se oía un cierto murmullo y un tintineo metálico, a medida que avanzaba, y dos inmensos nidos de ollas de hojalata sobre el techo chato rodeado de sogas reflejaba la luz del sol con tanta potencia que el Viejo Kelly parecía el sol radiante de un pequeño sistema planetario propio. Una escoba nueva que salía agresivamente en cada uno de los cuatro costados le daba a la carreta la apariencia de una carroza triunfal. Emily deseaba, en secreto, subir a la carreta del Viejo Kelly. Pensaba que tenía que ser una delicia.
El Viejo Kelly y ella eran grandes amigos. A ella le gustaba el rostro colorado y sin barba de él, bajo el sombrero hongo, los bondadosos ojos azules y traviesos, los cabellos hirsutos y rubios y esa boca como apretada, tan cómica, cuya forma se debía en parte a la naturaleza y en parte a tanto silbar. Siempre traía un cucurucho de papel con "gotas de limón" para ella o un palito de caramelo multicolor, que le metía en el bolsillo cuando la tía Elizabeth no estaba mirando. Y nunca se olvidaba de decirle que esperaba que pronto ella se pusiera a pensar en casarse, porque el Viejo Kelly creía que la mejor manera de complacer a una criatura del sexo femenino de cualquier edad era bromear con ella sobre el tema del matrimonio.
Un día, en lugar de caramelos, sacó del cajón trasero de la carreta un gatito gordo y gris y le dijo que era para ella. Emily recibió el obsequio fascinada pero, después de que el Viejo Kelly se había ido con su tintineo, la tía Elizabeth le dijo que no hacían falta más gatos en Luna Nueva.
-Ay, por favor, déjame quedármelo, tía Elizabeth -rogó Emily-. No te va a molestar para nada. Yo tengo mucha experiencia en criar gatos. Y necesito tanto un gatito. Saucy Sal se está convirtiendo en una salvaje corriendo con los gatos del granero y no puedo estar con ella como antes, además, ella nunca fue muy mimosa. Por favor, tía Elizabeth.
La tía Elizabeth no tenía ganas de hacerle ningún favor a nadie. Además, ese día estaba de muy mal humor; nadie sabía por qué. Cuando estaba así era completamente irracional, No quiso escuchar razones; Laura y el primo Jimmy tuvieron que callarse la boca, y el primo Jimmy recibió la orden de llevar al gatito gris a Blair Water y ahogarlo. Emily se puso a llorar ante una orden tan cruel, lo cual ofuscó aún más a la tía Elizabeth. Estaba tan enojada, que el primo Jimmy no se animó a llevar al gatito de contrabando al granero, como había planeado al principio.

-Lleva ese animal al estanque, arrójalo y vuelve a decirme que ya lo hiciste -dijo Elizabeth, enojada-. Espero que se me obedezca. Luna Nueva no se va a convertir en un asilo para los gatos que le sobran al Viejo Jock Kelly.
El primo Jimmy hizo lo que le ordenaban y Emily no quiso comer. Después del almuerzo salió, triste, por el jardín viejo y cruzó la pradera hasta el estanque. Por qué iba allí, no lo sabía, pero sentía que debía ir. Al llegar a la orilla de la caleta donde el arroyito de John el Altivo desembocaba en el estanque Blair Water, oyó unos grititos lastimeros y allí, anclado sobre una islita de pasto seco en la caleta, había un desdichado animalito, con la piel empapada pegada a los flancos, temblando bajo el viento del fresco día otoñal. La vieja bolsa en la cual el primo Jimmy lo había metido flotaba hacia el estanque.
Emily no se detuvo a pensar, ni a buscar una madera, ni a considerar las consecuencias. Se metió en la caleta hasta las rodillas, vadeó el arroyo hasta el montón de pasto y agarró al gatito. Hasta tal punto ardía de indignación, que no sintió el frío del agua ni luego del viento cuando volvió corriendo a Luna Nueva. Un animal que sufría o era torturado siempre la inundaba de una compasión tan grande, que la sacaba de sí. Entró como una tromba en la cocina exterior donde la tía Elizabeth freía berlinesas.
-Tía Elizabeth -exclamó-, después de todo, el gatito no se ahogó, y yo me lo voy a quedar.
-Por supuesto que no -dijo la tía Elizabeth.
Emily miró a su tía a la cara. Volvió a sentir esa extraña sensación que sintió cuando la tía Elizabeth había traído la tijera para cortarle el pelo.
-Tía Elizabeth, este pobre gatito tiene frío y hambre y se siente muy desgraciado. Ha sufrido durante horas. No vas a hacer que lo arrojen otra vez al agua.
La mirada de Archibald Murray estaba en sus ojos y el tono de Archibald Murray en su voz. Esto sucedía sólo cuando lo más profundo de su ser se veía sacudido por una emoción especialmente intensa. En ese momento estaba llena de compasión y furia.
Cuando Elizabeth Murray vio a su padre mirándola desde la carita blanca de Emily, se rindió sin luchar, por más que luego se pusiera furiosa consigo misma por su debilidad. Era su único punto vulnerable. Tal vez el fenómeno no habría sido tan extraño si Emily se pareciera a los Murray. Pero ver la mirada de los Murray sobrepuesta de pronto como una máscara en rasgos extraños le provocaba una impresión a los nervios contra la que no podía luchar. Un fantasma salido de su tumba no la habría amilanado con mayor rapidez.
En silencio le dio la espalda a Emily, pero ésta supo que había ganado su segunda victoria. El gatito gris se quedó en Luna Nueva y engordó y se puso precioso y la tía Elizabeth nunca le prestó la menor atención, salvo para echarlo de la casa cuando Emily no andaba cerca. Pero pasaron semanas antes de que Emily fuera perdonada realmente y esto la hacía sentir muy incómoda. La tía Elizabeth podía ser generosa en la victoria, pero era muy desagradable en la derrota. Era una ventaja que Emily no pudiera convocar la mirada de los Murray a voluntad.
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Re: Emily la de la luna nueva(L.M. Montgomery)

Mensaje  Alexia Survei el Lun Abr 26, 2010 7:57 pm

15 TRAGEDIAS VARIAS

Obedeciendo la orden de la tía Elizabeth, Emily había erradicado de su vocabulario la palabra "toro". Pero ignorar la existencia de los toros no los eliminaba a ellos, específicamente en el caso del toro inglés del señor James Lee, que habitaba la gran pradera al oeste de Blair Water y que tenía una fama terrible. Era por cierto un animal imponente, y a veces Emily tenía unos sueños horribles en los cuales el toro la perseguía y ella no podía moverse. Y un frío día de noviembre sus sueños se convirtieron en realidad.
Había un pozo al final de la pradera que despertaba la curiosidad de Emily porque el primo Jimmy le había contado un cuento terrible que tenía que ver con él. Hacía sesenta años, dos hermanos que vivían en una casita construida cerca de la costa habían cavado el pozo. Era un pozo muy profundo, considerado una curiosidad en esa tierra baja, cerca del estanque y el mar; los hermanos habían cavado treinta metros hasta encontrar un manantial. Entonces les pusieron piedras a las paredes del pozo. Pero el trabajo no continuó. Thomas y Silas Lee discutieron por una trivial diferencia de opinión sobre qué tipo de brocal debían ponerle y en el calor de la discusión Silas le pegó a Thomas con el martillo y lo mató.
El brocal no se construyó nunca. Silas Lee fue a parar a la cárcel por homicidio y allí murió. La granja pasó a otro hermano, el padre del señor James Lee, que cambió la casa al otro extremo de la pradera y tapó el pozo. El primo Jimmy agregó que se suponía que el fantasma de Tom Lee se aparecía en el escenario de su trágica muerte, pero él no podía asegurarlo, aunque había escrito un poema sobre el tema. Y era un poema muy tétrico, que le congeló la sangre en las venas a Emily con un deleite lleno de pavor cuando él se lo recitó una noche neblinosa junto a la gran olla de papas. Desde entonces, Emily había querido ver el viejo pozo.
La oportunidad le llegó un sábado en que estaba merodeando sola en el viejo cementerio. Más allá del cementerio estaba la pradera de los Lee y al parecer no había señales del toro ni adentro ni cerca. Emily decidió hacerle una visita al viejo pozo y se echó a andar por la pradera contra el viento norte que soplaba desde el golfo. La Señora Viento era una gigante ese día y levantaba poderosos remolinos a lo largo de la costa, pero, a medida que Emily se acercaba a las grandes dunas, éstas formaban un pequeño puerto de calma alrededor del viejo pozo.
Emily levantó con serenidad una de las maderas que lo cubrían, se arrodilló sobre las otras y miró hacia abajo. Por suerte, las planchas de madera eran fuertes y comparativamente nuevas, de lo contrario la joven doncella de Luna Nueva podría haber explorado el pozo más exhaustivamente de lo que deseaba. Como estaban las cosas, poco pudo ver de él, pues unos inmensos helechos crecían en las ranuras entre las piedras de las paredes de los costados y se cerraban, ocultando a la vista sus tenebrosas profundidades. Algo decepcionada, Emily puso la madera en su lugar y comenzó a volver a su casa. No había dado diez pasos cuando se detuvo en seco. El toro del señor James Lee se dirigía derechito a ella y estaba a menos de veinte metros de distancia.
El cerco de la costa no estaba lejos a espaldas de Emily, que, de haber salido corriendo, podría haberlo alcanzado a tiempo. Pero era incapaz de correr, como escribió esa noche en una carta a su padre, estaba "paralizada” de terror y no podía moverse, como no había podido moverse en sus sueños sobre este mismo hecho. Es posible que algo terrible hubiera ocurrido en ese momento y lugar, de no ser por cierto muchacho que estaba sentado sobre el cerco de la costa. Había estado sentado allí todo el tiempo, mientras Emily miraba dentro del pozo, sin que ella lo viera, y ahora bajó de un salto.
Emily vio, o sintió, un cuerpo robusto que pasaba a su lado a toda velocidad. El dueño de éste corrió hasta a tres metros del toro, arrojó una piedra certera a la cara peluda del monstruo y salió corriendo a toda velocidad y en ángulo recto hacia el cerco. El toro, ofendido, se Volvió con un rugido amenazador y arremetió contra el intruso.
-¡Corre! -le gritó el muchacho a Emily por encima del hombro.
Emily no corrió. A pesar del terror, hubo algo en ella que no le permitía correr hasta no cerciorarse de que su galante salvador había logrado escapar. Él llegó al cerco justo a tiempo. Entonces y no antes, Emily también corrió y saltó el cerco justo cuando el toro corría por la pradera hacia ella, evidentemente decidido a agarrar a alguien. Temblando, Emily caminó por entre los altos pastos de las dunas de arena y se encontró con el muchacho en la esquina del cerco. Se detuvieron y se miraron un momento.
El muchacho era un desconocido para Emily. Tenía una cara alegre, descarada, de rasgos nítidos, con agudos ojos grises y muchos rulos oscuros. Tenía tan poca ropa como lo permitía la decencia y algo en la cabeza que aspiraba a ser un sombrero. A Emily le gustó; no había en él nada del sutil encanto de Teddy, pero poseía una fuerte atracción y acababa de salvarla de una muerte espantosa.
-Gracias -dijo Emily, tímida, mirándolo con esos grandes ojos grises que parecían azules bajo las largas pestañas. Era una mirada muy efectiva que no perdía nada de su eficiencia por el hecho de ser absolutamente inconsciente. Nadie le había dicho todavía a Emily qué seductora era esa mirada suya, súbita y tímida.
-¿No es tremendo? -dijo el muchacho, muy suelto de cuerpo. Se metió las manos en los bolsillos rotosos y miró a Emily tan fijo, que ella bajó los ojos, confusa, provocando de esa manera un daño mayor con esos párpados modestos y las pestañas sedosas.
-Es espantoso -dijo ella, estremeciéndose-. Y me dio mucho miedo.
-¿En serio? Y yo que pensaba qué coraje tenías de quedarte parada ahí, mirándolo fresca como una lechuga. ¿Cómo es tener miedo?
-¿Tú nunca tuviste miedo? -preguntó Emily.
-No, no sé lo que es -dijo el muchacho con indiferencia y algo de orgullo-. ¿Cómo te llamas?
--Emily Byrd Starr. -¿Vives por aquí? -En Luna Nueva. -¿Donde vive Jimmy Murray el Simplón?
-No es un simplón -exclamó Emily, indignada.
-Ah, está bien. Yo no lo conozco. Pero voy a conocerlo. Voy a pedirle empleo como ayudante para el invierno.
-No sabía -dijo Emily, sorprendida-. ¿En serio?
-Sí. Yo tampoco lo sabía, hasta ahora. La semana pasada él se lo pidió a la tía Tom, pero entonces yo no quería. Pero ahora creo que sí. ¿Quieres saber cómo me llamo?
-Claro.
-Perry Miller. Vivo con la vieja bruja de mi tía Tom en Stovepipe Town. Papá era capitán de un barco y yo navegaba con él antes de que se muriera, navegué a todos lados. ¿Vas a la escuela?
-Sí.
-Yo no, no fui nunca. La tía Tom vive tan lejos. Además, creo que no me gustaría. Pero ahora creo que voy a ir.
--'¿No sabes leer? -preguntó Emily, curiosa.
-Sí, un poco, y sé hacer cuentas. Papá me enseñaba cuando vivía. Después no me preocupé mucho, prefiero andar por el puerto. Es muy divertido. Pero si me decido a ir a la escuela aprenderé en un abrir y cerrar de ojos. Supongo que tú eres muy inteligente.
-No, no mucho. Mi padre decía que yo era un genio, pero la tía Elizabeth dice que soy rara, nada más.
-¿Qué es un genio?
-No sé muy bien. A veces es una persona que escribe poesía. Yo escribo poesía.
Perry se la quedó mirando.
-Caramba. Entonces yo también voy a escribir poesía.
-No creo que puedas -dijo Emily, algo desdeñosa, debe admitirse-.Teddy no puede, y él es muy inteligente.
-¿Quién es Teddy?
-Un amigo mío. -Había un dejo de altivez en la voz de Emily.
-Entonces -dijo Perry, cruzando los brazos sobre el pecho y frunciendo el entrecejo-, voy a darle un coscorrón en la cabeza a ese amigo tuyo.
-No vas a hacer tal cosa -dijo Emily. Estaba muy indignada y casi olvidó por un momento que Perry la había rescatado del toro. Hizo un gesto con la cabeza y comenzó a dirigirse a su casa. Perry también se volvió.
-Voy a ir a ver a Jimmy Murray por lo del empleo antes de irme a mi casa -dijo-. No te enojes. Si no quieres que le dé un coscorrón, no se lo daré. Pero tienes que decirme que yo también te gusto.
-Claro que me gustas -dijo Emily, como si no pudiera cuestionarse. Le dirigió a Perry su lenta sonrisa floreciente y así lo redujo a una servidumbre sin esperanzas.
Dos días más tarde, Perry Miller estaba instalado como ayudante en Luna Nueva y en quince días Emily sentía que había estado allí desde siempre.
"La tía Elizabeth no quería que el primo Jimmy lo contratara" le escribió a su padre, "porque él es uno de los muchachos que una noche del otoño pasado hicieron una cosa malísima. Cambiaron todos los caballos que estaban atados al cerco un domingo de noche durante una reunión de oración, v cuando salió toda la gente la confusión fue terrible. La tía Elizabeth dijo que no era seguro tenerlo en casa. Pero el primo Jimmy dijo que era muy difícil conseguir ayudante y que le debíamos algo a Perry por haberme salvado la vida del toro. Entonces la tía Elízabeth sedió y le permite sentarse a la mesa con nosotros pero al atardecer tiene que quedarse en la cocina. El resto de nosotros estamos en la salita de estar pero a mí me dejan ir a ayudar a Perry con sus lecciones. Le dejan usar sólo una vela y la luz es muy escasa. Tenemos que cortar el pabilo todo el tiempo. Es muy divertido cortarle el pabilo a las velas. Perry ya es el primero de su clase. Está en el tercer libro, aunque tiene casi doce años. El primer día de clase la señorita Brownell le dijo algo sarcástico y él echó la cabeza hacia atrás y largó una risa larga y fuerte. La señorita Brownell le pegó pero no volvió a ser sarcástica con él. No le gusta que se rían de ella, me doy cuenta. Perry no le tiene miedo a nada. Yo creí que no iba a ir más a la escuela cuando ella le pegó pero él dijo que una pequeñez como esa no va a impedirle tener una educación, ya que lo tiene decidido. Es muy decidido.
"La tía Elizabeth también es muy decidida. Pero ella dice que Perry es empesinado. Le estoy enseñando gramática a Perry. Dice que quiere aprender a hablar bien. Le dije que no tiene que llamar vieja bruja a su tía Tom pero él dice que sí porque ella no es una joven bruja. Dice que el lugar donde vive se llama Stovepipe Town' porque las casas no tienen chimeneas sino tubos que salen de los techos, pero que algún día va a vivir en una mancíón. La tía Elízabeth dice que yo no tendría que ser tan amiga de un muchacho contratado. Pero Perry es bueno, aunque sus modales son rudos. La tía Laura dice que son rudos. Yo no sé lo que quiere decir pero supongo que quiere decir que siempre dice lo que piensa y que come las habas con el cuchillo. A mí me gusta Perry, pero distinto de como me gusta Teddy. ¿No es extraño, querido papá, cuántas maneras hay de que a uno le guste la gente? Me parece que a Ilse no le gusta. Se burla de su ignorancia y lo mira con la nariz levantada porque tiene remiendos en la ropa, aunque la ropa de ella no está mucho mejor. A Teddy no le gusta mucho; hizo un dibujo muy gracioso de Perry colgado de los tobillos de un patíbulo. La cara parecía la de Perry pero no del todo. El primo Jimmy dice que es una caricatura y se rió, pero yo no me animé a mostrárselo a Perry porque me da miedo de que le dé un coscorrón a Teddy. Se lo mostré a llse, que se puso furiosa y lo partió en dos'. No entiendo por qué.
“Perry dice que puede recitar tan bien como llse y que podría hacer dibujos también, si quisiera. Me parece que no le gusta que alguien pueda hacer nada mejor que él. Pero no puede ver el empapelado en el aire, como yo, aunque lo intenta hasta que a mí me da miedo de que se lastime los ojos. Puede hacer discursos mejor que ninguno de nosotros. Dice que quería ser marino como el padre pero que ahora cree que cuando sea grande va a ser abogado y va a ir al parlamento. Teddy va a ser artista si la madre lo deja, e llse va a ser una recitadora de conciertos, eso tiene otro nombre pero no sé cómo se escribe, y yo voy a ser poetisa. Creo que somos un grupo muy talentoso. Tal vez es una banidad decir eso, querido papá.
"Antes de ayer pasó algo horrible. El sábado de mañana estábamos diciendo nuestras oraciones, todos arrodillados muy solemnes en la cocina. Yo miré una vez a Perry y él me hizo una cara tan cómica que me reí alto, no lo pude evitar. (Pero lo terrible no fue eso). La tía Elizabeth se enojó mucho. Yo no dije que Perry me había hecho reír porque tenía miedo de que, si lo decía, lo echaran. Entonces la tía Elizabeth dijo que debía castigarme y que no me iba a dejar ir a la fiesta de Jennie Strangs esa tarde. (Fue una desilusión muy grande pero eso tampoco fue lo terrible). Perry estuvo afuera todo el día con el primo Jimmy y cuando volvió a casa a la noche me dijo, con una cara feroz, Quién te hizo llorar. Yo le dije que había estado llorando -un poquito, no mucho porque no me dejaban ir a la fiesta porque me había reído en medio de las oraciones. Y Perry se fue derecho a hablar con la tía Elizabeth y le dijo que había sido por culpa suya que yo me reí. La tía Elizabeth dijo que igual yo no tendría que haberme reído, pero la tía Laura se molestó mucho y dijo que mi castigo había sido demasiado severo, y dijo que me iba a dejar llevar su anillo de la perla a la escuela, el lunes, como compensación. Yo me puse muy contenta, porque es un anillo precioso y ninguna de las otras niñas tiene uno igual. El lunes de mañana, apenas se terminó de pasar lista, levanté la mano para hacerle una pregunta a la señorita Brownell pero en realidad era para mostrar el anillo. Fue un orgullo asqueroso y fui castigada. En el recreo Cora Lee, una de las niñas grandes de sexto, vino y me pidió prestado el anillo por un ratito. Yo no quería prestárselo pero ella me dijo que si no se lo prestaba le iba a decir a todas las niñas de mi clase que me mandaran a destierro (que es algo horrible, querido papá, porque uno se siente como un paria). Entonces se lo presté y ella lo tuvo hasta el recreo de la tarde y entonces vino y me dijo que lo había perdido en el arroyo. (Esto es lo terrible). Ay, papá querido, me puse como loca. No me animaba a volver a casa y enfrentar a la tía Laura. Le había prometido que iba a tener tanto cuidado con el anillo. Pensé en ganar algo de dinero para comprarle otro pero cuando hice cuentas en mi pizarra me di cuenta de que tendría que lavar platos durante veinte años para reunir el dinero. Lloré de desesperación. Perry me vio y después de clase fue a hablar con Cora Lee y le dijo O entregas ese anillo o le cuento a la señorita Brownell. Y Cora me lo entregó, muy mansa y dijo Yo se lo iba a dar después. Era una broma y Perry le dijo No le hagas más bromas a Emily porque si no yo te voy a hacer una broma a ti. ¡Es muy reconfortante tener un paladín así! Tiemblo de sólo pensar lo que habría pasado si hubiera vuelto a casa y le hubiera dicho a la tía Laura que había perdido el anillo. Pero fue una crueldad de Cora Lee decirme que lo había perdido, siendo mentira, y atormentarme así. Yo no sería tan cruel con una niña huérfana.
"Cuando llegué a casa me miré en el espejo para ver si se me había vuelto el pelo blanco. Me dijeron que a veces pasa. Pero no. "Perry sabe más geografía que cualquiera de nosotros porque ha estado en casi todo el mundo con el padre. Después de terminar con sus lecciones me cuenta unas historias fasinantes. Habla hasta que se consume la vela hasta el final y entonces con ese pedacito sube al altillo de la cocina, por el agujero negro, porque la tía Elizabeth no quiere darle más de una vela por noche. "Ayer llse y yo nos peleamos sobre si preferíamos ser Juana de Arco o Frances Willard. No empezamos como una pelea sino como un debate, pero terminó en pelea. Yo prefería ser Frances Willard, porque está viva.
"Ayer tuvimos la primera nevada. Yo le hice un poema. Aquí va.


Por la nieve los rayos del sol se desusaban
La tierra es una novia sin par, deslumbrante.
Derramando diamantes, de blanco ataviada,
No hubo nunca novia tan hermosa y brillante.

"Se la leí a Perry y él me dijo que podía escribir poesía igual de buena y me dijo una ahí no más.

Mike ha dejado una larga hilera
de huellas sobre la nieve lijera.

No parece tan buena como la tuya. A mí no me pareció, porque uno puede decirlo igual en prosa. Pero cuando uno habla de novias sin par y deslumbrantes en prosa, suena raro. Mike había dejado una hilera de pequeñas huellas atravesando el patio del granero y eran presiosas, pero no tan presiosas como las huellas que dejaron los ratones sobre un poco de harina que se le había caído al primo Jimmy en el suelo. Eran unas cositas presiosas. Parecían poesía.
"Lamento que haya llegado el invierno porque llse y yo no, podemos jugar más en nuestra casa en el bosque de John el Altivo hasta la primavera ni afuera, en Tansy Patch. A veces jugamos adentro en Tansy Patch, pero la señora Kent nos hace sentir raras. Se sienta a mirarnos, todo el tiempo. Entonces no vamos, a menos que Teddy nos lo pida mucho. Y mataron a los cerdos, pobrecitos, así que el primo Jimmy ya no les hierve nada más.
Pero hay un consuelo porque ahora no tengo que ponerme cofia para el sol para ir a la escuela. La tía Laura me hizo una caperuza roja tan preciosa, con cintas, que la tía Elizabeth miró con despresio y dijo que eran una extravagancia. La escuela me gusta cada día más pero no me gusta la señorita Brownell. No es justa. Nos dijo que al que escribiera la mejor composición le regalaría una cinta rosada para usar desde el viernes de noche hasta el lunes. Yo escribí La Historia de los Arroyos sobre el arroyo en el bosque de John el Altivo, todas sus aventuras y sus pensamientos, y la señorita Brownell dijo que seguramente la había copiado y le dio la cinta a Rhoda Stuart. La tía Elizabeth dijo Desperdicias tanto tiempo escribiendo tonterías bien podrías haberte ganado esa cinta. Estaba mortificada (creo) porque yo deshonré Luna Nueva por no ganarme la cinta pero yo no le dije lo que había pasado. Teddy dice que un buen deportista nunca se queja por perder. Yo quiero ser una buena deportista. Ahora Rhoda me resulta tan odiosa. Dice que le llama la atención que una niña de La Luna Nueva esté de novia con un muchacho contratado. Eso es una tontería porque Perry no es mi novio. Perry le dijo que tenía la lengua más larga que el sentido común. No fue algo muy amable pero es cierto. Un día en clase Rhoda dijo que la Luna estaba al este de Canadá. Perry se rió fuerte y la señorita Brownell lo hizo quedarse en el recreo, pero no le dijo nada a Rhoda por decir una cosa tan ridícula. Pero lo peor que dijo Rhoda era que me había perdonado por como la había tratado. Eso me hizo arder la sangre en las venas porque yo no le hice nada que mereciera perdón. A quién se le ocurre.
"Comenzamos a comer el gran jamón que estaba colgado en el rincón sudoeste de la cocina.
"El otro miércoles de noche Perry y yo ayudamos al primo Jimmy a hacer un caminito entre los rabanitos, en el primer sótano. Tenemos que -ir por él hasta el segundo sótano porque ahora la puerta de afuera está bloqueada. Fue muy divertido. Pusimos una vela en un agujero de la pared que hacía unas sombras tan preciosas, y podíamos comer todas las manzanas que quisiéramos del barril grande que está en el rincón y el espíritu le pidió al primo Jimmy que recitara algunos de sus poemas mientras sacaba los rabanitos.
"Estoy leyendo La Alhambra. Pertenece a nuestra biblioteca. A la tía Elizabeth no le gusta decir que no es un libro apropiado para que lo lea yo porque era del padre, pero no creo que le guste que lo lea porque teje con mucha furia y me mira por encima de los anteojos. Teddy me prestó los cuentos de Hans Anderson. Me encantan, aunque a mí siempre se me ocurre un final diferente para la Doncella de Hielo y salvar a Rudy.
"Dicen que la señora de John Killegrew se tragó el anillo de bodas. Me pregunto por qué lo habrá hecho.
"El primo Jimmy dice que va a haber un eclipce de Sol en diciembre. Espero que no interfiera con la Navidad.
"Tengo las manos agrietadas. La tía Laura me las refriega con grasa de cordero todas las noches cuando me voy a la cama. Es difísil escribir poesía con las manos agrietadas. Me pregunto si la señora Hemans habrá tenido alguna vez las manos agrietadas. La biografía no dice nada.
"Jimmy Ball tiene que ser ministro cuando sea grande. Su madre le dijo a la tía Laura que lo consagró cuando estaba en la cuna. Cómo lo habrá hecho.
"Ahora desayunamos a la luz de las velas y me gusta.
"Ilse estuvo en casa el domingo a la tarde y fuimos a la buhardilla y hablamos de Dios, porque es apropiado para los domingos. Tenemos que tener mucho cuidado con lo que hacemos los domingos. Es una tradición de Luna Nueva que los domingos son muy sagrados. El abuelo Murray era muy estricto. El primo Jimmy me contó una historia sobre él. Siempre cortaban leña para el domingo los sábados de noche, pero una vez se olvidaron y el domingo no tenían leña para preparar la comida, así que el abuelo Murray dijo no se puede cortar leña los domingos, muchachos, pero se puede romper un poquito con la parte de atrás del hacha. Ilse tiene mucha curiosidad de Dios aunque no cree en Él la mayor parte del tiempo y no le gusta hablar de Él pero igual quiere averiguar cosas sobre Él. Dice que le parece que lo querría si lo conociera. Ahora escribe Su nombre con D mayúscula porque es mejor asegurarse. Yo creo que Dios es como mi destello, sólo que el destello dura un segundo y Dios dura siempre. Hablamos tanto que nos dio hambre y yo bajé al armario de la salita de estar y agarré dos berlinesas. Me olvidé de que la tía Elizabeth me había dicho que no podía comer berlinesas entre las comidas. No fue robar, fue olvidarme. Pero Ilse al fin se enojó y dijo que yo era una jacobita (qué será eso) y una ladrona y que una cristiana no le robaría berlinesas a una pobre tía anciana. Así que fui y le confesé a la tía Elizabeth y ella me dijo que no iba a darme ninguna berlinesa con la comida. Fue difícil ver a los demás comiéndolas. Me pareció que Perry comía la suya muy rápido pero después del almuerzo me llamó afuera y me dio la mitad de la suya, que me había guardado. La había enbuelto en el pañuelo, que no estaba muy limpio, pero me la comí porque no quise herir sus sentimientos.
"La tía Laura dice que Ilse tiene una sonrisa muy linda. Me pregunto si yo tendré una sonrisa linda. Me miré al espejo en el cuarto de Ilse y sonreí pero a mí no me pareció demasiado linda.
"Ahora que las noches están frías la tía Elizabeth siempre pone un porrón de ginebra lleno de agua caliente en la cama. A mí me gusta apoyar los dedos contra el porrón. Para eso es lo único para lo que usamos el porrón de ginebra ahora. Pero el abuelo Murray lo usaba para guardar ginebra de verdad en él.
"Ahora que llegó la nieve el primo Jimmy ya no puede trabajar en el jardín y se siente muy solo. A mí el jardín me parece tan bonito en invierno como en verano. Hay unos hoyuelos y unas colinas diminutas tan bellas donde la nieve cubrió los canteros. Y los atardeceres son rosados y a la luz de la Luna es como una tierra de ensueños. A mí me gusta mirar por la ventana de la salita de estar y ver las "velas de los conejos" flotando en el aire y me pregunto en qué pensarán las raicitas y las semillitas que están debajo de la nieve. Y me da una lindísima sensación de miedo mirar a través del cristal rojo de la puerta del frente.
"Hay un hermoso flequillo de caránvanos en el techo de la cocina exterior. Pero en el cielo tiene que haber cosas mucho más hermosas. Hoy estuve leyendo la historia de Anzonetta y me hizo sentir relijiosa. Buenas noches para el más querido de los padres. Emily.


P.D. Eso no quiere decir que yo tenga otro padre. Es sólo una manera de decir muy muy querido.
E. B. S. "



16
JAQUE A LA SEÑORITA BROWNELL

Emily e llse estaban sentadas en un banco lateral, en la escuela de Blair Water, escribiendo poesía sobre sus pizarras, es decir, Emily escribía poesía e llse la leía a medida que la otra la escribía y de vez en cuando sugería una rima cuando Emily quedaba atascada. A decir verdad, hay que admitir que no tenían por qué estar haciendo eso. Tendrían que estar "haciendo sumas", que es lo que la señorita Brownell suponía que hacían. Pero Emily nunca hacía sumas cuando en su cabecita morena se le metía la idea de escribir poesía, e llse odiaba la aritmética por una cuestión de principios. La señorita Brownell estaba tomando la clase de geografía del otro lado del aula, la agradable luz del Sol las bañaba a través del ventanal y todo parecía propicio para volar con las musas. Emily estaba escribiendo un poema sobre la vista desde la ventana de la escuela.
Hacía mucho tiempo que no se les permitía sentarse en el banco lateral. Ése era un privilegio reservado a aquellos alumnos que se habían ganado el favor de los ojos fríos de la señorita Brownell. Pero esa tarde Ilse lo pidió para ella y Emily, y la señorita Brownell las había dejado, por no ocurrírsele ninguna razón válida para permitírselo a llse y negárselo a Emily, que era lo que le habría gustado, pues tenía una de esas naturalezas mezquinas que no olvidan ni perdonan una ofensa. El primer día de escuela Emily había sido culpable, o al menos así lo veía la señorita Brownell, de impertinencia y desacato, y había tenido éxito, además. Eso seguía atormentando a la señorita Brownell y Emily sentía el veneno enquistado en varios gestos sutiles. Nunca se la elogiaba, era continuamente blanco del sarcasmo de la señorita Brownell, y los pequeños favores que recibían otras niñas nunca le tocaban a ella. De modo que esa oportunidad de sentarse en el banco lateral era una agradable novedad.
Había ventajas en eso de sentarse en el banco lateral. Se veía toda la escuela sin tener que volver la cabeza, y la señorita Brownell no podía acercarse sigilosamente por detrás para ver en qué andaba una, pero a ojos de Emily lo más lindo era que uno podía mirar "el bosque de la escuela" y contemplar los viejos abetos rojos donde jugueteaba la Señora Viento, los largos flecos de musgo gris verdoso que colgaban de las ramas, como banderas de la Tierra de los Duendes, las ardillitas rojas que corrían por el cerco, y las maravillosas sendas de nieve blanca donde caían manchas de luz solar como charcos de vino dorado. Y había un claro entre los árboles por donde podía verse, más allá del valle de Blair Water, las dunas y el golfo más atrás. Hoy las dunas estaban suavemente redondeadas y relucían en su blancura bajo la nieve, pero más allá de ellas el golfo era de un azul oscuro y profundo donde resplandecían masas blancas de hielo, como iceberg bebés, flotando. Mirar le provocaba a Emily un placer tan emotivo que era inexpresable, pero que ella debía intentar expresar. Comenzó su poema. Se olvidó por completo de los quebrados: ¿qué tenían que ver los numeradores y los denominadores con esos regazos curvos de nieve blanca, ese azul celestial, esas copas oscuras de los abetos contra un cielo perlado, esas etéreas sendas boscosas de perlas y oro? Emily se perdió en su propio mundo, hasta tal punto que no se enteró de que los alumnos de geografía se habían ido cada uno a su asiento y que la señorita Brownell, al ver la absorta mirada de Emily clavada en el cielo mientras buscaba una rima, se acercaba suavemente a ella. Ilse estaba dibujando en la pizarra y no la vio, de lo contrario le habría avisado a Emily. Ésta sintió de pronto que le quitaban la pizarra de las manos y oyó a la señorita Brownell que decía:
-Supongo que terminaste las sumas, Emily.
Emily no había terminado ni una sola suma, sino que había cubierto su pizarra con versos, versos que la señorita Brownell no debía ver, ¡no debía ver! Emily se puso de pie de un salto e intentó aferrar desesperada, su pizarra. Pero, con una mirada de maliciosa satisfacción en los labios delgados, la señorita Brownell la levantó fuera del alcance de la niña.
-¿Qué es esto? No parece ser... exactamente... quebrados. "Versos sobre la bista -vista con b larga- desde la ventana de la escuela de Blair Water". Caramba, niños, al parecer tenemos una floreciente poetisa entre nosotros.
Las palabras eran inofensivas pero ¡ay, esa odiosa sonrisa despectiva en el tono, el desprecio, la burla que escondían! A Emily le cruzaron el alma como un latigazo. Para ella, no había nada más terrible que la idea de que sus queridos "poemas" fueran leídos por ojos extraños, ojos fríos, despiadados, desdeñosos... y extraños.
-Por favor, por favor, señorita Brownell -tartamudeó, sintiéndose muy desgraciada-, por favor no los lea, los borraré, haré las sumas en seguida. Pero por favor no los lea. No... no es nada.
La señorita Brownell rió con crueldad.
-Eres demasiado modesta, Emily. Es una pizarra llena de poesía. Fíjense en eso, niños, poesía. Tenemos una alumna en esta escuela que escribe poesía. Y no quiere que nosotros leamos esta poesía. Me temo que Emily es muy egoísta. Estoy segura de que todos vamos a disfrutar de esta poesía.
Emily se encogía cada vez que la señorita Brownell decía poesía con ese énfasis de desprecio y esa odiosa pausa antes de pronunciar la palabra. Muchos de los niños rieron, en parte porque disfrutaban viendo a una "Murray de Luna Nueva" en una situación difícil y, en parte, porque se daban cuenta de que la señorita Brownell quería que se rieran. Rhoda Stuart se reía más alto que nadie, pero Jennie Strang, que había atormentado a Emily el primer día de clase, se negó a reír y en cambio miraba a la señorita Brownell con el entrecejo fruncido.
La señorita Brownell sostuvo en alto la pizarra y leyó para todos el poema de Emily, con un sonsonete nasal, con entonaciones y gestos absurdos que lo hacían sonar muy ridículo. Los versos que a Emily le habían parecido hermosísimos sonaban muy ridículos. Los otros alumnos se rieron más que nunca y Emily sintió que el dolor de ese momento no se le borraría jamás del corazón. Las fantasías que le parecieron tan hermosas cuando las pensaba, mientras escribía, estaban siendo destrozadas y pisoteadas, como mariposas lastimadas y mutiladas. "Vistas en un sueño de hadas" canturreó la señorita Brownell, cerrando los ojos y sacudiendo la cabeza de un lado a otro. Las risitas se convirtieron en sonoras carcajadas.
"¡Ay!", pensó Emily, apretando los puños. "Ojalá... ojalá que los osos que se comieron a los niños malos en la Biblia vinieran y la comieran a usted."
Pero no había buenos osos reparadores de injusticias en el bosque de la escuela y la señorita Brownell leyó todo el "poema" hasta el final. Se estaba divirtiendo de lo lindo. Ridiculizar a sus alumnos siempre le proporcionaba un gran placer y cuando el alumno era Emily, de Luna Nueva, en cuyo corazón y alma ella siempre había percibido algo fundamentalmente diferente de ella misma, el placer era exquisito.
Al llegar al final le devolvió la pizarra a una Emily de mejillas rojas.
-Toma tu... "poesía", Emily -dijo.
Emily agarró la pizarra. No tenía a mano ningún borrador, pero se pasó la lengua con furia por la palma de la mano y borró parte de la pizarra. Otra lamida y el resto del poema desapareció. Había sido deshonrado, degradado, debía desaparecer de la faz de la Tierra. Hasta el fin de sus días Emily no olvidó jamás el dolor y la humillación de esa experiencia.
La señorita Brownell volvió a reír.
-Qué pena borrar tanta poesía, Emily-dijo-. Qué te parece si ahora haces las sumas. No son poesía, pero yo estoy en esta escuela para enseñar aritmética, no estoy aquí para enseñar el arte de escribir poesía. Ve a tu asiento. ¿Sí, Rhoda?
Pues Rhoda Stuart había levantado la mano y chasqueaba los dedos.
-Perdóneme, señorita Brownell -dijo, con una clara nota de triunfo en la voz-, pero Emily Starr tiene una cantidad de poesía en el escritorio. Esta mañana se la estuvo leyendo a llse Burnley mientras usted creía que estudiaban historia.
Perry Miller se volvió y un delicioso misil compuesto de papel mascado y conocido como "píldora escupida" voló por el aire y le dio a Rhoda en el medio de la cara. Pero la señorita Brownell ya estaba junto al pupitre de Emily, adonde llegó de un salto, antes que la misma Emily.
-¡No los toque, no tiene derecho! -balbuceó Emily, desesperada.
Pero la señorita Brownell tenía el "montón de poesía" en las manos. Se volvió y caminó hasta el frente de la clase. Emily la siguió. Esos poemas eran muy queridos para ella. Los había compuesto durante los diversos recreos lluviosos cuando había sido imposible salir a jugar y estaban escritos en los pedacitos de papel que les sobraban a sus compañeros. Iba a llevárselos a casa ese mismo día para copiarlos en las planillas. Y ahora esta mujer odiosa iba a leérselos a toda esta clase burlona y desdeñosa.
Pero la señorita Brownell se dio cuenta de que no tenía tiempo para tanto. Debía contentarse con leer los títulos, con algunos comentarios apropiados.
Entretanto, Perry Miller aliviaba sus sentimientos bombardeando a Rhoda Stuart con píldoras escupidas, lanzadas con tanta habilidad que Rhoda no podía adivinar de qué parte de la clase provenían y no podía por ende acusar a nadie. Las píldoras interfirieron en gran medida en su disfrute del apuro que estaba pasando Emily. En cuanto a Teddy Kent, que no hacía la guerra con píldoras escupidas sino que prefería métodos de venganza más sutiles, estaba ocupado dibujando algo en un pedazo de papel. Rhoda encontró la hoja sobre su pupitre a la mañana siguiente. En él se veía un mono pequeño y flaco, colgado de la cola de la rama de un árbol, y la cara del mono era la cara de Rhoda Stuart. Al verlo, Rhoda se puso furiosa pero, en aras de su propia vanidad, rompió el dibujo en pedacitos y no dijo nada. No sabía que Teddy había hecho un dibujo parecido, en el que la señorita Brownell era un murciélago con aire de vampiro y se lo había puesto en la mano a Emily cuando salían de la escuela.
- El diamante perdido: un cuento romántico", leía la señorita Brownell. "Versos para un abedul", a mí más bien me parecen versos sobre un papel muy sucio, Emily; "Versos escritos sobre un reloj de sol en nuestro jardín"; lo dicho, "Versos a mi gato preferido", otro ronroneo romántico, supongo; "Oda a llse", "Tu cuello es de un prodigioso resplandor perlado", difícil, yo diría que el cuello de llse está muy quemado por el sol; "Descripción de nuestra sala", "El canto de las violetas", espero que las violetas canten con menos faltas de ortografía que tú, Emily; "La casa desilusionada"...

Los lirios levantan sus copas blancas
para que beeeeeban las abeeeeejas.

-¡Yo no lo escribí así! -gritó la torturada Emily.
-"Versos a un pedazo de brocato en el cajón de la cómoda de la tía Laura", "Un adiós al irme de casa", "Versos para un abeto rojo", `Aleja el calor, el sol y el resplandor, Es bondadoso el árbol que cavila"... ¿estás segura de que sabes lo que quiere decir "cavilar", Emily?; "Poema sobre el campo del señor Tom Bennett", "Poema a la bista desde la ventana de la tía Elizabeth", tienes puntos de "bistd" muy firmes, Emily; "Epitafio para un gatito ahogado", "Meditaciones ante la tumba de mi tatarabuela', pobre señora; "A mis pájaros del norte", "Versos compuestos en la orilla de Blair Water contemplando las estrellas", ajá...

Incrustadas con incontables gemas,
Esas estrellas tan distantes, tan frías, tan verdaderas.

No intentes hacer pasar por propios esos versos, Emily. No pudiste haberlos escrito tú.
-¡Sí, los escribí yo! -Emily estaba blanca de humillación. -Y escribí otros mucho mejores.
De pronto, la señorita Brownell estrujó los papelitos arrugados que tenía en la mano.
-Ya hemos perdido suficiente tiempo con estas tonterías -dijo-. Ve a tu asiento, Emily.
Se acercó a la estufa. Por un momento Emily no se dio cuenta de cuál era su propósito. Pero entonces, cuando la señorita Brownell abrió la puertecita de la estufa, Emily comprendió y se lanzó hacia adelante. Agarró los papeles, arrancándoselos de la mano a la señorita Brownell antes de que ésta pudiera agarrarlos con más fuerza.
-No los va a quemar... no los va a quemar -susurró Emily. Se guardó los poemas en el bolsillo de su "delantal de bebé" y miró a la señorita Brownell con una especie de serena ira. La mirada Murray estaba en sus ojos y, aunque a la señorita Brownell no la afectaba tanto como a la tía Elizabeth, le provocó de todas maneras una sensación desagradable, como de haber despertado fuerzas con las cuales no se animaba a seguir jugando. Esa niña atormentada parecía capaz de tirársele encima con dientes y uñas.
-Dame esos papeles, Emily-dijo, pero con cierta inseguridad. -No se los voy a dar -dijo Emily, tronando-. Son míos. No tiene derecho a sacármelos. Los escribí durante los recreos, no quebré ninguna regla. Usted... -Emily miró desafiante directo a los helados ojos de la señorita Brownell-, usted es una persona injusta y tiránica.
La señorita Brownell se dirigió a su escritorio.
Esta noche voy a Luna Nueva a contarle todo esto a tu tía Elizabeth -dijo.
Al principio, Emily estaba demasiado conmocionada por haber salvado su preciosa poesía como para prestarle demasiada atención a la amenaza. Pero a medida que la emoción fue desapareciendo, se vio inundada por un temor frío. Sabía que le esperaba un momento difícil. Pero, al menos, no le quitarían sus poemas, le hicieran a ella lo que le hiciesen. Apenas llegó a casa después de la escuela fue volando a la buhardilla y los escondió en el estante del viejo sofá.
Tenía unas ganas inmensas de llorar pero no quería. La señorita Brownell iba a venir y la señorita Brownell no debía verla con los ojos rojos. Pero le ardía el corazón. Habían profanado el templo sagrado de su ser y se sentía avergonzada. Y había más por venir, de eso estaba segura. Era inevitable que la tía Elizabeth se pusiera del lado de la señorita Brownell. Emily se encogió al pensar en la ordalía inminente con todo el temor de una naturaleza sensible y delicada que se enfrentaba a la humillación. No le habría temido a la justicia, pero sabía que en el tribunal de la tía Elizabeth y la señorita Brownell no se le harían justicia.
"Y no puedo escribirle a papá", pensó, suspirando. La vergüenza era demasiado honda e íntima para que pudiera escribir sobre ella, de modo que no halló alivio para su dolor.
En invierno, en Luna Nueva no se cenaba hasta que el primo Jimmy terminaba sus tareas y estaba listo para ya no moverse de la casa. Así que Emily pudo quedarse en la buhardilla, sin que nadie la interrumpiera.
Desde la ventana del gablete miraba una escena de cuento de hadas que en otro momento le habría encantado. Había un crepúsculo rojo detrás de las blancas colinas lejanas, que brillaba entre los árboles oscuros como una gran fogata; había un delicado encaje azul hecho de las sombras de los árboles en todo el jardín cubierto de nieve; había un resplandor rojizo, pálido, etéreo en todo el cielo del sudeste; y al fin hubo una preciosa lunita nueva hecha un arco plateado por encima del bosque de John el Altivo. Pero Emily no encontraba placer en nada de todo eso.
Al fin, vio a la señorita Brownell que se acercaba por el sendero, bajo las ramas blancas de los abedules, con su andar masculino. -Si viviera mi padre -dijo Emily, mirándola-, te irías de este lugar con los oídos ardidos.
Pasaron los minutos, y cada uno-de ellos le pareció muy largo a Emily. Por fin, subió la tía Laura.
-Emily, tu tía Elizabeth quiere que bajes a la cocina.
La voz de la tía Laura sonaba bondadosa y triste. Emily logró a duras penas contener un sollozo. Odiaba que la tía Laura pensara que se había portado mal, pero no podía confiar en sí misma, en ese momento, para explicar nada. La tía Laura iba a comprender y su comprensión la haría desmoronarse. Bajó despacio las dos largas escaleras delante de la tía Laura y entró en la cocina.
La mesa estaba puesta para la cena y habían encendido las velas. La gran cocina de vigas negras parecía tétrica y fantasmagórica, como siempre a la luz de las velas. La tía Elizabeth estaba sentada, muy rígida, junto a la mesa y tenía una expresión muy dura en el rostro. La señorita Brownell estaba sentada en la mecedora; sus ojos pálidos relumbraban de malicioso triunfo. Parecía haber algo funesto y venenoso en su mirada. Tenía, además, la nariz muy colorada, lo que no agregaba nada a sus encantos.
El primo Jimmy, con su pantalón enterizo gris, estaba sentado sobre el borde de una caja de madera, silbando, mirando hacia el cielo raso, y más parecido a un gnomo que nunca. Perry no estaba por ningún lado. Emily lo lamentó. La presencia de Perry, que estaba de su lado, habría sido un gran apoyo moral.
-Lamento decir, Emily, que he estado escuchando cosas muy malas sobre tu comportamiento en la escuela hoy -dijo la tía Elizabeth.
-No, no creo que lo lamentes -dijo Emily, muy seria. Ahora que había llegado el momento de la crisis, se sintió capaz de enfrentarla con serenidad, es más, capaz de interesarse con curiosidad por debajo de todo el temor y la vergüenza subterráneos, como si parte de ella se hubiera separado del resto y estuviera absorbiendo con interés las impresiones y analizando los motivos y describiendo las escenas. Sintió que, cuando escribiera esta escena más tarde, no debía olvidar describir las extrañas sombras que la vela, muy cerca y debajo de la nariz de la tía Elizabeth, arrojaba hacia el resto de su cara, produciendo un efecto bastante cadavérico. En cuanto a la señorita Brownell, ¿podía ella haber sido alguna vez un bebé, un bebé con hoyuelos, gordo, sonriente? Era inconcebible.
-A mí no me hables con impertinencia-dijo la tía Elizabeth. -Ya ve -dijo la señorita Brownell, significativamente. -No quiero ser impertinente, pero no lo lamentas –insistió Emily-. Estás enojada porque piensas que he avergonzado a Luna Nueva, pero en parte te alegras porque hay alguien que está de acuerdo contigo en que soy mala.
-Qué niña tan agradecida -dijo la señorita Brownell, llevando los ojos al cielo raso, donde se encontraron con una visión sorprendente. La cabeza de Perry Miller, y no más, se asomaba por el "agujero negro" y en la cara dada vuelta de Perry Miller había una mueca muy irrespetuosa y traviesa. Cara y cabeza desaparecieron en un relámpago, dejando a la señorita Brownell mirando el cielo raso como una tonta.
-Te has estado portando mal en la escuela -dijo la tía Elizabeth, que no había visto la contra escena-. Me avergüenzo de ti.
-No me porté tan mal, tía Elizabeth -dijo Emily, con firmeza-. Fue así...
-No quiero saber más del asunto -dijo la tía Elizabeth. -Pero tienes que oírme -exclamó Emily-. No es justo escuchar sólo la versión de ella. Me porté un poquito mal, pero no tanto como ella dice.
-¡Ni una palabra más! Ya escuché toda la historia-dijo la tía Elizabeth, severa.
-Escuchó un montón de mentiras -dijo Perry, sacando súbitamente la cabeza otra vez por el agujero negro.
Todos saltaron, hasta la tía Elizabeth, que de inmediato se enojó más todavía... por haber saltado.
-¡Perry Miller, baja inmediatamente de ese altillo! -ordenó. -No puedo -dijo Perry, lacónico.
-¡En seguida, te digo!
-No puedo -repitió Perry, haciéndole un guiño audaz a la señorita Brownell.
-¡Perry Miller, baja! A mí me vas a obedecer. Todavía soy la dueña de casa aquí.
-Está bien -dijo Perry, jovial-. Si no tengo más remedio. Se balanceó hasta tocar con los dedos de los pies la escalera. La tía Laura pegó un gritito. Todos los demás quedaron mudos. -Acababa de sacarme la ropa mojada -decía Perry, riendo, hamacando las piernas para encontrar un apoyo en la escalera, mientras se apoyaba en los costados del agujero negro con los codos-. Me caí en el arroyo mientras les daba agua a las vacas. Iba a ponerme algo seco, pero... como usted me dijo que bajara... Jimmy-imploró la pobre Elizabeth Murray, rindiéndose a la discreción. Ella no podía manejar esta situación.
-¡Perry, sube a ese altillo y ponte la ropa inmediatamente! -ordenó el primo Jimmy.
Las piernas desnudas subieron y desaparecieron. Desde el fondo del agujero negro se oyó una risita tan alegre y maliciosa como la de un búho. La tía Elizabeth exhaló un suspiro compulsivo de alivio y se volvió a Emily. Estaba decidida a recuperar el dominio y había que hacerle bajar la cabeza a Emily.
-Emily, arrodíllate aquí, delante déla señorita Brownell y pídele perdón por tu conducta de hoy -dijo.
Las pálidas mejillas de Emily se pusieron rojas. Eso no podía hacerlo, le pediría perdón a la señorita Brownell, pero no de rodillas. Arrodillarse ante esta mujer cruel que la había lastimado tanto, no iba a hacerlo, no podía hacerlo. Toda su naturaleza se elevó en protesta contra semejante humillación.
-Arrodíllate -repitió la tía Elizabeth.
La señorita Brownell estaba complacida y expectante. Sería muy satisfactorio ver a esta niña que la había desafiado arrodillada ante ella como una penitente. Nunca más, pensaba la señorita Brownell, podría Emily mirarla directo a los ojos con esa temeraria mirada suya que hablaba de un alma indomable y libre, cualquiera fuese el castigo que se infligiera a su cuerpo o a su mente. El recuerdo de ese momento no abandonaría jamás a Emily, nunca podría olvidar que se había arrodillado, rebajándose. Emily lo sintió con tanta claridad como la señorita Brownell y permaneció empecinadamente de pie.
-Tía Elizabeth, por favor déjame que te cuente mi versión de (a historia -rogó.
-Ya he oído todo lo que quería oír sobre este asunto. Harás lo que te ordeno, Emily, o serás una paria en esta casa hasta que lo hagas. Nadie te dirigirá la palabra, ni jugará contigo, ni comerá contigo, ni tendrá nada que ver contigo hasta que me hayas obedecido.
Emily se estremeció. Ése era un castigo que no podría soportar. Ser aislada de su mundo, sabía que antes de mucho tendría que claudicar. Bien podía claudicar en ese momento pero, ¡ay, qué dolor, qué vergüenza!
-Un ser humano no debe arrodillarse ante nadie que no sea Dios-dijo el primo Jimmy, inesperadamente, sin dejar de mirar el cielo raso.
Un cambio súbito y extraño se produjo en el rostro orgulloso y enojado de Elizabeth Murray. Se quedó muy quieta, mirando al primo Jimmy, tanto tiempo que la señorita Brownell hizo un gesto de irritada impaciencia.
-Emily -dijo la tía Elizabeth, en un tono diferente-, me equivoqué, no voy a pedirte que te arrodilles. Pero debes pedirle disculpas a tu maestra; yo te castigaré después.
Emily llevó las manos a la espalda y volvió a mirar a la señorita Brownell a los ojos.
-Lamento cualquier cosa mala que haya hecho hoy -dijo-, y le pido que me perdone.
La señorita Brownell se puso de pie. Se sentía despojada de un legítimo triunfo. Fuera cual fuese el castigo a Emily, ella no tendría la satisfacción de presenciarlo. Tenía ganas de pegarle a "Jimmy Murray el simplón". Pero no debía dejar ver todo lo que sentía. Elizabeth Murray no era del consejo de la escuela, pero era la contribuyente más importante y tenía mucha influencia con el consejo.
-Te perdonaré si en el futuro te portas bien, Emily -dijo con frialdad-. Yo considero que no he hecho otra cosa que cumplir con mi deber exponiendo el asunto ante tu tía. No, gracias, señorita Murray, no puedo quedarme a cenar, quiero llegar a casa antes de que oscurezca.
-Dios guarde a todos los viajeros -dijo Perry, contento, bajando la escalera, esta vez con la ropa puesta.
La tía Elizabeth lo ignoró; no iba a tener una escena con un muchacho contratado ante la señorita Brownell. Esta última salió y la tía Elizabeth miró a Emily.
Emily, esta noche vas a cenar sola, en la despensa, y sólo pan y leche. Y no hablarás una palabra hasta mañana de mañana. ¿Pero no me prohíbes pensar? -dijo Emily, ansiosa.
La tía Elizabeth no respondió, sino que se sentó, altiva, a la mesa de la cena. Emily fue a la despensa a comer su pan con leche, con el olor de las deliciosas salchichas que comían los otros como consuelo. A Emily le gustaban las salchichas y las salchichas de Luna Nueva eran lo máximo en salchichas. Elizabeth Burnley había traído la receta de Inglaterra y su secreto había sido cuidadosamente guardado. Y Emily tenía hambre. Pero había escapado de lo insoportable, y las cosas podrían haber sido peores. De pronto se le ocurrió que escribiría un poema épico a imitación de El plan del último juglar. El primo Jimmy se lo había leído el sábado anterior. Comenzaría el primer canto en seguida. Cuando Laura Murray entró en la despensa, Emily estaba, con el pan y la leche sin terminar y los codos apoyados en el armario, mirando hacia la nada, moviendo apenas los labios y con una luz que nunca había existido en tierra ni en mar en los ojos. Hasta el aroma de las salchichas se había olvidado, ¿no estaba bebiendo de una fuente de Castalia?
-Emily -dijo la tía Laura, cerrando la puerta y mirando con amor a Emily con sus bondadosos ojos azules-, a mí puedes contarme lo que quieras. A mí la señorita Brownell no me gusta y no creo que no falte razón, aunque es claro que no deberías escribir poesía cuando tienes que hacer cuentas. Y en esa caja hay unas galletitas de jengibre.
-No quiero hablar con nadie, querida tía Laura, soy demasiado feliz-dijo Emily, soñadora-. Estoy componiendo una epopeya, se va a llamar La dama blanca y ya hice veinte versos, y dos son bellísimos. La heroína quiere ingresar en un convento y el padre le dice que, si lo hace, nunca podrá

De la vida volver a abrir la puerta
Si te encierras, como en vida muerta.

"Ay, tía Laura, cuando compuse esos versos me vino el destello. Y ya no me interesan las galletitas de jengibre.
La tía Laura volvió a sonreír.
-Tal vez no ahora, querida. Pero cuando se te haya pasado el momento de inspiración, no estará de más que recuerdes que las galletitas de esa caja no están contadas y que son tan mías como de Elizabet.
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Alexia Survei
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Re: Emily la de la luna nueva(L.M. Montgomery)

Mensaje  Alexia Survei el Vie Mayo 14, 2010 4:23 pm

17
EPÍSTOLAS VIVIENTES


"Querido padre:

"Tengo algo muy emocionante que contarte. He sido la heroína de una aventura. Un día de la semana pasada Ilse me pidió que fuera a quedarme toda la noche con ella porque el padre no estaba y no podía regresar hasta muy tarde e Ilse me dijo que no tenía miedo pero que se sentía muy sola. Entonces le pedí a la tía Elizabeth si podía ir. No tenía muchas esperanzas, querido papá, de que me dejara ir, porque no le parece bien que las niñas pequeñas pasen la noche fuera de sus casas pero, para mi sorpresa, me dijo, con mucha bondad, que sí. Y después la oí decir en la despensa: Es una vergüenza que el doctor deje a esa criatura tantas veces sola de noche. Es una maldad de su parte. Y la tía Laura dijo Ese pobre hombre está desbiado. Acuérdate de que no era así antes, con la esposa...y justo cuando se estaba poniendo interesante la tía Elizabeth le dio un codazo a la tía Laura y le dijo Shh, las paredes oyen. Yo sé que se refería a mí aunque yo no soy una pared. Como me gustaría averiguar lo que hizo la madre de llse. No dejo de pensar en eso cuando me acuesto. Me quedo despierta un rato largo pensando. Ilse no tiene idea. Una vez le preguntó al padre y él le dijo (con voz de trueno) que no volviera a mencionar a esa mujer en su presencia. Y hay otra cosa que me preocupa, además. No dejo de pensar en Silas Lee, el que mató al hermano en el viejo pozo. Qué mal a de haberse sentido ese pobre hombre. Y qué quiere decir desbiado.
"Fui a lo de llse y jugamos en la buhardilla. A mí me encanta jugar allá porque no tenemos que tener cuidado y ser prolijas como en nuestra buhardilla. La buhardilla de llse está muy revuelta y me parece que hace años que no se limpia. El cuarto de los trastos es peor que el resto. Está cerrado con maderas, en un extremo de la buhardilla, y está lleno de ropa vieja y bolsas y trapos y muebles rotos. No me gusta el olor que tiene. La chimenea de la cocina sube por ahí y tiene cosas colgadas alrededor (o tenía). Porque todo esto es en el pasado, querido papá.
"Cuando nos cansamos de jugar nos sentamos en un viejo baúl y nos pusimos a charlar. Esto es presioso durante el día le dije pero tiene que ser terrible de noche. Hay ratones, dijo llse, arañas y fantasmas. Yo no creo en los fantasmas, le dije despectiva. No existen. (Aunque tal vez sí haya, querido papá). Yo creo que esta buhardilla está embrujada, dijo llse. Tonterías, dije yo. Tú sabes, querido papá, que una persona de Luna Nueva no puede creer en fantasmas. Pero yo me sentía muy rara. Hablar es fácil dijo llse empezando a enojarse (aunque yo no estaba hablando mal de su buhardilla) pero tú no eres capaz de quedarte sola aquí de noche. No me molestaría para nada le dije yo. Entonces te desafío a que lo hagas dijo llse. Te desafío a que subas aquí a la hora de dormir y que duermas aquí toda la noche. Ahí me di cuenta de que estaba en un aprieto querido papá. Es una tontería alardear. No supe qué hacer. Era horrible pensar en dormir sola en esa buhardilla pero si no lo hacía llse me lo iba a enrostrar siempre cada vez que nos peleáramos y peor todavía iba a contárselo a Teddy y él iba a creer que soy una cobarde. Entonces dije, con orgullo, Lo haré llse Burnley y además no me da nada de miedo. (Pero sí me daba, por dentro). Los ratones te van a caminar por arriba dijo llse. Ah, yo no estaría en tu lugar por nada del mundo. Fue una mezquindad de parte de llse hacer las cosas peor de lo que eran. Pero me di cuenta de que me admiraba y eso me ayudó mucho. Sacamos una vieja cama de plumas del cuarto de los trastos y llse me dio una almohada y la mitad de su ropa. Ya estaba oscuro y llse no quiso volver a subir a la buhardilla. Entonces yo dije mis oraciones con mucho cuidado y agarré una lámpara y subí. Ahora estoy tan acostumbrada a las velas que la lámpara me puso nerviosa. Ilse dijo que se me veía muerta de miedo. Me temblaban las rodillas, querido papá, pero por el honor de los Starr (y de los Murray) continué. Me había desvestido en la habitación de llse, así que en seguida me metí en la cama y apagué la lámpara. Pero no pude dormirme por un largo rato. La luz de la luna hacía que la buhardilla se viera tétrica. Yo no sé exactamente lo que quiere decir ' tétrico pero me parece que así estaba la buhardilla. Las bolsas y la ropa que colgaban de las vigas parecían criaturas. Pensé que no tenía por qué asustarme. Los ángeles están aquí. Pero después me pareció que podía tenerles tanto miedo a los ángeles como a cualquier otra cosa. Y oía a las ratas y los ratones trepándose a las cosas. Pensé Y si una rata me pasa por encima y entonces pensé que al día siguiente escribiría una descripsión de la buhardilla a la luz de la luna y de mis sentimientos. Al fin oí llegar al doctor y después lo oí en la cocina y me sentí mejor y no había pasado mucho rato cuando me quedé dormida y soñé un sueño espantoso. Soñé que se abría la puerta del cuarto de los trastos y un diario grandote salía y me perseguía por toda la buhardilla. Y después se prendía fuego y yo olía el olor del fuego clarito clarito y justo entonces grité y me desperté. Estaba sentada en la cama y el diario no estaba pero yo seguía sintiendo olor a humo. Miré hacia el cuarto de los trastos y salía humo y vi fuego por entre las rajaduras de la madera. Grité con todo lo que me daban los pulmones y salí corriendo a la habitación de llse y ella fue corriendo a despertar al padre. Él dijo mierda pero se levantó en seguida y entonces los tres nos pusimos a subir y bajar corriendo las escaleras de la buhardilla con baldes de agua hicimos un enchastre tremendo pero apagamos el incendio. Eran las bolsas de lana que estaban colgadas cerca de la chimenea que se habían prendido fuego. Cuando terminó todo el doctor se secó la transpiración de su masculina frente y dijo Qué a tiempo. Unos minutos más y habría sido demasiado tarde. Hice fuego cuando llegué para prepararme una taza de té y supongo que una chispa les prendió fuego a las bolsas.
Aquí veo que hay un agujero donde se cayó el yeso. Tendría que hacer limpiar todo este lugar. Cómo descubriste el fuego, Emily. Estaba durmiendo en la buhardilla dije. Durmiendo en la buhardilla dijo el doctor, como... qué... qué hacías ahí. Ilse me desafió dije. Me dijo que me iba a dar mucho miedo quedarme de noche y yo le dije que no. Me quedé dormida y me desperté y sentí olor a humo. Pequeño diablito, dijo el doctor. Yo creo que es muy feo que á uno le digan diablo pero el doctor me miró con tanta admiración que me pareció que era un cumplido. Él habla raro. llse dice que la única vez que le dijo una cosa linda fue una vez cuando a ella le dolía la garganta y él le dijo "pobre bichito" y parecía que le tenía pena. Yo estoy segura de que llse se siente muy pero muy mal porque el padre no la quiere aunque se hace como que no le importa. Pero, ay, papá, tengo más para contarte. Ayer salió el Weekly Times de Shrewsbury y en las Notas de Blair cuentan todo lo del incendio en lo del doctor y dice que fue afortunadamente descubierto a tiempo por la señorita Emily Starr. No puedo decirte lo que sentí cuando vi mi nombre en el diario. Me sentí famosa. Y nunca antes me habían llamado señorita en serió.
"El sábado pasado la tía Elizabeth y la tía Laura fueron a pasar el día a Shrewsbury y nos dejaron al primo Jimmy y a mí cuidando de la casa. Nos divertimos tanto y el primo Jimmy me dejó espumar todas las ollas de leche. Pero después de comer vinieron visitas inesperadas y no había ninguna torta en la casa. Era horrible. Nunca antes había pasado en los anales de Luna Nueva. Ayer a la tía Elizabeth le dolió una muela todo el día y la tía Laura había ido a Priest Pond a visitar a la tía abuela Nancy, así que no se hizo torta. Yo recé, me puse a cocinar y preparé una torta con la reseta de la tía Laura y salió bien. El primo Jimmy me ayudó a tender la mesa y servir la comida, y yo serví el té y no derramé ni una gota en los platillos. Habrías estado orgulloso de mí, papá. La señora Lewis se sirvió una segunda porción de torta y dijo Reconocería las tortas de Elizabeth Murray aunque me las sirvieran en plena África. Yo no dije nada por el honor de la familia. Pero me sentí muy orgullosa. Había salvado a los Murray de la deshonra. Cuando la tía Elizabeth llegó a casa y se enteró puso cara rara y probó un pedazo que había quedado y dijo Bueno, tienes algo de los Murray en ti. Es la primera vez que la tía Elizabeth me elogia. Le sacaron tres muelas así que no le van a doler más. Me alegro por ella. Antes de irme a dormir agarré el libro de resetas y elegí todas las cosas que me gustaría hacer. Budín real, Salsa espuma, Susanas de ojos negros, Cerdo en carroza. Suenan preciosas.
"Veo unas nubes blancas tan vaporosas y tan bellas encima del bosque de John el Altivo. Me gustaría volar y caer ensima de ellas. No puedo creer que sean húmedas y fofas como dice Teddy. Teddy grabó mis iniciales con las suyas en el Monarca de la Floresta pero alguien las tachó. No sé si fue Perry o llse.
"La señorita Brownell ahora casi no me da buenas notas de buen comportamiento y los viernes de noche la tía Elizabeth se molesta mucho pero la tía Laura entiende. Escribí un informe de la tarde cuando la señorita Brownell se burló de mis poemas y lo puse en un sobre viejo y escribí el nombre de la tía Laura en el sobre, que guardé entre mis papeles. Si me muero de tuberculosis la tía Elizabeth lo encontrará y sabrá la verdad y se lamentará de haber sido tan hinjusta conmigo. Pero no creo que me vaya a morir porque estoy mucho más gorda y llse me dijo que oyó que su padre le decía a la tía Laura que yo sería linda si tuviera más colores. Es malo querer ser linda, querido papá. La tía Elizabeth dice que sí y cuando yo le pregunté a ella A ti te gustaría ser linda, tía Elizabeth, pareció molesta.
"La señorita Brownell le tiene rabia a Perry desde aquella vez y lo trata muy mal pero él es dócil y dice que no quiere hacer lío en la escuela porque quiere aprender y progresar. Insiste que sus rimas son tan buenas como las mías y yo sé que no y eso me ecsaspera. Si en la escuela no presto atensión todo el tiempo la señorita Brownell dice Supongo que estás componiendo... poesía, Emily y entonces todos se ríen. No, no todos. No debo exajerar. Teddy, Perry, llse y Jennie no se ríen nunca. Es gracioso que ahora me guste tanto Jennie cuando la odié tanto el primer día de clase. Después de todo, no tiene ojos de cerdito. Tiene ojos chiquitos pero son divertidos y brillantes. Es muy querida en la escuela. Al que odio es a Frank Barker. Me sacó el libro nuevo de lectura y escribió grandote en la primera página

No oses robar este librito
Pues el nombre de su dueña tiene escrito.
Y cuando mueras el Señor dirá:
El libro que robaste, ¿dónde está?
Y cuando digas "No lo recuerdo".
El Señor te dirá: "Vete al infierno".

"No es un poema refinado y además no se habla así de Dios. Yo arranqué la hoja y la quemé y la tía Elizabeth se enojó y ni siquiera cuando le expliqué se aplacó su enojo. Ilse dice que después de esto a Dios lo va a llamar Alá. A mí me parece un nombre más lindo. Es muy suave y no suena tan severo. Pero me parece que no es muy relijioso.

"Mayo 20.
"Ayer fue mi cumpleaños, querido papá. Pronto hará un año que vine a Luna Nueva. Me parece como si hubiera vivido siempre aquí. Crecí cinco centímetros. El primo Jimmy me midió con una marca en la puerta del tambo. Mi cumpleaños fue muy lindo. La tía Laura hizo una torta riquísima y me regaló una nueva camisita blanca preciosa con un volado bordado. Le había pasado una cinta azul pero la tía Elizabeth se la hizo sacar. Y la tía Laura me regaló también ese pedacito de brocato de satén rosado que tenía en el cajón de su cómoda. Yo lo quería desde que lo vi pero nunca pensé que pudiera ser mío. llse me preguntó qué iba a hacer con él pero no voy a hacer nada. Sólo lo voy a tener en la buhardilla con mis tesoros y lo voy a mirar, porque es hermoso. La tía Elizabeth me regaló un dicsionario. Fue un regalo útil. Creo que me tiene que gustar. Pronto vas a ver cómo mejoro la ortografía, espero. El único problema es que cuando estoy escribiendo algo interesante me entusiasmo tanto que es espantoso tener que parar para buscar una palabra y ver cómo se escribe. Miré cavilar y la señorita Brownell tenía razón. Yo no sabía lo que quería decir. Rimaba tan bien y yo pensaba que quería decir contemplar o ver pero quiere decir pensar. El primo Jimmy me regaló un cuaderno grandote y grueso. Estoy tan orgullosa de él. Será tan lindo escribir en él. Pero seguiré usando las planillas para escribirte a ti, querido papá, porque puedo doblarlas de a una y hacer como que son cartas de verdad. Teddy me regaló un dibujo de mí. Lo pintó con acuarelas y le puso de título La Niña Sonriente. Parezco como si estuviera escuchando algo que me hace muy feliz. Ilse dice que me favorece. Me hizo más linda de lo que soy pero no más linda de lo que sería si pudiera dejarme el flequillo. Teddy dice que cuando crezca va a hacer una verdadera pintura de mí. Perry se fue caminando hasta Shrewsbury para comprarme un collar de perlas y lo perdió. No tenía más dinero así que se fue a su casa a Stovepipe Town, le pidió una gallinita a su tía Tom y me regaló eso. Es un muchacho muy persistente. Todos los huevos que ponga la gallina son pára mí y podré vendérselos al vendedor ambulante. llse me regaló una caja de caramelos. Voy a comer uno solo por día para que me dure más. Yo quería que llse comiera pero dijo que no porque sería mezquino ayudar a comer un regalo que hizo uno y yo insistí y entonces nos peleamos. Ilse me dijo que era un cuadrúpedo maullador (que es ridículo), tan tonta que no me daba cuenta ni de que tenía que entrar en mi casa cuando empezaba a llover. Y yo le dije que no era tan tonta como para no tener modales, por lo menos. Ilse se puso tan furiosa que se fue a su casa pero después se le pasó y volvió a cenar.



18
EL PADRE CASSIDY

La consternación se había apoderado de Luna Nueva. Todos estaban desesperadamente tristes. La tía Laura lloraba. La tía Elizabeth andaba tan pendenciera que era imposible vivir con ella. El primo Jimmy andaba como distraído y Emily dejó de preocuparse por la madre de llse y el fantasma arrepentido de Silas Lee cuando se iba a la cama y se dedicaba ahora a ese nuevo problema. Pues todo se había originado en su falta de obediencia a la tradición de La Luna Nueva de no visitarse con John el Altivo, y la tía Elizabeth no tenía pelos en la lengua para reprochárselo. Si ella, Emily Byrd Start, no hubiera ido nunca a lo de John el Altivo, nunca habría comido esa manzana dulce y, si no hubiera comido esa manzana, John el Altivo no le habría hecho ninguna broma y, si él no le hubiera hecho una broma, la tía Elizabeth jamás habría ido a decirle cosas duras, típicamente Murray y, si la tía Elizabeth no le hubiera dicho cosas duras, típicamente Murray John el Altivo no se habría ofendido ni habría querido vengarse y, si John el Altivo no se hubiera ofendido ni hubiera querido vengarse nunca se le habría metido en la altiva cabeza cortar el hermoso bosque ubicado al norte de Luna Nueva.
Pues a ese punto exacto era adonde los había llevado a todos esta progresión de juego infantil tipo "La rana que estaba jugando en el agua”. John el Altivo había anunciado públicamente, en lo del herrero de Blair Water, que apenas terminara la cosecha iba a cortar el bosque, se talaría cada árbol y cada brote. La noticia llegó en seguida a Luna Nueva y conmocionó a sus habitantes como hacía años que no los conmocionada nada. A sus ojos era toda una catástrofe.
Elizabeth y Laura apenas podían creerlo. Era inconcebible. Ese gran bosque espeso y protector, de abetos rojos y árboles de madera dura, había estado siempre ahí, moralmente pertenecía a Luna Nueva, ni siquiera John el Altivo podría osar cortarlo. Pero John el Altivo tenía la incómoda reputación de hacer lo que decía que iba a hacer, eso era parte de su altivez y, si decía algo, lo hacía.
-Luna Nueva será una ruina -gemía la pobre tía Laura-. Quedará hecha un espanto; toda su belleza desaparecerá, y quedaremos expuestos al viento del norte y a las tormentas del mar, siempre hemos estado protegidos y resguardados aquí. Y el jardín de Jimmy también se arruinará.
-Eso es lo que resulta de traer aquí a Emily -dijo la tía Elizabeth.
Era una crueldad decir eso, aun siendo indulgente con ella, una crueldad y una injusticia, pues su lengua mordaz y su sarcasmo estilo Murray habían tenido tanto que ver en el asunto como Emily. Pero lo dijo y para Emily fue como una puñalada que le atravesó el pecho y dejó su marca durante años. La pobre Emily ya estaba suficientemente angustiada. Ya se sentía tan desgraciada, que no podía comer ni dormir. Elizabeth Murray, a pesar de su furia y su tristeza, dormía como un tronco todas las noches pero, junto a ella en la oscuridad, con miedo de moverse o darse vuelta, yacía una delgada criaturita cuyas lágrimas, que le corrían en silencio por las mejillas, no aliviaban un corazón hecho pedazos. Porque Emily sentía que tenía el corazón hecho pedazos, que no podía seguir viviendo y sufriendo así. Nadie podía.
Emily había vivido lo suficiente en Luna Nueva para que se le hubiera metido en la sangre. Tal vez hasta había nacido con ella. De todos modos, cuando llegó a la casa, se adaptó a su atmósfera como una mano al guante. La quería como si hubiera vivido en ella toda su breve vida, amaba cada palito y piedrita, cada árbol y cada brizna de hierba, cada clavo en el piso de la cocina, cada montoncito de musgo verde en el techo del tambo, cada aguileña rosada y blanca que crecía en el jardín viejo, cada "tradición" de su historia. Pensar en que, en gran medida, tirarían abajo toda esa belleza era una agonía para ella. ¡Y pensar en que se estropearía el jardín del primo Jimmy! Emily adoraba ese jardín casi tanto como él; era el orgullo de la vida del primo Jimmy poder hacer crecer esas plantas y esos arbustos que no soportaban el invierno en ningún otro lugar de la Isla Príncipe Eduardo: si quitaban el amparo de la pared norte, todo moriría. Y pensar en el bosque mismo, talado, el Camino del Hoy, el Camino del Ayer y el Camino del Mañana borrados de la faz de la Tierra, el imponente Monarca de la Floresta sin su corona, la casita de juegos donde ella e Ilse habían pasado momentos tan maravillosos, destruida, todo ese hermoso lugar, íntimo, lleno de helechos, arrancado de su vida de un ramalazo.
¡Ay, John el Altivo había elegido y planeado muy bien su venganza!
¿Cuándo caería sobre ellos el golpe? Todas las mañanas Emily prestaba atención, angustiada, de pie en el escalón de piedra de la cocina, para ver si oía el sonido de las hachas en el claro aire de septiembre. Todos los atardeceres cuando regresaba de la escuela temía ver que la obra de destrucción había comenzado. Sufría y se angustiaba. Por momentos, le parecía que no podría ya soportar la vida. Todos los días la tía Elizabeth le decía algo imputándole a ella toda la culpa y la pobre niña se puso muy susceptible con el tema. Casi deseaba que John el Altivo comenzara de una buena vez y terminara con todo. Si Emily hubiera oído alguna vez la historia clásica de Damocles se hubiera solidarizado con él de todo corazón. Si hubiera tenido alguna esperanza de que pudiera servir de algo se habría tragado el orgullo de los Murray y el orgullo de los Starr y cualquier otro tipo de orgullo y habría ido de rodillas a rogarle a John el Altivo que detuviera su mano vengativa. Pero estaba segura de que no serviría de nada. John el Altivo no había dejado duda alguna en nadie de su amarga determinación en lo que hacía al hecho. Se hablaba mucho del tema en Blair Water y algunos se alegraban mucho de este golpe que se descargaría sobre el orgullo y el prestigio de Luna Nueva y algunos sostenían que era una conducta baja y sucia de parte de John el Altivo, y todos estaban de acuerdo en que esto era lo que todos habían profetizado que sucedería, tarde o temprano, cuando la vieja enemistad entre los Murray y los Sullivan, alimentada durante tres generaciones, llegara a su fin inevitable. Lo único sorprendente era que John el Altivo no lo hubiera hecho antes. Siempre había odiado a Elizabeth Murray, desde que iban a la escuela, cuando la mordacidad de ella no lo había exceptuado.
Un día, Emily se sentó a llorar en la orilla del estanque de Blair Water. La habían mandado a cortar las rosas marchitas de la tumba de la abuela Murray y, luego de terminar su tarea, no tuvo coraje para volver a la casa, donde la tía Elizabeth estaba amargándole la vida a todo el mundo porque ella misma estaba amargada. Perry había dicho que el día anterior, en lo del herrero, John el Altivo había afirmado que el lunes de mañana comenzaría a talar el bosque.
-¡No puedo soportarlo! -sollozaba Emily, hablándoles a los rosales.
Unas pocas rosas tardías asintieron; la Señora Viento peinaba, agitaba y sacudía los altos pastos verdes donde los orgullosos Murray, hombres y mujeres, dormían serenos, impasibles a viejas enemistades y pasiones. El sol de septiembre brillaba con una luz suave y serena sobre los viejos campos labrados y el agua azul del estanque de Blair Water ronroneaba y lamía suavemente las orillas bordeadas de arbustos verdes.
-No entiendo cómo Dios no detiene la mano de John el Altivo-dijo Emily, con pasión. Sin duda los Murray de Luna Nueva tenían derecho a esperar eso de la Providencia.
Teddy venía silbando por la pradera y las notas de su tonada soplaban por encima del estanque de Blair Water como gotas feéricas de sonido. Saltó el cerco del cementerio y encaramó su cuerpo delgado y grácil, irreverentemente, sobre la losa plana del "Aquí me quedo" de la tatarabuela Murray.
-¿Qué pasa? -preguntó.
-Todo -dijo Emily, algo enojada. Teddy no tenía por qué estar tan contento. Ella estaba acostumbrada a recibir más solidaridad de parte de Teddy y la irritaba no recibirla. -¿No sabes que John el Altivo va a empezar a talar el bosque el lunes?
Teddy asintió.
-Sí. Me lo contó Ilse. Pero, escúchame, Emily, se me ocurrió una cosa. John el Altivo no se va a animar a cortar el bosque si el cura le dice que no lo haga, ¿verdad?
-¿Por qué?
-Porque los católicos tienen que hacer lo que los curas les dicen, ¿no?
-No lo sé. Yo no sé nada de los católicos. Nosotros somos presbiterianos.
Emily sacudió la cabeza. Se sabía que la señora Kent era de la "iglesia anglicana" y, aunque Teddy iba a la Escuela Dominical Presbiteriana, ese hecho no le daba un lugar muy prominente entre los círculos de los "presbiterianos natos".
-Si tu tía Elizabeth va a hablar con el padre Cassidy en White Cross y le pide que detenga a John el Altivo, tal vez lo haga - insistió Teddy.
-La tía Elizabeth jamás haría semejante cosa --dijo Emily, convencida-. Estoy segura. Es demasiado orgullosa.
-¿Ni siquiera para salvar el bosque? -Ni siquiera para eso.
-Entonces supongo que no hay nada que hacer -dijo Teddy, algo alicaído-. Mira, mira lo que hice. Un dibujo de John el Altivo en el Purgatorio, con tres diablitos que le clavan tridentes al rojo vivo. Lo copié de uno de los libros de mi madre, el Infierno del Dante, creo que era, pero puse a John el Altivo en lugar del hombre del dibujo. Te lo regalo.
-No lo quiero. -Emily estiró las piernas y se levantó. Estaba más allá del estadio en el que infligir torturas imaginarias a John el Altivo pudiera consolarla. Ya lo había matado de varias maneras terribles durante sus vigilias nocturnas. Pero se le había ocurrido una idea, una idea audaz. -Ahora me tengo que ir a casa, Teddy, es la hora del almuerzo.
Teddy se guardó el dibujo rechazado, que en realidad era un trabajo magnífico, si alguno de los dos hubiera tenido la capacidad de darse cuenta, en el cual la expresión de angustia en la cara de John el Altivo en el momento en que un diablito travieso lo tocaba con un tridente habría sido el dolor de cabeza de más de un artista consumado. Se fue a su casa deseando poder ayudar a Emily; era un disparate que una niña como Emily, con esos suaves ojos color gris purpúreo y una sonrisa que le hacía pensar a uno en cosas hermosas que no podían expresarse con palabras, sufriera. Teddy estaba tan preocupado que le agregó más diablos al dibujo de John el Altivo en el Purgatorio y alargó considerablemente los dientes de los tridentes.
Emily se fue a su casa con un rictus de determinación en la boca. Comió lo que pudo tragar -que no fue mucho, porque la cara de la tía Elizabeth habría echado por tierra con su apetito, de haberlo tenido- y se escurrió de la casa por la puerta del frente. El primo Jimmy trabajaba en el jardín pero no la llamó. Ahora el primo Jimmy andaba siempre triste. Emily se detuvo un segundo en el porche griego y miró hacia el bosque de John el Altivo, verdísimo, meciéndose, hermoso. ¿Para el lunes de noche sería un terreno profanado de tocones de árbol? Impulsada por esta idea, Emily arrojó el miedo y la duda al viento y comenzó a caminar con determinación por el sendero. Al llegar al portón, tomó a la izquierda por el largo camino rojo y misterioso que subía la Montaña Despreciable. Nunca antes había tomado ese camino, que iba derecho a White Cross. Emily iba a la casa de la iglesia a ver al padre Cassidy. Eran unos tres kilómetros hasta White Cross y Emily sintió que los había cubierto rápidamente, no porque fuera un hermoso camino con vientos y helechos silvestres, lleno de conejitos, sino porque temía lo que la esperaba al llegar. Había tratado de pensar lo que diría, cómo lo diría, pero le fallaba la inventiva. No sabía cómo eran los curas católicos, y no tenía idea de cómo dirigirse a ellos. Eran más misteriosos y enigmáticos que los pastores. ¿Y si el padre Cassidy se enojaba con ella por atreverse a ir a pedirle un favor? Tal vez era algo muy malo de hacer, desde cualquier punto de vista. Y probablemente no sirviera de nada. Probablemente el padre Cassidy se negara a interferir con John el Altivo, que era un buen católico, mientras que ella, en opinión del cura, era una hereje. Pero, por la menor posibilidad, por remota que fuese, de impedir la calamidad que se cernía sobre Luna Nueva, Emily se habría enfrentado a todo el Colegio de Cardenales Con un miedo espantoso, nerviosísima, la idea de regresar ni se le pasó por la cabeza. Sólo lamentaba no haberse puesto el collar de cuentas venecianas. Podrían haber impresionado al padre Cassidy.
Aunque Emily no había estado nunca en White Cross, reconoció la casa del cura cuando la vio. Era una linda residencia rodeada de árboles cerca de la gran capilla blanca con una resplandeciente cruz dorada en la aguja y los cuatro ángeles dorados, uno sobre cada una de las agujas más pequeñas de las esquinas. A Emily le parecieron preciosos, relucientes a la luz del Sol que caía, y deseó que ellos pudieran tener algunos ángeles en la sencilla iglesia blanca de Blair Water. No entendía por qué los católicos tenían todos los ángeles. Pero no había tiempo para pensar en esto pues, en ese momento, se abría la puerta y la prolija mucama esperaba.
-¿Está... el padre... Cassidy? -preguntó Emily, algo temblorosa.
-Sí.
-¿Puedo... verlo?
-Adelante -dijo la mucama. Evidentemente, no había dificultad en ver al padre Cassidy ninguna ceremonia misteriosa, como había esperado Emily, para que le permitieran verlo. La hicieron pasar a una habitación llena de libros y la dejaron allí, mientras la mucama iba a buscar al padre Cassidy que, según le dijo, estaba trabajando en el jardín. Eso sonaba muy natural y alentador. Si el padre Cassidy trabajaba en el jardín no podía ser tan terrible.
Emily miró a su alrededor con curiosidad. Estaba en una habitación muy bonita, con sillas acogedoras, cuadros y flores. No había nada alarmante ni extraño en ella, a excepción de un inmenso gato negro sentado sobre una de las bibliotecas. Era un animal de veras enorme. Emily adoraba a los gatos y siempre se había sentido cómoda con cualquier gato. Pero jamás había visto uno como éste. Con ese tamaño y los ojos dorados, insolentes, colocados como gemas vivas en la cara de terciopelo negro, no parecía pertenecer a la misma especie que los gatitos bonitos, mimosos, respetables. El señor Dare nunca tendría en la rectoría un animal como ése. Todo el miedo al padre Cassidy volvió a apoderarse de Emily.
Y, entonces, entró el padre Cassidy con la sonrisa más encantadora del mundo. Emily lo observó con esa mirada franca que era su costumbre -o su don- y no volvió a tener miedo. El padre Cassidy era un hombre grande, de espalda ancha, ojos y cabellos castaños y con la cara tan bronceada debido a su inveterada costumbre de andar sin sombrero bajo el sol más inclemente, que la tez también era castaña. Emily pensó que parecía una gran nuez, una grande, castaña, saludable.
El padre Cassidy la miró mientras le estrechaba la mano y Emily estaba en uno de esos momentos en que la belleza se apoderaba de ella. La ansiedad había dado a sus mejillas la tonalidad de las rosas silvestres, la luz del Sol le había dejado los cabellos negros resplandecientes y sedosos, los ojos eran suavemente oscuros y límpidos, pero fueron las orejas lo que el padre Cassidy se inclinó a observar. Emily experimentó un momento de pavor pensando si las tendría limpias.
-Tiene las orejas puntiagudas -dijo el padre Cassidy, en un susurro de entusiasmo-. ¡Orejas puntiagudas! Yo sabía que venía de la tierra de las hadas apenas la vi. Siéntate, elfo, si es que los elfos se sientan, siéntate y dame las últimas noticias de la corte de Titania.
Emily se sentía ahora en terreno conocido. El padre Cassidy hablaba su idioma y lo hablaba con una voz tan suave y gutural, redondeando las vocales apenas, como correspondía a un verdadero irlandés. Pero ella sacudió la cabeza con pena. Con la carga de su diligencia en el alma no podía jugar el papel de embajadora del Reino de los Elfos.
-Soy sólo Emily Starr, de Luna Nueva --dijo, respiró hondo y se apresuró a decir, pues no debía haber engaño, no debía llevar banderas falsas-, y soy protestante.
--Y una protestante muy bonita --dijo el padre Cassidy-. Pero me desilusionas. Estoy acostumbrado a los protestantes, los bosques de los alrededores están llenos de ellos, pero hace cien años de la visita del último elfo.
Emily se quedó mirándolo. El padre Cassidy no podía tener cien años. No parecía tener más de cincuenta. Aunque tal vez los curas católicos vivieran más que el resto de la gente. No supo exactamete qué responder, y entonces, dijo, insegura:
-Veo que tiene un gato.
-Inexacto -dijo el padre Cassidy, negando con la cabeza, y gimió=-. El gato me tiene a mí.
Emily renunció a intentar comprender al padre Cassidy. Era agradable, pero incomprensible. Lo dejó así. Y debía abocarse a su diligencia.
-Usted es una especie de pastor, ¿no? -preguntó, tímida. No sabía si al padre Cassidy le gustaría que lo llamara pastor. -Algo parecido -asintió el cura, con afabilidad--. Y te darás cuenta de que los pastores y los curas no pueden decir malas palabras. Tienen que tener gatos para que lo hagan por ellos. Nunca conocí a un gato que supiera decir malas palabras con tanta delicadeza y eficacia como el Chico.
-¿Así se llama? -preguntó Emily, mirando al gato negro con respeto. No parecía muy seguro hablar de él en su presencia. -Así se llama él a sí mismo. Mi madre no lo quiere porque le roba la crema. A mí no me molesta que lo haga, no, lo que no soporto es cómo se lava la cara después de comérsela. Ah, Chico, tenemos un hada de visita. Entusiásmate por algo, alguna vez, te lo suplico, sé buenito.
El Chico se negaba a entusiasmarse. Le hizo un guiño insolente a Emily.
-¿Tienes idea de qué cosas se le pasan por la cabeza a un gato, elfo?
Qué preguntas extrañas hacía el padre Cassidy. Pero Emily pensé que sus preguntas le gustarían más si no fuera porque estaba tan preocupada. De pronto, el padre Cassidy se inclinó por encima de la mesa y dijo:
-Ahora bien, ¿qué te preocupa?
-Soy muy desgraciada -dijo Emily, conmovedoramente. -Lo mismo le sucede a muchísima gente. Todo el mundo es desgraciado en algún momento. Pero las criaturas que tienen orejas puntiagudas no deberían ser desdichadas. Sólo debería sucederles a los mortales.
-Ay, por favor... por favor -Emily se preguntó cómo debía dirigirse a él. ¿Se ofendería si un protestante lo llamaba "padre"? Pero debía arriesgarse. -Por favor, padre Cassidy, tengo un problema muy grande y vine a pedirle un favor inmenso.
Emily le contó toda la historia desde el principio al fin, la vieja enemistad entre los Murray y los Sullivan, su interrumpida amistad con John el Altivo, la manzana dulce, la desdichada consecuencia y la amenaza de venganza de John el Altivo. El Chico y el padre Cassidy la escucharon con idéntica gravedad hasta que terminó. Entonces el Chico le hizo un guiño, pero el padre Cassidy juntó sus largos dedos.
-Ajá -dijo.
("Es la primera vez", reflexionó Emily, "que oigo a alguien decir Ajá' fuera de un libro").
-Ajá -volvió a decir el padre Cassidy-. ¿Y tú quieres que yo impida ese acto inicuo?.
-Si puede -dijo Emily-. Ay, sería tan maravilloso que pudiera. ¿Lo hará? ¿Lo hará?
El padre Cassidy juntó los dedos aún con más cuidado. -Me temo que no puedo invocarla fuerza de la llave para impedir a John el Altivo que disponga de su propiedad legal, ¿sabes, elfo? 206
Emily no entendió la alusión a las llaves pero sí entendió que el padre Cassidy se negaba a utilizar el poder de la Iglesia sobre John el Altivo. Entonces, no había esperanza. No pudo evitar que las lágrimas de la decepción le bañaran los ojos.
-Ay, vamos, querida, no llores -imploró el padre Cassidy-. Los elfos no lloran, no pueden llorar. Me partiría el corazón descubrir que no perteneces a la raza de las Personitas Verdes. Puedes decir que eres de Luna Nueva y declararte de la religión que desees, pero eso no quita que pertenezcas a la Edad de Oro y a los antiguos dioses. Por eso debo salvar ese bosque verde para ti. Emily lo miró.
-Creo que es posible -continuó el padre Cassidy . Creo que si voy a hablar con John el Altivo, en una charla franca con él, puedo hacerlo entrar en razones. John el Altivo y yo somos buenos amigos. Es una persona razonable, si uno sabe cómo encararlo, que es halagando adecuadamente su vanidad. Le plantearé, no como el cura a un miembro de su grey, sino de hombre a hombre, que un irlandés de buena cepa no se empecina en una pelea con mujeres y que ninguna persona sensata destruiría por ninguna otra razón que el resentimiento esos árboles hermosos y antiguos que han demorado medio siglo en crecer y que no pueden ser repuestos. El hombre que corta un árbol así no siendo absolutamente necesario debe ser colgado tan alto como Haman en una horca hecha de la madera de ese mismo árbol.
(Emily pensó que escribiría esa última frase del padre Cassidy en el cuaderno del primo Jimmy cuando llegara a casa.)
-Pero no voy a decirle eso a John el Altivo -terminó diciendo el padre Cassidy-. Sí, Emily de Luna Nueva, creo que podemos dar por hecho que tu bosque no será talado.
De pronto, Emily se sintió muy contenta. Por alguna razón tenía una confianza absoluta en el padre Cassidy. Estaba segura de que él haría bailar a John el Altivo con un dedo.
-¡Ay, nunca terminaré de agradecérselo! -dijo, honestamente. -Es cierto, así que no desperdicies aliento. Y ahora cuéntame cosas. ¿Hay más de tu especie? ¿Cuánto hace que eres quien eres?
-Tengo doce años, y no tengo hermanos. Y creo que es hora de que me vaya a mi casa.
-No sin antes comer algo. -Ah, gracias, ya comí.
-Hace dos horas y luego hiciste una caminata de tres kilómetros. No me digas nada. Lamento no tener néctar ni ambrosía a mano, esa comida de los elfos, y ni siquiera una platito de luz de luna, pero mi madre hace la mejor torta de ciruelas de la Isla Príncipe Eduardo. Y tenemos una vaca para que nos dé crema. Espera aquí un momento. No le tengas miedo al Chico. A veces come protestantes pequeños, si son tiernitos, pero nunca se mete con los duendes.
Cuando el padre Cassidy regresó, lo acompañaba su madre, con una bandeja. Emily esperaba a una señora grande y castaña también, pero la madre era una señora de lo más diminuta que es posible imaginar, con sedosos cabellos blancos, bondadosos ojos azules y mejillas sonrosadas.
-¿No es lo más dulce en el rubro madres? -preguntó el padre Cassidy-. La tengo para mirarla. Claro que -el padre Cassidy bajó la voz hasta un susurro- hay algo extraño en ella. Yo he visto a esta mujer interrumpirse en el medio de la limpieza de la casa y salir y pasar la tarde en el bosque. Como tú, creo que tiene trato con las hadas.
La señora Cassidy sonrió, le dio un beso a Emily, dijo que tenía que ir a terminar sus conservas y salió.
-Ahora siéntate aquí, elfo, sé humana por diez minutos y comeremos como dos amigos.
Emily tenía hambre, una sensación familiar, agradable, que hacía quince días que no experimentaba. La torta de ciruelas de la señora Cassidy era lo que había anunciado su reverendo hijo, y la vaca que daba crema no era ningún mito.
-¿Ahora qué piensas de mí? -preguntó súbitamente el padre Cassidy, al encontrar los ojos de Emily clavados en él, examinándolo.
Emily se sonrojó. Estaba preguntándose si podría pedirle otro favor al padre Cassidy.
-Creo que usted es muy bueno -dijo.
-Soy muy bueno -dijo el padre Cassidy-. Soy tan bueno que haré cualquier cosa que me pidas, porque me parece que hay otra cosa que quieres que haga.
-He estado en un aprieto durante todo el verano. El asunto -dijo Emily, con mucha sobriedad- es que soy poetisa. -¡Dios santo! Eso sí que es serio. No sé si puedo ayudarte. ¿Cuánto hace que estás afectada?
-¿Se está burlando de mí? -preguntó Emily, seria.
El padre Cassidy tragó algo que no era torta de ciruelas. -¡Que los santos no me lo permitan! Es que me impresionaste. Recibir la visita de una dama de Luna Nueva, un elfo y una poetisa todo en una sola persona es un poco demasiado para un pobre sacerdote como yo. Sírvete otra porción de torta y cuéntamelo todo.
-El asunto es el siguiente. Estoy escribiendo una epopeya. De pronto el padre Cassidy se inclinó hacia adelante y le dio un pellizconcito a Emily.
-Quería saber si eres de verdad -explicó-. Sí, sí, estás escribiendo una epopeya, continúa. Creo que me he recuperado. -La empecé la primavera pasada. Le puse de título La dama blanca, al principio, pero ahora se lo cambié a La hija del mar. ¿No le parece un título mejor?
-Mucho mejor.
-Ya terminé tres cantos, y no puedo avanzar porque hay algo que no sé y no puedo averiguar. Me tiene muy preocupada. -¿Qué es?
-Mi epopeya-dijo Emily, devorando con diligencia la torta de ciruelas- trata de una muchacha de alta alcurnia y hermosísima que fue robada a sus padres verdaderos cuando era pequeñita y criada en la choza de un leñador.
-Uno de los siete argumentos capitales del mundo -murmuró el padre Cassidy.
-¿Qué?
-Nada. Una mala costumbre de pensar en voz alta. Continúa.
-Tiene un enamorado de alto linaje, pero la familia de él no quiere que se case con ella porque ella no es más que la hija de un leñador...
-Otro de los siete argumentos... discúlpame.
.. entonces lo mandan a Tierra Santa en una cruzada y llega la noticia de que lo mataron y entonces Editha -el nombre de ella es Editha- se mete en un convento.
Emily se interrumpió para comer un bocado de torta de ciruelas y el padre Cassidy retomó la historia.
-Y ahora su enamorado regresa vivito y coleando, aunque cubierto de cicatrices de heridas hechas por los infieles, y se descubre el secreto del nacimiento de ella por la confesión que hace en su lecho de muerte la vieja nodriza y por una marca de nacimiento que ella tiene en el brazo.
-¿Cómo lo sabía? -preguntó Emily, azorada.
Ah, lo adiviné, soy bueno para adivinar cosas. Pero, ¿cuál es tu preocupación?
-No sé cómo sacarla del convento -confesó Emily . Pensé que usted podía saber cómo puedo sacarla.
El padre Cassidy volvió a juntar los dedos.
-Bueno, vamos a ver. No es sencilla la tarea que te has impuesto, jovencita. ¿Cómo están las cosas? Editha ha tomado los hábitos no por su vocación religiosa sino porque cree que se le ha partido el corazón. La Iglesia Católica no libera a las monjas de sus votos porque ellas crean que han cometido un error. No, no, tenemos que tener una razón mejor. ¿Editha es la única hija de sus padres verdaderos?
-Sí.
-Ah, entonces la salida es clara. Si hubiera tenido hermanos, habrías tenido que matarlos, lo cual es complicado. Bueno, entonces, ella es hija única y heredera de una familia noble que durante años ha mantenido una enemistad a muerte con otra familia noble, la familia del enamorado. ¿Tú sabes lo que es una enemistad de ese tipo?
-Por supuesto -dijo Emily, desdeñosa-. Eso ya lo tengo en el poema.
-Mucho mejor. Esa enemistad ha partido al reino en dos y solo puede remediarse mediante una alianza entre los Capuleto y los Montesco.
-Esos no son los nombres.
-No importa. Entonces, se trata de un asunto nacional, con consecuencias de largo alcance, por lo tanto, puede apelarse al Sumo Pontífice. Lo que necesitas -dijo el padre Cassidy, asintiendo con gravedad-, es una dispensa de Roma.
-Dispensa no es una palabra bonita para poner en un poema -dijo Emily.
-Sin duda. Pero las jovencitas que quieren escribir poemas épicos y que sitúan las escenas de éstos en épocas y costumbres de hace cientos de años, y que eligen heroínas de una religión desconocida para ellas, tienen que estar preparadas para toparse con algunos obstáculos.
-Ah, creo que podré arreglármelas -dijo Emily contenta-. Y se lo agradezco tanto. No sabe qué alivio es para mí. Ahora terminaré el poema en unas semanas. En todo el verano no escribí una línea. Claro que estuve muy ocupada. Ilse Burnley y yo estamos haciendo un idioma nuevo.
-Haciendo un... perdóname. ¿Dijiste idioma? -Sí.
-¿Qué tiene el inglés de malo? ¿No te es suficiente, criatura incomprensible?
-Ah, sí. Por eso estamos haciendo uno nuevo. En primavera, el primo Jimmy trajo a una cantidad de muchachos franceses a ayudarlo a plantar papas. Yo también tenía que ayudar, e Ilse venía a acompañarme. Y era tan molesto escuchar a esos muchachos hablando francés y no entender ni una palabra. Lo hacían para molestarnos. ¡Eran trabalenguas! Entonces Ilse y yo decidimos que inventaríamos un idioma nuevo que ellos no iban a comprender. Hemos progresado mucho y cuando llegue la cosecha de la papa vamos a poder hablar entre nosotras y los muchachos no van a poder entender ni una sola palabra de lo que digamos. ¡Va a ser muy divertido!
-No me cabe la menor duda. Pero dos niñas que se toman todo el trabajo de inventar un idioma nuevo sólo para vengarse de unos pobres muchachitos franceses... me superas -dijo el padre Cassidy, impotente-. Sólo Dios sabe lo que harás cuando crezcas. Serás una Revolucionaria Roja. Tiemblo por Canadá.
-Ah, pero no es un trabajo, es divertido. Y todas las niñas de la escuela están furiosas porque nos oyen hablar y no pueden entender nada. Podemos contarnos secretos delante de ellas.
-Siendo lo que es la naturaleza humana, me doy cuenta de en qué consiste la diversión. A ver, un ejemplo de tu idioma.
-Nat millan o ste dolman bote ta Shrewsbury fernas ta poo litanos -dijo Emily, muy suelta de lengua-. Eso significa: "El verano próximo voy a ir a los bosques de Shrewsbury a recoger frutillas". El otro día, en el recreo, se lo grité a llse en el campo de juegos y ¡ah! se quedaron todos mirándonos.
-¿Mirándolas? Me imagino. A mí mismo se me salen los ojos de las órbitas. A ver, un poquito más.
-Mo tral li muerto seb ad li mo trene. Mo bertral seb mo bertrene das sten muertos e ting setra. Eso quiere decir: "Mi padre está muerto y mi madre también. Mis abuelos hace mucho que están muertos". Todavía no inventamos una palabra para "muerto". Creo que pronto podré escribir mis poemas en mi idioma y entonces la tía Elizabeth no podrá leerlos si los encuentra. -¿Has escrito otros poemas además de tu épica?
-Ah, sí, aunque poemas cortos, pero tengo docenas.
-Ajá. ¿Tendrías la gentileza de deleitarme con alguno de ellos? Emily se sintió muy halagada. Y no le molestaba que el padre Cassidy oyera su querida obra.
-Le recitaré mi último poema -dijo, aclarándose la garganta con aire de importancia-.Se llama Sueños de la noche.
El padre Cassidy escuchó con atención. Después del primer verso hubo un cambio en su carota bronceada y comenzó a juntar los dedos. Cuando terminó, Emily bajó las pestañas y esperó, temblando. ¿Y si el padre Cassidy decía que era malo? No, no podía ser tan descortés. Pero si se burlaba como había hecho con la epopeya, ella sabría lo que eso querría decir.
El padre Cassidy no habló de inmediato. El prolongado suspenso fue terrible para Emily. Tenía miedo de que no pudiera elogiarlo y no quisiera herir sus sentimientos hablando mal de él. De pronto Sueños de la noche le pareció un mamarracho y se preguntó cómo podía haber sido tan tonta como para recitárselo al padre Cassidy. .
Claro que sí era un mamarracho. El padre Cassidy lo sabía. Pero de todas maneras, para una niña tan pequeña... la rima y el ritmo eran impecables, y había un verso, sólo un verso, "la luz de estrellas débilmente doradas", y por ese solo verso el padre Cassidy de pronto dijo:
-Sigue, sigue escribiendo poesía.
-¿Eso qué quiere decir? -preguntó Emily, sin aliento. -Quiere decir que con el tiempo vas a lograr hacer algo. Algo, no sé cuánto, pero sigue, sigue.
Emily estaba tan contenta que tenía ganas de llorar. Eran las primeras palabras de aliento que recibía de alguien, sin contar a su padre, y un padre puede tener una opinión demasiado alta de una. Eso era diferente. Hasta el final de su lucha por ser reconocida, Emily jamás olvidó el "Sigue" del padre Cassidy y el tono en el que lo dijo.
-La tía Elizabeth me reprende por escribir poesía -dijo, pensativa-. Dice que la gente va a pensar que soy tan simple como el primo Jimmy.
-E.1 camino de la genialidad nunca es fácil. Pero, come otro pedazo de torta, come, para demostrarme que hay algo humano en ti.
-Ve, merry ti. O del re dolman cosey aman ti sen ritter. Eso significa "No, gracias. Tengo que irme, a casa antes de que oscurezca".
-Te llevaré a tu casa.
-Ay, no, no. Es muy amable -ahora el inglés le era suficiente a Emily-, pero prefiero caminar. Es... es un buen ejercicio. -Eso quiere decir-dijo el padre Cassidy con un brillo en los ojos- que debemos cuidarnos de la anciana señora. Adiós, ¡y que siempre veas un rostro feliz en tu espejo!
Emily estaba demasiado feliz como para sentir cansancio en el camino de regreso. Parecía sentir burbujas de alegría en el corazón, burbujas relucientes y prismáticas. Cuando llegó a la cima de la gran colina y miró hacia Luna Nueva, sus ojos estaban satisfechos y llenos de amor. Qué hermosa era la casa, envuelta en las luces de los viejos árboles. Las puntas de los abetos más altos recortaban sus siluetas púrpura contra el rosado y el ámbar del cielo noroccidental. Atrás, Blair Water soñaba en plateado. La Señora Viento había plegado sus neblinosas alas de murciélago en un valle de crepúsculo y el silencio cubría al mundo como una bendición. Emily estaba segura de que todo saldría bien. El padre Cassidy lo arreglaría de alguna manera.
Y le había dicho que "siguiera".
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Alexia Survei
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Re: Emily la de la luna nueva(L.M. Montgomery)

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